El mar que nos arrastra Capítulo 46
89%

Capítulo 46

—¡El niño, señor! ¡El niño ha vuelto!

La anciana Agustina anunció la llegada de su hijo.

Rodrigo no podía creerlo. No había vuelto a tener noticias de Tareq.

Sabía por su hermana que había recibido el mensaje y que había partido inmediatamente en su busca, pero habían pasado casi tres meses desde entonces, tres largos meses de oscuridad e incertidumbre.

Confiaba en Tareq, pero también sabía que no había forma posible de que se comunicara con él.

Así que su vuelta los pilló por sorpresa.

Rodrigo bajó las escaleras con la energía de un chiquillo, luchando contra su pierna coja.

Y allí estaba, entrando a caballo hacia la plaza de armas, acompañado de la guardia del puerto y del alguacil.

Tristán bajó de su montura, se veía tan distinto, el pelo crecido al igual que la barba, los ojos hundidos y los huesos marcados en sus mejillas, pero habría reconocido su mirada aunque hubiesen pasado mil años.

—Temí no volver a veros… —le dijo mientras padre e hijo se fundían en un abrazo. Y notó cómo el peso de la pérdida se desvanecía, sustituido por una dicha inigualable. Tristán sonreía y se le veía seguro—. Tendréis que contármelo todo, con detalles, pero imagino que estaréis hambriento y cansado.

—Creo que podría dormir un año entero si no fuera por el hambre que tengo.

Lo acompañó a las cocinas. La misma Agustina, a pesar de estar ya retirada como ama, fue a ocuparse de que se le sirviera un buen caldo de carne y un suculento estofado al recién llegado, que Tristán se sentó a devorar como lo haría un mendigo.

No podía dejar de mirarlo, y de tocarlo. Estaba de vuelta. Estaba a salvo.

—¿Y cómo habéis llegado?

Con la boca aún llena, su hijo le contestó.

—Ese pirata. Fue una buena idea contratarlo, padre.

—¿El Turco? ¿Fue él? —El joven asintió—. Y… ¿no ha venido con vos?

—Sí —y sonrió con complicidad—, hice que lo arrestaran en el puerto.

Rodrigo se quedó paralizado, como si le hubieran asestado un puñetazo en la boca del estómago.

—¿Por qué hicisteis eso?

—¿Preguntáis por qué? Es Tybalt, el Turco, es un criminal y un hereje. Merece arder en la hoguera.

Rodrigo se quedó observando a su hijo mientras seguía comiendo, y no daba crédito a su frialdad.

—Pero ese hombre os ha salvado. Yo le pedí que os rescatara, estoy en deuda con él ¿y vos lo traicionáis?

—Padre, deberíais haber visto lo que hicieron en la guarida de los esclavistas, asesinaron a todos, no dejaron un alma con vida. Y luego sus hombres violaban a las esclavas y a los esclavos también…

—¡Esos hombres os tenían prisionero!

—Lo sé. Y entiendo que hayáis tenido que recurrir a uno de ellos. Esos musulmanes son como animales, peores que animales. Si hubierais visto lo que hacían unos y otros. Os lo juro, están condenados. Esos malnacidos arderán en el infierno.

Quiso pensar que la experiencia de esos meses era el motivo del odio en su mirada.

Después de un largo baño, y un segundo almuerzo, Tristán se fue a su alcoba y cayó dormido al instante.

Rodrigo quiso quedarse allí, guardando su sueño, temía que si se alejaba pudiera volver a perderlo.

Era su niño…, aún era su niño y quería protegerlo de todo el mal que existía en el mundo.

Salió de sus aposentos y ordenó a la guardia ducal vigilar la entrada. Rodrigo, entonces, cabalgó hasta el puerto para averiguar en qué situación se encontraba Tareq.

Lo tenían en el calabozo común, una cueva bajo el cabildo sin luz ni aire fresco en la que se hacinaban los presos, todos mezclados: ladronzuelos de poca monta junto a asesinos despiadados, chantajistas y herejes.

Era un lugar terrible, apestaba a heces y hasta las ratas preferían escapar por miedo a que se las comieran.

La supervivencia dentro de la prisión era cosa de cada uno, y si se mataban entre ellos por un trozo de pan o una prenda de vestir, los guardias se limitaban a sacar los cadáveres, a nadie le importaba.

Cuando el alguacil le abrió la puerta de hierro y le dejó pasar, por fortuna, el ambiente parecía calmado.

La mayoría estaban jugando a las cartas y bebiendo alcohol, los más peligrosos permanecían encadenados del tobillo a un gancho de hierro en la pared.

Así encontró a Tareq. Le había traído un jubón, una bota de agua fresca y un cuenco de estofado que devoró con el mismo entusiasmo que su hijo.

—No sé qué es lo que pasa por la cabeza de ese hijo nuestro —dijo sentándose a su lado, quedando los dos apoyados contra la roca fría y húmeda. Era la primera vez que se refería a Tristán como algo que compartían, y Tareq lo miró con una sonrisa complacida.

—Es culpa mía. Debería haberlo visto venir.

—¿Tan mal ha ido el viaje?

—La travesía ha ido bastante bien… Desconfía. Supongo que es lo más inteligente.

—Pero no lo más compasivo… —suspiró—. ¿Y qué hay de vuestra tripulación? ¿Intentarán rescataros?

—No, tienen instrucciones claras. Esperarán cinco días en alta mar y, si no he vuelto, partirán para Argel.

Rodrigo cerró los ojos en desesperación.

—No sabes cuánto lo siento…

—No te tortures. Sabes que volvería a hacerlo.

Rodrigo volvió a mirarlo.

—Te sacaré de aquí. Lo prometo.

—Te creo. —Se permitieron entonces mirarse a los ojos con otro anhelo, a pesar de la escasa intimidad en el lugar—. ¡Una vez más aquí! —bromeó Tareq, e hizo reír a Rodrigo.

—¿Cómo te las ingenias para acabar siempre igual?

—Y tuvieron que reírse. Tal vez la edad los había hecho más estoicos—.

Gracias por traerlo… —Y al decirlo, la risa se desvaneció y los ojos se le humedecieron, esos ojos cuyas esquinas acumulaban arrugas, hinchados y cansados—.

Gracias también por volver sano y salvo.

Tareq posó la mano en su rodilla, un gesto de amistad, tal vez, una caricia velada, y no necesitaban más para decírselo todo. Eso también lo habían adquirido con el tiempo.

Salió del calabozo y se dirigió al cabildo.

—Debéis liberar a ese hombre de inmediato —exigió.

—Excelencia, hay delitos muy graves a cuenta de Tybalt, el Turco, sería un grave error soltarlo…

—No seáis ridículo. ¡Ese hombre no es el Turco!

—Vuestro hijo aseguró…

—Mi hijo está confundido. He dado mi palabra a ese hombre, ¿pretendéis acaso que falte a mi palabra?

—Hacía mucho que Rodrigo había dejado de ser el chico asustadizo que parecía pedir perdón cuando daba órdenes.

Se había convertido en un hombre poderoso, uno de los consejeros más valorados del rey, conocido por su ecuanimidad, su nobleza y su sentido de la justicia—.

Pensadlo un momento. ¿Desde hace cuánto que escucháis historias de Tybalt, el Turco? Desde niño, imagino.

—Sí, señor.

—Yo también las escuchaba. Si el Turco era un pirata conocido cuando vos y yo éramos críos, ¿qué edad creéis que debería tener ahora? ¿Setenta? ¿Ochenta? ¿Os parece que ese hombre de ahí dentro tiene ochenta años?

El alguacil se quedó pensativo, sin duda, confundido por la lógica del argumento.

—¡Es brujería, señor!

Rodrigo no pudo ocultar un gesto de exasperación.

Brujería era todo lo que los necios usaban como explicación a lo que no conseguían comprender.

Él era un hombre de ciencia y consideraba lo desconocido un reto para el intelecto, un misterio aún por desvelar.

Estaba convencido de que algún día la ciencia daría explicación a todo lo que en su tiempo parecía magia.

—Está bien. Si os consigo un testigo, ¿lo liberaréis?

—Un testigo sería irrefutable, excelencia. Nadie osaría discutirlo.

Era una apuesta arriesgada, aunque sabía que en los bares era fácil encontrar ancianos borrachines que presumían de haberse enfrentado a los grandes piratas. Charlatanes que echarían por tierra toda especulación.

—En cualquier caso, excelencia, es un pirata turco, eso salta a la vista.

—No es un pirata, es un marino extranjero al que contraté para rescatar a mi hijo. Ha cumplido y yo he de pagarle la recompensa prometida. Si no lo hago, usted estará poniendo en peligro mi honra.

—¿Y qué pasa con el testimonio de vuestro hijo…? —Estaba claro que no quería dejar escapar a tan buena presa.

—¡Estáis empezando a acabar con mi paciencia!

—Solo sigo la ley, excelencia, como me aconsejáis siempre.