El margen de error Cámaras y soledad
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Cámaras y soledad

El despacho del hotel tenía tres televisores encendidos y ninguna ventana abierta.

En las tres pantallas, Inés aparecía bajo la lluvia junto a la furgoneta. El mismo plano se repetía con distintos rótulos. En uno, el presentador decía que había sabido reaccionar. En otro, una analista hablaba de liderazgo. En el tercero, la fotografía de Vera ocupaba media pantalla.

VALCÁRCEL SE DESMARCA DE SU ESTRATEGA.

Inés permanecía sentada en el suelo, con la espalda contra el sofá. El traje seguía húmedo en los hombros. Tenía una de las llaves de la furgoneta entre los dedos, aunque el presidente se las había quitado todas salvo una que había quedado atrapada en el forro de su bolso.

Tomás estaba de pie frente a la mesa. Había dejado cuatro carpetas abiertas y no había leído ninguna.

—Las encuestas nos ponen por delante —dijo.

Inés no miró las pantallas.

—¿Por cuánto?

—Tres puntos y medio.

—Ayer estábamos seis abajo.

—La gente ha reaccionado a la dimisión.

—La gente ha reaccionado a la historia que le han contado.

Tomás cogió el mando y bajó el volumen. La boca de los presentadores continuó moviéndose sin voz.

—El partido quiere que mantengas el tono de hoy.

—¿Cuál?

—Firme. Limpio. Institucional.

—Eso no es un tono.

—Es lo que funciona.

—No.

Tomás pasó una página de la carpeta superior.

—El presidente ha preparado el discurso del mitin final.

—¿Para cuándo?

—Mañana por la noche.

—Las elecciones son pasado mañana.

—Lo sé.

—¿Y Vera?

Tomás cerró la carpeta.

—No la menciones.

—No te he preguntado qué quiere el partido.

—No sé dónde está.

—¿Has intentado llamarla?

—Su teléfono está apagado.

—¿Y su casa?

—No tiene una casa registrada a su nombre.

Inés bajó la mirada hacia la llave. La etiqueta de plástico llevaba una marca de tinta: MERCEDES 1998 . Vera había dicho que ella llevaba las llaves. Después se las había entregado al presidente como quien se arrancaba una articulación.

—Encuéntrala.

—No puedo.

—Has encontrado cada documento de esta campaña cuando necesitabas usarlo contra mí.

—Esto no es una hoja de cálculo.

—Eso es lo que diría alguien que no quiere buscar.

Tomás se dejó caer en una silla. El teléfono le vibró sobre la mesa.

—Tienes una rueda de prensa en una hora.

—No voy a darla.

—Sí vas a darla.

—No.

—Si no apareces, el partido publicará que estás reconsiderando la candidatura.

Inés levantó la cabeza.

—Que lo publique.

—No puedes entregarles la elección.

—Ellos ya la han entregado. Solo que han usado la cara de Vera para envolverla.

Tomás miró hacia los televisores. En la pantalla central, un experto señalaba una gráfica azul.

—La subida es real.

—La subida es el precio de haberla arrojado a la calle.

—No lo sabes.

—Lo sé porque he visto cómo me miraban las cámaras. No estaban preguntando si los contratos eran legales. Querían saber si yo había elegido a una mujer culpable o si podía fingir que no la conocía.

—Y has fingido que no la conocías.

La frase salió más áspera de lo que Tomás pretendía. Inés giró la llave en la mano.

—No fui yo quien dijo que era un trabajo más.

—Lo hizo para protegerte.

—No me protege cuando me convierte en una mentirosa.

—¿Qué querías que hiciera?

—Que dijera la verdad.

—¿Cuál?

Inés se puso de pie. El tobillo le ardió. No buscó apoyo.

—Que Orduña la amenazaba. Que alguien nos fotografió en el motel. Que el expediente apareció después de que ella se negara a entregar algo. Que el partido sabía quién era antes de contratarla.

Tomás la miró sin parpadear.

—¿Nos fotografió?

Inés comprendió que había hablado demasiado tarde.

—No importa.

—¿Qué fotografía?

—Tomás.

—¿Qué fotografía?

—Una que no has visto.

—¿Vera te ha dicho todo eso?

—Me ha dicho lo suficiente.

—No, Inés. Vera te ha dicho lo suficiente para que la sigas. Es distinto.

La llave se clavó en la palma de Inés.

—No hables de ella como si supieras quién es.

—Sé quién es cuando desaparece con los documentos que pueden hundirnos.

—Ha desaparecido para evitar que nos hundan.

—Eso es lo que te ha hecho creer.

Inés cruzó la habitación. Apagó el televisor de la derecha. La pantalla quedó negra y devolvió su reflejo en el traje húmedo.

—¿Quién ha preparado el discurso?

—Comunicación nacional.

—¿El presidente lo ha leído?

—Lo ha aprobado.

—¿Y qué dice?

Tomás sacó las hojas de una carpeta roja.

—Que agradeces la confianza de los votantes. Que la campaña entra en una nueva etapa de transparencia. Que el Partido Cívico no tolera la corrupción. Que has pedido una investigación independiente sobre las actuaciones de Vera Salvatierra.

—¿He pedido eso?

—Lo pedirás.

—No.

—También habla de estabilidad, inversión y continuidad administrativa.

—¿Menciona el agua?

—Dos veces.

—¿Los contratos?

—Una.

—¿Vera?

Tomás no respondió.

Inés tomó las hojas. El papel estaba dividido en párrafos cortos, con indicaciones de pausa, gestos y posición frente a la cámara. En el margen, alguien había escrito con lápiz: sonreír después de “integridad” .

—No voy a leer esto.

—Mañana lo leerás en directo.

—No.

—El partido ha decidido.

—El partido no sube al escenario.

—El partido paga el escenario.

—Eso no le da mi voz.

Tomás se levantó.

—La voz es lo único que te queda después de haber dejado que Vera la usara durante dos semanas.

Inés levantó la vista.

Tomás entendió el error, pero no retrocedió.

—Te ha convertido en la versión de ella que necesitaba —dijo—. Más afilada, más eficaz y menos reconocible. Ahora que se ha ido, tienes que demostrar que sigues siendo tú.

—¿Y quién soy?

—La candidata.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puede salvar la elección.

—No quiero salvarla así.

Tomás recogió el teléfono.

—Mañana querrás cualquier cosa que te permita ganar.

Se marchó antes de que Inés contestara.

La habitación quedó con dos televisores encendidos y el aire acondicionado demasiado frío. Inés dejó las hojas sobre el sofá. Se sentó junto a ellas sin tocarlas.

En la pantalla central apareció una entrevista antigua de Vera. Debía de tener unos treinta años. Llevaba el pelo suelto, una chaqueta barata y el rostro abierto de quien todavía no había aprendido a desconfiar de una cámara. Orduña aparecía detrás, apoyando una mano sobre su hombro.

—Vera Salvatierra es una de las jóvenes promesas de nuestra organización —decía él—. Tiene un instinto extraordinario para detectar oportunidades.

La imagen cambió. Vera salía del edificio de la fiscalía con una carpeta contra el pecho. Los titulares hablaban de irregularidades, filtraciones y una asesora apartada por falta de confianza.

Inés apagó el televisor.

La pantalla reflejó el mensaje de su propio teléfono.

¿Sigue siendo su estratega?

Otro mensaje.

¿Conocía los movimientos de fondos?

Otro.

¿Está dispuesta a condenarla?

Inés dejó el teléfono boca abajo.

A las once de la noche, se quitó el traje. El agua de la ducha cayó sobre el tobillo lesionado y le volvió la piel roja. Durante un minuto sostuvo la llave de la furgoneta bajo el chorro, observando cómo el metal se calentaba en su mano.

Después la guardó en el bolsillo del pantalón.

Durmió dos horas.

A las cuatro, recibió un mensaje de un número desconocido.

Si quieres verla, deja de fingir que no sabes quién es.

No había fotografía ni firma. Inés llamó de inmediato. El número no existía.

A las cinco y cuarto, Tomás volvió con café y ojeras nuevas.

—El partido ha aprobado el discurso final —dijo.

Inés estaba sentada frente a la ventana. Había visto amanecer sobre los edificios, un color gris que no terminaba de convertirse en luz.

—¿Dónde es el mitin?

—Plaza de la Constitución.

—¿Cuánta gente?

—Ocho mil, según la organización.

—¿Cuántas cámaras?

—Todas las nacionales.

—¿Y la transmisión?

—En directo.

Tomás dejó el café en la mesa.

—No improvises.

—¿Por qué?

—Porque ahora cada palabra será una prueba.

—¿Para quién?

—Para todos.

—Eso tampoco es una respuesta.

Tomás sacó el discurso de la carpeta roja y lo dejó delante de ella.

—El presidente estará en primera fila. El abogado del partido también. Si rompes el mensaje, retirarán la estructura después de las elecciones, aunque ganes.

—Si gano fingiendo, ya habrán ganado ellos.

—No hagas filosofía.

—No estoy haciendo filosofía.

Inés tocó la primera página.

—Estoy leyendo una condena.

—Es una campaña.

—Es lo mismo que dijo Vera.

—Vera decía muchas cosas que sonaban bien hasta que alguien tenía que pagar.

Inés levantó los ojos.

—¿Dónde está el coche?

—¿Qué coche?

—El que nos llevará a la plaza.

—A las seis y media.

—Voy a ir en la furgoneta.

Tomás palideció.

—El partido la ha retirado.

—La tiene aparcada en el edificio.

—No tienes autorización.

—Tengo una llave.

—¿Qué llave?

Inés la sacó del bolsillo y la dejó sobre la mesa.

La etiqueta de plástico golpeó la madera.

—La de Vera.

Tomás miró el objeto como si fuera una prueba contaminada.

—No la uses.

—¿Por qué?

—Porque todo lo que toques con algo suyo acabará en una fotografía.

—Ya hay fotografías.

—No sabes cuántas.

—Tú tampoco.

Tomás tomó la llave. Inés se la quitó antes de que pudiera guardarla.

—No vuelvas a decidir por mí.

—Eso es lo que dijo ella.

—No la imites.

—Intento impedir que cometas el mismo error.

—No sabes cuál fue su error.

—Elegir a Orduña.

—Y luego elegirme a mí.

Tomás se quedó callado.

Inés recogió el discurso.

—Déjame sola.

—No.

—Tomás.

—No voy a dejarte subir a ese escenario con una llave y una rabia que no puedes controlar.

—La rabia se controla mejor que la mentira.

—¿Y si la gente no entiende?

—Entonces entenderá lo que pueda.

—¿Y si perdemos?

Inés dobló el discurso por la mitad.

—No sé qué significa ganar una elección que me obliga a negar a la mujer que me enseñó a ganar.

Tomás se frotó la cara con ambas manos. Después dejó caer los brazos.

—Vera se ha ido.

—Eso no la convierte en culpable.

—Tampoco la convierte en inocente.

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿qué quieres decir?

Inés miró la llave.

—Que no voy a dejar que el miedo escriba mi discurso.

A las seis y cuarenta, la furgoneta apareció frente al hotel.