Adrenalina
—Respóndeme.
Vera mantuvo los hombros contra la puerta trasera. No intentó apartarla.
—A la pregunta equivocada.
—He hecho una sola.
—Por eso.
Inés tenía una mano apoyada en el metal junto a la cabeza de Vera. El compartimento olía a cartón húmedo, café frío y electricidad caliente. La luz roja de emergencia parpadeaba sobre el rostro de la estratega, cortándole la boca en dos.
—El estudio nos espera en nueve minutos —dijo Vera.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que te voy a dar aquí.
—¿Aquí dónde?
—En una furgoneta llena de cajas, con un debate a punto de empezar y un teléfono que puede volver a incendiar la campaña.
—Siempre tienes una razón para irte.
—Y tú siempre encuentras una razón para acercarte.
El teléfono de emergencias vibró sobre la mesa plegable. Las dos miraron hacia él.
Vera aprovechó el segundo. Se deslizó por el hueco entre el brazo de Inés y la puerta, abrió la lateral y salió al aire gris del almacén.
—Nueve minutos —repitió.
Inés bajó la mano. El metal le había dejado una marca fría en la palma.
—Cobarde.
Vera cerró la puerta sin mirarla.
—Práctica.
El estudio regional estaba en un edificio de ladrillo con un aparcamiento hundido. Un guardia las dejó pasar después de comparar sus nombres con una lista impresa. El papel llevaba una mancha de café sobre la firma del director.
En el pasillo, un productor con auriculares condujo a Inés hasta maquillaje. Vera caminó detrás, revisando el teléfono. El hombro derecho se le había inflamado bajo la chaqueta. Cada vez que alguien se acercaba por ese lado, giraba el cuerpo unos grados.
—¿Qué ha dicho Tomás? —preguntó Inés.
—Que el servidor está cerrado.
—¿Y el vídeo?
—Sigue circulando.
—¿Cuántas cuentas?
—Más de las que necesito.
—Eso no es una cifra.
—Hoy tendrás que vivir con la incertidumbre.
En maquillaje, una mujer sujetó la barbilla de Inés y le aplicó una capa de polvo sobre el brillo de la piel. Vera se quedó junto al marco de la puerta.
—No le borres las ojeras —dijo.
La maquilladora la miró.
—El canal lo pide.
—El canal no se presenta a la alcaldía.
—Vera —dijo Inés.
—¿Qué?
—Déjala trabajar.
La brocha le pasó por debajo de los ojos. Inés sostuvo su reflejo: mandíbula tensa, un arañazo tenue junto a la muñeca, una gota de corrector en la comisura que la maquilladora retiró con el pulgar.
—¿Tienes una frase de apertura? —preguntó Vera.
—Sí.
—¿Cuál?
—«Buenas noches».
—No.
—Es difícil de estropear.
—No estás entrando en una cena.
—Estoy entrando en una jaula con cámaras.
Vera se acercó al espejo. Dejó una tarjeta doblada junto al lavabo.
—Ledesma atacará la experiencia. Después, el vídeo. Después, tus padres. Si logra que expliques tu vida, ha ganado el tiempo que necesita.
—¿Y si responde con una mentira?
—Pregúntale por el contrato.
—¿El de su hermano?
—El del agua. El resto solo se usa si insiste.
—¿Y si me acusa de difamación?
—Pídele una cifra.
—¿Qué cifra?
—La que no quiera pronunciar.
La maquilladora apartó las manos.
—Lista.
Inés se levantó. Su tobillo le falló al apoyar el peso. Vera lo vio desde el reflejo y extendió una mano. Inés negó con la cabeza. Vera retiró la suya antes de tocarla.
El estudio tenía tres cámaras, dos atriles y una pantalla donde el logotipo del canal giraba sin música. El suelo brillaba bajo los focos. El calor de las lámparas subía por la nuca de Inés.
Mauricio Ledesma estaba junto al atril contrario. El traje azul le quedaba impecable. Llevaba una pequeña bandera municipal en la solapa.
—Señora Valcárcel —dijo—. Al final ha encontrado el camino.
—La carretera estaba inundada.
—Siempre hay una excusa.
—Y siempre una cámara para grabarla.
Ledesma sonrió. Su asesor le tocó el codo. Vera permaneció detrás de la cámara tres, con los brazos pegados al cuerpo y el teléfono apagado en la mano.
La presentadora levantó una tarjeta.
—Primer bloque. Experiencia y gestión. Señora Valcárcel, usted nunca ha dirigido una administración pública. ¿Por qué deberían confiarle una ciudad de medio millón de habitantes?
El foco de la cámara uno se encendió.
Inés sintió el calor sobre la cara. Buscó la línea de la mesa. No encontró ninguna.
—Porque ya he gestionado presupuestos, equipos y servicios en barrios donde el ayuntamiento dejó de aparecer. No vengo a fingir que conozco todos los despachos. Vengo con cinco años de trabajo comprobable y un plan para publicar cada contrato.
La presentadora bajó la tarjeta.
—¿Eso no es una respuesta demasiado general?
—Puedo darle una cifra. El año pasado, las asociaciones que coordiné atendieron a mil cuatrocientas familias con menos dinero del que el ayuntamiento gastó en consultorías sin empleados.
Ledesma giró la cabeza hacia ella.
—Está insinuando corrupción.
—Estoy hablando de dinero público. Si quiere corregirme, diga cuánto costaron esas consultorías.
La presentadora miró sus notas. Detrás de la cámara, Vera bajó dos dedos junto al muslo.
Sigue.
—Señor Ledesma —dijo la presentadora—, ¿puede responder?
—No estamos aquí para convertir un debate en un juicio improvisado.
—Entonces no pregunte por mi experiencia como si su administración hubiera demostrado la suya —dijo Inés.
El primer bloque terminó con una señal roja. La presentadora pasó al siguiente tema.
—Durante la campaña se ha difundido un vídeo en el que usted afirma que expulsará a familias de sus hogares. ¿Es esa su posición?
En la pantalla del estudio apareció una imagen congelada de Inés frente al ayuntamiento de Valdehumo. El encuadre le cortaba la mano. Debajo, el texto: SACAREMOS A TODOS .
El estómago de Inés se contrajo. Escuchó el ventilador de una cámara, el roce de una hoja, la respiración de alguien detrás del decorado.
Ledesma se inclinó hacia su micrófono.
—La ciudad merece saber si una candidata que se presenta como defensora de los vecinos considera que ellos son el problema.
Inés miró el monitor. En el reflejo negro de la pantalla encontró el punto rojo de la cámara uno.
—La ciudad merece ver el vídeo completo.
—El vídeo habla por sí solo.
—No. Habla lo que le han dejado.
La presentadora levantó la tarjeta.
—La cuenta que lo difundió asegura que la grabación completa es falsa.
—La reportera que estuvo allí conserva el archivo original. La emisora lo emitió ayer. La frase completa fue: «No venimos a quitarle la casa a nadie. Venimos a sacar a los especuladores de los contratos públicos». Puede comprobarlo cualquiera.
Ledesma apretó los labios.
—Está utilizando a una periodista para protegerse.
—Estoy citando una grabación. Usted está citando un recorte.
—El recorte muestra su tono.
—El archivo muestra mis palabras.
—Las palabras no siempre son inocentes.
—Las manipulaciones tampoco.
La presentadora intervino antes de que él contestara.
—Señora Valcárcel, ¿está acusando a la campaña de su adversario de fabricar el vídeo?
Inés vio a Vera detrás de la cámara. La estratega había dejado de tocarse la cicatriz. Tenía el teléfono cerrado entre los dedos.
—Estoy diciendo que alguien pagó por una edición política antes de que el material final existiera. Hay documentos registrados. Si el señor Ledesma quiere negarlo, puede empezar por explicar quién facturó el montaje.
La sonrisa de Ledesma se borró.
La presentadora consultó la tarjeta siguiente.
—Última pregunta de este bloque. ¿Cree que la publicación de ese vídeo ha afectado a su campaña?
—Ha afectado a quienes no podían verla completa. Eso es distinto.
—¿No teme perder votos?
—Claro que temo perder votos. Lo que no voy a hacer es comprar votos fingiendo que la mentira no existe.
Un silencio breve atravesó el estudio. La presentadora bajó la vista a sus notas. El piloto rojo de la cámara uno continuó encendido.
Vera cerró los ojos un instante.
El bloque económico comenzó con una gráfica del precio del agua. Las barras azules crecían detrás de los atriles.
—El ayuntamiento sostiene que la concesión ha permitido mantener doscientos empleos —dijo la presentadora—. ¿Piensa usted eliminarlos?
Inés miró a Ledesma. Él tenía una mano apoyada sobre el atril y la otra escondida bajo la mesa.
—¿Cuántos pertenecen a trabajadores de San Jerónimo? —preguntó.
—No estamos hablando de cifras aisladas —respondió él—. Estamos hablando de familias.
—Por eso pregunto.
—Ciento veinte empleos locales.
—¿Puede decir sus nombres?
Ledesma abrió la boca. La cerró. El gesto duró menos de un segundo, pero la cámara lo capturó.
—No tengo por qué recitar una plantilla en televisión.
—Entonces hablemos del contrato que sí puede recitar. ¿Cuánto cobró la consultora vinculada a su hermano?
—Eso es una acusación miserable.
—Es una cifra.
—No tiene pruebas.
—Tengo el registro mercantil y las facturas.
La presentadora levantó una mano.
—Señora Valcárcel, ¿está en posesión de esos documentos?
—Sí.
—¿Los hará públicos?
—Todos.
Ledesma golpeó el atril con la palma.
—La candidata se sirve de información obtenida de forma irregular para construir una historia de corrupción.
—¿La consultora cobró o no cobró?
—No voy a responder a una emboscada.
—Entonces no diga que he inventado la pregunta.
El micrófono recogió el aire que Ledesma aspiró por la nariz. La presentadora miró a la cámara central.
—Nos quedan cuatro minutos.
Vera levantó la mano derecha detrás de las cámaras. Cuatro dedos. Después cerró el puño.
Inés entendió.
Último ataque.
La presentadora tomó la tarjeta final.
—Señora Valcárcel, su campaña ha sido descrita como una extensión del trabajo de sus padres, una forma de corregir un fracaso familiar. ¿Está intentando demostrar que ellos tenían razón?
El estudio cambió de temperatura.
Inés oyó el zumbido de las lámparas. Vio la fotografía de su madre en la pantalla del teléfono apagado de Vera. La caja de galletas. Los recibos. La placa del ayuntamiento.
Ledesma se acomodó en su atril.
—Quizá la ciudad no necesita otra persona que gobierne desde una herida —dijo.
Vera no hizo ningún gesto.
Inés miró a la cámara uno.