El margen de error Falsa seguridad #2
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Falsa seguridad #2

—A la estación de mercancías del distrito Oeste.

—¿Con quién?

—No lo sé todavía.

—Sabes demasiado para alguien que dice no saber nada.

Vera caminó hacia la puerta.

Inés se interpuso.

—No vas a desaparecer y volver con otra mentira.

—Tengo tres días para mantenerte en la carrera.

—Tienes tres días para dejar de decidir por mí.

—No entiendes lo que hay en esos archivos.

—Entonces cuéntamelo.

—No.

—Vera.

—Si te lo cuento, dejarás de poder negarlo.

—¿Negar qué?

Vera la miró. La lámpara de la sala dejó una línea blanca sobre su pómulo.

—Que elegiste a la persona equivocada.

Inés se apartó un centímetro. Vera aprovechó para abrir la puerta.

—Si sales, no vuelvas a llamarlo protección —dijo Inés.

Vera se detuvo.

—No voy a llamarlo nada.

—Eso es lo que haces cuando tienes miedo.

El rostro de Vera se endureció.

—No uses esa palabra conmigo.

—¿Cuál? ¿Miedo?

—No la uses.

—Tienes miedo de que te abandone antes de que puedas hacerlo tú.

Vera cerró los ojos. El gesto duró menos de un segundo.

—Vete al acto del ayuntamiento.

—No.

—El presidente estará allí.

—Que espere.

—La prensa está convocada.

—Que pregunte.

—Si no apareces, dirán que estás escondiendo algo.

—Estoy escondiendo algo. Lo escondes tú.

Vera metió la mano en el bolsillo y le entregó las llaves de la furgoneta.

—Llévate a Tomás.

—No voy a conducir tu fuga.

—No es una fuga.

—¿Qué es?

Vera miró hacia el pasillo vacío.

—Una corrección de daños.

—No vuelvas tarde.

Vera sostuvo sus ojos.

Por un instante pareció que iba a acercarse. La mano le subió hasta la cintura y se quedó a medio camino.

—No me esperes —dijo.

—Eso no te lo prometo.

Vera salió.

La estación de mercancías del distrito Oeste estaba casi vacía bajo la lluvia. Los andenes de carga formaban corredores de hormigón entre almacenes cerrados. Un coche oscuro esperaba junto a la verja, con las luces apagadas y el motor encendido.

Vera se detuvo a cinco metros.

—No has venido a negociar —dijo.

La ventanilla trasera descendió.

El presidente estatal ocupaba el asiento posterior. No llevaba paraguas. El cristal le había dejado una línea de agua sobre la sien.

—Sube, querida.

—No.

—Entonces tendremos que conversar bajo la lluvia. Es una imagen poco favorable para todos.

Vera miró el asiento delantero. El conductor no era Tomás.

—¿Dónde está Orduña?

—En un lugar donde todavía entiende el valor de una firma.

—Él te entregó el expediente.

—Me entregó copias. El expediente siempre ha pertenecido a quienes supieron conservarlo.

Vera no se acercó al coche.

—El mensaje tenía una sintaxis de comité. No de Orduña.

El presidente sonrió sin mostrar los dientes.

—Sigues detectando patrones. Por eso te contratamos.

—Me contratasteis para destruir a Inés.

—Te contratamos para salvar una candidatura. Lo demás depende de tu capacidad de obedecer.

—No voy a abandonar la campaña.

—Ya lo has hecho en otras ocasiones.

El presidente abrió la puerta trasera. Dentro olía a cuero mojado y a papel recién impreso.

—Orduña entregó tu expediente a cambio de futuros contratos. El partido necesita que Inés llegue a la elección sin una estratega que pueda convertirse en una investigación. Tú dimites. Te marchas. Ella queda sola, vuelve a necesitar nuestro aparato y firma lo que tenga que firmar.

—Eso no es una estrategia. Es una toma de rehenes.

—Qué palabra tan dramática para una operación de estabilidad.

Vera bajó la vista hacia sus zapatos empapados.

—¿Y si me niego?

El presidente sacó un sobre del bolsillo del abrigo. No lo abrió. Dejó que el borde de una fotografía asomara por la solapa.

—La imagen del motel llegará a tres periódicos conservadores antes del amanecer. El titular no hablará de una relación. Hablará de una candidata que utiliza fondos de campaña para ocultar una conducta impropia. Después vendrán las demás fotografías, si existen.

Vera miró el sobre.

—No sabes si existen.

—No necesito saberlo. Solo necesito que Inés crea que pueden existir.

—Si la destruyes, la ciudad sabrá lo que has hecho.

—La ciudad olvida los métodos cuando recibe una alcaldesa debilitada y un ayuntamiento dócil.

Vera apoyó el pulgar sobre la cicatriz del nudillo. La lluvia le entraba por el cuello de la camisa.

—Quieres que me convierta en la culpable.

—Ya lo eres para la prensa.

—Y si dimito, Inés dependerá de vosotros.

—Eso no es una amenaza. Es una consecuencia.

Vera miró el asiento vacío junto al presidente. Después miró la carretera por la que había venido.

—No la tocarás.

—No me obligues a demostrarte que no tienes capacidad para protegerla.

—Dame la fotografía.

—No.

—El expediente.

—Tampoco.

—Entonces no tienes un acuerdo.

—Tengo algo mejor. Tu necesidad de que ella sobreviva.

El presidente le tendió una carpeta delgada.

—Firma la dimisión. Afirma que fuiste un trabajo más. No vuelvas a verla hasta después de las elecciones.

Vera no tocó la carpeta.

—¿Y si gana sin mí?

—No ganará sin el aparato.

—¿Y si sí?

—Entonces habremos encontrado otra forma de gobernarla.

La lluvia borró el sonido de los trenes lejanos. Vera cerró la mano sobre la cicatriz hasta que la piel se abrió.

—Si la fotografía sale, volveré por ti.

—No tendrás dónde volver.

Vera subió al coche.

Firmó sin sentarse. El bolígrafo le tembló una sola vez. El presidente guardó la hoja y le devolvió la carpeta vacía.

—Mañana, delante de las cámaras —dijo—. Fría. Convincente. No la mires demasiado.

Vera bajó del coche.

—No vuelvas a llamarme querida.

—Como quieras, Vera.

El coche desapareció tras la verja. Vera permaneció bajo la lluvia con la carpeta contra el pecho. Después volvió a la furgoneta.

Inés permaneció en la sala con las llaves apretadas en el puño. El metal le dejó cuatro medias lunas en la piel.

A las seis y cuarenta y tres, Tomás llegó al ayuntamiento con dos carpetas y una cara que parecía haber envejecido durante el trayecto.

—¿Dónde está Vera? —preguntó.

—Trabajando.

—¿Con quién?

—Eso intento averiguar.

Tomás bajó la vista hacia las llaves.

—¿Te las ha dado?

—Sí.

—Entonces no piensa volver pronto.

—¿Qué significa eso?

Tomás no respondió. Abrió la primera carpeta. Dentro había capturas de pantalla de los correos enviados a los periodistas.

—No deberías ver esto.

—Ya he visto bastante.

—No, Inés. No has visto lo peor.

El teléfono de Tomás empezó a sonar. No era una llamada. Eran alertas.

Una detrás de otra.

La pantalla se llenó de titulares.

ÚLTIMA HORA: LA ESTRATEGA DE INÉS VALCÁRCEL, VINCULADA A UNA RED DE DESVÍO DE FONDOS.

DOCUMENTOS REVELAN EL PAPEL DE VERA SALVATIERRA EN EL CASO ORDUÑA.

LA CANDIDATA QUE PROMETIÓ AUDITAR LA CORRUPCIÓN CONTRATÓ A UNA DE SUS ARQUITECTAS.

Tomás miró a Inés.

—Se ha filtrado a nivel nacional.

En el piso superior del ayuntamiento, una pantalla encendió el canal de noticias. La fotografía de Vera apareció junto a una línea roja y un reloj de cuenta atrás.

FALTAN TRES DÍAS PARA LAS ELECCIONES.

Inés soltó las llaves.

Cayeron sobre el suelo de mármol.