El punto ciego
Vera había convertido la furgoneta en una sala de reuniones antes de que Inés abriera los ojos.
La mesa plegable estaba desplegada. El teléfono de emergencias cargaba junto a una pila de informes. Dos vasos de café ocupaban el espacio que la noche anterior habían ocupado sus cuerpos. En la pizarra portátil, Vera había escrito cuatro palabras:
MENSAJE. AGENDA. DISTANCIA. RENDIMIENTO.
Inés permaneció tumbada contra la puerta trasera. Tenía la chaqueta de Vera sobre el pecho. La había recogido del suelo sin recordar cuándo.
—Te has quedado mi chaqueta —dijo Vera.
—Te has quedado mi boca.
Vera levantó los ojos del informe. La luz de las siete entraba por la rendija de la puerta lateral y dibujaba una franja pálida sobre su cara.
—Eso no figura en el inventario.
—Puedes añadirlo.
—No.
Inés se incorporó. La furgoneta olía a café recalentado y a ropa que había pasado la noche encerrada. El hombro de Vera estaba más oscuro bajo la tela. Aun así, la estratega llevaba una camisa limpia y el pelo recogido con una pinza metálica.
—¿No qué?
—No voy a hablar de esto aquí.
—¿Dónde sí?
—En ninguna parte.
Vera retiró el vaso que estaba frente a Inés y lo colocó junto al suyo.
—A las ocho tenemos una entrevista con la emisora pública. A las nueve, la reunión con los sindicatos del transporte. A las once, el acto del mercado central. No hay hueco para una conversación personal.
—La encontraste anoche.
—Anoche cometimos un error.
La palabra cayó sobre la mesa.
Inés bajó los pies al suelo. El tobillo protestó. Vera miró hacia allí y después volvió al informe.
—¿Eso fue un error?
—Sí.
—¿El debate?
—El debate fue útil.
—¿El beso?
—No vuelvas a llamarlo así.
—¿Cómo quieres que lo llame?
—No lo llames.
Inés se puso las botas sin abrocharlas. La chaqueta de Vera seguía sobre sus piernas. Se la quitó y la dejó en la mesa. Vera la recogió por el cuello, como si la tela pudiera transmitirle algo que no quería recibir.
—Te pasaste toda la noche despierta —dijo Inés.
—Tenemos una campaña que dirigir.
—No has respondido.
—He respondido a todo lo que importa.
—Eso decides tú.
Vera se puso la chaqueta. El movimiento le tensó el hombro. Los labios se le endurecieron, aunque no emitió sonido.
—La relación física entre una candidata y su estratega puede destruir la campaña.
—La campaña ha subido casi cinco puntos.
—Una encuesta no convierte un desastre en una opción razonable.
—Anoche no parecías estar haciendo estadística.
—Anoche estaba cansada.
—Yo también.
—Tú estabas eufórica.
—Y tú estabas allí.
Vera cerró la cremallera de la chaqueta hasta la garganta.
—No volverá a ocurrir.
Inés recogió el vaso de café. Estaba frío. Bebió un sorbo y lo dejó de nuevo.
—¿Eso es una orden?
—Es una frontera.
—Las fronteras se cruzan.
—No en mi campaña.
—Tu campaña.
Vera señaló la pizarra.
—Mi responsabilidad. Tu nombre. El riesgo de las dos.
—No me uses como una propiedad cuando te conviene y como una empleada cuando te asustas.
El dedo de Vera se detuvo sobre la palabra DISTANCIA .
—No te estoy usando.
—Estás decidiendo por mí.
—Estoy impidiendo que una historia personal se convierta en una crisis pública.
—No soy una historia personal.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho con cada cosa que has tachado.
—He tachado un párrafo sobre tu madre porque el debate necesitaba una candidata, no una elegía.
Inés abrió la puerta lateral. El frío de la mañana entró de golpe. Afuera, un técnico del estudio limpiaba el parabrisas con una manguera.
—No voy a dejar que me trates como un daño colateral de tu prudencia.
Vera se quedó con la mano sobre la mesa.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame.
—No.
—Claro.
Inés saltó al asfalto. El tobillo le falló. Se agarró al marco de la puerta. Vera hizo un movimiento hacia ella, pero frenó antes de salir.
Inés vio el gesto.
—Eso también es una frontera.
—No necesito que me vigiles.
—No te vigilo.
—Me sigues con los ojos.
—Es mi trabajo.
—Pues busca otro.
Vera no contestó. Tomó la carpeta y bajó de la furgoneta. Caminó delante de ella hacia la entrada del estudio, sin ofrecerle el brazo.
La entrevista con la emisora pública duró dieciocho minutos.
Vera se sentó detrás del cristal, con los auriculares puestos y una hoja de tiempos en la mano.
Inés habló sobre la auditoría del agua, los contratos de mantenimiento y el transporte de los distritos periféricos.
Cada vez que la entrevistadora intentaba llevarla hacia el vídeo, Vera levantaba un dedo.
Una vez.
Dos.
En la tercera, Inés no obedeció.
—El vídeo fue manipulado —dijo—. Eso importa porque la misma gente que recorta mis palabras administra el dinero que pagan las familias.
La periodista se inclinó hacia el micrófono.
—¿Está diciendo que hay una operación coordinada contra usted?
—Estoy diciendo que el miedo es más rentable cuando se edita.
Detrás del cristal, Vera bajó la hoja.
Inés la miró a través de la ventana.
No levantó ningún dedo.
A las nueve y media, la reunión con los sindicatos del transporte se celebró en una nave de autobuses donde el gasóleo se había filtrado al cemento. El jefe del sindicato, Amaro Beltrán, llevaba una camisa con las mangas remangadas y un reloj de esfera rota.
—No queremos promesas —dijo—. Queremos saber de dónde saldrá el dinero.
—De los contratos que no se renueven por inercia —respondió Inés.
—Eso no es una cifra.
—Novecientos mil euros el primer año, según el informe del interventor.
Amaro miró a Vera.
—¿Ella también lo cree?
—Ella ha encontrado el informe —dijo Inés.
Vera no levantó la vista del teléfono.
—La cifra depende de que el ayuntamiento rescinda dos contratos y no firme prórrogas automáticas.
—¿Puede hacerlo? —preguntó Amaro.
—Puede intentarlo. El alcalde tiene abogados.
—Entonces no puede.
—Puede si publica cada paso antes de que se lo impugnen.
Inés la miró. Vera seguía sin ofrecerle una aprobación, pero había colocado la posibilidad sobre la mesa.
—Eso haré —dijo Inés.
—No —dijo Vera—. Eso tendrás que decidirlo con el pleno.
—Lo decidiré si gano.
—Si ganas, necesitarás votos incluso dentro de tu propio gobierno.
—No pienso comprar ninguno.
—Nadie ha hablado de comprar.
—Tú siempre lo haces.
El sindicalista observó el intercambio. Después apoyó las dos manos sobre la mesa de plástico.
—Quiero que firmes un compromiso de publicar los contratos de transporte.
Inés sacó un bolígrafo.
—Dámelo.
Vera cerró los ojos un instante.
—No firmes nada sin leer la cláusula de rescisión.
—La voy a leer.
—Lee también quién puede exigirla.
Inés levantó el documento. La letra era pequeña y el papel olía a tinta húmeda.
—Aquí. Si el ayuntamiento no cumple en seis meses, el sindicato puede retirar su apoyo.
—Eso no es una amenaza —dijo Amaro—. Es una garantía.
—Es una condición de campaña —dijo Vera.
—Es una condición de gobierno —respondió Inés.
Vera la miró por fin.
No había orgullo en su cara. Había algo más difícil de sostener.
—Firma —dijo.
Inés firmó.
A mediodía, el mercado central estaba lleno de cámaras. Los comerciantes habían colgado carteles sobre los puestos de pescado y fruta. En una pared lateral, alguien había pintado con aerosol: VALCÁRCEL MIENTE .
Vera lo vio antes que Inés.
—No mires hacia allí.
—Ya lo he visto.
—Entonces no le des un plano.
—No voy a fingir que no existe.
—Puedes reconocerlo sin colocarte debajo.
—Eso suena a consejo personal.
—Suena a buena televisión.
Inés avanzó por el pasillo central. Una mujer le mostró una factura de la concesión del agua. Un hombre le gritó que quería respuestas sobre los empleos. Dos jóvenes grabaron con sus teléfonos desde un puesto de aceitunas.
Vera caminaba detrás a una distancia exacta de dos pasos.
No la tocó una sola vez.
En la salida del mercado, una periodista de un canal nacional les cerró el paso.
—Señora Valcárcel, ¿es cierto que su estratega controla sus intervenciones hasta el punto de decidir qué puede decir?
Inés miró a Vera. La estratega se había detenido junto al marco de la puerta. La luz del mercado le cortaba el rostro y dejaba el hombro lesionado en sombra.
—Mi estratega me prepara —dijo Inés—. Yo decido qué digo.
—¿Y decide también con quién se reúne?
—No.
—¿Rafael Orduña ha pedido verla?
El teléfono de Vera se encendió dentro de su bolsillo.
Inés lo oyó vibrar.
—Eso es un asunto de campaña —dijo Vera.
—¿Está intentando recuperar su apoyo?
—El señor Orduña no forma parte de la dirección de esta campaña.
—Pero sí fue su principal donante.
—Fue.
—¿Y por qué ha dejado de serlo?
—Porque Inés no aceptó retirar una propuesta sobre contratos públicos.
La periodista giró el micrófono hacia Inés.
—¿Se arrepiente?
—No.
Vera la miró.
Inés sostuvo la cámara.
—Nadie debería poder comprar una ciudad entera por financiar una campaña. Si el precio de mi candidatura era fingir que no veía esa relación, el precio era demasiado alto.
La periodista sonrió apenas. Había encontrado el titular.
—¿Seguirá rechazando dinero privado?
—Seguiré publicando de dónde viene.
—¿Incluso si lo necesita?
—Sobre todo si lo necesito.
Vera dio un paso hacia ellas.
—Suficiente.
—No he terminado —dijo Inés.
—La cámara sí.
La periodista bajó el micrófono, pero no apagó la grabación.
Inés se volvió hacia Vera.
—No vuelvas a cortarme delante de una cámara.
—Te estaba sacando antes de que respondieras cuánto dinero aceptaremos de una asociación que financia al rival.
—Podía responderlo.
—No con esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La que te hace parecer dispuesta a incendiar el ayuntamiento.
—Quizá el ayuntamiento necesite arder.
—Eso es exactamente lo que no dirás.
—¿Y si lo pienso?
—Piensa lo que quieras. La ciudad no puede permitirse oírlo.
Vera giró hacia el aparcamiento. Inés la siguió.
—No puedes seguir haciendo esto.
—¿Qué cosa?
—Ponerme una correa y llamarla estrategia.
—Estoy evitando que confundas impulso con liderazgo.
—Y yo estoy evitando que confundas control con cuidado.
Vera se detuvo junto a la furgoneta.