El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 54
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Londres. Capítulo 54

Billy murió en Nochebuena. Juliette había muerto mucho antes.

La dueña de la posada la encontró en la cama con las muñecas cortadas, pálida sobre un charco de sangre que se extendía por sábanas y colchón hasta alcanzar el suelo de madera.

Cuando Ben llegó a verla, estaba tan blanca que parecía una estatua de mármol.

Los labios del mismo color que el resto de la piel; tan solo el rojo de la sangre, que empezaba a oscurecerse y a oler, resaltaba casi como el cuadro de una tragedia.

Parecía en paz, al fin, después de una vida tan turbulenta.

A Ben se le llenaron los ojos de lágrimas, porque le hubiera gustado saber cómo salvarla…

, le hubiera gustado que fuera feliz, al menos durante una parte de su vida.

Pero era como si William la hubiera escrito, uno más de sus dramas con un destino fatal inevitable.

Y le vinieron a la mente las palabras de Hamlet, así que se arrodilló a su lado, con los ojos atormentados por el llanto, y recitó los versos de William como si fuese un rezo, como si desde el principio supiera que los había escrito para Billy:

— ¿Qué es más elevado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?

¡Morir! Dormir… no más. ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne!

¡He aquí un término devotamente apetecible!

»¡Morir… dormir! ¡Dormir… tal vez soñar!

¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!

¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio!

Porque… ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno; cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete?

… Adieu , dulce Julieta. Descansa en paz, al fin.

Cuando la enterraron, en su epitafio no escribieron nombre alguno; tan solo las iniciales W.

H., tal y como la había llamado William, pero sobre todo para evitar poner un nombre que no era el suyo.

Debajo de las iniciales, un último verso de partida que ella misma había escrito como nota de despedida antes de morir:

La vida es muy corta para solo amarte en una, prometo buscarte en la otra.

William Shakespeare