El mar que nos arrastra Capítulo 49
92%

Capítulo 49

Empezaba a anochecer cuando el jaleo de una reyerta lo interrumpió en su despacho, donde intentaba terminar el trabajo que había quedado pendiente durante ese largo día: contratos que firmar, cuentas que supervisar, listas administrativas.

Alertado por los gritos, Rodrigo salió al pasillo.

—¿Qué está pasando? —preguntó a los guardias, que ya habían desenvainado sus armas aunque desconocían el origen del peligro.

Se dirigieron con celeridad en dirección a la revuelta.

Le dolía la pierna mala, cada vez le costaba más caminar con rapidez, pero eso no le hizo aminorar la marcha.

A pocos metros, entre los arcos del pasillo interior del castillo, vio a su hijo, espada en mano, atacando a un Tareq desarmado, que esquivaba los estoques como podía con el palo de una de las banderas que solían colgar de las paredes.

—¡Deteneos! —le ordenó desde el balcón, pero su hijo no escuchó o no quiso escuchar.

Antes de que pudiera intervenir, otros dos guardias atacaron a Tareq. Este desarmó a uno y se hizo con su espada, y con el arma y el palo de madera siguió esquivando los embates, aunque claramente sin intención de agredir a ninguno de sus contrincantes.

—¡Basta! —gritó Rodrigo cuando al fin alcanzó el patio, y ordenó a sus guardias que detuvieran la pelea.

—A mí no, ¡necios! —gritó Tristán al ver que los guardias lo apartaban—. Es al moro al que tenéis que apresar, ¿acaso habéis olvidado quién soy?

—¡Suelta el arma! —ordenó a su hijo, colocándose como escudo delante de Tareq.

—¿Qué estáis haciendo? Ese hombre no debería estar aquí. ¿Es que no sabéis quién es?

—Lo sé perfectamente, es el hombre que os ha salvado la vida, ¿en serio pensabais matarlo?

—No puede estar aquí.

—Sí puede, si es mi invitado. —Tristán lo miró confundido—. ¿Estáis bien? —preguntó al morisco, que asintió bajando la espada aunque sin soltarla. Luego volvió a dirigirse a su hijo—. ¡A mi despacho! ¡Ahora!

—¿Lo habéis traído aquí? —irrumpió su hijo con el diablo en la mirada—. ¿Habéis perdido el juicio?

Rodrigo cerró la puerta con llave para que nadie los molestara, se había excedido y el dolor en la pierna se agudizó.

—Sentaos, por favor…

—No sé qué le habéis prometido a cambio, padre, pero sí sé que ese hombre es un peligro.

¿No lo recordáis? Os secuestró, tomó nuestro barco por la fuerza.

—Viendo su acaloramiento comprendió lo asustado que estaba y el miedo que debió pasar aquella vez que se encontraron en el mar—. Podría haberos matado…

—Ya os lo dije entonces, no corrí ningún peligro. Aquello no fue como pensáis, conozco a ese hombre desde que tenía vuestra edad.

—¿De qué estáis hablando?

—Siento no habéroslo contado entonces, pero no era prudente hacerlo… —Intentó explicárselo, pero no escuchaba—. Preguntadle al ama, ella os dirá quién es.

Nunca había visto a Tristán así, parecía enloquecido. Si no fuese por lo bien que conocía a Tareq, habría llegado a pensar que le había causado algún daño.

—Maldito moro…, no merece respirar el mismo aire que nosotros.

—¿Odiáis a los moros?

—Los mataría a todos yo mismo.

—¿A todos? ¿También a los niños? ¿A sus madres? ¿A los ancianos? ¿A los que acaban de nacer…? Así que deberían morir todos, ¿no os convierte eso a vos en el salvaje?

—Sabéis lo que quiero decir.

—No, no lo sé. ¿Creéis que sois mejor que ese hombre?

—Claramente.

—No sabéis lo que decís. Sentaos y escuchad, porque solo lo diré esta vez y no volveré a decirlo, pues hay cosas que es mejor no decir en voz alta.

Tristán obedeció a su padre y a regañadientes se dejó caer en una silla, con los dientes apretados. Rodrigo trajo otra silla para sentarse justo enfrente y darle una tregua a su pierna. Entonces lo miró directamente a los ojos y le habló con calma.

—Ese moro al que tanto odias es tu padre.

Tristán soltó una carcajada.

—Y entonces ¿quién sois vos? ¿Mi hermana?

—Yo te he criado, he cuidado de ti y te he querido como a un hijo, pero no soy tu padre.

—La solemnidad de su afirmación fulminó la sonrisa de Tristán y lo sumió en la confusión—.

Es posible que hayas oído comentar alguna vez que hace tiempo vivía aquí un esclavo llamado Lázaro.

Muchos lo apreciaban entonces… —Y bajó la mirada un instante buscando las palabras—.

Para mí se convirtió en el amigo más leal que he tenido jamás, un confidente, un compañero de armas…

, alguien muy querido. —Volvió a mirarlo—.

Ese hombre que está ahí fuera era ese esclavo.

Tristán se puso de pie de un salto, encendido una vez más por la ira.

—¿Qué significa esto, padre? ¿Por qué queréis hacerme creer que soy el hijo de un esclavo? ¿Es algún tipo de broma sádica?

—No es ninguna broma.

—Entonces ¿qué? ¿Forzó a mi madre?

—No, nadie forzó a vuestra madre. Diría que más bien fue al revés…

—¡Lo que decís no tiene sentido! Me niego a creeros…

—Escuchad. ¡Sentaos y escuchad! —Tristán no se sentó, pero al menos pareció recuperar algo de calma—.

Yo no puedo tener hijos. No sé por qué motivo, Dios lo ha querido así, pero no puedo concebir.

El ducado corría peligro y tu madre pensó que era una buena estrategia que hubiera un heredero…

Podéis preguntárselo a ella, tal vez aún logre recordar su endiablado plan…

Lo cierto es que no se equivocaba, y, a decir verdad, tenerte es seguramente lo más generoso que ha hecho tu madre por mí en toda su vida.

Y le estaré por siempre agradecido, porque, aunque no seas mi hijo de sangre, te he criado y te amo como si lo fueras.

Y mientras comprendía que lo que estaba escuchando era verdad, su gesto se tornaba en uno de terror.

—¿Me estáis diciendo que llevo la sangre de un esclavo moro? —Y el miedo y el asco que sus ojos expresaban endurecieron la respuesta de Rodrigo.

—Así es. No sois noble de sangre, lo sois por mi voluntad. Y podéis estar tranquilo, lo seguiréis siendo, por mi voluntad. No tengo intención de traicionaros…

—¡Mentís! ¡No os creo! —insistió, pero su firmeza flaqueaba.

—Vamos, mírame. ¿No ves el color de mi pelo? ¿Mis ojos? Te pareces tanto a él, que a veces me resulta cómico que nadie se dé cuenta… Y no solo por tus rasgos, tienes su destreza en la batalla y su fuerza… y su determinación, os parecéis tanto el uno al otro…

Y esa evidencia inapelable desvaneció cualquier posibilidad de duda, pues, efectivamente, el parecido entre padre e hijo era manifiesto.

—¿Cómo habéis podido…? —Sus ojos se llenaron al instante de lágrimas—. Todos estos años… me habéis mentido… Mi vida entera es una mentira… —Y ya no luchaba contra la verdad, sino contra su propio mundo.

Tristán se dejó caer al suelo y comenzó a llorar como Rodrigo no lo había visto llorar desde niño.

Todo aquello en lo que creía se había hecho añicos.

El mundo, su mundo, se regía por unas normas claras; era Dios quien designaba a los reyes y estos, a su vez, a los nobles, así lo creían sin cuestionarlo.

El orden social tenía una jerarquía que se establecía por la sangre, no por capricho.

Existía un solo Dios y Jesús era su único hijo, su enviado y salvador, y aquel que negara al hijo de Dios era un hereje, un pecador que estaba condenado al infierno.

Había un cielo y una tierra, y el orden era incuestionable, y solo eras noble por tu linaje.

Esas eran verdades que creía incuestionables.

El nombre y la sangre estaban intrínsecamente ligados al honor de una persona y al lugar que ocupaba en la escala social.

Hacía tiempo que Rodrigo cuestionaba esas verdades, y las veía solo como la causa arbitraria por la que los hombres llevaban siglos matándose unos a otros, pero para su hijo, como para la mayoría, esas eran verdades absolutas.

Podía entender su confusión, pues la verdad que le había sido revelada echaba por tierra todas sus certezas.

Era bueno que lo supiera, pensó, pero también era cruel.

—No te estoy contando esto porque deba cambiar nada…

—¿Eso qué significa? ¡Todo ha cambiado!

—La realidad no ha cambiado, solo lo que sabes de ella.

Mi afecto por vos no ha cambiado, tu lugar en esta casa tampoco…

—Y entonces se agachó a su lado—. Lo que espero que cambie es la forma en la que veis a ese hombre…

—Tristán se apartó para no escucharlo, pero Rodrigo lo obligó—.

Escuchad. No fue a buscarte porque le ofreciera dinero.

No hizo falta, le bastó saber que estabas en peligro, porque eres su hijo, y aunque no lo creas hizo el mayor de los sacrificios que un padre puede hacer por su hijo, por amor, sacrificó verte crecer y que le llamaras padre para salvarte la vida, y para que pudieras tener un futuro mejor que el que estabas destinado a tener.

Tristán pasó los siguientes días encerrado en su alcoba, no quería ver a nadie. A Rodrigo empezó a preocuparle que pudiera tomar una decisión drástica, así que ordenó que se le vigilara día y noche, pero al cuarto día de su llegada parecía algo más sosegado.

Tareq se iría al día siguiente, debía volver con su tripulación, donde fuese que estuviesen ocultos —no se lo había revelado ni siquiera a Rodrigo— aguardando su vuelta.

Estaban tumbados en la cama del cuarto secreto, desnudos, aunque no habían hecho el amor.

La urgencia por el encuentro sexual había desaparecido, de alguna forma se había sustituido por el contacto de la piel.

Bastaban las caricias, el abrazo, los besos…

Era sobre todo la intimidad lo que buscaban, la desnudez de sus almas de alguna forma se sentía mucho más intensa que la de sus cuerpos, que ya no eran jóvenes; habían adquirido un peso y una textura diferentes, y era hermoso volver a reconocer a quienes habían sido antes en esos cuerpos nuevos que habían usurpado su juventud.

Tareq estaba tumbado boca arriba y Rodrigo se recostaba sobre su torso, con la barbilla sobre su propio brazo, mientras su otra mano jugaba con el vello revuelto entre sus pectorales, que estaba salpicado de canas blancas.

—No tienes por qué marcharte.

Tareq lo miró en silencio, jugando también a ordenar los mechones de pelo de su cabeza.

—No es el momento.

—Acabará por aceptarlo…

Habían hablado sin cesar acerca del hijo que compartían.

A Tareq le había parecido un error que le contara la verdad.

Y sentía que su presencia en Sanlúcar solo añadía presión al muchacho, que intentaba recuperar la normalidad tras los meses del duro secuestro.

Rodrigo, en cambio, esperaba que ese fuera el golpe de atención que recondujera el carácter altivo de su hijo, que apaciguara el odio que había alimentado en sus últimos años y que le costaba entender.

¿Acaso todo lo que había intentado inculcarle durante su vida no había hecho mella en él?

Sin embargo, esa última noche no seguirían hablando del hijo, Rodrigo quería hablar de ellos, aún guardaba esperanzas de que tuviesen un futuro común.

—Quiero estar contigo, Rodrigo, pero no me pidas que vuelva a como era antes. En Argel vivo por mi cuenta, un hombre duerme en mi cama y no necesito ocultarlo.

—Sabes que eso sería imposible aquí.

—Lo sé. Pero no pienso volver para mirarte de lejos durante el día y colarme por la puerta de atrás por la noche. No me pidas que renuncie a mi libertad por ti. Ya renuncié a ella demasiado tiempo… También podrías venir tú conmigo.

—Mi lugar está aquí, lo sabes. No puedo renunciar al ducado.

—Eras más joven que Tristán cuando ocupaste el lugar de tu padre…

—Y bien sabes que no estaba preparado para hacerlo.

—Y aun así, se te dio bastante bien.

—Tristán no está preparado… No puedo dejar que eche por tierra todo lo que hemos avanzado. La lucha de estos años por una convivencia en paz… Siempre pensé que él seguiría mis pasos, que continuaría luchando por los mismos ideales, pero está tan lleno de odio…

Había dedicado su vida a la causa de un mundo más justo, con la esperanza de que algún día el nombre de Dios no se usara para justificar las guerras y la crueldad entre los hombres.

Creía en la convivencia de las diferentes fes en paz como había visto en Holanda, y aún tenía esperanza en que Tristán acabara por comprender la importancia de defender esos ideales.

Tareq le tomó el rostro con las dos manos y buscó sus ojos.

—Eh, lo sé. Aún no es tu momento. No te pido que renuncies a nada… Cuando estés preparado, volveré. Siempre te he estado esperando, puedo esperar un poco más. —Y cerró la promesa con un beso tierno.

—A veces tengo la impresión de que, en verdad, el esclavo era yo…

—Hmmm…, volved a decir eso… —dijo Tareq colocándose encima de Rodrigo, besándole el cuello.

—¿Os excita que sea un esclavo? —Le siguió el juego el duque notando su dureza acechando contra su piel—.

Decidme, amo, ¿qué deseáis?… Estoy a vuestra merced…

—Y la respuesta le llegó a modo de gruñido mientras el morisco deslizaba la lengua por su cuerpo…

—. Oh, sí, mi señor…, poseedme… —siguió jadeando—, soy todo vuestro…

—Y al parecer sí iban a terminar la noche con sexo.

Al alba caminaban los dos con paso tranquilo atravesando el patio de armas.

Era una estampa extraña ver juntos al duque y al pirata.

Los mozos aguardaban con una montura preparada para Tareq.

Llevaban toda una vida despidiéndose, esta vez lo hicieron solo con un apretón de manos.

Desde lo alto de la torre principal del castillo, sin que ellos lo sospecharan, Tristán observaba la partida del padre que no quería tener con ojos cansados de llorar.

—Sabéis cómo encontrarme —le recordó el pirata, que empezaba a sentirse demasiado mayor para la vida del mar.

Tal vez todos ellos estaban demasiado cansados para seguir luchando sus batallas. Aun así, montaría su caballo y se levantaría con la espada en alto, una vez más, para librar ese combate contra unos tiempos y unas gentes que se negaban a cambiar, con la esperanza de encontrar la paz.