El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 50
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Londres. Capítulo 50

Will había muerto, Edward había muerto y Juliette también murió la tarde que la arrojaron a la calle destruyendo las piezas con las que se había construido a sí misma.

Ahora era solo un espectro sin nombre, sin identidad.

Había sido Billy hacía una eternidad, y a veces recordaba al niño que llegó a confundir los límites de la ficción y la realidad, que creyó que podía soñar y que sus deseos dependían de su voluntad.

Ya no quedaba nada de esa ingenuidad preciosa de la que se había enamorado William, y tal vez no solo Will, sino toda la compañía de Lord Chamberlain’s Men.

Había sido Juliette, la misteriosa dama vestida de blanco capaz de enamorar a los hombres por su belleza.

En su rostro plagado de eccemas no quedaba rastro de su hermosura transparente, sus preciosos ojos del color del agua estaban nublados, sus labios delataban su tristeza con dos líneas que bajaban desde las comisuras hasta la barbilla, su cuerpo se había vuelto afilado y seco y, como apenas comía, se asemejaba más a un esqueleto andante que a un ser vivo.

Ben le había traído ropa de hombre, pantalones y camisas, porque ya no era conveniente que siguiera interpretando a una mujer.

Pero se negaba a ponerse esa ropa y, como no tenía vestidos, se quedaba el día entero en camisón, sin salir de su alcoba.

El bueno de Ben le había conseguido una habitación en la pensión que regentaba una antigua amante.

Era poco más que una cama y una mesa, similar a la celda de un monje.

Un escaso chorro de luz entraba en diagonal desde una ventanilla pegada al techo, lo que aumentaba el aspecto monacal del cuarto.

De todas formas, a ella —o él— no parecía importarle demasiado.

Había intentado volver a coser, pero no tenía dinero para invertir en telas y nuevas herramientas de costura y, de todas formas, tampoco se sentía con ánimo, así que solo hacía algunos remiendos para los habitantes de la pensión, lo que no daba ni para comer.

Por eso Ben, que llevaba una vida acomodada como empresario de un teatro en el que se representaban las obras de su viejo amigo William Shakespeare, seguía pasando cada semana para cubrir sus gastos.

Y, a veces, su hermana Nell la visitaba, le traía cestas de fruta y pan y se sentaba a su lado para obligarla a comer.

Ben había pasado los últimos seis años recopilando las obras de William que se habían quemado en el incendio.

Lo ayudaba en su tarea un editor llamado Drayton que tenía intención de publicar las obras completas de Shakespeare, lo que era una tarea monumental pues había escrito más de cuarenta.

Con ayuda de los actores consiguieron reescribir la mayoría de sus obras, pero otras fue imposible recuperarlas, pues o bien no las terminó, o no llegaron a estrenarse, como aquella inspirada en una novela de un autor español llamada Don Quijote de la Mancha .

Los sonetos, en cambio, fueron editados por encargo del propio William.

Se los dejó al editor Thomas Thorpe con indicaciones claras para su publicación.

La edición completa, con los ciento cincuenta y cuatro sonetos de Shakespeare, llevaba a la venta unos años y se había vuelto bastante popular entre las damas de la nobleza por la exquisitez de sus versos de amor.

Ben había hecho lo posible para que ella no supiera de la existencia de ese libro.

Sin embargo, Nell, paseando una mañana por el mercado, se acercó a un puesto de libros usados y, sabiendo cuánto disfrutaba Billy de la lectura, pensó que un libro sería una buena distracción para su hermano.

Husmeando entre los tomos, descubrió una copia del pequeño libro de sonetos con el nombre de su autor en la portada escrito en letras doradas sobre una tapa forrada de tela negra.

Y se lo llevó a la pensión sin saber que era un regalo envenenado.

Billy tomó el libro entre sus frágiles manos como si fuese un delicado objeto de cristal, y al instante se sentó y lo abrió. Ya solo la primera página provocó una conmoción inesperada, cuando leyó la dedicatoria del autor:

Al único inspirador de los siguientes sonetos Mr. W. H.

Toda felicidad y aquella eternidad prometida por nuestro inmortal poeta le desea quien, con los mejores deseos, se aventura a darlos a luz.

T. T. [4]

«Al único inspirador de los siguientes sonetos Mr. W.

H.», volvió a leer. W. H., William Hughes.

Willie…, Billy… ¿Era posible? Will le había dedicado el único escrito que había publicado en toda su vida.

No se lo había esperado. Se sintió de pronto como si él le hubiera escrito desde el más allá una última carta, y las manos le temblaron al pasar las primeras páginas.

Conocía los primeros sonetos, aquellos que le escribía Will cuando estaban juntos, pero no había leído los de los últimos años, los que ya no hablaban de su «dulce joven», sino de la misteriosa dama.

Decidió leerlos en orden, como si hacerlo fuera la llave para desentramar el corazón de William.

Toma todo mi amor, mi amor, ¡tómalos todos!

¿Entonces qué tendrás, que antes no tuvieras?

Amor, no existe amor, que llames verdadero,

como mi amor que es tuyo, antes de tanto exceso.

(…)

¡Ay! Podrías, no obstante, respetar mi lugar,

refrenar tu belleza, tu inmortal juventud,

las cuales te conducen en su encadenamiento

a quebrar por la fuerza una doble honradez.

La de ella, porque tientas, con tu beldad sus ansias,

la tuya en su belleza, que me traiciona a mí.

(…)

¿Qué sustancia es la vuestra, de qué forma estáis hecho,

que millares de formas extrañas os circundan?…

Si se describe a Adonis, es su bello retrato,

una mísera copia de lo que sois vos mismo.

Se pone en la mejilla de Helena el bello arte

y tú en ropajes griegos, pintado eres de nuevo.

(…)

Así de vos, hermoso y mi adorable joven,

al morir, tu virtud, destilará en mi verso.

Y mientras leía los versos y evocaba el recuerdo de tantas noches juntos, volvía a enamorarse una y otra vez de quien fuera su maestro, su corazón, su dueño, su todo.

Pero entonces llegaron los sonetos que escribió cuando ella era ella y se había marchado con otro que no era él.

¡Oh! No pidas que yo justifique este mal,

dado a mi corazón, por tu descortesía;

no me hieran tus ojos, sino solo tu lengua;

mátame con tu fuerza y no con tus engaños.

Habla de tus amores, en otra parte, pero,

jamás en mi presencia, ni mires de soslayo.

¿Por qué usas tus engaños, cuando tu gran poder,

es más de cuanto puede soportar mis defensas?

Déjame perdonarte, porque mi amor bien sabe,

que tus dulces miradas han sido mis rivales,

y por ello mi rostro, de él quiere separarlas,

y vayan a otro sitio a clavar sus injurias.

Mas, ¡para! O es que no ves, que estoy ya casi muerto.

Mátame con miradas y acaba con mi pena.

Y, verso a verso, leía su historia, su propia vida en los ojos de Will, de su amor herido, y lloraba sin parar por todo el daño que le había causado, por todo el amor que no había encontrado reposo…

Yo tengo dos amores: consolador el uno;

desesperante el otro. Tentadores espíritus.

Mi ángel bueno es un hombre, hermosamente bello,

y el malo es una dama de mala catadura.

Por llevarme al infierno, mi diablo femenino,

sedujo a mi buen ángel, y lo apartó de mí,

pervirtiendo a mi santo y haciéndole un demonio,

sedujo su pureza con su infernal orgullo.

Y que mi bello ángel se transformó en demonio,

es lo que me sospecho aunque no lo aseguro,

pues, lejos ya de mí, y más aún siendo amigos,

presiento que hay un ángel en el infierno de otro.

En algunos había tanto odio, tanto dolor, que le parecía insoportable. Y se obligó a leer cada palabra, aunque fuese como un puñal que le atravesaba el corazón, porque esa era su penitencia, sufrir ahora que él había muerto, tanto como él sufrió mientras vivía.

¿Puedes tú, ¡cruel!, decir que yo ya no te amo,

cuando en contra de mí, asumo tu partido?

¿Acaso yo no pienso, en ti, cuando me olvido

de mí, por tu vil causa, siendo de mí tirano?

(…)

Ni todas mis razones, ni mis cinco sentidos,

me disuaden de ser tonto de corazón,

que deja a la deriva la apariencia de un hombre,

para ser solamente, tu miserable esclavo.

Mas mi azote me sirve para saber que gano,

Pues quien me hace pecar, también me hace sufrir.

(…)

El amor es mi falta y el odio tu virtud;

odio de mi pecado, hecho de amor culpable…

Sea legal que te ame, igual que amas a aquellos

que tus ojos incitan, cual los míos te aburren…

Que si aspiras al logro, de aquello que ahora escondes,

puedes ser confundida con tu falaz ejemplo.

(…)

Al amarte, lo sabes, soy perjuro, mas tú,

doblemente perjura por jurarme tu amor,

cometiendo adulterio con tu nueva amistad,

al jurar que me odiabas, después de darte amor…

Juré que eres hermosa, ¡aún más perjuro soy,

pues tan fea mentira, juré con la verdad!

(…)

¿Quién te enseñó a enredarme, para quererte más

cuando debiera odiarte por lo que veo y oigo?

¡Oh! Aunque solo amo lo que otros aborrecen,

tú no debes, con ellos, aborrecer mi estado.

Que si tu poco mérito, despertó amor en mí,

más digno soy de ser, amado por tu amor.

(…)

Pero, amor, sigue odiando, que conozco tu espíritu;

amas a los que ven y yo me encuentro ciego.

Pero cuando definitivamente enloqueció fue cuando leyó el perdón que él le dejó escrito adivinando cómo se sentiría tras su muerte.

No lloréis por mi causa el día que esté muerto,

mas cuando oigáis la fúnebre y severa campana,

dar aviso a este mundo de que al fin me he marchado,

del vil mundo a vivir, entre viles gusanos.

Mas, si leéis mis versos, no invoquéis la mano

que escribe estas líneas, ya que os amo

tanto que hasta tu olvido prefiriera

a saber que mi memoria te causa dolor.

O escuchar lo que os digo: si acaso mirarais estos

versos, cuando del barro nada me separe,

no repitáis siquiera mi miserable nombre.

Dejad que vuestro amor, con mi vida sucumba.

Que puede el docto mundo, oír vuestros lamentos,

y mofarse, por mí, de vos cuando no esté.

Al cerrar el libro tras leer los últimos versos, entendió que él la había perdonado, y que quiso dejarlo escrito para que ella lo supiera.

Tal y como le había prometido, su amor sería eterno e incluso perduraría en el tiempo aún más de lo que ellos sospechaban entonces.

Pero fue en la inmensidad de su amor donde Billy al fin halló paz.

Encontró el sosiego con respecto a su amor por William, a sus propias contradicciones, pues él había conseguido darles sentido.

Y pensó que lo único que le quedaba era aguardar la muerte con la esperanza de que volverían a encontrarse al otro lado.

Lo amó más que nunca en esos días. Él era y sería siempre su verdadero amor, capaz de traspasar el tiempo, los nombres y todo lo terrenal.

[4] Thomas Thorpe, editor del libro.