El margen de error El arte de la guerra
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El arte de la guerra

El teléfono sonó seis veces antes de que Vera lo contestara.

—Salvatierra.

Inés seguía sentada en la cama, con la mano suspendida entre ambas. La nuca conservaba el calor de los dedos de Vera. La lluvia golpeaba el cristal con una insistencia que volvía irreal la habitación.

—¿Quién habla? —preguntó Vera.

La voz del otro lado llegó rota por la interferencia. Vera se puso de pie. El colchón recuperó su forma.

—No. Repítelo.

Inés miró el hueco que había dejado su cuerpo en la manta.

—¿Dónde?

Vera se apartó hacia la ventana. Escuchó. La mandíbula se le marcó bajo la piel húmeda.

—¿Cuántos?

Otra pausa.

—No llames a la policía todavía. ¿Quién tiene el archivo?

Inés dejó de respirar un instante.

Vera miró hacia ella.

—¿Tomás sigue en la oficina? —preguntó—. Entonces dile que cierre el servidor y que no responda a ningún número desconocido. Ninguno.

La llamada terminó. Vera sostuvo el teléfono junto al muslo.

—¿Qué ha pasado?

—El vídeo ha resucitado.

—Dijiste que estaba muerto.

—Era una metáfora.

—No uses metáforas cuando el teléfono de emergencias suena a medianoche.

—Tres cuentas nuevas lo han subido con subtítulos distintos. Una de ellas afirma que el archivo original es falso.

—¿Rivas?

—No sabemos.

—¿Y qué hacemos?

Vera miró la cama. La línea de la manta se había deshecho. Inés tenía los pies descalzos sobre el suelo y la camiseta pegada al cuello.

—Mañana debatimos en la televisión regional.

—Eso ya estaba en la agenda.

—Ahora es lo único que importa.

—Hay una inundación entre nosotras y San Jerónimo.

—Hay una carretera secundaria. La abriremos al amanecer.

—¿Y si no?

—Llegaremos por otra.

Inés soltó una risa sin sonido.

—¿Siempre hablas como si las cosas obedecieran?

—No. Hablo así para que la gente que conduce no mire el precipicio.

Vera tomó la chaqueta del respaldo de la silla. La tela seguía mojada.

—Nos vamos.

—¿Ahora?

—A las cinco. Necesito preparar el debate.

—Necesitas dormir.

—No me pagan por dormir.

—A mí tampoco.

—A ti te pagan por convencer a la gente de que merece la pena seguirte.

Inés se levantó. El tobillo protestó con una punzada que le subió hasta la rodilla. Apoyó la mano en la pared. Vera la vio, pero no se acercó.

—No hagas eso —dijo Inés.

—¿Qué?

—Mirarme como si fueras a intervenir y luego fingir que no has visto nada.

—Si necesitas ayuda, pídela.

—Eso no es ayuda. Es una inspección.

—Es una puerta abierta.

—No sé qué haces cuando no puedes cerrarlas.

Vera ajustó la correa del reloj.

—Las dejo atrás.

A las cinco y diez, la furgoneta salió del motel con los cristales empañados.

La lluvia había cedido, pero el asfalto llevaba una película de barro que hacía vibrar las ruedas.

Inés iba en el asiento del acompañante con una taza de café entre las manos.

Vera conducía con el hombro derecho rígido y la radio apagada.

El teléfono de emergencias estaba sobre el salpicadero. Cada pocos minutos se encendía sin sonido, mostrando mensajes de Tomás, enlaces y capturas de pantalla. Vera no lo tocaba.

—¿No vas a leerlos? —preguntó Inés.

—Si algo se incendia, el humo avisa.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando lleguemos.

Atravesaron la carretera secundaria poco antes del amanecer. El agua había cubierto el puente bajo, pero una excavadora municipal despejaba el acceso. El conductor les hizo señas para que pasaran. La furgoneta cruzó con el agua rozando los neumáticos.

A las seis y media, el paisaje volvió a abrirse en los márgenes de San Jerónimo. Naves industriales, depósitos de combustible, torres de comunicación. La ciudad aparecía bajo una capa de niebla baja, con los semáforos cambiando de color para nadie.

Vera detuvo la furgoneta detrás de un almacén de muebles. No había personal de campaña. Solo cajas de folletos mojados y una pizarra blanca apoyada contra la pared.

—Aquí ensayamos —dijo.

Inés miró el almacén.

—¿Dónde está el estudio?

—A quince minutos.

—¿Y por qué no vamos allí?

—Porque allí te maquillarán antes de que aprendas a no regalar respuestas.

—Puedo hablar sin ensayo.

—Eso es lo que dice la gente antes de perder.

Vera abrió la puerta lateral de la furgoneta. El espacio trasero estaba lleno de cajas, trípodes y una mesa plegable. Retiró dos paquetes de carteles y extendió la mesa en el centro. La cama seguía plegada contra la pared. Un cable de la lámpara de emergencia colgaba del techo.

—Siéntate.

—Estoy sentada desde que salimos.

—Entonces ponte de pie.

Inés cerró la puerta lateral. El sonido de la chapa resonó en el compartimento.

—¿Qué vas a hacer?

—El debate.

—¿Aquí?

—Los espectadores tampoco estarán cómodos.

Vera colocó tres hojas sobre la mesa. En la primera aparecía el logotipo del canal regional. En la segunda, los nombres de los dos periodistas. En la tercera, una fotografía del rival de Inés: Mauricio Ledesma, candidato del alcalde, sonrisa estrecha, traje azul, mano apoyada sobre un grifo dorado.

—Ledesma abre con una pregunta sobre tu experiencia administrativa —dijo Vera—. No respondas hablando de tu madre.

—No iba a hacerlo.

—Lo hiciste ayer con el agua.

—Hablé de los recibos.

—Hablaste de tu madre guardándolos en una caja de galletas.

—Era relevante.

—Era una habitación privada que entregaste a una cámara.

Inés levantó la hoja de la fotografía.

—¿Quieres que hable de qué? ¿De porcentajes sin personas?

—Quiero que hables de personas sin convertirlas en una reliquia.

—No sé qué significa eso.

—Sí lo sabes.

Vera se colocó al otro lado de la mesa. La luz gris de la mañana entraba por las ventanillas traseras y le blanqueaba el rostro.

—Primera pregunta —dijo—. «Señora Valcárcel, usted nunca ha dirigido una administración. ¿Por qué deberían confiarle una ciudad de medio millón de habitantes?»

Inés dejó la hoja.

—Porque conozco la ciudad.

—Respuesta débil.

—Porque he trabajado con asociaciones, cooperativas y clínicas comunitarias.

—Respuesta previsible.

—Porque he gestionado presupuestos.

—¿Cuáles?

—Los de la clínica.

—Que quebró.

La palabra se quedó entre la mesa y la cama.

Inés levantó la cabeza.

—No la gestiona un comité una sola persona.

—El espectador no está escuchando un comité.

—Mi madre firmó los préstamos.

—Y la clínica cerró.

—Tenía una deuda que el ayuntamiento dejó crecer.

—El espectador no va a investigar esa deuda durante el debate.

—Entonces que no me pregunte por experiencia.

—Te lo preguntará porque sabe que te duele.

—¿Y tú lo sabes porque has leído mi expediente?

—Lo sé porque cada vez que aparece el nombre de la clínica bajas la barbilla medio centímetro.

Inés se tocó el cuello. Vera no apartó la mirada.

—No vuelvas a observarme así.

—¿Así cómo?

—Como si ya hubieras decidido dónde cortar.

—No he decidido. Estoy buscando el punto en que te rompes.

—Qué reconfortante.

—El rival también lo buscará.

—Tú no eres el rival.

—Hoy sí.

Vera apartó la primera hoja y tomó otra.

—«¿Es usted una candidata de consenso o una activista disfrazada de alcaldesa?»

—No voy a aceptar esa premisa.

—Entonces la pregunta te gobernará durante un minuto.

—No soy una activista disfrazada.

—Eso es lo que respondería una activista disfrazada.

—Soy la persona que ha pasado los últimos cinco años organizando servicios que el ayuntamiento abandonó.

—Más corto.

—No voy a reducirlo.

—Lo has reducido a una biografía.

—Porque es mi biografía.

—No. Es tu armadura.

Inés apartó la silla de un golpe. La pata chocó contra una caja.

—¿Qué quieres de mí?

—Que dejes de entrar al debate pidiendo permiso para ser quien eres.

—No me estás enseñando a debatir. Me estás enseñando a desconfiar de todo lo que digo.

—Eso es debatir.

—No. Eso es convertir una conversación en una trampa.

—Las conversaciones son trampas cuando el otro cobra por elegir las preguntas.

Vera señaló el suelo entre ambas.

—Ponte ahí.

—¿Para qué?

—Para que dejes de esconderte detrás de la mesa.

Inés pasó al espacio estrecho entre los asientos. La furgoneta se movió con una ráfaga de viento. Las cajas de la parte trasera crujieron.

Vera tomó el papel de las preguntas y lo dobló por la mitad.

—Ahora sin notas.

—No memorizaré tus ataques.

—No necesitas memoria. Necesitas columna vertebral.

—¿Eso también lo has medido?

—La tuya se dobla cuando te mencionan a tus padres.

Inés se quedó inmóvil.

Vera pasó la página.

—«¿Cree que sus padres fracasaron?»

El golpe fue limpio. Sin volumen. Sin preparación.

Inés sintió que el café le subía por la garganta.

—No contestaré eso.

—Lo contestarás si te lo preguntan.

—No tienen derecho.

—El derecho no entra en el plató. Entra el micrófono.

—Mis padres no fracasaron.

—Perdieron la clínica.

—El sistema los aplastó.

—Y tú has construido toda tu candidatura sobre el sonido de esa caída.

Inés dio un paso hacia ella.

—Retira eso.

—¿Por qué? ¿Porque es falso o porque funciona?

—No vuelvas a utilizar a mi familia para endurecerme.

—Tu rival los utilizará para demostrar que confundes resistencia con competencia.

—No sabes nada de mi competencia.

—Sé que has llegado tarde a dos actos porque te quedaste hablando con vecinos.

Sé que rechazas donaciones que pagarían tu estructura territorial.

Sé que respondes a cada mensaje de una asociación como si todas las personas tuvieran derecho a ocupar tu noche.

Sé que necesitas que te quieran antes de permitirte gobernar.

—Eso no es una debilidad.

—Es un agujero en el presupuesto.

—No todo se calcula en dinero.

—No. Algunas cosas se calculan en votos.

—¿Y tú qué calculas cuando me miras?

La pregunta salió antes de que Inés pudiera recogerla.

Vera bajó el papel. Sus dedos quedaron quietos sobre el borde.

—El margen de error.

—Mientes.

—Eso no es una respuesta.

—Lo es para ti.

Vera sostuvo su mirada durante un segundo de más. Después cambió de hoja.

—«¿Ha usado la campaña para ajustar cuentas con el alcalde?»

—No.

—Demasiado rápido.

—Porque es verdad.

—No te preguntan si es verdad. Te preguntan qué quieres hacer con el rencor.

—No siento rencor.

—Bajas la voz cuando niegas algo.

Inés apretó la mandíbula.

—Voy a responder: «Quiero revisar los contratos públicos y publicar cada pago».

—Mejor.

—¿Eso te sorprende?

—Me sorprende que una frase limpia haya sobrevivido a tu necesidad de explicarla.

—¿Vas a felicitarme ahora?

—No arruines el momento.

Vera se acercó para recoger las hojas. El espacio entre ellas se redujo a una línea de aire. Inés percibió el olor de su piel después de la lluvia, el café que había tomado sin azúcar y el jabón áspero del motel.

Vera pasó a su lado.

—Otra vez —dijo.

—¿Otra vez qué?

—La pregunta sobre la clínica.

—No.

—Otra vez.

—He respondido.

—Has sobrevivido. No es lo mismo.

—No voy a dejar que me insultes para que parezca preparada.

—No necesitas parecer preparada. Necesitas estarlo.

—¿Y para eso tengo que dejar que me abras por dentro?

Vera se detuvo junto a la puerta trasera. La luz de emergencia dibujaba una franja roja en su hombro magullado.

—Ya estás abierta. Yo solo he encontrado la entrada.

Inés sintió el golpe en el estómago.

—Vuelve a decirlo.

—¿Qué parte?

—La que te hace sentir tan segura.

—No me siento segura.

Por primera vez, Vera no disfrazó la frase.

El motor de un camión pasó al otro lado del almacén. La furgoneta vibró. Vera apoyó una mano en la puerta trasera. La otra quedó junto a su cadera.

—Tu problema no es que tengas ideales —dijo—.

Es que los utilizas para no negociar con nadie.

Si alguien no acepta el mundo como tú lo imaginas, lo conviertes en un enemigo.

Si alguien necesita tiempo, lo llamas cobarde.

Si alguien se equivoca, lo llamas corrupto.

Tu rectitud te permite mirar a los demás desde arriba y llamarlo servicio público.

Inés caminó hacia ella.

—Sigue.

—No.

—Sigue.

—¿Por qué? ¿Quieres que te dé una razón más para odiarme?

—Quiero saber qué hay detrás de la puerta que acabas de abrir.

Vera retrocedió. La espalda chocó contra la puerta trasera. El metal respondió con un golpe hueco.

—No hay nada.

—Otra mentira.

—No confundes una campaña con una absolución.

—Y tú no confundas una herida con permiso para hacer daño.

Vera levantó la barbilla. Inés quedó frente a ella, bloqueando el paso estrecho. A un lado estaban las cajas de carteles; al otro, la mesa plegada. No quedaba espacio suficiente para que ninguna pasara sin rozar a la otra.

—Aparta —dijo Vera.

—¿Por qué?

—Porque tenemos un debate.

—No. Tenemos un simulacro.

—Es lo mismo.

—No cuando has dejado de actuar.

El pulgar de Vera tocó la cicatriz del nudillo. Una vez. Se detuvo.

—No sé qué quieres.

—Eso es lo primero sincero que dices esta mañana.

—Te estoy diciendo que te apartes.

—Y yo te estoy preguntando por qué sigues mirándome la boca.

Vera no se movió.

El espacio de la furgoneta se comprimió con el ruido del viento contra la chapa. Inés apoyó una mano junto a la cabeza de Vera, sobre la puerta. La otra quedó a la altura de su cintura, sin tocarla.

Vera respiró por la nariz. El aire le salió entrecortado.

—Esto también es una pregunta trampa —dijo.

—No. Esta no te la he preparado.

Inés se inclinó apenas, hasta que la boca de Vera quedó a la distancia de una palabra.

—Respóndeme.

Vera mantuvo los hombros contra la puerta trasera. No intentó apartarla.