El voto de confianza #2
—Sabía que trabajó para Orduña. No sabía todo lo que había ocurrido. Ahora lo sé, y voy a hacer que se investigue.
—¿Con qué dinero?
—Con el dinero público que no he recibido de los que quieren comprar mi silencio.
—¿Y si el partido retira su apoyo?
—Entonces sabremos cuánto apoyo había detrás de las palabras.
La presentadora dejó de preguntar. En el estudio nacional, el realizador había decidido no cortar.
Inés bajó del escenario.
Las piernas le temblaban. El tobillo cedió al llegar al segundo escalón. Tomás la sostuvo por el codo.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
—Lo que querías que hiciera.
—Yo quería que ganaras.
—Eso todavía no lo sabemos.
—La transmisión está en todas partes.
—Entonces ya no podemos fingir que no ha ocurrido.
Tomás miró hacia la calle lateral.
—Vera está allí.
Inés se volvió.
Al fondo de la plaza, una figura cruzaba entre los periodistas. Vera llevaba el abrigo abierto. Corría mal, cargando el hombro derecho. El pelo le golpeaba la cara. Dos personas intentaron detenerla para preguntarle algo; ella siguió.
—¿Cómo ha llegado? —preguntó Inés.
—No lo sé.
Vera alcanzó el backstage. Se detuvo junto a la furgoneta, con una mano sobre el capó y la otra apretando el teléfono. Respiraba con la boca abierta.
Inés caminó hacia ella.
Los periodistas empezaron a seguirlas. Tomás se interpuso.
—Cinco minutos —dijo—. Dejadles cinco minutos.
—¡Tomás! —gritó una reportera.
—Cinco minutos.
La puerta lateral de la furgoneta estaba abierta. Vera entró primero. Inés subió detrás y cerró la puerta.
El ruido de la plaza quedó amortiguado por la chapa.
Dentro, la pizarra seguía apoyada contra la pared. La palabra DISTANCIA continuaba tachada. El vaso de café de la mañana se había volcado y había dejado una mancha seca sobre la mesa.
Vera se apoyó contra la cama plegada.
—No deberías haber hecho eso.
Inés cerró el pestillo.
—¿Qué parte?
—Toda.
—Tendrás que ser más específica.
—La parte de Orduña. La del partido. La de nosotras.
—No estabas allí.
—Te he visto.
—Entonces sabes por qué.
Vera se llevó la mano al hombro. Los dedos le temblaban. Inés dio un paso hacia ella.
—Siéntate.
—No me arregles.
—No estoy intentando arreglarte.
—¿Qué intentas?
—Que no te caigas antes de poder besarme.
Vera soltó el aire. La boca se le quebró en un gesto que no llegó a ser risa.
—Has perdido la elección.
—Todavía no.
—El partido te ha retirado el apoyo.
—Lo sé.
—Orduña controla la mitad de los medios.
—La otra mitad te ha visto correr.
—Eso no es una estrategia.
—No. Es una mujer que ha cruzado media ciudad para llegar a mí.
Vera miró hacia la puerta cerrada. Afuera, alguien golpeó la carrocería con los nudillos.
—No puedes quedarte aquí.
—Esta furgoneta es del partido.
—Precisamente.
—El partido se ha quedado con las llaves. Yo tengo una copia.
Inés sacó la llave de su bolsillo y la dejó sobre la mesa.
Vera la miró.
—¿La has guardado todo este tiempo?
—No sabía por qué.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
—¿Qué significa?
—Que llevas diciendo que tú llevas las llaves desde el primer día. Alguien tenía que comprobar si era verdad.
Vera apartó la mirada. La respiración le seguía golpeando el pecho.
—He sido una imbécil.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. He sido una cobarde.
—Eso también.
Vera bajó la cabeza. Su mano derecha se cerró sobre la cicatriz.
—Pensé que si te hacía odiarme, podrían salvarte.
—¿Quiénes?
—Todos los que esperan que alguien como tú se ensucie para dejar de escucharla.
—No me has salvado.
—Lo sé.
—Me has dejado sola frente a ellos.
—Lo sé.
—Has dicho que fui un trabajo más.
Vera levantó los ojos.
—Lo sé.
—¿Y qué quieres que haga con eso?
—Nada.
—No te va a funcionar.
—No estaba intentando que funcionara.
Inés se acercó hasta quedar delante de ella. El espacio entre ambas olía a lluvia, metal y polvo de carretera.
—Dime qué fui.
Vera tragó saliva.
—No.
—Dímelo.
—No puedo.
—No te estoy pidiendo una estrategia.
—Precisamente.
Inés le sujetó la cara. Vera no retrocedió.
—Dímelo.
Vera cerró los ojos. La frente de Inés tocó la suya.
—Fuiste la primera persona que me miró sin preguntarme cuánto costaba salvarla.
Inés mantuvo las manos en sus mejillas.
—Eso no es una respuesta.
—Es lo que puedo darte.
—Por ahora.
—Por ahora.
Afuera, la plaza rugió. El sonido atravesó la furgoneta como una vibración bajo los pies.
—Hemos perdido —dijo Vera.
—Quizá.
—No te arrepientas mañana.
—Mañana decidiré qué hago con lo que ocurra.
—¿Y si te odias por haberlo arriesgado todo?
—Ya he vivido bastante tiempo intentando no odiarme.
Vera abrió los ojos.
Inés la besó.
El beso no tuvo cámaras ni luces ni una puerta de motel al otro lado. Fue lento al principio, como si las dos necesitaran comprobar que el cuerpo de la otra seguía allí. Después Vera le agarró la cintura y la acercó con una fuerza que le arrancó una mueca por el hombro.
Inés se separó.
—Te duele.
—Sí.
—¿Y sigues?
—Sí.
Vera volvió a besarla.
La cama plegada golpeó contra la pared. El teléfono de Vera cayó al suelo y vibró una vez. Ninguna lo recogió.
Al cabo de unos segundos, Inés apoyó la frente contra la suya.
—No tenemos campaña.
—Tenemos pruebas.
Inés sacó la tarjeta metálica del bolsillo y la dejó sobre la mesa plegable.
Vera la miró. El número grabado en la superficie le cambió la postura.
—¿Quién te la dio?
—Tomás. Dice que tú se la entregaste antes de dimitir.
Vera cerró la puerta lateral. Volvió al asiento del conductor y abrió el compartimento bajo el volante. Sacó un portátil delgado, cubierto por una funda negra.
—No lo conectes a la red.
—No iba a hacerlo.
—Eso es nuevo.
—Estoy aprendiendo.
Vera introdujo la tarjeta en una ranura lateral. La pantalla permaneció negra. Tecleó el número una vez. El sistema rechazó el acceso. Lo intentó de nuevo, cambiando dos cifras.
—¿Qué haces?
—El error está en la fecha.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Orduña siempre fecha sus archivos con el día de la firma. Yo introduje fallos en las copias que él archivaba con el mes de cierre.
La tercera combinación abrió una carpeta sin nombre.
Dentro había seis años de contabilidad: fundaciones, contratos de rehabilitación, consultorías sin empleados, donaciones que regresaban a las mismas empresas con otra descripción. Las cifras se repetían con pequeñas variaciones. Vera desplazó la pantalla.
—Mira esta línea.
Inés se inclinó.
—Ese pago aparece duplicado.
—Tres veces. La primera como anticipo. La segunda como ajuste. La tercera como devolución a una fundación que no existía.
—¿Y tú lo dejaste así?
—Dejé fallos lógicos en la contabilidad opaca. Cambié referencias cruzadas, invertí fechas, introduje importes que parecían errores de carga. Cada fallo obligaba a alguien a conservar la versión anterior para que las cuentas cerraran. Esa versión anterior está aquí.
Inés pasó una página digital. Aparecieron nombres de empresas, cuentas y firmas.
—Llevas seis años guardándolo.
—Llevaba seis años esperando que alguien pudiera abrirlo sin que Orduña supiera que el archivo existía.
—¿Por qué no lo entregaste a un periodista?
—Lo intenté. Después de la primera filtración, entendí que cualquier entrega directa podía convertirse en otra carpeta con mi nombre.
—Nunca fuiste una mercenaria.
Vera la miró.
—Sí lo fui. Trabajé para ellos. Cobré. Firmé. Aprendí a mover dinero y a ocultar su dirección. También dejé una bomba dentro de cada balance.
—Un caballo de Troya.
—No me gustan las metáforas heroicas.
—A mí sí, de vez en cuando.
Vera volvió a la pantalla. En la última carpeta había un índice con las fechas, los contratos y los nombres de quienes habían autorizado cada transferencia.
El presidente estatal aparecía en siete páginas. Orduña, en once. Tomás figuraba en dos, junto a las rutas de acceso y los permisos de servidor.
Inés apoyó un dedo sobre el nombre de Tomás.
—Lo has dejado dentro.
—No voy a borrar a quien formó parte.
—Aunque haya intentado reparar el daño.
—La reparación no cambia el registro.
El portátil emitió un pitido. Una ventana nueva se abrió sobre la contabilidad.
ARCHIVO COMPLETO. COPIA VERIFICADA.
Vera retiró la tarjeta.
—Ahora sí tenemos algo que llevar a un tribunal.
—Y a una elección.
—La elección ya ha terminado para nosotras.
La radio se encendió sola.
Una voz masculina interrumpió la música con una urgencia contenida.
—Interrumpimos la programación para ofrecer los primeros datos del escrutinio municipal de San Jerónimo.
Con el noventa y ocho coma siete por ciento de las mesas escrutadas, Inés Valcárcel obtiene una ventaja de treinta y dos votos sobre Mauricio Ledesma.
El resultado queda pendiente de la revisión de actas en los distritos Norte y Sur.
Vera no tocó el volante.
La radio continuó.
—La candidata del Partido Cívico, que rompió públicamente con la dirección de su formación durante el mitin final, podría convertirse en la próxima alcaldesa con el margen más estrecho registrado en la ciudad.
El ayuntamiento quedaría dividido y ningún bloque tendría mayoría suficiente para gobernar sin acuerdos.
Inés miró el portátil. Las cifras de Orduña seguían abiertas en la pantalla. Después miró a Vera.
—¿Tenemos suficiente gasolina para volver a San Jerónimo?
Vera apoyó la mano sobre el volante y esbozó una sonrisa afilada.
—Tenemos suficiente para quemarlo entero.