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Espejismos en la carretera

—He venido a recuperar lo que es mío.

Orduña lo dijo sin levantar la voz. A su alrededor, los fotógrafos ajustaron las cámaras. Una mujer de la cámara de comercio fingió leer el programa del acto.

Vera permaneció delante de Inés.

—No tienes nada aquí.

—Eso depende de cómo definamos «aquí».

—Sal del edificio.

—Qué manera tan poco hospitalaria de recibir a tu antiguo mentor.

—No eres mi mentor.

Orduña inclinó la cabeza. El gesto conservaba la paciencia de los hombres que no necesitan imponerse porque otros ya han aprendido a obedecer.

—No delante de la candidata.

—Sobre todo delante de la candidata.

Inés miró al presidente estatal. Él había retrocedido hasta quedar junto a una columna. Tomás sostenía la carpeta contra el estómago.

—¿Qué quiere recuperar? —preguntó Inés.

Orduña sonrió hacia ella.

—Una conversación privada, querida.

—Entonces no la tendrá aquí.

—Tu estratega suele hablar por ti.

—Hoy no.

Vera giró un poco la cabeza. El movimiento bastó para que Inés viera la tensión clavada bajo su mandíbula.

—No tienes que responderle —dijo Vera.

—No te he preguntado.

—Ya lo sé.

Orduña apoyó las dos manos sobre el bastón. No lo necesitaba para sostenerse. Lo usaba para decidir dónde terminaba el espacio de los demás.

—La prensa estará encantada con esta escena —dijo—. Una candidata que acusa a su antiguo financiador de comprar la ciudad. Una estratega que lo conoce demasiado bien. El partido intentando fingir que no ha ocurrido nada.

—La prensa está aquí porque has entrado tú —dijo Inés.

—La prensa está aquí porque el poder siempre atrae testigos.

—No confundas testigos con propiedad.

La sonrisa de Orduña se estrechó.

Vera tomó a Inés del codo. Esta vez el contacto no pidió permiso.

—Nos vamos.

—No hemos empezado el acto —dijo el presidente.

—El acto acaba de convertirse en otra cosa.

—Vera—

—Cinco minutos para salir o todos tendrán una historia que contar.

Orduña se apartó con una cortesía perfecta.

—Por supuesto. No quisiera interrumpir la luna de miel.

Inés se detuvo.

Vera cerró los dedos sobre su codo.

—No le des una reacción.

—Ha insinuado—

—Lo sé.

Orduña levantó una mano.

—No he insinuado nada. Solo he observado que mi inversión parece haber producido una intimidad inesperada.

El vestíbulo se quedó quieto.

Inés miró a Vera. La estratega tenía la cara inmóvil, pero el pulgar había empezado a recorrer la cicatriz del nudillo.

Una vez.

Dos.

—Fuera —dijo Vera.

La palabra no tuvo volumen. Los dos asistentes de Orduña se movieron antes que él.

En el aparcamiento, Vera abrió la puerta de la furgoneta y empujó a Inés al interior. Subió detrás. Tomás se quedó en el bordillo con la carpeta pegada al pecho.

—¿Dónde vamos? —preguntó.

—A cualquier sitio donde no haya cámaras.

—Eso no existe —dijo Inés.

—Entonces a cualquier sitio donde las cámaras cobren por entrar.

Vera arrancó. Las ruedas patinaron sobre la gravilla antes de encontrar el asfalto.

Durante los primeros diez minutos, nadie habló. El puerto quedó atrás. Las grúas recortaban el cielo sobre los almacenes y el agua golpeaba los pilotes con una cadencia sorda.

Inés observaba a Vera a través del espejo central. La estratega conducía con la espalda demasiado recta. No tocaba la radio. No consultaba el teléfono. El semáforo de la batería parpadeaba en rojo.

—¿Qué quiso decir? —preguntó Inés.

—Lo que quería que pensaras.

—No.

—Entonces formula una pregunta más específica.

—¿Sabe lo del beso?

Vera apretó el volante.

—No lo sé.

—¿Eso te preocupa?

—Me preocupa que esté dentro de la campaña.

—No has respondido.

—No estoy obligada.

—No después de lo que ha dicho.

—Sobre todo después de lo que ha dicho.

La furgoneta tomó la circunvalación. En el parabrisas quedaron manchas de barro seco. La ciudad se retiró a ambos lados: depósitos, solares, una hilera de casas nuevas sin persianas.

—¿Qué compró? —preguntó Inés.

Vera no contestó.

—Ha dicho que quiere recuperar lo que es suyo.

—Una frase.

—No hablo de la frase.

—Entonces no hables.

—¿Qué compró de ti?

El pulgar de Vera se detuvo.

La furgoneta cruzó bajo un puente. Durante tres segundos, la cabina quedó negra.

—Mi silencio —dijo Vera.

Inés dejó de mirar el espejo.

—¿Sobre qué?

—No importa.

—A mí sí.

—No debería.

—Esa decisión no es tuya.

Vera tomó una salida hacia el polígono industrial. Había naves cerradas a ambos lados y un cartel oxidado que anunciaba terrenos en venta.

—Voy a parar —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no puedo conducir mientras sigues haciendo preguntas que no voy a responder.

—Eso no te ha detenido antes.

Vera detuvo la furgoneta junto a una verja. Apagó el motor.

El silencio dejó al descubierto un zumbido agudo dentro de la cabina. El teléfono de emergencias se iluminó sobre el salpicadero. Una notificación. Después otra.

Vera no lo tocó.

Inés bajó de la parte trasera y se sentó en el asiento del acompañante. Cerró la puerta. El espacio delantero olía a vinilo calentado por el sol.

—Habla.

—No.

—Mírame.

—No.

—¿Qué ocurrió con Orduña?

Vera observó sus propias manos sobre el volante. La derecha le temblaba. La escondió bajo el muslo.

—Hace seis años, Rafael Orduña era el hombre que podía conseguir cualquier contrato en el estado. Yo trabajaba para él.

—Eso ya lo sabía.

—No sabías cómo.

Inés no dijo nada.

—Preparaba campañas, presupuestos, discursos. Encontraba la grieta en una ordenanza y la convertía en una ventaja. Orduña decía que la política no consistía en ganar elecciones. Consistía en decidir qué podía permitirse perder cada persona.

—Eso suena a él.

—Sonaba a una idea útil.

Vera deslizó el pulgar por el borde del volante. La uña tenía una línea de suciedad imposible de quitar.

—Entonces descubrí que desviaba fondos de rehabilitación a través de tres fundaciones. Las fundaciones recibían dinero público. Después pagaban consultorías a empresas que pertenecían a sus socios. El dinero regresaba a las campañas como donaciones legales.

Inés miró el perfil de Vera.

—¿Lo denunciaste?

—Intenté hacerlo.

—¿A quién?

—Al comité de ética. A un periodista. A la fiscalía. En ese orden.

—¿Y qué pasó?

Vera soltó una risa breve. No tenía humor.

—El comité de ética recibió una carpeta con documentos que parecían demostrar que yo había diseñado la operación. El periodista recibió fotografías de mis transferencias. La fiscalía recibió un informe firmado con mi nombre.

—¿Falsificado?

—Con datos reales. Mi acceso. Mis contraseñas. Mis correos.

Inés abrió la boca. Vera levantó una mano.

—No me consueles. No he terminado.

La cabina parecía más estrecha. El sol golpeaba el parabrisas y convertía el polvo en puntos blancos.

—Orduña me ofreció una salida. Despedirme antes de que llegara la denuncia formal. Aceptar que había manejado mal unas cuentas. Callar. Si hablaba, mi madre perdería la casa. Yo habría ido a juicio. Él tenía abogados. Yo tenía los correos que él había seleccionado.

—¿Aceptaste?

—Firmé.

—¿Y él?

—Siguió trabajando.

Vera abrió la guantera. Dentro había un sobre doblado y un recibo de gasolina. Sacó el recibo, lo rompió por la mitad y volvió a guardarlo.

—Después desaparecí. Dejé que me llamaran mercenaria. Era más sencillo que explicar por qué había firmado mi propia condena.

—No fue una condena.

—No. Fue una deuda.

—¿Por eso te controla?

—Por eso cree que puede hacerlo.

—No has respondido.

—He respondido demasiado.

Inés se volvió hacia ella.

—¿Qué tiene ahora?

—Copias.

—¿De los documentos?

—De todo.

—¿Y las usa para chantajearte?

Vera miró por la ventanilla. Una bolsa de plástico se arrastraba junto a la verja y quedó atrapada en una rama baja.

—No hace falta que diga nada. Basta con que alguien recuerde que yo estaba allí. El resto lo completa la imaginación.

—¿Has seguido protegiéndolo?

—No.

—Has trabajado para campañas que él financiaba.

—He trabajado para quien pagaba.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que no te permitirá dormir tranquila.

Inés se desabrochó el cinturón. Vera volvió la cara hacia ella.

—¿Qué haces?

—Cambiar de sitio.

—No.

—No voy a sentarme detrás como si acabaras de contarme algo que debo guardar en una caja.

—No necesitas estar cerca.

—Tú sí.

Vera tensó la boca.

—No decidas por mí.

—Acabas de contarme que un hombre destruyó tu nombre y lleva seis años utilizando el silencio como una correa. No voy a fingir que puedo escuchar eso desde el asiento trasero.

—No quiero que me escuches.

—Ya lo he hecho.

Inés pasó al espacio entre los asientos. El freno de mano le golpeó la rodilla. Vera miró hacia delante. El teléfono volvió a iluminarse.

ORDUÑA: LLAMADA PERDIDA.

Vera lo apagó.

—No puedes salvarme —dijo.

—No he dicho que pueda.

—Vas a intentarlo.

—Voy a decidir qué hago con la información que me has dado.

—No la uses.

—No la usaré contra ti.

—No la uses por mí.

—¿Qué diferencia hay?

—Toda.

Inés se apoyó contra el salpicadero. El aire entre ambas tenía el calor de la respiración contenida.

—Quieres que confíe en ti —dijo.

—No.

—Has hecho una pausa.

—Quiero que no me conviertas en la prueba de que todavía puedes confiar en alguien.

—Eso no lo decides tú.

—Vuelve a subirte al asiento trasero.

—No.

—Inés.

—¿Qué? ¿Vas a echarme de la furgoneta?

—Si hace falta.

—Hazlo.

Vera giró hacia ella. La furia no le levantó la voz; le endureció cada sílaba.

—No juegues con algo que no conoces.

—Entonces explícame el juego.

—No es un juego.

—Para Orduña sí.

—Para todos los hombres como él.

—¿Y para ti?

Vera abrió la boca. El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era una llamada.

Era un mensaje de un número sin nombre.

Deja la campaña antes del viernes o la candidata conocerá la historia completa.

Vera leyó la pantalla. La sangre abandonó sus labios.

Inés estiró la mano.

—Dámelo.

—No.

—Vera.

—No.

—¿Qué dice?

Vera guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta. El gesto le arrancó una punzada en el hombro. Se quedó inmóvil, con la respiración pegada al pecho.

—Nada que puedas arreglar.

—Eso ya lo decidiré yo.

—No.

—¿Vas a mentirme ahora?

—Sí.

La palabra salió baja. Sin escudo.

Inés le sujetó la cara con ambas manos.

Vera se quedó quieta. La tensión que le atravesaba el cuerpo no encontró una salida.

—Mírame —dijo Inés.

Vera obedeció.

—No voy a dejarte sola con esto.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé.

—No.

—Lo sé porque lo he visto. Un hombre que compra silencios no puede decidir cuánto valen.

—No prometas cosas que no podrás sostener.

—No te estoy prometiendo ganar.

—Entonces, ¿qué?

—Que no voy a fingir que eres el monstruo que él necesita.

Vera cerró los ojos. Su frente cayó contra la de Inés.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Elegirme antes de saberlo todo.

—No te estoy eligiendo a ciegas.

—Eso es exactamente lo que significa.

Inés acercó la boca a la suya. Vera no la detuvo.

El beso fue corto. No tuvo la violencia del anterior. Fue una presión firme, una decisión tomada sin testigos. Cuando se separaron, Vera mantuvo la frente contra la de ella.

—Lo afrontaremos juntas —dijo Inés.

Vera soltó el aire por la nariz. La mano derecha subió hasta la muñeca de Inés y la sujetó como si necesitara comprobar que seguía allí.

—No uses esa palabra.

—¿Juntas?

—Sí.

—Acostúmbrate.

El teléfono vibró otra vez.

Vera lo sacó.

En la pantalla había llegado una fotografía.

No era el beso de la furgoneta tras el debate.

Era el de la habitación ocho del motel.

La imagen mostraba a Inés tocándole el rostro. Vera tenía los ojos cerrados. La lluvia llenaba la ventana detrás de ellas. El encuadre había sido tomado desde el aparcamiento, a través del cristal.

Debajo de la fotografía, el mismo número escribió:

La candidata no puede quedar expuesta a una relación no declarada. Abandona la campaña antes del viernes o se distribuirá la imagen.