El mar que nos arrastra Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

Algo lo había alertado. Observaba a su alrededor en tensión, Tristán intentó atisbar alguna señal.

Era cierto que la luz de la luna brillaba bastante esa noche y con la vista habituada a la penumbra se veía sin problema el camino.

Pero en ese momento no conseguía ver u oír nada que no fuesen los movimientos relajados de los caballos.

Sin embargo, el Turco se apartó un poco y desenvainó, consiguiendo que el joven noble también se pusiera en alerta.

—¡¿Quién va?! —preguntó el morisco al viento—. Puedo oír vuestros pedos, salid de una vez.

Cinco monfíes salieron de la nada y los rodearon apuntándolos con espadas y puñales.

Supo al instante que eran moriscos por la vestimenta y el turbante que llevaban algunos atado a la cabeza.

Uno de ellos llevaba la barba larga dividida en dos puntas, amarradas de forma curiosa con borlas de colores.

—Bonitos caballos —dijo el de la barba partida.

—No os vais a llevar los caballos —le respondió Tareq con calma—. No hay nada aquí que queráis, podéis seguir vuestro camino.

—Eso lo decidiremos nosotros.

—Mi nombre es Tareq Nasr Ibn Saʿad y os ruego que os marchéis en paz.

Al decir su nombre algunos de los monfíes se miraron entre ellos, como si dudaran. Pero el hombre de la barba en puntas, que debía ser el jefe, no se achantó.

—No reconocemos a ningún príncipe, solo reconocemos el dinero contante y sonante.

Tareq entonces les habló en árabe. Reconocía esa lengua del tiempo que pasó en cautiverio en tierras africanas.

Aunque no entendía lo que decía, se dio cuenta de que algunos de los monfíes empezaban a ponerse nerviosos.

A Tristán le sudaba la mano que portaba la espada.

Antes de su secuestro no le temía a la batalla, pero desde que había regresado, la mera idea de tomar la espada hacía que le temblaran las piernas.

Pudo notar, por la forma en la que se tensaban, que tendría que usarla esa noche, y su respiración, su corazón e incluso su estómago parecían confabularse en su contra.

El Turco no esperó a que atacaran, interrumpió su propio discurso lanzándose a por uno de ellos, lo desarmó con una maniobra certera de su espada y se lanzó a por otro, al que hirió en el costado, y ya no vio más, pues tuvo que aplicarse en defenderse de otros dos.

Se escuchaba por todas partes el ruido metálico del cruce de espadas y el relinchar de los caballos, que de no estar atados habrían huido.

Tristán apenas alcanzaba a evitar que lo atravesaran con el filo, de uno u otro, obligado a retroceder para evitar los embates.

Acertó a herir la mano de uno, que soltó la espada al instante con un alarido de dolor, pero el otro le rajó a él el brazo y, al apartarse, Tristán tropezó con una piedra y cayó de espaldas al suelo.

Y lo vio con claridad, el hombre barbudo de ojos sanguinarios que se le echaba encima para matarlo.

Por unos segundos que se le hicieron eternos tuvo la certeza de que iba a morir, pero justo en ese instante un cuchillo llegó volando de la nada, girando sobre sí mismo a gran velocidad, pasó raspándole la frente al monfí y llevándose su sombrero, que quedó clavado a un árbol, le dejó una brecha en la frente que el bandido se tocó con ojos desorbitados.

No le dio tiempo a más antes de ver en su cuello la punta de la espada del Turco.

—Soltad el arma —ordenó con una calma que helaba la sangre.

El tipo dejó caer su espada al suelo y salió por pies. Solo entonces Tristán pudo darse cuenta de que los cinco ladrones se alejaban huyendo, alguno, malherido, se apoyaba en sus compañeros. Tareq le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

—Dejad que os mire eso —dijo, refiriéndose a la herida del brazo, que solo entonces se fijó que sangraba bastante.

El morisco —su padre— le rajó un poco la camisa para estudiar la herida. Luego, sin decir nada, fue a buscar la bolsa de cuero que llevaba en las alforjas de su caballo. Le echó un líquido blanco que tenía un intenso olor a licor de orujo.

—Tengo que coseros eso.

Lo vio tomar aguja e hilo y mojar la aguja en el licor.

Luego, Tareq se puso unas lentes ópticas, que sujetó en el puente nasal, y estudió la herida una vez más con gesto serio antes de clavar la aguja.

Tristán soltó un grito de dolor. Aquello era mucho más doloroso que la cuchilla que lo había segado.

—Aguantad un poco… —dijo, como si fuera tan fácil. Y siguió remendándolo como a un par de zapatos viejos—. Teníais razón —añadió mientras continuaba la tortura—, habría sido más inteligente salir de madrugada.

—Ya da igual —murmuró apretando los dientes.

—Estamos a unas tres horas de camino… Si preferís, podemos hacer noche y continuar al amanecer.

—Estoy bien. Prefiero continuar.

Terminó de coser. Volvió a echarle más licor, que sintió como si le atravesara la piel, y contuvo como pudo un gemido de dolor. Luego, Tareq cubrió la herida con un ungüento que calmó ligeramente el suplicio, y con un paño empezó a vendarle el brazo.

—¿Cómo habéis hecho eso? Lo del cuchillo.

—Es solo un truco de magia. Los faquires lo hacen como entretenimiento en Argel, pero es muy útil para distraer al contrario. —Y sonrió. Con aquellas lentes en la nariz tenía un aspecto más afable, menos peligroso—. Puedo enseñaros si queréis.

Le echó una mirada, aún ocupado con las curas, en busca de su reacción, posiblemente.

Tristán no respondió, todavía no estaba preparado para confraternizar.

Se sentía estafado. Ellos lo habían convertido en un impostor.

Era una situación incómoda que le dejaba malas opciones: o seguir siendo un impostor o echar por tierra toda la vida que conocía.

—Esto ya está —dictaminó el pirata una vez terminado el trabajo.

Recogieron sus cosas para emprender la marcha.

—¿Por qué os ha llamado príncipe? —preguntó mientras tomaba las bridas de Leyenda para continuar el camino. Tal vez no estaba listo para perdonarlo, pero sí tenía muchas dudas.

—Era solo un ardid, una distracción.

—¿Como lo que decíais en árabe?

—La gente supersticiosa se distrae fácilmente con una maldición. Es también un truco que aprendí de los magos.

Montaron y estaban listos para seguir.

—Pero no habéis respondido a mi pregunta, ¿por qué os llamó príncipe?

Se miraron desde la distancia de sus monturas.

—¿No os lo ha dicho vuestro padre?

—Me dijo que habíais nacido en familia noble.

—Sí, supongo…, aunque ya no tiene mucha importancia. Al parecer soy el único descendiente vivo del reino nazarí, de quienes gobernaron el reino de Granada… Bueno, está mi hermana, pero ella no tuvo descendencia…

—Pero vos sí.

Volvieron a mirarse, y el silencio se hizo elocuente.

—Hay verdades que es mejor callar. —Y en su voz pudo notar pesar.

—¿Por qué?

Él dejó escapar el aire de golpe; era algo que hacía cuando le faltaban las palabras, lo cual ocurría bastante a menudo, por lo que había podido comprobar en esas horas.

—¿Os sentís mejor sabiendo que descendéis de familia noble?

—Tristán no respondió, solo se encogió de hombros intuyendo que era una pregunta trampa—.

Veréis, cuando tenía diez años yo también lo creía así.

Estaba seguro de que me esperaba una buena vida, que llegaría a ser médico, como mi padre, me casaría y tendría una familia, era mi destino…

Pero entonces mi vida cambió por completo, mi familia ya no era nada y yo era un esclavo que podía ser castigado y utilizado por sus amos a voluntad.

Y llegué a creer también que esa vida era inmutable, por más que me resistiera a ella, me convencí de que era mi destino.

Y sin embargo, la vida, una vez más, acabó llevándome por lugares inesperados.

Lo que quiero decir es… Tenéis algo bueno ahora, haced lo mejor de ello, porque no está escrito en ninguna parte que vaya a ser así para siempre.