El marido equivocado 30 #2
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30 #2

Él y su pequeña se habían colado en su corazón y ya era imposible sacarlos de ahí. Se habían adueñado de cada recodo.

Creyton se puso tenso durante unos segundos y Edeen se preguntó si no había ido demasiado lejos, si no había presionado demasiado los botones que no debía.

Al fin y al cabo, ya habían hablado de Rayo.

Pero no podía permitir que se viera a sí mismo como un ser despreciable, que solo vivía por y para culminar sus deseos más sangrientos.

Él la miró directamente a los ojos. Su mirada brillaba como si hubiera una luz en su interior que se proyectara de dentro hacia fuera.

—¿Crees que me enamoraría de alguien malvado, sin corazón, cuya única pretensión es matar a un hombre que también es perverso hasta rozar lo desalmado?

—insistió Edeen—. Puede que una parte de ti quisiera su muerte, pero otra siempre me ha regalado vida.

Has sido un excelente marido y un padre maravilloso.

Te has entregado a Laren y a mí sin condiciones todo este tiempo.

¿Qué es una noche de sangre en comparación con meses de respeto y cariño?

—Él apretó la mandíbula—. Contéstame, por favor.

—Esto es…

—Respóndeme —casi exigió.

Creyton suspiró y miró al techo, como si pidiera clemencia, pero no había nadie más en el dormitorio, así que no sería Edeen quien le concediera semejante acto de piedad.

—Nada —dijo él por fin—. Una noche no es nada.

—Exacto. —Esperaba que sus sentimientos lo alcanzasen y le hicieran ver que no era su obligación cargar con la culpa, y mucho menos verse a sí mismo como un ser despreciable—. Eres el mejor hombre que he conocido jamás.

Creyton se alzó y su camisa susurró ante el contacto de las piernas al moverse contra el borde de la tela. Le dio una calada profunda a la pipa y expulsó el humo mientras la dejaba cuidadosamente sobre la repisa de la chimenea.

Ella se levantó también, dejó la copa a un lado y lo abrazó.

Estaba rígido y su piel ardía a través de la escasa tela que le cubría.

Apoyó la mejilla en su espalda. Podía sentir el corazón atravesar la caja torácica y llegar hasta su oído.

Cada latido, cada vez más desbocado, la hacía sentirse segura.

—Yo… no sé… Edeen… —Parecía tan perdido que el estómago de Edeen se contrajo.

—Tranquilo. —Le acarició el cuello y le sonrió—. Encontraremos el camino.

Se giró hacia ella, obligándola a soltarlo. La observó largo rato y ella aguantó su mirada sin dudar. Si vacilaba, se creería indigno de su amor, y eso sería un error garrafal.

—Te amo.

Las palabras que salieron de la boca de Creyton no la sorprendieron en absoluto.

Ella lo sabía. En cuanto se llevó a Rayo a cuestas, Edeen supo que sus almas estaban conectadas para siempre.

La promesa que hicieron en el altar de estar juntos para toda la eternidad se había vuelto real de algún modo.

De todos modos, era agradable oírselo decir.

Edeen se frotó el pecho. Una chispa de felicidad en estado puro estaba empezando a titilar bajo sus costillas.

Creyton era su ancla, su sostén. Puede que el país estuviera al borde de la perdición, pero su hogar siempre iba a ser su lugar seguro.

Cuando todo se volviera negro, él sería su luz, como un faro que se mantenía erguido ante la adversidad de un temporal.

—Cuando te vi la primera vez tras el granero, me deslumbraste; supe que ibas a ser mi perdición —confesó Creyton—. Pero no pensé que también fueras a ser una bendición.

Y pensar que ella aceptó aquel matrimonio por no exiliarse a la zona más alejada y alta de Escocia…

Se besaron. Era justo lo que necesitaban, encontrarse de nuevo, reconociéndose como amantes y marido y mujer. Sin sombras ni aguas turbulentas que los arrastrasen hasta las profundidades.

Edeen tuvo la certeza de que Creyton saldría adelante.

Ella se encargaría de echarle una mano. Olvidaría a Rayo, porque era justo lo que ese miserable merecía: que nadie más volviera a pensar en él.

Sería feliz con Laren y sus futuros hijos comunes, sin importar lo que quisieran los británicos.

Sobrevivirían en su pequeña burbuja, alejados de la civilización, permaneciendo en el lago.

Sin separar las bocas, dejando que las manos vagasen por cuellos, hombros, pechos y cinturas, caminaron hasta que chocaron con la cama.

Esa misma cama que él manchó de su sangre para que nadie pudiera entrometerse en su noche de bodas, cuando no la obligó a consumar el matrimonio.

Esa misma cama donde sí habían hecho el amor por primera vez en la noche más terrorífica del año.

Era curioso cómo un lecho mullido y que no les pertenecía había presenciado momentos tan importantes en su matrimonio.

Primero cayó ella y luego Creyton. Se rieron sin dejar de besarse. Era el primer instante de calma que vivían después de varios días. Allí, las desgracias no podían siquiera tocarlos. Eran inalcanzables.

Creyton rodó sobre la cama hasta que quedó tumbado con ella sentada encima. Sus ojos titilaban a la luz de las velas y el fuego lanzaba reflejos anaranjados sobre su pelo, haciéndolo parecer pelirrojo.

—Por ti, estaría dispuesto a dejarlo todo e irnos a donde quisieras.

—¿Es una proposición?

—No vienen tiempos fáciles —susurró él, acariciándole el nacimiento del pelo junto a la oreja. Su sonrisa cabalgaba entre la fascinación y la pena, como si se sintiera culpable por sentir felicidad en un momento tan sombrío.

—Lo sobrellevaremos.

—Podemos abandonar la cabaña. Solo es una casa. Tú eres mi hogar y siempre harás de cuatro paredes un lugar acogedor. —Aquellas palabras le acariciaron el corazón—. Estemos en el Nuevo Mundo, en Francia, en Portugal o…

Su voz temblaba ligeramente. Sus palabras le dolían. Saltaba a la vista que pronunciarlas le resultaba complicado.

Edeen frunció el ceño. Lo que Creyton estaba sugiriendo la estaba dejando atónita, sobre todo porque, por más que fingiera que no era así, él hubiera peleado junto a Estuardo para devolverle la corona.

Escocia era algo más que un país. Formaba parte de su sangre, de su forma de ser.

Escocia impregnaba el ser de Creyton de pies a cabeza, desde el pelo rubio a sus ojos claros y su expresión ruda, bien complementada por una voz grave con un acento marcado.

Que no dejaba lugar a dudas dónde había nacido.

Renunciar a su tierra era como renunciar a sí mismo. No obstante, parecía dispuesto a hacerlo para darle a su esposa y a su hija estabilidad y seguridad.

—¿Quieres que dejemos Escocia?

—Los ingleses son impredecibles, Edeen. Habrá días en los que pasaremos hambre, frío y…

Ella le puso un dedo en los labios para acallarlo.

—Resistiremos.

Una sola palabra tejió una armadura entre ambos, afirmando que no iban a huir con el rabo entre las piernas.

Todavía no sabían qué represalias habría para los traidores ni qué ocurriría con aquellos que nada habían tenido que ver con la rebelión.

Tal vez todo quedara en nada o quizá se avecinaba algo peor que otra guerra; pero, fuera como fuera, no iban a marcharse.

La dignidad estaba por encima del miedo.

La patria y el amor hacia la cultura que los había envuelto desde pequeños pesaban más.

Los labios de Creyton se elevaron ligeramente para besar el dedo que todavía reposaba en ellos.

—Eres más fuerte y valiente de lo que crees.

No era la Edeen que se plantó en el granero, eso por supuesto.

—He aprendido del mejor.

—Definitivamente, tienes que revisarte la vista —se burló su marido.

Ella le acarició la mejilla. La piel se notaba tibia bajo las yemas de sus dedos, señal de que estaban vivos.

Le gustaba verlo así, relajado. Ojalá pudiera estar siempre tan tranquilo, pero la vida no se lo estaba poniendo fácil.

Fuera como fuera, los días pasarían y algunos serían más buenos que otros.

Disfrutarían de la paz y capearían los temporales que vinieran.

Se mantendrían firmes, como su acogedora cabaña ante la nieve o el viento que removía el bosque.

No importaba qué deparase el futuro, cuán estrictos se pusieran los británicos o cuántas dudas los asaltasen ante el futuro de sus familiares. Uno sería el apoyo del otro en todo momento, porque habían conectado más allá de lo que dos personas que se casan por conveniencia solían hacerlo.

—Será porque te quiero —susurró Edeen.

Él sonrió y varias arrugas le enmarcaron los ojos.

—Yo también te quiero.

Se abrazaron; Edeen se apoyó en su pecho y se acomodó contra aquel torso musculoso y un corazón que palpitaba con solidez. Las manos de Creyton la sostuvieron contra su cuerpo mientras repartían toques suaves por su pelo y su espalda, sin esperar nada a cambio.

No necesitaban hacer el amor para sentir que se convertían en uno solo. A veces un gesto tan íntimo como aquel era igual de reconfortante que un orgasmo.

Eran afortunados porque sus sentimientos habían echado raíces en la improbabilidad, y ambos lo sabían. Iban a exprimir cada segundo que pudieran, porque el amor y la alegría eran bienes muy preciados en aquella época.

La guerra no los había doblegado ni separado, y tampoco lo harían los tiempos que se acercaban.

Escocia podría desmoronarse a su alrededor, pero ellos la reconstruirían desde el lago, día a día, impidiendo que los castigos azotasen aquel bien tan preciado que el destino les había entregado.

FIN