El mar que nos arrastra Capítulo 47
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Capítulo 47

Tareq acomodó el jergón. Sería difícil dormir en aquella cueva, pero al menos Rodrigo le había dejado suficiente comida y agua para pasar la noche, así que se sentó a escribir en su cuaderno bajo la luz de una vela.

La mayoría de los presos dormitaban como podían, algunos seguían jugando a las cartas y emborrachándose.

Había algunas antorchas de aceite en lo alto, iluminando la cueva, y muchos tenían sus propias lámparas.

En una esquina notó cierto trajín tras una cortina medio roída.

Algún mancebo vendía sus virtudes a cambio de unas monedas o algo de comer, o tal vez solo por la garantía de seguir vivo una noche más.

No le interesaba, aunque no perdía de vista el discreto vaivén de algunos bandidos.

No prestó atención hasta que tras la cortina comenzó a escuchar golpes, y los gemidos de quien estaba recibiendo la paliza.

Dudó si intervenir, lo único que deseaba era pasar la noche sin meterse en líos, a la espera de que Rodrigo moviera sus hilos para sacarlo.

De pronto la cortina que convertía la esquina en un reservado se desprendió de la cuerda cuando empujaron al puto y este cayó al suelo enredado en la vieja tela.

Entonces lo vio y reconoció el rostro al instante, a pesar de que los años lo habían maltratado. Diago.

Por un momento el odio acumulado durante años hacia ese hombre le subió a la boca del estómago.

Otros bandidos se unieron a la trifulca y comenzaron a darle patadas mientras Diago, hecho un ovillo en el suelo, intentaba defenderse de la paliza.

Le escupieron y lo insultaron. Lo vio vomitar sangre en el suelo y pensó que si continuaba la paliza acabarían matándolo.

Debería haberse quedado al margen, debería haberle dado igual… Sin embargo, Tareq se levantó y se acercó hasta ellos con paso lento, arrastrando sus cadenas.

—Dejadlo en paz.

—¿Quién lo dice? —se burló uno. En un movimiento rápido y ágil Tareq le rodeó el cuello con la cadena y consiguió inmovilizarlo agarrándolo con fuerza

—He dicho que lo dejéis.

Alguien susurró a los bandidos: «Es Tybalt, el Turco». Los susurros se encadenaron, unidos a miradas de respeto, o miedo tal vez, que consiguieron finalmente que los bandidos se apartaran, dejando a Diago, sangrante y maltrecho, gimoteando en el suelo.

Tareq se agachó y quedó en cuclillas frente a su antiguo torturador.

—Gracias, señor —dijo el bastardo—, os debo la vida…

—¿No me reconocéis? —Diago levantó la mirada, confundido—. Vamos, mirad bien. No es posible que no recordéis.

De golpe un gesto de reconocimiento hizo palidecer al granadino, que empezó a temblar y a balbucear.

—Oh, señor…, no me matéis…, os lo suplico… Yo… lo siento…, por favor…

Diago se lanzó a sus pies suplicando clemencia.

Tareq se incorporó y se quedó observando el gesto patético de la persona a la que más había odiado en su vida rendida a sus pies, besando el suelo entre ruegos y plegarias, y fue consciente de que no sentía ira.

Había imaginado mil veces mil formas de matarlo, lentamente, provocándole dolor…

, pero aquello le pareció muy lejano. Formaba parte de otra vida que ya había dejado atrás.

No es que lo hubiera perdonado, pero se sintió libre de él, libre de su pasado como esclavo.

Entonces Tareq metió la mano en el saco que Rodrigo le había traído aquella tarde, sacó un trozo de pan con manteca y se lo entregó a Diago, que lo miró sin dar crédito solo unos instantes antes de devorar la comida como un animal hambriento.

—Procura no cruzarte en mi camino —le advirtió.

—Sí, señor… Gracias, señor… —Y el hombre, o lo que quedaba de él, recogió su manta y se alejó para esconderse en algún otro rincón fuera de su vista.

A primera hora de la mañana, Rodrigo se presentó en el cabildo con un anciano desdentado y manco que aseguraba haberse enfrentado al gran Tybalt, el Turco.

Si era verdad, o si le había pagado para jurarlo, eso no lo sabía Tareq, pero junto a la entrada de las celdas el viejo marinero estaba montando un pequeño espectáculo con su disparatado testimonio.

—Ese malnacido cagaliendres nos atacó en Fez. Nos embistieron con su galeón y abordaron el barco… —Curiosamente su testimonio era peligrosamente familiar, pero cuando le pidieron que identificara a Tareq aseguró sin ningún atisbo de duda—: Ese no es Tybalt, el Turco.

—¿Estáis seguro?

—Que me parta un rayo si miento. Tuve a ese malnacido a esta distancia de la cara, él me cortó el brazo, no olvidaré esa jeta el resto de mi miserable vida…

Entonces una voz interrumpió desde la reja de la prisión a sus espaldas.

—Yo conozco a ese hombre, alguacil.

—¿Quién os ha preguntado? —le gritó de vuelta el guardia, golpeando con el mango de su espada la reja metálica.

—Pero lo conozco.

Tareq se quedó mirando a Diago con pavor. ¿Era posible que ese desgraciado fuera a jugársela otra vez?

—¿De qué lo conocéis? —preguntó el alguacil.

—Se llama Lázaro. Es un morisco que hace años trabajaba para su excelencia, el duque. Puedo dar fe de que es un buen cristiano, señor. No es ningún pirata.

—¿Estáis seguro?

—Completamente, señor.

Por un momento temió haber vuelto a cometer el error de no haberlo matado cuando podía.

Se quedaron mirándose a los ojos una vez más.

No iba a darle las gracias, estaba seguro de que si lo ayudaba era por su propia conveniencia.

Tampoco habría hecho falta su ayuda, Rodrigo ya se había ocupado.

Era una sanguijuela y esperaba no volver a toparse con él.

—¿Es eso cierto? —preguntó el alguacil al duque.

—Por supuesto, ya os lo había dicho. Cometéis un error.

La luz del día lo cegó al salir del cabildo y, mientras se alejaban de la prisión caminando uno al lado del otro, Rodrigo preguntó:

—¿Ese no era…?

—Sí.

—¿A qué ha venido eso?

—Ni lo sé ni me importa.

Se sonrieron el uno al otro y tardaron solo ese instante en olvidarlo por completo.