El margen de error Cámaras y soledad #2
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Cámaras y soledad #2

El presidente había enviado a un conductor del partido. El vehículo conservaba las letras de la campaña, pero habían cubierto el rostro de Inés con una lona negra. Solo quedaban visibles las palabras SAN JERÓNIMO MERECE MÁS .

Inés subió por la puerta lateral.

El interior estaba vacío. La mesa plegable permanecía cerrada. La cama, contra la pared. En la pizarra, las cuatro palabras seguían allí, aunque alguien había tachado DISTANCIA .

La línea negra atravesaba la palabra de arriba abajo.

Inés apoyó la mano sobre la pizarra. El rotulador había dejado un relieve en la superficie.

—¿Quién la ha tachado? —preguntó.

El conductor no respondió.

Tomás entró detrás de ella con el discurso oficial.

—No podemos quedarnos.

—Cinco minutos.

—Inés.

En el suelo, junto a la cama plegada, había un objeto que no reconoció al principio. Una tarjeta metálica, del tamaño de una uña, con una línea de números grabada.

La recogió.

En el reverso, alguien había escrito a mano:

NO CONFÍES EN EL PRIMER DOCUMENTO.

—¿Qué es eso? —preguntó Tomás.

La voz se le quebró en la última palabra. Inés levantó la tarjeta hacia la luz gris que entraba por la puerta lateral.

—No lo sé.

Tomás cerró los ojos.

—Sí lo sabes —dijo Inés.

—La dejé yo.

—¿Qué?

—La tarjeta. La dejé junto a la cama.

El conductor del partido miró hacia el exterior. Tomás bajó la cabeza y apoyó una mano sobre la mesa plegable.

—He estado enviando las ubicaciones al partido —dijo—. Los horarios, las rutas, los hoteles. Me dijeron que era para coordinar la seguridad. Después entendí que no querían protegeros. Querían saber dónde estaba Vera.

Inés no apartó la tarjeta de sus dedos.

—¿La fotografía del motel?

Tomás respiró por la boca. El sonido se le quedó atascado en el pecho.

—La ordenó el partido. El presidente. Usaron la empresa de seguridad del ayuntamiento. Yo les pasé la ruta del motel.

—¿Y ahora me lo dices?

—Porque Vera me obligó a mirarla a la cara antes de dimitir.

Tomás sacó del bolsillo un sobre plano. Lo dejó junto a la tarjeta.

—Me la dio en secreto. Dijo que era la única arma que nos quedaba. No sabía si iba a funcionar. No sabía si debía entregártela.

—¿Qué hay dentro?

—Un acceso. No un documento. Un archivo que lleva años escondido detrás de contabilidades que parecen incompletas.

—¿Por qué no me lo diste antes?

Las lágrimas le cayeron sin que se las limpiara. Tomás mantuvo las manos abiertas, lejos de ella.

—Porque necesitaba el trabajo. Porque pensé que si obedecía a tiempo no acabarían conmigo. Porque cada vez que Vera me preguntaba por una ruta yo le decía que el sistema de seguridad era automático.

—Y no lo era.

—Nunca lo fue.

Inés cerró los dedos sobre la tarjeta.

—¿Vera sabía que estabas filtrando sus ubicaciones?

—Lo supo hace dos días. Por eso me dio esto. Dijo que si te lo entregaba, todavía podrías elegir antes de que el partido eligiera por ti.

Tomás miró el discurso oficial.

—No me perdones. No te lo estoy pidiendo.

—No iba a hacerlo.

Inés guardó la tarjeta junto a la llave.

La plaza de la Constitución estaba vallada cuando llegaron. El escenario ocupaba la escalinata del ayuntamiento. Ocho mil personas llenaban la plaza. Había pancartas del partido, globos azules y una pantalla gigante donde se repetían imágenes de Inés en los barrios.

El presidente la esperaba al pie de las escaleras.

—El discurso está aprobado —dijo—. No improvises.

—Eso ya me lo ha dicho Tomás.

—Entonces escucha.

El abogado del partido se acercó con un auricular en la oreja.

—Si se desvía del texto, cortamos la señal.

Inés miró la pantalla gigante. Su rostro apareció en primer plano, congelado en una sonrisa que no recordaba haber hecho.

—¿Podéis cortar una transmisión en directo?

—Podemos cortar el sonido.

—¿Y la imagen?

—La imagen siempre encuentra otra forma de hablar.

El presidente le tendió la mano.

—Esto no es el momento de buscar a Salvatierra.

Inés no tomó su mano.

—No la estoy buscando.

—Entonces deja de mirar la entrada.

Inés no se había dado cuenta de que lo hacía.

Al fondo de la plaza, los periodistas ocupaban una plataforma elevada. Las cámaras estaban orientadas hacia el escenario. Ninguna apuntaba a la calle lateral por donde Vera se había marchado.

Tomás le colocó el micrófono.

—Recuerda: estabilidad, transparencia, futuro.

Inés miró el papel doblado que llevaba en la mano.

—¿Quién escribió estas palabras?

—El equipo nacional.

—¿Quién las revisó?

—El presidente.

—¿Quién las va a pronunciar?

Tomás no respondió.

La presentadora del mitin salió al escenario. La multitud levantó las pancartas. Un rugido subió desde la plaza, más físico que sonoro.

—¡Inés! ¡Inés! ¡Inés!

El presidente le indicó que esperara.

En la pantalla, el reloj de transmisión empezó a contar.

00:10.

00:09.

Inés abrió el discurso oficial.

La primera frase hablaba de una ciudad que necesitaba estabilidad. La segunda agradecía al Partido Cívico su confianza. La tercera mencionaba «las actuaciones individuales de una antigua colaboradora».

La tinta parecía más negra bajo la luz del escenario.

00:03.

00:02.

00:01.

La presentadora pronunció su nombre.

Inés caminó hasta el podio.

La multitud rugió. Las cámaras se encendieron. En la primera fila, el presidente sonreía. El abogado tocó el auricular. Tomás sostuvo la carpeta contra el pecho.

Inés colocó el discurso sobre el atril.

Lo miró una última vez.

Después lo rompió por la mitad frente a las cámaras.

El sonido del papel entrando en dos desapareció bajo el grito de la plaza.

Inés levantó la cabeza y miró directamente a la lente de la cámara central.