Sacrificio
Las llaves dejaron de sonar antes de que Inés pudiera agacharse.
Tomás ya estaba contestando otra llamada. Caminaba en círculos frente a la pantalla donde la fotografía de Vera seguía junto al reloj de cuenta atrás. Cada vuelta le llevaba de la máquina de café a la pared de cristal y de la pared de cristal a la mesa de recepción.
—No, no puedo confirmar eso —decía—. No, porque no tengo una declaración. He dicho que no tengo una declaración.
Inés recogió las llaves. El metal estaba frío.
En la pantalla, un presentador hablaba de «la arquitecta financiera de una red de corrupción». El rótulo inferior cambiaba cada pocos segundos.
VALCÁRCEL GUARDA SILENCIO.
EL PARTIDO CÍVICO EXIGE EXPLICACIONES.
¿QUIÉN ES VERA SALVATIERRA?
—Corta la pantalla —dijo Inés.
Tomás tapó el micrófono del teléfono.
—No podemos.
—¿Por qué?
—La señal viene del edificio.
—Entonces apágala.
—El presidente ha ocupado la sala de juntas. Ha pedido que nadie toque nada.
—¿Dónde está Vera?
Tomás miró las llaves en su mano.
—No lo sé.
—Mientes peor que ella.
—No me ha dicho dónde iba.
—Pero lo sabes.
Tomás volvió al teléfono.
—Sí, sigo aquí. No, ella no está. No, tampoco puedo decirte cuándo volverá.
Inés sacó su móvil. Tenía treinta y una llamadas perdidas. La mayoría eran de números que no reconocía. Había mensajes de periodistas, de asociaciones vecinales, de su hermana y uno de Rafael Orduña.
Querida Inés: lamento que hayas descubierto tan tarde la clase de persona que has puesto a dirigir tu campaña. Si necesitas una salida, puedo ofrecértela.
Inés borró el mensaje.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Vera.
—¿Dónde estás? —preguntó Inés al contestar.
—En la furgoneta.
El ruido de la lluvia llenaba la llamada. Una puerta golpeó al fondo.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Qué has hecho?
—He conseguido que el chantajista deje de publicar durante unas horas.
—¿A cambio de qué?
Silencio.
—Vera.
—Voy a la oficina.
—No te he preguntado eso.
—El partido va a reunirse.
—¿Qué has entregado?
—Nada que importe.
Inés cerró los dedos sobre las llaves.
—Deja de decidir qué importa.
—No puedo hablar ahora.
—¿Dónde estás exactamente?
—En la carretera del distrito Oeste.
—Voy a buscarte.
—No.
—No era una pregunta.
—Inés, escucha. Si sales de ese edificio, te van a rodear.
—Entonces que se aparten.
—No salgas.
—¿Por qué?
Vera tardó en contestar.
—Porque todavía puedo arreglarlo.
La llamada terminó.
Inés llamó de nuevo. El teléfono de Vera ya estaba apagado.
Tomás la observaba desde la pared de cristal.
—¿Qué te ha dicho?
—Que está en la furgoneta.
—¿Y qué haces aquí?
—Voy a buscarla.
—No puedes salir por la puerta principal.
—¿Tampoco vas a dejarme elegir cómo camino?
—Hay periodistas en la acera. Han llegado dos cámaras nacionales. El partido ha enviado a un abogado.
—Perfecto. Que graben.
—Inés.
—¿Dónde está el presidente?
—En la sala de juntas.
—Llévame.
Tomás apretó el teléfono contra la oreja.
—No quiere verte.
—Eso no ha detenido a nadie en esta campaña.
Subieron por la escalera de servicio. El tobillo de Inés golpeaba con cada peldaño. Tomás caminaba un paso por detrás, sosteniendo las carpetas contra el pecho. En el segundo piso, dos miembros de seguridad bloqueaban el pasillo.
—La reunión es privada —dijo uno.
—Soy la candidata —respondió Inés.
—Precisamente.
Tomás mostró su tarjeta. El guardia miró hacia la puerta cerrada.
Desde dentro llegó la voz del presidente.
—Que entre.
El guardia abrió.
La sala de juntas estaba llena. El presidente estatal ocupaba la cabecera. A su derecha, el abogado del partido había desplegado un expediente sobre la mesa. A la izquierda, dos responsables de comunicación compartían una pantalla con una lista de titulares.
Nadie se levantó.
—Siéntate —dijo el presidente.
—¿Dónde está Vera?
—No lo sabemos.
—Está en la furgoneta del partido.
—Entonces está huyendo.
—Está intentando detener el chantaje.
El abogado cerró el expediente.
—Eso no es una función reconocida dentro de su contrato.
—¿Qué función reconoces tú? ¿Esperar a que los periódicos destruyan la campaña?
—Reconozco la necesidad de separar a la candidata de una persona cuya actuación está siendo investigada.
—¿Investigada por quién?
—Por las autoridades competentes, si corresponde.
—No has respondido.
—No tenemos que responderte cada pregunta como si esto fuera un debate.
—No. En los debates al menos fingís respetar la verdad.
El presidente apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Vera Salvatierra queda suspendida con efecto inmediato.
Tomás bajó la mirada.
—No podéis suspenderla si no está aquí.
—La decisión no necesita su presencia.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Inés.
El abogado giró una página.
—Hay documentos que la vinculan con una estructura de desvío de fondos, transferencias a fundaciones pantalla y manipulación de informes. Su firma aparece en varios movimientos.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que no podemos sostenerla.
—No sabéis si son auténticos.
—Son suficientes para una crisis.
—Eso no es justicia.
—No estamos en un tribunal.
—Estamos en una campaña que prometió auditar la corrupción.
El presidente le sostuvo la mirada.
—Precisamente por eso debes despedirla delante de las cámaras.
La frase no necesitó que nadie la repitiera.
Inés miró la pantalla. Bajo el retrato de Vera aparecía una línea de texto:
¿PUEDE VALCÁRCEL SEPARARSE DE SU ESTRATEGA?
—No la voy a despedir.
—No te estamos pidiendo una opinión.
—Entonces habéis elegido a la persona equivocada.
—Te estamos dando una oportunidad.
—¿De ganar?
—De conservar la campaña.
—¿Y qué queréis que diga?
El responsable de comunicación deslizó una hoja hacia ella.
—Que desconocías su pasado. Que el partido actuará con firmeza. Que Vera queda apartada de todas sus funciones y que colaborarás con cualquier investigación.
Inés leyó el texto.
—Esto no es una declaración. Es una ejecución con gramática.
—Es lo que espera la prensa.
—La prensa espera una respuesta.
—La prensa espera una culpable.
—Ya la tiene.
El abogado recogió el expediente.
—Si no la apartas, retendremos los fondos restantes y el partido suspenderá la cobertura legal. En tres días no tendrás estructura de campaña.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una consecuencia financiera.
—Las consecuencias financieras suelen tener nombres.
—El tuyo está en las encuestas.
El presidente se levantó.
—Inés, escucha la parte que no quieres escuchar. Tu rival está a seis puntos. El vídeo se ha detenido, pero este escándalo acaba de entrar en la televisión nacional. Si la mantienes, la elección se convertirá en un referéndum sobre ella.
—La elección ya era un referéndum sobre el agua, los contratos y la ciudad.
—Eso fue antes de que aparecieran las transferencias.
—¿Y si las transferencias son falsas?
—Entonces que lo demuestre desde fuera.
—No la vais a convertir en un escudo.
—Ella ya lo ha hecho.
Inés sintió las llaves clavarse en la palma.
—¿Qué significa eso?
El presidente no contestó.
Tomás recibió un mensaje. Lo leyó y palideció.
—La furgoneta está en movimiento —dijo.
Inés se volvió hacia él.
—¿Cómo lo sabes?
—El localizador del vehículo.
—Dime la ruta.
—Avenida del Oeste. Va hacia la oficina.
Inés salió antes de que el presidente pudiera detenerla.
Tomás corrió detrás. En el vestíbulo, los periodistas levantaron los micrófonos al verla. La puerta principal se abrió y el ruido de la calle entró con las cámaras, los motores y los gritos.
—¡Señora Valcárcel! ¿Conocía las acusaciones contra su estratega?
—¿La va a despedir?
—¿Es cierto que Vera Salvatierra desvió fondos públicos?
Inés siguió caminando.
—¡Inés! —gritó una reportera—. ¿Sigue confiando en ella?
El nombre le atravesó el cuerpo.
Tomás la agarró del brazo.
—Por detrás.
Salieron por la puerta de carga. La lluvia había vuelto, inclinada por el viento. El aparcamiento estaba vacío salvo por dos coches del partido.
Tomás abrió uno.
—Conduce tú.
—No.
—Tienes el tobillo lesionado.
—No lo suficiente.
El coche salió hacia la avenida del Oeste. Tomás consultaba el localizador en el móvil. La señal de la furgoneta aparecía como un punto azul que se alejaba de ellos.
—Está parando —dijo.
—¿Dónde?
—Junto al edificio de campaña.
—Llegaremos antes.
—No si sigues acelerando.
—Entonces llama a tráfico.
—No tenemos tiempo para que te detengan.
Las calles estaban saturadas. Los limpiaparabrisas apenas podían apartar el agua. En las aceras, los transeúntes se refugiaban bajo los toldos. Un autobús bloqueó el cruce y Tomás golpeó el salpicadero con la carpeta.
—Vera no va a volver —dijo.
—No sabes eso.
—Conozco esa cara.
—No la conoces.
—Conozco las dimisiones.
Inés miró el punto azul del móvil.
—No ha dimitido.
—Todavía.
La furgoneta apareció al final de la avenida. Estaba detenida junto a la acera, frente al edificio de campaña. La puerta lateral permanecía abierta. Un grupo de periodistas esperaba bajo los paraguas. Las cámaras apuntaban a la entrada.
Tomás frenó detrás de un taxi.
—No salgas por aquí —dijo.
Inés ya había abierto la puerta.
La lluvia le golpeó la cara. El tobillo se le dobló al bajar, pero siguió andando.
Vera estaba junto a la furgoneta.
Llevaba la misma chaqueta que había usado durante el debate. El hombro derecho le caía un poco más bajo. Su pelo, recogido con la pinza metálica, se había soltado por un lado. En una mano sostenía una carpeta. En la otra, las llaves del vehículo.
El presidente estatal se acercó con dos asistentes.
—Vera —dijo—. El comunicado está listo.
—Lo he leído.
—Necesitamos una renuncia clara.
—La tendréis.
Inés se detuvo a unos metros. Las cámaras la encontraron de inmediato.
—¡Candidata! ¿Va a responder sobre su estratega?
—¿Es verdad que sabía lo de los fondos?
—¡Señora Valcárcel, mire aquí!
Vera la vio.
Durante un segundo, su cara dejó de pertenecer a las cámaras, al partido y a la lluvia.
Inés caminó hacia ella.
—No firmes nada —dijo.
Vera bajó la mirada a la carpeta.
—Ya está firmado.
—No puedes hacer esto.
—Puedo.
—No sin hablar conmigo.
—Estamos hablando.
—Esto no es hablar.
Vera le entregó las llaves al presidente.
—La furgoneta queda bajo control del partido.
El presidente las guardó en el bolsillo.
—Vera, la declaración.
La estratega miró a Inés. La lluvia le corría por la frente y se perdía en la línea de la mandíbula.
—Voy a dimitir como directora de campaña —dijo.
Las cámaras avanzaron un paso.
Inés negó con la cabeza.
—No.
Vera no apartó los ojos de ella.
—Mi participación en las operaciones descritas en los documentos ha creado un conflicto imposible de sostener. La candidata no tenía conocimiento de mis actuaciones anteriores y no debe cargar con ellas.
—No hables como si yo no estuviera aquí.
—Estoy intentando que puedas seguir.
—No tienes derecho.
—Lo sé.
Un periodista gritó desde la primera fila:
—¿Está reconociendo su implicación?
Vera giró hacia las cámaras.
—Reconozco que trabajé para Rafael Orduña durante el periodo que se investiga. Reconozco que firmé documentos. Y reconozco que mi presencia perjudica a la candidata.
—¿Es usted culpable de desviar fondos públicos?
Vera mantuvo la boca cerrada dos segundos.
—Eso lo decidirán los tribunales.
Inés dio otro paso.
—Diles que te están chantajeando.
Vera volvió la cara hacia ella.
—No.
—Diles la verdad.
—La verdad no te salvará de esta rueda de prensa.
—No quiero que me salves.
—Sí quieres.
La frase se perdió bajo el ruido de la lluvia, pero Inés la oyó.
—No me dejes sola —dijo.
Vera respiró. La mano que había sostenido la carpeta se cerró hasta arrugar el cartón.
—Nunca estuvimos juntas.
Inés se quedó quieta.
Vera se volvió hacia los periodistas.
—Inés Valcárcel fue un trabajo más. Una candidata con buenas posibilidades y un mensaje que necesitaba disciplina. Mi relación profesional con ella termina hoy.
El rostro de Inés perdió color.
—No digas eso.
Vera continuó.
—No existe ninguna relación personal entre nosotras. No existe ningún vínculo que afecte a la campaña. Cualquier insinuación en ese sentido es falsa.
Las cámaras se inclinaron hacia ellas. Los micrófonos ocuparon el espacio entre sus cuerpos.
—Vera.
—No vuelvas a llamarme.
—No puedes decirme eso delante de ellos.
—Es lo único que puedo hacer delante de ellos.
—Mírame.
Vera la miró.
La lluvia le había borrado el maquillaje de los ojos. Tenía la piel desnuda, pálida, sin la armadura de las entrevistas.
Inés vio el pulgar recorrer la cicatriz del nudillo.
Una vez.
Dos.
—Di que no fue un trabajo más —susurró.
Vera apretó la mano.
—Fue un trabajo más.
Inés retrocedió. El borde de la acera le golpeó el talón.
El presidente se acercó a Vera.
—Tenemos que entrar.
—No.
—¿No?
—Me voy.
—El comunicado establece que quedas disponible para la investigación del partido.
—Que investiguen.
Vera abrió la puerta lateral de la furgoneta. El interior estaba oscuro. La cama plegada seguía contra la pared. Sobre la mesa había un vaso de café de la mañana y la pizarra con las cuatro palabras.
MENSAJE. AGENDA. DISTANCIA. RENDIMIENTO.
Vera subió un pie.
Inés avanzó hacia ella, pero una barrera de micrófonos se interpuso.
—¡Candidata, sabía que su estratega estaba implicada!
—¿Va a renunciar a la candidatura?
—¿Mantiene que es una mujer íntegra?
La voz de Vera llegó desde el interior de la furgoneta.
—No respondas.
Inés se volvió hacia ella.
—No me digas qué hacer.
Vera estaba de pie junto a la cama plegada. La luz gris entraba por la puerta abierta y le dibujaba el cuerpo contra la oscuridad del vehículo.
—Por una vez, hazlo.
—¿Hacer qué?
—Sobrevivir.
Inés apartó el micrófono que tenía delante.
—No quiero sobrevivir a esto.
—Lo harás.
—Contigo.
Vera bajó los ojos.
—Ya no.
El presidente cerró la puerta lateral desde fuera.
Vera saltó al suelo por el otro lado. La lluvia la envolvió al instante. Caminó hacia la calle sin mirar atrás.
Inés la siguió.
—¡Vera!
La estratega no se detuvo.
—¡Vera, vuelve!
Los periodistas giraron las cámaras hacia Inés. El flash de una fotografía le atravesó la vista. El coche del partido arrancó junto a la acera. Un autobús pasó levantando una ola sucia sobre el bordillo.
Vera cruzó la calle bajo la lluvia.
Su silueta se volvió borrosa entre los paraguas, los faros y las pantallas que seguían repitiendo su nombre.
Inés se quedó frente a la furgoneta abierta, con los micrófonos apuntándole a la cara y el interior vacío detrás de ella.
—¿Inés Valcárcel? —preguntó un periodista—. ¿Tiene algo que decir sobre la dimisión de su estratega?
La puerta lateral de la furgoneta golpeó contra el marco.
Inés miró la calle.
Vera ya había desaparecido.