El mar que nos arrastra Capítulo 53
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Capítulo 53

Tareq entró a los aposentos del duque hecho una furia mientras Tristán iba tras él conteniendo a los guardias para que no lo detuvieran.

En cuanto vio a los médicos alrededor del duque sangrándolo, con los brazos pálidos con cortes en las muñecas para eliminar lo que entendían que eran los malos humores del cuerpo, empezó a arremeter contra ellos como un loco.

—¡Fuera de aquí! ¡Sacamuelas farsantes!

Arrojó los instrumentos de los médicos al suelo, causando un estruendo que alertó también a los guardias, que entraron con sus armas en la alcoba.

—No pasa nada —los detuvo Tristán.

—¡Salid de aquí! ¡Mercachifles! —seguía gritando el intruso.

Los médicos, a su vez, discutían indignados. Y la bronca y el alboroto ocuparon la estancia. Los guardias detuvieron a Tareq a pesar de los intentos de Tristán; todos los presentes discutían y se gritaban hasta que el duque, muy débil, levantó el brazo para detenerlos.

—¡Está bien! —dijo a sus criados y a los médicos—. Dejadle a él…

—Pero, excelencia…

—Podéis marcharos todos —insistió con esfuerzo—, quiero que él se ocupe. —Y al decirlo sonrió en dirección al morisco.

—Excelencia —insistió su médico—, es imprescindible seguir con el tratamiento.

—¡Ya habéis oído al duque! —les gritó Tareq—. ¡Marchaos de una vez!

Tristán intervino para evitar que su padre se esforzara más de lo necesario.

—Está bien, don Ignacio, podéis salir… Es la voluntad de mi padre.

Al fin, y aún entre protestas, médicos, guardias y criados abandonaron la alcoba del duque. Tareq enseguida se puso a curar las heridas de los brazos de Rodrigo, que seguía mirándolo con una sonrisa, como si nada más importara.

—Has venido… —dijo con un hilo de voz.

—Claro que he venido. ¿Por qué habéis dejado que os hagan esto?

—Pueden ser muy convincentes. —Y por la forma en que lo decía, parecía que se tratara solo de una broma—. Creí que tardarías mucho más…, empezaba a pensar que no llegaría…

—No digas bobadas. No vas a morir. Aún no. Me lo debes.

—Haré lo que pueda…

Tristán se había quedado a la entrada de la alcoba observándolos.

No acababa de entender el tipo de amistad que unía a esos dos hombres, pero supuso que había valido la pena traerlo si su presencia hacía feliz a su padre en sus últimas horas.

Lo vio observando a Tareq desde la cama mientras el pirata de aspecto caballeresco seguía ocupado con su maletín de cuero y sus ungüentos.

Su padre, el duque, lo miró a él entonces sin perder la sonrisa, y con los labios dibujó una palabra: «Gracias», y su hijo sonrió de vuelta.

Durante los días siguientes, Tristán siguió visitándolos en la alcoba del duque mientras el ducado parecía prepararse para la muerte inminente de su padre.

Y él tenía que esforzarse por ponerse al día de los asuntos administrativos.

La enfermedad prolongada del señor de la casa había dejado muchas cuestiones pendientes y era necesario que el heredero empezara a tomar el relevo.

Siempre que podía se acercaba a ver al padre y pudo ser testigo de lo que allí ocurría.

El Turco no se separaba del duque. Día y noche siempre lo veía a su lado, con la camisa remangada y las lentes, velando por su padre o dormitando en un sillón.

Movió la cama junto a la ventana para que le diera el sol, dijo, y hacía cambiar las sábanas a diario.

También lo lavaba todos los días con una friega de vinagre y agua.

Con paciencia, preparaba infusiones de manzanilla y una raíz llamada cúrcuma, originaria de África, que traía en su bolsa junto a otras hierbas.

Tan solo salía de su alcoba para supervisar en las cocinas sus comidas, que luego le llevaba personalmente.

Se sentaba a su lado y le daba de comer en la boca como si fuera un niño.

Pero no era solo la diligencia con la que se ocupaba de su cuidado; siempre que entraba los veía hablando, las voces calmadas, pausadas, que parecían terminarse las frases el uno del otro.

Bromeaban a menudo, con una complicidad que no había visto antes en dos personas tan dispares.

Jamás había visto a su padre tan relajado, tan…

feliz, porque eso era lo que era aquello, sin duda.

Se lo veía tan despreocupado y en paz… Siempre tenía una sonrisa a punto de asomar, le brillaban los ojos al mirarlo a él…

Tan distinto al duque que conocían todos, sumido en sus responsabilidades con gesto preocupado.

No había alcanzado a sospechar cuán profunda era aquella amistad, por insólita que pareciera.

Y cuando los médicos y otros consejeros intentaban convencerlo de que debía deshacerse del moro, lo único que podía contestarles era: «Mi padre está feliz. Dejadle».

Pero lo más asombroso fue que, al cabo de una semana, se encontró a su padre sentado en su cama, preparándose para salir a dar un paseo.

—La verdad, me encuentro mucho mejor —le explicó a su hijo—. Ya no me duele el estómago y la fiebre ha bajado.

Y el asombro se extendió por todo el servicio cuando vieron a quien ya todos daban por muerto, caminando en dirección al bosque agarrado del brazo del hombre grande que había cuidado de él noche y día sin descanso.

Algunos lo llamaron milagro; otros, malintencionados, hablaban de brujería.

Y entendió de pronto por qué su padre, el duque, siempre había odiado a los supersticiosos.