El margen de error Falsa seguridad
65%

Falsa seguridad

Vera borró la fotografía antes de que Inés pudiera ampliarla.

—¿Qué haces? —preguntó Inés.

—Evito que quede guardada en el teléfono.

—Ya la has visto.

—Eso no es lo mismo.

—¿Quién la ha tomado?

—No lo sé.

—¿Quién estaba en el aparcamiento del motel?

—No lo sé.

—¿Cuántas veces vas a usar esa respuesta?

Vera guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. El número anónimo seguía activo en la pantalla bloqueada, una línea negra bajo la hora.

—Las que hagan falta.

Inés la observó desde el espacio estrecho entre los asientos. La luz del polígono cortaba el parabrisas en bandas amarillas. Detrás de la verja, una máquina de carga retrocedió con tres pitidos secos.

—Enséñame el mensaje.

—No.

—No puedes decidir qué veo.

—Puedo decidir qué entra en tu teléfono.

—Eso no es protección.

—No he dicho que lo fuera.

Vera arrancó la furgoneta. El motor tardó dos intentos. Salieron del polígono sin tomar la avenida principal.

Inés miró el espejo. La cara de Vera parecía tallada en una superficie que no aceptaba huellas.

—¿Dónde vamos?

—A la oficina.

—Tomás ha dicho que la oficina está cerrada.

—No para mí.

—¿Qué tienes que hacer?

—Trabajar.

—¿Con quién?

—Con la campaña.

—Eso no es una persona.

—Hoy será suficiente.

El teléfono de Vera vibró. Ella lo sacó del bolsillo con la mano izquierda, leyó la pantalla y lo puso boca abajo junto al cambio de marchas.

—¿Era él? —preguntó Inés.

—No.

—Has tardado demasiado.

—El tráfico no se detiene porque tengas curiosidad.

—No es curiosidad.

—Entonces ponle otro nombre.

—Desconfianza.

Vera cambió de carril sin mirar hacia ella.

—Ese nombre sí te queda.

La oficina de campaña ocupaba dos plantas de un edificio antiguo frente al mercado. Tomás había apagado las luces, pero la puerta lateral cedió bajo la tarjeta de Vera.

Dentro, las pantallas de los ordenadores estaban cubiertas con fundas de plástico. Los folletos apilados contra las paredes tenían los bordes húmedos. El aire olía a cable quemado y a café que llevaba horas dentro de una cafetera.

—Quédate en la furgoneta —dijo Vera.

—No.

—Inés.

—No vuelvas a dejarme fuera de una habitación cuando hay un chantajista dentro de mi campaña.

—No sabemos si es un chantajista.

—Me ha enviado una fotografía privada y ha exigido que abandones mi campaña.

—Eso es una descripción. No una categoría legal.

—Ahora vas a clasificarlo.

Vera abrió la puerta de la oficina principal. La oscuridad le tragó medio cuerpo.

—Cinco minutos.

—Voy contigo.

—Si entras, te vas a sentar y no vas a tocar nada.

—Esa es una regla nueva.

—Las reglas nuevas aparecen cuando las antiguas fracasan.

En la sala de crisis, los mapas de San Jerónimo seguían pegados a la pared. Las líneas amarillas de la campaña cruzaban los barrios como cortes de cuchillo. Sobre la mesa había tres teléfonos, un ordenador sin conexión y una caja de documentos con la etiqueta ORIGINAL .

Vera encendió una lámpara. La pantalla de uno de los teléfonos se iluminó al instante.

NO HAGAS QUE LA CANDIDATA PAGUE TU DEUDA.

Inés alcanzó a leerlo.

Vera giró el aparato y lo apagó.

—¿Qué deuda? —preguntó Inés.

—La que intenta cobrar.

—No me respondas con una frase.

—No tengo tiempo para una confesión.

—No te he pedido una confesión. Te he pedido que no me mientas.

Vera abrió la caja de documentos. Sacó una carpeta gris, un pendrive y una libreta con las esquinas dobladas.

—Rivas tenía acceso a los registros del motel —dijo—. La empresa de seguridad trabaja para el ayuntamiento.

—¿Rivas ha tomado la fotografía?

—No necesariamente.

—Pero puede haberla conseguido.

—Sí.

—¿Y Orduña?

—Orduña no necesita pedir favores para conseguir una imagen.

Inés se acercó a la mesa.

—¿Qué vas a hacer?

—Encontrar quién la tomó.

—¿Cómo?

—Siguiendo el dinero.

—No puedes seguir dinero sin dejar rastro.

—Claro que puedo.

—No con la campaña vigilándote.

Vera la miró.

—Por eso no vas a formar parte.

—¿Qué significa eso?

—Que desde ahora no tendrás acceso a mis llamadas, mis contactos ni mis archivos.

—¿Me estás apartando?

—Te estoy protegiendo.

—Acabas de decir que no era protección.

—He cambiado de opinión.

—Qué conveniente.

Vera conectó el pendrive al ordenador sin red. Una carpeta cifrada apareció en la pantalla.

—Tienes tres días para ganar una elección. Yo tengo tres días para mantenerte lejos del fuego.

—No me pongas delante el incendio y luego me pidas que mire hacia otro lado.

—Lo haré si es necesario.

—No puedes.

—Ya lo he hecho.

Inés vio que el ratón se detenía sobre una carpeta con el nombre de Orduña. Vera cerró la ventana antes de que pudiera leer más.

—¿Qué hay ahí?

—Nada que te ayude a ganar.

—¿Y qué hay en la carpeta «Original»?

Vera colocó la mano sobre la tapa.

—Documentos del debate.

—La has preparado antes de que yo preguntara.

—Porque sé cómo trabajas.

—No. Porque llevas horas ocultándome cosas.

Vera recogió el pendrive.

—Vete a casa.

—No tengo casa aquí.

La frase quedó sin defensa. Vera la recibió con un parpadeo breve.

—Ve al hotel del partido.

—No voy a dormir sola mientras un desconocido tiene fotografías nuestras.

—Dormir sola sería una mejora logística.

—No vuelvas a usar el humor para sacarme de la habitación.

—No estoy usando humor.

—Eso es lo peor.

El teléfono de Vera vibró de nuevo. Esta vez ella contestó.

—Habla.

La voz del otro lado llegó tan baja que Inés no distinguió las palabras. Vera caminó hacia la ventana. La persiana estaba torcida y dejaba entrar una franja de luz del mercado.

—No. Ese acuerdo terminó hace seis años.

Pausa.

—No, no voy a entregar nada.

Pausa.

—Si quieres hablar, manda una ubicación. No pongas condiciones por escrito.

Inés se levantó.

Vera le dio la espalda.

—No uses su nombre —dijo—. Nunca por teléfono.

La llamada terminó.

—¿Era Orduña? —preguntó Inés.

—No.

—¿Era la persona de la fotografía?

—No lo sé.

—¿Era alguien con quien has trabajado?

Vera guardó el teléfono.

—Sí.

—¿Quién?

—No importa.

—Todo importa si está dentro de mi campaña.

—No está dentro de tu campaña.

—Ha fotografiado mi cuerpo dentro de una habitación de motel.

—Ha fotografiado un error mío.

—Nuestro.

—Mío.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en una deuda personal para que nadie pueda ayudarte.

Vera abrió la puerta de la oficina.

—No necesito ayuda.

—No. Necesitas controlarlo todo hasta que el suelo desaparezca.

—Eso es mejor que esperar a que alguien te lo quite.

Inés se acercó. Vera retrocedió un paso. No por miedo. Por cálculo.

—¿Vas a reunirte con él esta noche?

—No.

—¿Con ella?

—No sé de qué hablas.

—Has dicho «su nombre». No has dicho «el nombre».

Vera se quedó quieta.

—Estás escuchando demasiado.

—Estoy intentando no ser la última en enterarme de mi propia vida.

—Tu vida no está en peligro.

—¿Y la tuya?

Vera apartó la mirada.

—La mía dejó de ser relevante hace mucho.

Inés tomó la carpeta gris de la mesa. Vera reaccionó con una rapidez que le devolvió el golpe en el hombro. Le cerró la mano alrededor de la muñeca.

—Suéltala.

—¿Qué hay dentro?

—Nada.

—Tu mano dice otra cosa.

—No juegues.

—No estoy jugando.

Vera le quitó la carpeta. La presión sobre la muñeca aumentó y luego desapareció.

—Desde ahora, no vuelves a tocar mis cosas.

—Entonces deja de ocultarlas en lugares que compartimos.

—La campaña no es una casa.

—Tampoco es una trinchera donde tú decides quién sabe que están disparando.

El teléfono de emergencia sonó sobre la mesa.

Las dos se volvieron.

Tomás estaba al otro lado de la línea.

—¿Qué? —preguntó Vera.

Su expresión cambió mientras escuchaba. Primero se le tensó la boca. Luego bajó la mirada hacia la carpeta gris.

—¿Cuándo?

Pausa.

—No publiques nada.

Otra pausa.

—He dicho que no publiques nada. Ni el vídeo completo ni los documentos.

Inés extendió la mano.

—Dámelo.

Vera cubrió el micrófono.

—No.

—Dámelo.

—Tomás, ¿quién tiene acceso a la nube?

Pausa.

—Cierra las cuentas personales. Las de todos. Incluida la de Inés.

Inés arrancó el teléfono de su mano.

—Tomás, habla.

—¿Inés? ¿Dónde estás?

—Con Vera. ¿Qué ha pasado?

—Hay una serie de correos circulando entre periodistas. No son solo sobre el vídeo.

—¿Qué correos?

—No puedo hablar por esta línea.

—Hazlo.

—Han enviado documentos antiguos sobre Vera. Acusan a la campaña de haber contratado a una persona implicada en una trama de desvío de fondos.

Inés miró a Vera.

—¿Quién los ha enviado?

—No lo sabemos. Pero han llegado a dos periódicos nacionales y a una agencia de noticias.

—¿Qué documentos?

—El expediente de Orduña. Los informes de las fundaciones. Los correos con la firma de Vera.

Vera tomó el teléfono. Su voz salió plana.

—¿Han publicado algo?

—Todavía no.

—¿Todavía?

—La redacción de Noticias 24 prepara una pieza para esta noche.

—¿Qué título?

Tomás respiró al otro lado.

—«La estratega de Valcárcel, señalada como autora de una red de corrupción pública».

Vera colgó.

Inés no apartó la vista de ella.

—¿Es verdad?

—No como lo cuentan.

—No te he preguntado cómo lo cuentan.

—Lo sé.

—¿Firmaste esos correos?

—Algunos.

—¿Transferiste dinero?

—Moví fondos entre cuentas de campaña.

—¿Para Orduña?

—Para pagar operaciones que él controlaba.

—Eso no responde.

—Es la respuesta que tengo.

Inés dejó el teléfono sobre la mesa. No hizo ruido. Vera volvió a revisar la pantalla del ordenador. La carpeta cifrada seguía abierta.

—¿Qué me ocultaste? —preguntó Inés.

—Lo necesario.

—¿Para protegerme o para controlarme?

—Para que pudieras llegar a la elección.

—¿Y después?

—Después ya no importaría.

—¿Qué no importaría?

Vera no respondió.

Inés sacó su propio teléfono. Tenía siete llamadas perdidas de Tomás, cuatro de la emisora pública y un mensaje de la periodista del debate.

¿Puedes confirmar que conocías el pasado de tu estratega?

Inés levantó la pantalla.

—Ya están preguntando.

—No respondas.

—Eso es lo único que sabes decir.

—Porque funciona.

—No conmigo.

Vera se acercó al ordenador y cerró la carpeta cifrada. El pendrive desapareció en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Voy a resolverlo.

—¿Cómo?

—Voy a hablar con quien ha enviado los documentos.

—¿A solas?

—Sí.

—No.

—No tienes voto en esto.

—Es mi campaña.

—Precisamente.

—¿Dónde vas?