El margen de error El voto de confianza
94%

El voto de confianza

—Mi estratega no fue «una colaboradora». —Inés sostuvo la mirada de la cámara central—. Su nombre es Vera Salvatierra.

El presidente estatal dio un paso hacia el técnico de sonido.

—Corta el micrófono.

El técnico miró la consola. El abogado del partido tocó su auricular.

—Hazlo.

La señal no se cortó.

En la pantalla gigante, el rostro de Inés ocupaba la plaza. El papel roto seguía sobre el atril. Una mitad había caído al suelo; la otra permanecía bajo su mano izquierda, arrugada hasta formar una pequeña cresta blanca.

—Me han entregado un discurso que llama «actuaciones individuales» a una trama de dinero público y que me pide agradecer la transparencia de quienes ordenaron fotografiar a dos mujeres en una habitación privada.

Sé quién está sentado en la primera fila.

Sé quién filtró las ubicaciones. No voy a leerlo.

Un grito salió de la primera fila. Después otro. El sonido se partió en direcciones distintas.

Tomás subió un escalón.

—Inés, baja.

Ella no lo miró.

—Durante esta campaña me han pedido que condene a una mujer antes de comprobar unos documentos que llevan seis años esperando una investigación real. Me han pedido que declare que no la conocía. Eso también sería mentira.

El presidente levantó los brazos hacia el público.

—¡Corten la señal!

El técnico negó con la cabeza.

—El canal nacional tiene la transmisión propia.

—¿Y la nuestra?

—Ya está fuera.

La plaza respondió con un murmullo profundo. Los móviles se alzaron por encima de las pancartas. El rótulo del partido desapareció de la pantalla y quedó solo el rostro de Inés, demasiado cerca, sin maquillaje suficiente para ocultar la noche bajo sus ojos.

—Conocí a Vera hace doce días —dijo—. La vi tratar la política como una operación de daños. La vi hacer preguntas que nadie quería contestar. La vi equivocarse. También la vi reconocer errores que otros hombres con más poder llevan años llamando estrategia.

El abogado se acercó al borde del escenario.

—No menciones el expediente.

Inés giró la cabeza hacia él.

—¿Por qué? ¿Porque aparece vuestro nombre?

El murmullo se cortó.

—Inés —dijo Tomás—. Piensa.

—Eso estoy haciendo.

En la pantalla central, un rótulo improvisado apareció bajo su rostro.

VALCÁRCEL ROMPE CON EL PARTIDO EN DIRECTO.

A ciento sesenta kilómetros de allí, Vera miraba la misma transmisión desde un bar casi vacío.

El televisor estaba colocado sobre una estantería de botellas. El sonido fallaba cada pocos segundos. El camarero había dejado un vaso de agua frente a ella sin preguntarle si quería beber.

Vera no lo había tocado.

Llevaba un abrigo oscuro sobre la camisa húmeda. El pelo se le había soltado por completo. La carpeta que contenía los documentos descansaba bajo su silla, entre sus zapatos y una pata metálica.

En el bolsillo interior, el teléfono vibraba sin descanso.

No lo sacó.

—¿Es tu jefa? —preguntó el camarero.

Vera siguió mirando la pantalla.

—No.

—La que habla sí parece tu jefa.

—No lo es.

—Te ha hecho levantarte dos veces para mirar el televisor.

—No me he levantado.

El camarero señaló el vaso roto junto a la mesa. Vera había desplazado la silla sin darse cuenta y le había dado una patada.

—Cierto —dijo—. Solo has movido el local.

En la pantalla, Inés hablaba mientras el presidente discutía con alguien fuera de plano.

—Vera Salvatierra trabajó para Rafael Orduña. Eso es cierto. También es cierto que intentó denunciar una red de desvío de fondos y que Orduña usó documentos manipulados para convertirla en la autora de aquello que ella había descubierto.

Vera se puso de pie.

El camarero dejó de secar el vaso que tenía en la mano.

—¿Todo eso es verdad?

—No debería estar hablando de ello.

—Pero lo está haciendo.

—Sí.

—Entonces supongo que la respuesta es sí.

Vera dio un paso hacia la pantalla. La imagen de Inés tembló cuando una cámara cambió de ángulo.

—¿Cómo sabe eso? —preguntó la presentadora desde el estudio nacional, cuya voz entraba con retraso—. ¿Tiene pruebas de que Orduña manipuló el expediente?

Inés levantó la tarjeta metálica que había encontrado en la furgoneta.

—Tengo un número de acceso a un archivo que alguien dejó dentro del vehículo de campaña.

Tomás me ha confesado que el partido recibió nuestras ubicaciones y ordenó la fotografía del motel.

Tengo copias de los documentos que Vera no quería entregarme.

Y tengo las preguntas que el partido ha evitado durante seis años.

El presidente subió al escenario.

—Esto es una irresponsabilidad —dijo, ya dentro del encuadre—. La candidata está bajo una presión extrema y no puede verificar la información que está exponiendo.

—Sí puedo verificarla —respondió Inés—. Por eso no voy a leer el discurso que me habéis escrito.

—No tienes autorización para hablar en nombre del partido.

—No estoy hablando en nombre del partido.

El sonido de la plaza cambió. Las pancartas azules bajaron algunas, pero otras se levantaron más alto.

—Estoy hablando en mi nombre. Y en el de las personas a las que habéis pedido que confíen en vosotros mientras firmabais contratos a puerta cerrada.

El abogado hizo una señal brusca. Dos técnicos corrieron hacia la mesa de sonido. Una cámara lateral se apagó. La central continuó transmitiendo.

—La campaña de Inés Valcárcel —dijo el presidente— no puede convertirse en una plataforma para defender a una persona investigada.

—Entonces investigadla —dijo Inés—. De verdad.

—El partido ha actuado con rapidez.

—Habéis actuado con miedo.

—Hemos protegido la integridad de la candidatura.

—No. Habéis protegido la apariencia de integridad. Es distinto.

En el bar, Vera apoyó una mano en la estantería. El cristal de una botella le rozó los nudillos.

El teléfono vibró otra vez.

Esta vez lo sacó.

Había diecisiete mensajes. Uno de Tomás. Cuatro de números desconocidos. Dos de Orduña. El resto eran alertas de noticias.

ORDUÑA NIEGA LAS ACUSACIONES DE VALCÁRCEL.

EL PARTIDO CÍVICO DESAUTORIZA A SU CANDIDATA.

¿HEROÍNA O CÓMPLICE?

El mensaje de Tomás era más corto.

No vuelvas. La furgoneta está en el backstage.

Vera leyó la frase dos veces.

El camarero dejó un billete junto al vaso de agua.

—¿Te vas?

—Sí.

—La cuenta.

Vera dejó un billete sobre la mesa.

—Quédate con el cambio.

—No has pedido nada.

—Lo sé.

Salió a la calle.

La lluvia había dejado el asfalto brillante y sin peatones. El bar estaba en una avenida vieja, junto a una gasolinera cerrada. Vera echó a andar hacia el cruce. El cuerpo se movía antes de que la cabeza pudiera detenerlo.

En la plaza, Inés había dejado de mirar al presidente.

Miraba la cámara.

—Durante doce días, Vera Salvatierra me ha enseñado a hacer preguntas que pudieran sobrevivir a una respuesta. Hoy voy a hacer una que el partido no quiere escuchar: ¿qué clase de integridad exige abandonar a quien intenta decir la verdad para conservar una ventaja en las encuestas?

Tomás cerró los ojos.

El presidente se inclinó hacia el micrófono auxiliar.

—No existe ninguna prueba de una relación personal entre la candidata y su antigua estratega.

La frase llegó a la transmisión antes de que Inés pudiera intervenir.

La plaza quedó en silencio.

El presidente la miró.

—Eso es lo importante para los votantes.

Inés tomó el micrófono del atril con ambas manos.

—No.

La palabra atravesó la plaza.

—Lo importante para los votantes es que las personas que aspiran a gobernarlos no les mientan. Vera y yo hemos cruzado una línea profesional. Eso es cierto. Hemos tomado una decisión que podía costarnos la campaña. Eso también es cierto.

Tomás levantó la cabeza.

El abogado soltó una maldición.

—No lo hagas —dijo el presidente.

Inés siguió mirando la cámara.

—No voy a negar una relación para que el partido pueda vender una imagen de pureza que nunca ha aplicado a sus propios acuerdos. No voy a fingir que Vera fue un trabajo más. No lo fue.

La plaza empezó a gritar. Algunas voces pronunciaron su nombre. Otras gritaban que se marchara. Las cámaras se movieron con una velocidad que convirtió el escenario en una superficie de luces.

—Vera no es inocente porque yo la quiera —dijo Inés—.

Y yo no soy culpable porque ella me quiera.

Las dos cosas se investigan. Los documentos se revisan.

Las responsabilidades se demuestran. Lo que no voy a hacer es entregarla a un hombre que ha confundido el dinero con la propiedad y luego llamarlo transparencia.

El presidente arrancó el micrófono del atril.

La cámara central se acercó.

Inés no retrocedió.

—Rafael Orduña financió esta campaña. También financió a quienes hoy dicen que su dinero no tiene memoria. Si el partido quiere expulsarme por decirlo, que lo haga en directo.

En el control técnico, alguien cortó el audio de la pantalla de la plaza. La transmisión nacional continuó con el sonido de la cámara central.

—¿Está renunciando a la candidatura? —preguntó la presentadora desde el estudio.

Inés escuchó la pregunta por el retorno del micrófono.

—No.

—¿Está dispuesta a perder las elecciones por defender a su estratega?

Inés miró el papel roto sobre el atril.

—Estoy dispuesta a perderlas por no convertirme en lo que prometí combatir.

En el bar, Vera echó a correr.

El cuerpo le recordó el hombro al primer giro. Lo ignoró. La calle subía hacia la estación de autobuses y el agua se acumulaba en los bordillos. Un camión le cerró el paso. Vera golpeó la chapa con la palma.

—¡Muévete!

El conductor tocó el claxon. Una mujer bajo un paraguas la insultó al pasar.

Vera cruzó la avenida entre dos coches detenidos. El teléfono seguía vibrando. No lo miró.

En la plaza, el presidente había abandonado el escenario. El abogado discutía con el técnico de sonido. Tomás permanecía junto a las escaleras, pálido, mientras las cámaras rodeaban a Inés.

—¡Señora Valcárcel! ¿Reconoce que mantuvo una relación con Vera Salvatierra durante la campaña?

—Sí.

—¿Cuándo comenzó?

—No es una pregunta política.

—¿La protegió de la prensa?

—Intenté protegerla de un sistema que la utiliza cuando le sirve y la arroja cuando deja de ser cómoda.

—¿Y usted sabía que había firmado documentos de las transferencias?