Cádiz. Capítulo 51
Margarita murió una noche de invierno en Sevilla entre dolores terribles.
Dijeron que fue la enfermedad del costado; bastaron veinticuatro horas de suplicio entre punzadas insoportables para acabar con ella.
No se pudo hacer nada. Para cuando les llegó la noticia, la madre de Tristán llevaba días muerta, y ya empezaba a pudrirse el cadáver cuando consiguieron llegar a Sevilla para el entierro.
Con su muerte se acababa definitivamente el peligro que lo había acechado los últimos veinticinco años, como la sombra de la guadaña que asomaba por encima de su hombro.
Y a pesar del alivio que sintió con su partida, también lo entristeció, por su hijo que de alguna forma quedaba huérfano al perder a su madre sabiendo que tenía un padre falso.
También por ella, porque sabía que le había fallado, no había sido el marido que ella esperaba, y era culpable de que hubiese vivido una vida que no se merecía.
Ocho meses más tarde quien caía enfermo era el propio duque.
Empezó como un leve dolor de cabeza, luego algo de fiebre y náuseas, se sentía cansado en exceso, pero a su edad, superados los cuarenta, no parecía extraño.
Unos días más tarde la fiebre subió, tenía espasmos y tiritaba de frío sin cesar, le ardía el estómago, no conseguía retener la comida y la cabeza parecía que le fuera a estallar.
Los médicos lo examinaron y diagnosticaron fiebre tifoidea.
Recomendaron reposo, una dieta a base de líquidos, con ajo y vinagre para limpiar el cuerpo, purgas y sangrías para depurar y equilibrar los humores.
Consumido por la fiebre, soñó una noche que moría, que subía al cielo y que su padre era Dios, que le esperaba, espada en mano, gritando: «¡Pelea como un hombre!
», «¡sé un hombre o no entrarás en el reino de Dios!
». Despertó en mitad de la noche con la certeza de que iba a morir, que Dios era el mal y que siempre habían estado equivocados.
Y viendo la muerte tan cerca se sintió insignificante.
Rodeado por las piedras en ese enorme castillo que albergaba a cientos de personas que lo reverenciaban, comprendió con cruel lucidez que toda su riqueza y su poder no podían librarlo de la muerte y del dolor.
¿Qué sentido tenía nada si Dios no era quien debía ser? Si ellos no eran quienes debían ser…
Se despertó bañado en sudor, aterrado de golpe por la posibilidad de la muerte, por sus pecados y el infierno que lo aguardaba.
Y en medio del delirio le invadió una especie de clarividencia y supo lo que debía hacer.
Hizo llamar al notario, el hombre tuvo que salir de la cama y pasaron el resto de la noche revisando papeles.
Al amanecer mandó dar aviso a su hijo. Pero los médicos se le adelantaron, con intención de hacerle una sangría.
—No me toquéis… ¡Salid de mi alcoba!
Tristán entró en la habitación y vio a su padre forcejeando con los médicos, que intentaban inmovilizarlo en la cama para hacerle cortes en los brazos.
—¿Qué está pasando?
—Es la fiebre —explicó el doctor—. Está delirando.
—¡No! ¡No estoy delirando! —gritó el duque—. Tristán, ven aquí. —Su hijo se acercó y se inclinó junto a su cama—. Diles que se vayan…
—Padre, intentan curaros.
—No, no, no…, por favor, diles que se vayan. Necesito hablar contigo.
Tristán se incorporó y se dirigió a los médicos.
—Dejadle descansar un rato —les pidió con amabilidad—, podéis seguir el tratamiento más tarde.
Los médicos hicieron una reverencia y se retiraron. Tristán volvió a sentarse junto a su padre y le tomó de la mano.
—Escuchad, estáis preparado, lo sé. Ahora sé que lo estáis…
—No vais a morir.
—Eso es solo voluntad de Dios. Pero quiero que lo sepas, que me siento muy honrado de haber podido ser tu padre, vas a ser un gran hombre y estoy muy orgulloso…
—¡Vamos, padre…! —Las lágrimas asomaron en el hijo al darse cuenta de que su padre intentaba despedirse—. No hagáis eso…
—Es necesario…, sé que harás un buen trabajo y sé que estás enfadado, pero si supieras cuánto te quiero…
—Oh, vamos…, yo también os quiero. Para mí vos sois mi padre… Siempre será así. Y no estoy enfadado, lo juro…, cómo iba a estarlo… Si acaso debería estar agradecido. Habéis sido un buen padre.
Rodrigo sonrió y le apretó la mano. Hacía tiempo que intuía que lo había perdonado, pero le gustó escucharlo de sus labios. Especialmente por lo que iba a pedirle a continuación.
—Necesito que hagas algo por mí.
—Lo que deseéis.
—Necesito que vayas a buscarle… —El gesto de Tristán se tensó—. Id a buscar a Tareq, el Turco. Te lo ruego…
Tristán bajó la mirada, consciente de lo que le estaba pidiendo, pero sabía que si esos eran los últimos días de su padre, no podía fallarle.
—Decid, ¿cómo doy con él?
Rodrigo le explicó dónde podía encontrar a Samira, en Algeciras, y que ella sabría cómo contactar con Tareq.
—Una cosa más, hacedle llegar esto… —Y le entregó un documento cerrado y sellado con la cera distintiva del ducado—. Pero debéis ir vos y solo vos. No podéis mandar a nadie…, ¿entendéis?
—No puedo dejaros ahora…
—Está bien, aguantaré. Quiero verle por última vez… y a ti también. —Y Rodrigo le hizo una caricia en el rostro, en el que aún podía ver al niño detrás del adulto—. Os estaré esperando.