Insomnio y secretos
La cama ocupaba casi toda la habitación.
Vera dejó la llave sobre la mesita y midió el colchón con la mirada. Un metro veinte de ancho. Colcha color hueso. Una mancha oscura junto a la almohada. La calefacción soltaba un golpe metálico cada treinta segundos.
Inés cerró la puerta detrás de ellas.
—Podemos dormir en la furgoneta.
—El techo tiene una fuga.
—Podemos dormir en recepción.
—La recepcionista ha cerrado con llave.
—Podemos turnarnos.
Vera señaló la cama.
—Eso es turnarse.
Inés dejó su bolsa en el suelo. El agua había atravesado la tela y oscurecido una esquina. Se quitó las botas junto a la puerta. Una de ellas volcó y dejó un hilo de barro sobre las baldosas.
—Yo duermo en el suelo.
—El suelo tiene moqueta.
—He dormido en sitios peores.
—No me interesa tu currículum de sufrimiento.
—Qué alivio. Pensaba que ibas a pedírmelo en tres copias.
Vera abrió el armario. Dentro había dos perchas de alambre y una manta doblada con el borde deshilachado. La sacó, la extendió sobre el suelo y recibió el polvo en la cara.
—Tú duermes en la cama.
—No.
—Inés.
—No voy a dejarte en el suelo porque te has empeñado en convertir la campaña en una operación militar.
—La campaña ya era una operación militar. Tú solo llevabas flores al frente.
Inés recogió la manta y la sacudió. Una nube gris subió hasta la lámpara.
—Dormimos las dos en la cama.
Vera volvió la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la cama mide un metro veinte.
—Somos adultas.
—Ese argumento no ha mejorado ninguna superficie para dormir.
—¿Te preocupa que te toque?
Vera miró el colchón. Una gota cayó de su pelo y se perdió en el cuello de la camisa.
—Me preocupa que mañana tengas que dar un discurso con la espalda rota.
—Siempre tienes una explicación que evita la respuesta.
—Es una habilidad útil.
—También lo es decir que sí.
Vera sacó el teléfono. No tenía cobertura. La pantalla mostró una batería del ocho por ciento y la hora: 00:41.
—Mañana salimos a las seis.
—Mañana no existe todavía.
—Para ti, quizá.
—Eso ha sonado casi humano.
—Ha sido la falta de sueño.
Inés se secó el pelo con una toalla pequeña. El tejido áspero dejó una línea roja junto a su oreja. Vera apartó los ojos y revisó el portátil, sentado sobre la tapa del inodoro porque la habitación no tenía otra superficie libre.
—¿Qué haces?
—Compruebo si el vídeo sigue muerto.
—¿Está muerto?
—Le quedan pequeños espasmos.
—¿Puedes hablar como una persona?
—Puedo. No me conviene.
Inés se acercó al espejo. Tenía una marca de la solapa del micrófono junto a la clavícula. Se tocó la piel con la yema del dedo.
—Rivas volverá a intentarlo.
—Sí.
—¿Y qué harás?
—Lo mismo que antes.
—¿Amenazarle con su familia?
Vera cerró el portátil.
—No amenacé a su familia.
—Mencionaste a su mujer.
—Mencioné una estructura de pagos.
—Sabías que escucharía una cosa y no la otra.
—La gente escucha lo que ha venido a escuchar.
—Eso no te da derecho a ponerlo en sus manos.
—¿Te preocupa Rivas?
—Me preocupa en quién te conviertes cuando alguien intenta hundirme.
La calefacción golpeó dentro de la pared. Vera apoyó las dos manos sobre el portátil. Los nudillos se le habían puesto blancos.
—No sabes en quién me convierto.
—Lo estoy viendo.
—Has visto una llamada de tres minutos.
—He visto que sonreías.
—No he sonreído.
—La boca se te ha movido.
—Es una función de la boca.
—Vera.
—¿Qué?
—¿Qué te pasó?
La habitación se quedó sin aire por un instante. La pregunta no tenía relación con Rivas, pero había llegado hasta el mismo sitio.
Vera se levantó del inodoro. El hombro derecho rozó el marco de la puerta. Hizo una mueca apenas visible y volvió a endurecer la cara.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una directa.
—Las directas suelen ser una forma perezosa de entrar en una vida ajena.
—No estoy entrando en tu vida. Estamos encerradas en una habitación con una cama.
—La puerta no está cerrada.
Inés señaló la ventana. El agua golpeaba el cristal con fuerza. Al otro lado, el aparcamiento había desaparecido bajo una capa de lluvia y reflejos. La carretera se veía como una cinta negra entre los surtidores de la gasolinera.
—Prueba a salir —dijo.
—No tengo que demostrarte nada.
—Eso también lo dices cuando no quieres responder.
Vera tomó la manta y la colocó sobre la cama, doblada a lo largo. Dejó una franja estrecha junto al borde para cada una.
—Dormimos así.
—¿Con una frontera?
—Con una línea de separación.
—¿La has traído en la maleta?
—La he dibujado con una manta. No hace falta dramatizar.
Inés se sentó en la orilla del colchón. La estructura chirrió bajo su peso.
—Tú vas a la pared.
—¿Por qué?
—Porque si alguien intenta entrar, tendrás que levantarte.
Vera la miró.
—¿Esa es tu forma de cuidarme?
—Es mi forma de asegurarme de que haces algo útil.
—Qué romántico.
—No empieces.
—¿Con qué?
Inés tiró de la manta hasta cubrirse las piernas.
—Con ese tono.
—¿Qué tono?
—El que usas cuando algo te afecta y decides convertirlo en un chiste.
Vera permaneció de pie. La camiseta mojada se le pegaba al hombro magullado. La luz de la lámpara le marcaba una sombra azul bajo el ojo izquierdo.
—No todo es una confesión esperando que la escuches.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—Pienso muchas cosas. Casi ninguna necesita un gráfico.
Vera soltó una risa breve. Se apagó en la misma garganta de la que había salido.
Inés se tumbó mirando al techo. Una grieta atravesaba la pintura desde la lámpara hasta la ventana. Parecía una carretera sin salida.
—Cuando era niña, mi madre guardaba los recibos del agua en una caja de galletas —dijo—. Cada mes los ordenaba por fecha. Los extendía sobre la mesa y escribía al lado cuánto habíamos gastado. No porque no pudiera pagar. Porque quería demostrar que el aumento no tenía relación con el consumo.
Vera se quitó la chaqueta.
—¿Y lo demostró?
—Demostró que nadie quería saberlo. Mi padre llevó los recibos al ayuntamiento. Le dijeron que esperara. Esperó tres años.
—Eso no es una auditoría.
—No todo el mundo puede contratar una auditoría.
—No. Algunos contratan a un candidato.
Inés giró la cabeza hacia ella.
—Mis padres no me contrataron.
—No he dicho eso.
—Quieres decir que aprendí a hacer política por resentimiento.
—Quiero decir que aprendiste a no tolerar una puerta cerrada.
Vera se sentó en la otra orilla de la cama. El colchón se hundió y la línea de la manta se movió un centímetro.
—Mi padre arreglaba ascensores —dijo Inés—.
Mi madre organizaba una asociación de vecinos.
Perdieron la casa cuando la clínica comunitaria quebró.
Ella había firmado los préstamos. Él había puesto el coche como garantía.
Durante años vi cómo dejaban de hablar en la mesa porque cada conversación terminaba en una factura.
Cuando murieron, el ayuntamiento inauguró una placa con sus nombres.
Vera miró la grieta del techo.
—Qué generosos.
—La placa costó más que la asociación en su último año.
—Eso sí parece un ayuntamiento.
—No sonrías.
—No lo hago.
—Lo estás haciendo por dentro.
—Es donde guardo las cosas que no puedo permitirme sacar.
Inés se incorporó sobre un codo. La manta se deslizó de su hombro.
—¿Qué cosas?
Vera cogió la llave de la habitación y la hizo girar entre los dedos. El metal raspó la etiqueta de plástico.
—Deudas.
—Eso no es una cosa.
—Depende de cuánto debas.
—No te he preguntado por dinero.
—Es la única forma de hablar de mí sin inventar.
—No te estoy inventando.
—Llevas tres días haciéndolo.
—Llevo tres días viendo cómo tratas a todos como si fueran un problema que necesita una solución rápida.
—Porque casi todos lo son.
—¿Y tú?
Vera dejó de girar la llave.
—Yo no necesito solución.
—Eso sí que es mentira.
No hubo respuesta. La calefacción volvió a golpear. Una vez. Después otra.
Vera se tumbó junto a la pared. Conservó la ropa puesta. Inés apagó la lámpara. La oscuridad llenó la habitación con el ruido de la lluvia y el motor lejano de un camión.
La manta dividía la cama de la almohada a los pies. Cada movimiento hacía que la tela rozara la otra mitad.
—Tu hombro necesita hielo —dijo Inés.
—Tu tobillo también.
—No está tan mal.
—Has cojeado desde la plaza.
—Porque tú me arrastraste.
—Porque tú no querías salir.
—Porque no quería dejar que cuatro hombres decidieran quién podía hablar.
—Y ahora puedes hablar desde una cama de motel.
—No cambies de tema.
—No lo he cambiado.
—¿Te educaron así?
—¿Así cómo?
—Como una hoja de cálculo con pulso.
Vera permaneció de espaldas. La lluvia golpeaba la ventana sin pausas.
—Mi madre limpiaba oficinas por la noche —dijo—. Cuando yo era pequeña, me llevaba con ella porque no podía pagar una cuidadora. Dormía debajo de los escritorios mientras ella vaciaba papeleras.
Inés no se movió.
—No lo sabía.
—No preguntaste.
—Te lo estoy preguntando ahora.
—Ahora no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque estás atrapada conmigo y la gente confunde el encierro con la intimidad.
—¿Y tú qué confundes?
—Nada.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
Inés escuchó el roce de la sábana bajo el hombro de Vera. La estratega había cerrado los puños junto al pecho. La mano derecha le tembló una vez. Después quedó quieta.
—¿Qué ocurrió con las oficinas? —preguntó Inés.
—Mi madre dejó de trabajar allí.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Es lo que te voy a contestar.
—Vera.
—Inés.
—No puedes controlarlo todo.
—Puedo intentarlo.
La frase quedó suspendida entre ambas.
Inés volvió a mirar la grieta del techo. El agua se filtraba por alguna parte; una gota cayó dentro de un vaso de plástico sobre la mesita.
—¿Es por eso que cuentas los minutos?
—Cuento los minutos porque los minutos se acaban.
—Todo se acaba.
—Esa es una razón para no regalar nada.
—Dormir no es regalar.
—Dormir junto a alguien sí puede serlo.
Inés giró la cabeza. En la oscuridad distinguió el perfil de Vera y el brillo apagado de sus ojos.
—¿Te ha salido mal antes?
Vera no contestó.
—¿La gente? —insistió Inés—. ¿Confiar en alguien?
—No uses esa palabra.
—¿Cuál?
—Confiar.
—¿Por qué?
—Tiene demasiadas letras para una apuesta tan mala.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
—A mí no.
—No todo está escrito para ti.
Inés desplazó la manta con el pie. La línea se abrió entre sus cuerpos. El colchón cedió cuando se acercó unos centímetros.
—Mírame.
—No.
—Vera.
—Si te miro, vas a hacer otra pregunta.
—Ya la tengo.
—Por supuesto.
—¿Quién te hizo esto?
La calefacción dejó de golpear.
Vera se volvió hacia ella. La luz de un coche pasó por la ventana y le cruzó la cara: la ceja, la nariz, la boca. La sombra desapareció antes de que Inés pudiera leerla.
—Nadie —dijo.
—Eso no existe.
—Existe cuando eliges mal.
—Elegir mal no te convierte en una persona cerrada.
—No. Te convierte en alguien que aprende.
—No has aprendido. Has levantado una muralla y le has puesto una hoja de cálculo delante.
—¿Y tú qué has levantado?
—Nada.
—Exacto.
Inés se incorporó. La manta cayó al suelo. El movimiento acercó sus rodillas a las de Vera. La estratega no retrocedió. Tenía la boca entreabierta, como si hubiera olvidado una palabra.
—Yo no huyo —dijo Inés.
—No. Tú avanzas sobre todo lo que se mueve.
—Alguien tiene que hacerlo.
—¿Incluso cuando no sabes qué hay detrás?
—Sobre todo entonces.
—Eso no es valentía.
—¿Qué es?
—Una forma elegante de no mirar el agujero.
Inés le sostuvo la mirada. El hombro magullado de Vera estaba a pocos centímetros de su mano. Podía ver la hinchazón bajo la tela.
—Estás herida.
—No.
—Te duele.
—Son cosas distintas.
—No para el cuerpo.
Inés alargó la mano. Vera le sujetó la muñeca antes de que tocara la tela.
El contacto le cerró el aire en la garganta.
Los dedos de Vera rodeaban su piel con una presión precisa, sin fuerza de más. Inés notó el pulso de la estratega en la base del pulgar. No era regular. Vera miró la mano que había detenido y luego volvió a sus ojos.
—No me arregles —dijo.
—No estaba intentando arreglarte.
—¿Qué intentabas?
Inés dejó que la pregunta permaneciera. La muñeca seguía atrapada.
—Comprobar si eras de carne.
La boca de Vera se tensó.
—Resultado provisional.
—Te tiembla la mano.
—La tuya también.
Inés bajó la mirada. Vera la soltó, pero no apartó los dedos del todo. El pulgar rozó la marca roja que había dejado en su piel.
La habitación se hizo más pequeña.
—No me hables como si me conocieras —dijo Vera.
—Entonces deja de darme pistas.
—No son pistas.
—Son grietas.
—Las grietas no invitan a entrar.
—A veces dejan pasar la luz.
Vera volvió la cara hacia la ventana. Inés siguió el movimiento. La lluvia había convertido el cristal en una pared líquida.
—Tu madre —dijo Vera—. La de la caja de galletas. ¿Todavía guarda los recibos?
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo guardo los nombres.
—Eso es peor.
—Depende de quién pregunte.
Vera la miró de nuevo. Esta vez no tenía una respuesta preparada.
Inés levantó la mano y le tocó el rostro.
Lo hizo con dos dedos, despacio, como si la piel pudiera romperse bajo la presión. La yema rozó la línea que bajaba desde la sien hasta la mejilla. Vera se quedó quieta. La habitación olía a lluvia, a detergente barato y a la humedad de sus ropas.
—¿Qué haces? —preguntó Vera.
—Comprobar.
—¿Qué?
—Si eres de carne.
El pulgar de Inés alcanzó el borde de su pómulo. Vera cerró los ojos. Una vez. No retiró la cara.
Cuando volvió a abrirlos, la distancia entre ambas había desaparecido sin que ninguna pudiera decir quién la había cruzado.
Vera levantó una mano y la apoyó en la nuca de Inés. Sus dedos se hundieron en el cabello húmedo. El gesto no tenía la precisión de una orden. Tampoco la de una defensa.
Inés dejó de respirar.
La boca de Vera quedó a un suspiro de la suya.
Entonces el teléfono de emergencias de la campaña empezó a sonar.