El margen de error Adrenalina #2
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Adrenalina #2

—Mis padres no perdieron porque les faltara razón. Perdieron porque quienes tenían el poder decidieron que una clínica para vecinos valía menos que una consultoría. Yo no estoy aquí para demostrar que ellos tenían razón. Estoy aquí para que nadie vuelva a necesitar permiso para señalar una factura.

La presentadora no interrumpió.

—Eso suena a una promesa emocional —dijo Ledesma.

—Es una promesa concreta. Publicaré los contratos. Auditaré la concesión del agua. Y si la auditoría demuestra que estoy equivocada, publicaré también ese resultado.

—No podrá gestionar una ciudad con discursos.

—Usted lleva ocho años gestionándola con excusas.

El estudio quedó inmóvil.

La luz roja de la cámara central se apagó.

La presentadora bajó las tarjetas.

—Con esto termina el debate.

Inés mantuvo la vista al frente hasta que el realizador contó tres con los dedos. Después el cuerpo le soltó un temblor pequeño, escondido bajo el atril.

Ledesma se quitó el micrófono de la solapa. Pasó junto a ella sin detenerse.

—Te han preparado bien —dijo.

—No lo suficiente para que tú parezcas preparado.

El asesor del candidato tiró de su manga. Ledesma siguió caminando.

Vera llegó al escenario cuando los técnicos empezaron a apagar los focos.

—No has mencionado la consultora del suegro —dijo.

—No hacía falta.

—No.

—¿Eso es aprobación?

—Es un dato.

—Qué forma tan triste de felicitar.

Vera le quitó el micrófono. Sus dedos rozaron los de Inés.

—Has dejado que te preguntara por tus padres.

—Sí.

—Y no has hablado durante tres minutos.

—Casi dos.

—Has aprendido a contar.

—He aprendido a elegir.

Vera quiso apartarse. Inés le agarró la muñeca.

Alrededor, el estudio se desmontaba. Un técnico enrollaba cables. La presentadora hablaba con el director. Las cámaras se retiraban hacia el fondo, pesadas sobre sus ruedas.

—¿Cuántos mensajes? —preguntó Inés.

Vera miró su mano alrededor de la muñeca.

—¿Qué?

—Cuántos mensajes tienes del servidor.

—Doce.

—¿Y cuántos dicen que hemos ganado?

—No trabajamos con esa palabra.

—¿Cuántos?

Vera desbloqueó el teléfono. La pantalla se llenó de avisos.

+4,8 EN INTENCIÓN DE VOTO.

EL DEBATE CAMBIA LA CARRERA.

VALCÁRCEL IMPONE SU AGENDA.

Tomás había enviado una fotografía del panel de seguimiento. La línea azul de Inés subía en diagonal. La de Ledesma descendía hasta quedar casi pegada al margen.

Inés leyó el último mensaje.

Orduña pide reunión.

—No —dijo.

—No te lo estaba preguntando.

—No vas a verlo.

—Si el principal donante quiere hablar, lo escucho.

—Quiere comprar una reparación.

—Quizá quiera retirar la amenaza.

—Los hombres como Orduña no retiran nada. Cambian el nombre de lo que cobran.

—No puedes decidir a quién recibo.

—Puedo decidir si esa reunión ocurre dentro de una campaña que ahora mismo tiene una posibilidad real de ganar.

—¿Una posibilidad real? Hace cuatro horas querías que no mencionara a mis padres.

—Hace cuatro horas no habías demostrado que podías hacerlo sin pedir disculpas.

Inés soltó su muñeca. Vera se frotó la marca roja que habían dejado sus dedos.

—¿Por qué me miras como si hubieras ganado tú? —preguntó Inés.

—Porque he ganado yo.

—He respondido yo.

—Has respondido como te enseñé.

—No vuelvas a decirlo.

—¿Qué parte?

—Que soy un resultado tuyo.

Vera sostuvo el teléfono a la altura del pecho. El brillo de la pantalla le cortaba los dedos.

—No lo eres.

—Entonces dilo.

—No eres un resultado mío.

—Otra vez.

El cuello de Vera se movió cuando tragó saliva.

—No eres un resultado mío.

Inés dio un paso. El tobillo le dolió, pero no cambió el peso del cuerpo. Vera estaba a su alcance. El maquillaje le había dejado la piel demasiado pálida bajo la luz del estudio; aún conservaba una gota de sudor junto a la sien.

—¿Qué soy?

Vera miró hacia el pasillo. Nadie les prestaba atención.

—Una candidata con una campaña que salvar.

—Eso es lo que soy para el partido.

—Para mí también.

—Mientes mejor cuando estás cansada.

—Y tú preguntas peor cuando estás contenta.

—No estoy contenta.

—Tu boca dice otra cosa.

Inés le agarró la solapa de la chaqueta. El gesto arrugó la tela junto al hombro lesionado. Vera tomó aire entre los dientes.

—Te he hecho daño.

—No.

—No me respondas como yo.

—Entonces no me toques como tú.

—No te he tocado.

—Has pasado toda la noche con una mano en mi nuca.

El ruido del estudio se retiró. Inés solo escuchó la respiración de Vera y el latido que le golpeaba bajo la mandíbula.

—El teléfono sonó —dijo Vera.

—Ya no está sonando.

—La campaña sigue.

—La campaña puede esperar diez segundos.

—No puede.

—Mírame y vuelve a decirlo.

Vera no lo dijo.

Inés tiró de la solapa. Vera chocó contra la pared del pasillo, junto al cartel de salida. La estratega levantó una mano, quizá para detenerla, quizá para encontrar apoyo. Los dedos quedaron suspendidos entre ambas.

—Inés.

—¿Qué?

—Esto no es una buena idea.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—No has preguntado nada.

—Entonces responde sin que te lo pida.

Vera la miró a la boca.

Inés la besó.

El primer contacto fue seco, casi una colisión. Vera no se apartó. La mano suspendida encontró la nuca de Inés y cerró los dedos en su pelo húmedo. El segundo beso llegó con el hambre que habían dejado acumulada entre carreteras, camas estrechas, llamadas cortadas y frases usadas como cuchillos.

Alguien pasó al final del pasillo. Una puerta se cerró.

Vera empujó a Inés contra la pared. Su hombro herido golpeó el cartel y la hizo soltar un sonido breve. Inés le agarró la cintura. El teléfono cayó al suelo y la pantalla siguió encendida, mostrando la línea azul de la campaña subiendo.

—Nos van a ver —murmuró Vera contra su boca.

—Entonces cierra la puerta.

Vera no preguntó cuál.

La llevó hasta la furgoneta sin soltarle la mano. El aparcamiento estaba casi vacío. Un técnico fumaba junto a la rampa y miró hacia otro lado cuando ellas pasaron.

Dentro, Vera cerró la puerta lateral. Las cajas de carteles formaban una pared inclinada. La cama seguía plegada. El aire retenía el olor de la lluvia seca y del pegamento de los folletos.

—Esto termina aquí —dijo Vera.

Inés apoyó la espalda contra la puerta.

—¿El debate?

—Lo sabes.

—No.

—La campaña no puede mezclar esto.

—¿Esto qué es?

Vera se quedó a un paso de ella. El hombro derecho le temblaba bajo la chaqueta.

—Un error de cálculo.

—Entonces calcula mejor.

—No vuelvas a acercarte.

—Acércate tú.

Vera cerró los ojos. La cicatriz de su nudillo volvió a recibir el pulgar.

—Inés.

—Vera.

La candidata tiró de ella por la chaqueta.

Esta vez Vera no esperó a que la besaran.

Se besaron contra la puerta trasera de la furgoneta, con las encuestas aún abiertas en el teléfono, la lluvia golpeando el techo y el sabor del café frío mezclado con el de la boca de la otra.

Vera le sujetó la cintura como si intentara mantenerla de pie.

Inés le clavó los dedos en la espalda y la acercó hasta que el metal dejó de ser una frontera.

Afuera, San Jerónimo seguía encendiendo sus semáforos.

Adentro, ninguna de las dos recordó la primera regla.