El margen de error El punto ciego #2
53%

El punto ciego #2

El vehículo estaba cubierto de polvo y restos de lluvia. Las letras de la campaña habían perdido una esquina. Vera metió la mano en el bolsillo, sacó las llaves y las dejó girar entre los dedos.

—No vuelvas a mencionar lo de anoche.

—No has dejado de mencionarlo tú.

—No vuelvas a buscarme.

—¿Y si no te busco?

—Mejor.

—¿Eso quieres?

Vera abrió la puerta del conductor.

—Quiero que ganes.

—No te he preguntado por la campaña.

—Es lo único que tenemos.

Inés se colocó frente a la puerta antes de que pudiera entrar.

—No me vas a convertir en una excusa para no sentir nada.

—No eres tan importante.

La frase salió limpia. Demasiado limpia.

El teléfono vibró de nuevo en el bolsillo de Vera. Ella no lo sacó.

Inés observó su cara, esperando una grieta. No encontró ninguna.

—Di eso otra vez.

—No eres tan importante.

—Mírame.

Vera levantó los ojos.

El pulgar empezó a recorrer la cicatriz del nudillo. Una vez. Dos. En la tercera, Inés le agarró la mano.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Borrarte delante de mí.

Vera apartó la mano.

—Sube.

—No.

—Tenemos el evento del puerto.

—Entonces ve tú.

—No puedo presentar una candidatura sin candidata.

—Puedes presentar una campaña sin persona. Lo llevas haciendo desde anoche.

Vera cerró la puerta del conductor. El golpe hizo vibrar los espejos.

—¿Quieres hablar de ética? Bien. Una relación entre nosotras puede destruir tu credibilidad, mi trabajo y cualquier posibilidad de gobernar.

Si alguien nos fotografía, Orduña tendrá una historia.

Ledesma tendrá otra. El partido tendrá una razón para sustituirte.

Y tú tendrás que explicar por qué permitiste que una empleada se acostara contigo mientras dirigía tu campaña.

—No me acosté contigo.

—Eso es lo que has entendido.

—Te besé.

—Peor.

—¿Por qué?

—Porque un beso parece una decisión.

Inés dio un paso atrás. La frase le dejó la mano vacía.

—Fue una decisión.

—Fue un fallo.

—Mío también.

—No vuelvas a llamarlo así.

—¿Qué palabra te queda?

Vera abrió la puerta trasera.

—Trabajo.

Inés se rió, pero el sonido se quebró antes de alcanzar la calle.

—Eres una cobarde.

Vera no se defendió.

—Sube.

Inés entró en la furgoneta. Se sentó en el asiento trasero, lejos del conductor. Vera arrancó sin mirarla.

Durante una hora no hablaron. La radio permaneció apagada. El teléfono de emergencias recibió mensajes sin sonido. En la pantalla delantera, las líneas de la carretera se repetían bajo el parabrisas.

A las dos y cuarto llegaron al puerto viejo, donde el partido había organizado un encuentro con empresarios, pescadores y representantes de la cámara de comercio.

El edificio del evento ocupaba una antigua estación marítima, con columnas de piedra y ventanales altos.

Habían colgado una pancarta de Inés entre dos banderas municipales.

Vera aparcó detrás del edificio.

—Cinco minutos para cambiarte —dijo.

—No necesito cambiarme.

—Tienes la manga manchada de café.

—Que la vean.

—No es una declaración política.

—Podría serlo.

Vera la miró por el retrovisor.

—No hagas que te proteja de ti misma.

—No me protejas.

—Eso intento.

—No. Intentas proteger la campaña de la persona que la está haciendo.

Vera apagó el motor.

—La persona que la está haciendo eres tú.

—Entonces deja de actuar como si fuera una carga.

La estratega salió de la furgoneta. Inés la siguió hasta la entrada del edificio.

Dentro, el aire olía a madera encerada y sal. Los empresarios ocupaban las primeras filas. En el fondo, un grupo de fotógrafos esperaba junto al escenario. El presidente estatal conversaba con un concejal. Tomás sostenía una carpeta contra el pecho.

—El alcalde no ha venido —dijo Tomás—. Ha enviado a Ledesma.

—¿Y Orduña? —preguntó Inés.

Tomás miró hacia la puerta.

—No estaba invitado.

Vera le quitó la carpeta.

—¿Qué hay dentro?

—Los números del transporte y una actualización de encuestas.

—Déjalo en la furgoneta.

—¿Por qué?

—Porque si el presidente lo ve antes del acto, intentará cambiar el mensaje.

—Ya lo ha intentado —dijo Inés.

El presidente estatal se acercó con una sonrisa cansada.

—Inés. Gran trabajo anoche.

—Gracias.

—Vera, necesitamos que el discurso de hoy sea más templado. Hay inversores en la sala.

—Los inversores saben leer una cláusula —dijo Vera.

—No queremos otro episodio de confrontación.

—Entonces no ponga a un candidato a explicarle contratos a la gente que los firmó.

El presidente miró a Inés.

—¿Puedes mantenerte dentro del mensaje?

—¿Cuál es el mensaje?

—Estabilidad.

—¿Para quién?

—Para todos.

Vera cerró la carpeta.

—El mensaje será empleo, auditoría y agua. No prometemos rescindir nada hasta revisar los documentos.

—Y no mencionamos a Orduña —añadió el presidente.

—No lo había mencionado —dijo Inés.

—Pero podrías.

—Podría mencionar muchas cosas.

El presidente sonrió sin mostrar los dientes.

—Por eso Vera está aquí.

Un murmullo atravesó el vestíbulo. Los fotógrafos dejaron de hablar. En la puerta principal, un hombre acababa de entrar acompañado por dos asistentes.

Vera estaba de espaldas a la entrada. Inés vio cómo el color abandonaba la cara de la estratega antes de que ella pudiera girarse.

El hombre llevaba un abrigo gris sobre un traje oscuro y un bastón de madera lisa que no necesitaba para caminar. Tenía el cabello blanco en las sienes y la misma sonrisa que aparecía en las fotografías antiguas del partido: amable, paternal, imposible de acusar de nada.

Rafael Orduña avanzó entre las filas de empresarios.

A Vera se le cerraron los dedos alrededor de la carpeta.

—Vera —dijo él—. Mi joven aprendiz.

La estratega no respondió.

Orduña llegó hasta ella y besó el aire junto a su mejilla.

—Has hecho un trabajo precioso con la niña.

Inés miró a Vera.

La estratega seguía sin pestañear.

Orduña volvió los ojos hacia la candidata.

—Querida Inés. Qué suerte que todavía podamos hablar antes de que esto se vuelva incómodo.

Vera dio un paso delante de ella.

—No tienes nada que hacer aquí.

Orduña sonrió con paciencia.

—Al contrario. He venido a recuperar lo que es mío.