El mar que nos arrastra Granada. Capítulo 55
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Granada. Capítulo 55

Tristán llegó a la alquería de Gójar acompañado por su secretario personal y dos hombres de la guardia ducal.

Los dejó atrás en la casa principal, un cortijo de piedra de pasillos largos y oscuros, y tomó el camino que cruzaba los viñedos en dirección a la casa que se habían hecho construir al poco de mudarse a Granada.

En cuanto desmontó a Leyenda y lo dejó en la acequia para que bebiera, una pequeña jauría de perros salió a su encuentro.

Tristán fue saludando uno a uno a los cinco animales, algunos de ellos aún cachorros.

La puerta de la casa estaba abierta y, al entrar, los perros la invadieron armando jaleo con sus garras contra la cerámica del suelo.

—¿Hola? —saludó al aire, esperando obtener respuesta.

Era una casa de espacios amplios y abiertos, con una distribución extraña y multitud de ventanas.

Accedías a la casa por la cocina, que era espaciosa y moderna e incluía un comedor para doce comensales.

En la segunda planta había cuatro estancias —tres dormitorios y un despacho—.

El resto de la planta baja lo ocupaba una enorme biblioteca con grandes ventanas, por las que entraba un chorro de luz, en la que había un sinfín de artilugios extravagantes, mapas del mundo, piedras de colores extraños, animales disecados, un telescopio, regletas, compases, microscopios y otros instrumentos científicos.

Tristán cruzó la cocina y encontró a su padre, el duque, en la biblioteca, observando por un microscopio y dibujando cuidadosamente líneas en un cuaderno.

—¿Padre?

El duque levantó la mirada y sonrió al verlo.

—Hijo. No te he oído entrar. —Se acercó con su bastón, cojeando notoriamente, y le dio un abrazo.

Desde su enfermedad a su padre le costaba andar, y tanto su oído como su vista habían empeorado, pero su cabeza seguía igual de lúcida que siempre y se pasaba las horas encerrado con sus experimentos.

Llevaba tiempo haciendo un estudio de las diferencias en los tejidos de los animales y las plantas, para dividirlos en categorías, y comenzó a hablarle enseguida de sus avances.

Cuando Tareq entró en la sala lo anunció con la misma sonrisa.

—Mira quién ha llegado.

Tristán se acercó hasta la entrada, donde estaba el señor de Gójar que venía limpiándose el barro de las manos con un paño, seguramente de trabajar en el campo.

El hombre que había sido un pirata temido empezaba a parecer también un anciano, se movía con lentitud y con gesto meditabundo, aunque su presencia seguía siendo imponente.

—Padre.

—Hijo. —Y le estrechó la mano.

Era un pequeño ritual que habían empezado a hacer algo apartados de Rodrigo, en un tono privado, como si no quisieran darse por aludidos ellos mismos.

—¿Cómo está Penélope? —preguntó Rodrigo, atrayendo su atención nuevamente.

—Bien, tomándoselo con calma.

Penélope.

Hacía algo más de dos años que Penélope llegó al castillo de Sanlúcar al comienzo de la primavera.

Era una prima segunda de la mujer de su tío Jacobo.

Había nacido y se había criado en América, en la isla La Española, donde la familia tenía un importante negocio de caña de azúcar.

A los dieciséis años, la muchacha trabajaba en los campos descalza y sabía llevar los negocios, pero no se comportaba como se esperaba de una señorita.

Así que la familia decidió mandarla a España para que, tutelada por doña Pilar, aprendiera modales y se negociara un buen enlace matrimonial con algún caballero o soldado.

La llegada de la muchacha provocó un gran revuelo en Sanlúcar, y no solo porque fuera una mujercita de una belleza poco convencional.

Su melena castaña le caía sobre la espalda como una cascada, era flaca y alta, algo desgarbada y casi sin pecho, con un andar masculino e impaciente.

Su rostro ovalado tenía una frente amplia, labios finos, una nariz armoniosa y ojos pequeños, pero despiertos e inteligentes.

No tenía ningún rasgo físico que sobresaliera, pero en conjunto había una armonía sobria en su presencia que le daba un aire elegante, y que se hacía aún más intrigante con su voz grave y ese gesto con las cejas levantadas y el ceño fruncido que parecía cuestionar el mundo.

Pero lo que de verdad levantó oleadas de chismorreos fue la rebeldía de la chiquilla, que traía de cabeza a su tutora.

La anciana doña Pilar —que debía pasar de los setenta, aunque nadie lo sabía con certeza— se esforzaba por cumplir su cometido de meterla en vereda.

Aún mantenía ese gesto severo con el moño bien tirante, aunque su rostro se había consumido otorgándole un aspecto cadavérico que asustaba a los chiquillos.

No a la muchacha indomable, que se escapaba de sus lecciones para ir a pasar la tarde con las gallinas y los caballos, que era respondona y malhablada, que se negaba a ponerse los chapines que su tutora insistía en que llevara y que ella dejaba abandonados en cualquier lugar para seguir caminando descalza sin que le importara embarrarse el bajo de las faldas.

Se deshacía los peinados y moños, y se quitaba el corsé para escaparse al bosque, de donde volvía siempre despeinada y sucia como una campesina.

A todo el que quisiera escuchar le contaba historias de indios que cortaban cabelleras y montaban sus caballos a pelo lanzando flechas con sus arcos.

A Tristán lo descolocó por completo la llegada de la muchacha.

No era capaz de ignorar su belleza insólita, como le pasaba al resto de hombres del castillo, pero además ella le hacía reír.

Era ingeniosa y descarada, y jamás se callaba una respuesta por imprudente que pudiera resultar.

No había conocido una mujer igual en toda su vida.

No era vulgar, pues era elocuente y sus respuestas destilaban inteligencia.

Le resultaba fascinante todo lo que el duque sabía de ciencia y geografía, y durante las cenas que compartían no dejaba de hacer preguntas, aunque doña Pilar no paraba de darle pisotones y manotazos bajo la mesa para que callara y fuera más respetuosa, a lo que la muchacha preguntaba: «¿Tenéis algún problema en el pie, tía Pilar?

», y a lo que la anciana respondía con un «¡jovencita!

» que pretendía intimidarla, pero que ella ignoraba por completo para volver a interesarse sobre la opinión que tenían acerca de la prohibición de la esclavitud o la escisión dentro de la iglesia, y jamás entendía por qué una mujer no debía hablar de esos temas.

A Penélope también le resultó atractivo el joven marqués, y ninguno de los dos se molestó en disimular su coqueteo. Lo que tampoco pasó inadvertido a doña Pilar, que riñó a la muchacha asegurándole que el futuro duque de Niebla estaba fuera del alcance de una plebeya malcriada como ella.

Doña Pilar se esforzó cuanto pudo en mantener alejados a Penélope y Tristán, y hacía que las criadas la siguieran día y noche.

Sabía que la hija de un terrateniente de las Américas era indigna de un matrimonio con una casa noble como el ducado de Niebla, y temía que el joven marqués acabara mancillando la honra de su protegida, y, entonces, sí que sería imposible casarla.

Pero cuanto más se empeñaba en mantenerlos separados, más se buscaban los enamorados y más ardían en deseos de verse.

Tristán se estaba volviendo loco, tanto que, finalmente, se encaró a su padre decidido.

El duque nunca lo había presionado para casarse, siempre decía que esperaba que encontrara en su esposa algo más que la continuidad de un linaje.

Decía que una buena compañía sacaba lo mejor de un hombre.

Tristán no tuvo prisa, se había divertido con las mujeres, pues no le costaba conseguir alguna que quisiera acompañarlo en su cama, y no había sentido la necesidad de un compromiso que nadie le había exigido. Hasta que conoció a Penélope.

Llegó con el discurso preparado.

—Sé que tengo una obligación y que me debo al honor y al nombre de mi familia, pero, padre, seamos sinceros, los dos sabemos que esos propósitos no tienen ningún sentido…

No hizo falta que terminara su discurso, Rodrigo accedió a pedir la mano de Penélope. Cualquier otro noble se habría indignado solo con la idea, pero Rodrigo no era como otros nobles.

Quien sí se indignó con el enlace fue doña Pilar, que, aunque había superado con creces su cometido de negociar un enlace para la muchacha, pensó que ese matrimonio deshonraba el ducado por el que tanto había luchado.

—El médico cree que serán mellizos —informó Tristán a los dos hombres que eran sus padres.

—¿Mellizos?

—Enhorabuena.

Penélope había tardado poco en quedarse encinta.

Su primer hijo, Rodrigo, como su abuelo, cumpliría pronto un año, y su esposa volvía a estar embarazada.

El ducado tenía herederos, aunque precisamente los tres que estaban allí reunidos sabían que quedaba poco del linaje del verdadero duque de Niebla, el cual solía confesarles en privado que tal vez fuera lo mejor.

Era otro legado y otro linaje el que se estaba preservando, uno que, de saberlo, haría palidecer a toda la casa de Austria.

Pero eran otros los motivos por los que el enlace había resultado un gran acierto. No solo se amaban de verdad, sino que Penélope era tan sagaz para las cuentas como lo había sido Rodrigo, y asumió con gusto esa tarea administrativa que a Tristán le resultaba tediosa.

—¿Os quedáis aquí o en la casa grande? —preguntó el duque.

Era la misma pregunta que le hacía cada vez que venía, sin darle mayor importancia, y Tristán siempre respondía que se alojaría en la casa grande, porque hasta entonces le incomodaba la idea de quedarse en aquella morada en la que no había criado alguno, y en la que vivían dos hombres solos fingiendo tener alcobas separadas. Pero esta vez se sentía diferente.

—Me quedaré aquí. —Los dos, al unísono, se giraron en su dirección con un gesto de sorpresa que disimularon a tiempo—. Si os parece bien.

—Por supuesto, estupendo.

—Subiré a preparar el cuarto —añadió Tareq.

Aquella noche Tareq mató un cordero para festejar la ocasión, él mismo lo asó en el horno a fuego lento.

Como no tenían servicio, ellos mismos hacían todas las tareas de la casa, aunque doña Inés, que seguía a cargo de la casa principal, insistía en enviar al servicio para que limpiara, pues no concebía que el excelentísimo duque de Niebla viviera en esa casucha como un campesino.

Era extravagante, pero Tristán ya se había acostumbrado a que todo fuera diferente con ellos.

—Imagino que ya estaréis al tanto del último edicto real…

—aventuró Tristán durante la cena. Los dos hombres se miraron desconcertados.

Con los años parecían haber perdido todo interés por los asuntos políticos.

Pero había estado convencido de que aquella noticia la conocerían, y se sintió algo cohibido al darse cuenta de que tendría que ser él quien los informara—.

La pena de hoguera se ha revocado para la brujería y… la sodomía.

Ellos volvieron a compartir una de esas miradas que debían pensar que Tristán no notaba.

—Vaya —exclamó Rodrigo—, esa es una buena noticia.

Ellos nunca habían ocultado su oposición a las penas de muerte y las torturas de la Inquisición, aunque sospechaba que tenían motivos más personales para alegrarse de la noticia.

—Habrá que brindar por eso —añadió Tareq, antes de levantarse para buscar una jarra de vino y llenar las copas.

—Por el progreso —dijo Rodrigo levantando su copa.

Y los tres chocaron sus copas y bebieron y apuraron el banquete haciendo planes para el futuro, brindando con buen vino, incluso Tareq, pues, como solía decir, era necesario pecar un poco de vez en cuando para ser algo felices.