El mar que nos arrastra Capítulo 48
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Capítulo 48

Rodrigo y Tareq cabalgaron de vuelta al castillo de Sanlúcar.

Habían pasado casi veinte años desde la última vez que cruzaron esos muros juntos.

Aquel había sido su hogar y aún más, era el lugar en el que había despertado de la pesadilla, donde había curado las heridas, donde había conocido el amor como no imaginó que fuera posible.

De vuelta en lo que habían sido sus aposentos, a Tareq le sorprendió comprobar que todo seguía tal cual lo había dejado la noche de su partida, los libros que dejó sobre su mesa, la pluma y el tintero, el baúl con las ropas que no pudo llevarse, la caja dorada en la que guardaba sus pequeños tesoros, el cuadro de la niña junto a la fuente de agua que le recordaba a su hermana, las babuchas al lado de la cama y el candelabro con el que cruzaba el patio por las noches para entrar por el pasadizo secreto.

Recordaba cada objeto como si lo hubiese usado ayer, y al mismo tiempo parecía que habían pasado mil años.

—Lo habéis dejado todo igual.

Rodrigo lo seguía con cierta distancia mientras él recorría su alcoba tocando los objetos que había tenido que dejar atrás cuando el peligro lo obligó a huir de forma intempestiva.

—Me gustaba sentarme aquí e imaginar que podíais entrar por aquella puerta en cualquier momento.

Tareq abrió el pequeño baúl y encontró el colgante con la pequeña mano de Fátima que Cata le había regalado años atrás y que nunca había podido llevar al cuello.

Era un amuleto de protección muy común en el islam, y por lo mismo era una joya prohibida.

Se había preguntado durante años qué habría pensado ella al descubrir que había huido sin despedirse.

—Cata… ¿Sigue aquí?

—No. —Rodrigo se sentó en la esquina del escritorio, con las manos juntas en el regazo para explicar—.

Al poco de que te marcharas vino a verme con dinero suficiente para pagar su libertad.

Debía tenerlo hace tiempo… Por supuesto no acepté su dinero.

Firmé su carta de manumisión y se marchó. No sé más.

Le gustó esa idea, Cata libre haciendo su vida en alguna parte. Era algo de lo que hablaba con frecuencia, aunque no había imaginado que fuese por su causa que no cumpliera su sueño antes.

Tomó la cadena con el amuleto para colgársela al cuello mientras se acercaba a aquella ventana estrecha entre la roca que daba a un enjambre de plantas de la fosa, y le pareció mucho más lúgubre de lo que recordaba.

Rodrigo se acercó y, a su espalda, lo ayudó con el broche de la cadena.

Luego le besó el cuello y un cosquilleo le recorrió el cuerpo.

Tareq se giró y se besaron con el bosque de fondo.

Y los besos no tardaron en volverse intensos y a los labios siguieron las manos…

—Tal vez quieras darte un baño antes… —sugirió Rodrigo, aún entre sus brazos, y Tareq estalló en una carcajada.

—Me parece una magnífica idea. —Lo atrajo hacia él una vez más—. Vendrás a hacerme compañía. —Volvió a besarlo.

—Hmm…, eso me gustaría… —lo rodeó con los brazos—, aunque debería hablar antes con Tristán…

Sí, su hijo era algo en lo que pensar. Y Rodrigo aún no sabía qué hacer exactamente. Tal vez podía quedarse un rato más entre los brazos de Tareq y no pensar en nada más…

—Deberías quedarte —le susurró—. Margarita ya no es un peligro. Ya no hay motivo…

Los problemas de alcoholismo de su esposa la habían sumido en una bruma de confusión.

Hacía tanto que no formaba parte de su vida que Rodrigo a veces llegaba a olvidar que estaba casado con una mujer…

Ella seguía en Sevilla, donde sus criadas procuraban mantenerla con vida y luchaban contra su temperamento endemoniado.

Aun en el caso de que pudiera recordar que tuvo un hijo ilegítimo con un morisco, nadie se tomaría sus palabras como otra cosa que una más de sus alucinaciones.

Rodrigo lo miró a los ojos con la esperanza puesta en que respondiera que sí. Pero Tareq no dijo nada.

—Bueno, al menos piénsalo. —Él asintió con seriedad y Rodrigo temió haberse precipitado al preguntar—. Haré que preparen el baño —añadió, cambiando de tema.

Justo antes de salir, se lo quedó mirando mientras empezaba a quitarse las botas llenas de barro, convertido en una silueta ensombrecida por la luz que entraba desde la ventana.

Allí sentado, con el jubón de cuero gastado, la camisa ajada, el pelo largo, que empezaba a adquirir un tono grisáceo, cayéndole sobre el rostro de forma descuidada, con ese aspecto de caballero peligroso caído en desgracia, pensó que era exactamente como siempre había imaginado a los personajes de las novelas de caballería que inundaban sus fantasías cuando era un muchacho.