El mar que nos arrastra Capítulo 52
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Capítulo 52

Tristán partió inmediatamente. Algeciras estaba a solo una jornada de camino, sabía que su caballo podía hacerlo en menos tiempo que la mayoría, así que prefirió ir solo.

Leyenda era un caballo español de color negro brillante, su padre se lo había regalado al cumplir los dieciséis, pertenecía a las caballerizas reales, la nueva raza criada con esmero durante décadas, de cuello y patas más largos, fuertes y elegantes, que lo convertían en un animal único.

También era un buen compañero, se entendían bien jinete y corcel, a veces le parecía incluso que pudiera leerle la mente.

Se detuvo por el camino lo justo para dejar repostar al animal y comer ligero, como le habían enseñado que debía hacerse en los viajes largos.

Llegó a Algeciras con los últimos rayos de sol. Si conseguía entregar el mensaje antes de que dieran las vísperas, haría noche en alguna venta y podría estar de vuelta en Sanlúcar a tiempo para la cena.

Le costó algo más de lo que habría deseado dar con la casa que le había indicado su padre, el duque, pues era difícil distinguirla en la noche entre las otras casas de paja y cañizo. Esperaba que aún pudiera encontrar a la mujer con la que debía hablar.

Desmontó al llegar a la casa y vio a unos hombres preparando unas redes de pesca.

—¿Conocéis a una mujer que se hace llamar Samira?

—¿Quién la busca? —preguntó a su vez uno de los hombres.

—Le traigo un mensaje.

—Un poco tarde, ¿no os parece?

—Es una emergencia…, vengo desde Sanlúcar.

El hombre pareció estudiarlo un momento, como si no se fiara.

Debió fijarse en sus ropas finas de noble, el jubón de paño azul a la moda, las botas altas, gregüescos negros…

—Es al final de la colina, a la orilla. Puedo acompañaros.

—No es necesario.

El hombre, que era grande y rudo, soltó sus redes.

—Os acompañaré —le dijo, poniéndose en marcha en la dirección que le había indicado, y no parecía negociable.

Eso hacían en las aldeas, se protegían unos a otros y él era un extraño. Así que Tristán caminó tras él, tirando de las bridas de Leyenda. Por fortuna no estaba demasiado lejos y no tardaron en llegar. El hombre llamó a la puerta, las luces de la casa ya estaban apagadas.

—Soy Carlos, Samira —anunció el pescador. Una mujer mayor, de unos cincuenta, con el pelo rizado plagado de canas grises y oscuras ojeras bajo los ojos, abrió la puerta y asomó—. Este hombre viene desde Sanlúcar, dice que tiene un mensaje urgente.

—¿Ha muerto alguien?

—No —contestó Tristán enseguida y luego matizó con cierto pesar—. Aún no, al menos.

—No os conozco.

—Vengo de parte del duque de Niebla.

—¿Rodrigo?

Le chocó la familiaridad irreverente con la que nombró al duque. Le hacía preguntarse hasta qué punto había llegado realmente a conocer al hombre al que llamaba padre.

—Debo daros el mensaje en privado.

Ella pareció comprender.

—Está bien, Carlos, podéis marchar. —El pescador aún se quiso asegurar y ella le agradeció que se preocupara. Luego quedaron a solas y ella le hizo pasar a la casa—. ¿Cómo está el duque?

—Enfermo. —Ella lo miró entonces con sincera consternación—. Por eso me envía, quiere hacérselo saber a vuestro hermano. Es posible que le quede poco tiempo… —Y al decirlo tuvo que controlarse para evitar que sus ojos lo traicionaran—. Me ha pedido que le dé…

—Volved mañana —ordenó, rechazando la carta con el sello.

—He de regresar a Cádiz. Esperaba dejároslo esta noche.

—Volved mañana y se lo dais vos mismo.

Esa información no la había esperado. Ese no era el plan.

—¿Está… aquí?

—Estará mañana. Volved mañana.

Creía que vivía en Berbería, pero tal vez se equivocara. Desde la subida de Felipe IV al trono, todos se habían olvidado del problema de los moriscos. Al rey ya no le interesaba y muchos de los exiliados regresaban e incluso reclamaban sus tierras.

Tristán asintió y se dispuso a marchar. No le iba a quedar otro remedio que postergar la partida al día siguiente.

—¿Quién le digo que sois? —le gritó ella cuando ya había montado a Leyenda y estaba a punto de marchar.

—Soy su hijo… —dijo sin pensar, y de golpe se dio cuenta de que la frase no aclaraba de quién era hijo.

Pensó en corregirse, pero ella ya había cerrado la puerta.

Se quedó allí un momento, a solas con su caballo en la oscuridad.

La idea de volver a verlo lo inquietaba, aunque no era capaz de descifrar el motivo.

¿Deseaba verlo… o más bien le disgustaba la mera idea de encontrarse con él?

Cuando regresó por la mañana, la mujer, Samira, andaba ya ajetreada ocupándose de los animales de la pequeña granja que tenía detrás de la casa. Le extrañó que viviera sola, no era habitual, y más en una casa tan espaciosa.

—¿Habéis comido algo?

—Estoy bien.

Ella no pareció escuchar, y colocó sobre la mesa una pieza de pan, cecina y una jarra de leche recién ordeñada, de esa cubierta por una capa gruesa de nata que a Tristán le provocaba arcadas. Comió algo de pan con cecina, pues efectivamente no había comido nada desde el día anterior.

—¿Y vuestro hermano…? —preguntó alzando la voz hacia el jardín.

—Llegará.

Tristán se sentó y se armó de paciencia. Al rato ella regresó a la casa con una cesta de huevos que llevó hacia la encimera.

—Disculpad que insista, ¿sabéis si tardará mucho?

—¿Tareq? —preguntó ella. ¿Era ese su nombre?

Había oído tantos ya, Tybalt, Lázaro o un mero capitán para sus hombres—.

Llegará. —Una familia parca en palabras, pensó él.

Tampoco había cruzado con el pirata más de tres frases seguidas en toda la travesía desde Argel, aunque a decir verdad, entonces Tristán no se lo puso fácil—.

¿No os gusta la leche? —añadió ella viendo que no la había tocado.

—Me sienta mal.

Ella asintió.

—Igual que a Tareq.

Él la miró con el pánico pegado a los ojos, ¿lo sabía ella también? Samira le sirvió una jarra de cerveza aguada, que estaba fresca.

—Gracias.

Ella siguió a lo suyo. Si lo sabía o no, no dio señales de ello.

Las horas siguieron pasando, lentas y tediosas, aunque Tristán estaba distraído viendo todas las cosas que pasaban por aquella aldea en un día cualquiera.

Samira le preparó el almuerzo, legumbres con huevo, que acompañaron con una hogaza de pan y más cerveza aguada.

Él quiso pagarle por su hospitalidad, pero ella lo rechazó. No hablaron mucho.

Su llegada a primera hora de la tarde lo sobresaltó, como si hubiera llegado a olvidar que era a él a quien esperaba.

Abrió la puerta de golpe y se quedó de pie allí mirándolo.

Tristán se puso en pie también y permanecieron así un rato que se le hizo eterno.

Se había cortado el pelo y llevaba una barba en punta recortada con esmero, que le daba un aspecto más distinguido.

Le pareció que había envejecido desde aquel año en el que lo rescató en Túnez.

—¿Vuestro padre? —adivinó, y que lo preguntara de esa forma consiguió calmar los nervios de Tristán.

—Ha enfermado. —Se inclinó hacia su bolsa de cuero para buscar el mensaje.

—¿Qué tiene?

—Fiebre tifoidea, dicen los médicos.

—¿Le están haciendo sangrías?

—Es parte del tratamiento —respondió, al tiempo que le entregaba el documento sellado.

—¡Malditos matasanos! —espetó tomando el documento. Rompió el sello y lo abrió. Al ver su contenido notó que palidecía. Tras quedarse unos segundos leyendo, se volvió a Tristán—. ¿Tan mal está?

—¿Por qué? ¿Qué dice?

—Me cede el señorío de Gójar.

Una herencia. ¿Era eso lo que había hecho su padre? ¿Realmente se estaba preparando para morir?

—Dijo que quería veros una última vez.

El morisco suspiró.

—¡Siempre tan dramático! Será mejor partir cuanto antes. —Y tras anunciarlo vio que empezaba a prepararse para el viaje.

—¿Ahora? Está a punto de anochecer.

—Esta noche hay buena luna, no será problema. —Y al ver que el joven seguía dudando, añadió—: ¿Os da miedo viajar de noche?

Viajar de noche no era aconsejable. Los caballos podían accidentarse por la escasa visibilidad, pero además todos sabían que en la noche los caminos se llenaban de bandidos. Dos hombres solos cabalgando en mitad de la noche eran una presa fácil para cualquier banda de ladrones.

—No —mintió.

El morisco llenó una bolsa de cuero con varios botes, plantas y algo de comida para el viaje y se pusieron en marcha. Sin antorchas, pues él le aseguró que eso solo delataría su presencia en los caminos.

Avanzaban despacio, con los caballos al paso, pendientes del entorno.

Durante dos horas no dijeron una palabra.

Tareq, el Turco o como se llamara parecía concentrado en cualquier sonido a su alrededor, y las dos veces que Tristán hizo amago de empezar una conversación, le indicó con un gesto de la mano que guardara silencio.

Algo más tarde, cuando comenzaba a perder la noción del tiempo y los ojos se le cerraban, Tareq sugirió que pararan a descansar.

Desmontaron junto a un arroyo donde los caballos podían beber y comer algo de hierba.

Leyenda estaba algo inquieto, no estaba acostumbrado a trasnochar y Tristán intentaba apaciguarlo acariciándole la cabeza, que no dejaba de subir y bajar.

—Buena monta —dijo el Turco, pasando su mano por el cuello sudado del animal—. Es bonito.

—Regalo de mi padre.

—A mí también me regaló un caballo español. Antes de que nacierais. Sentí mucho tener que venderlo…

—¿Ahora sí queréis hablar? —dijo con intención—. ¿Tengo permiso para responder?

Tareq se lo quedó mirando en la oscuridad.

—Perdonad —dijo al fin—. Quería estar atento al camino…, por si escuchaba algo.

—Y ¿por qué no lo dijisteis, simplemente? —Él lo miró como si esa fuera una opción que no se le había pasado por la cabeza—. No soy uno de vuestros esbirros…

—Tshhh… —Volvió a hacerlo, un gesto mínimo para mandarlo callar, y apartó la mirada.

—¿Otra vez?

—Esperad…