El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 44
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Londres. Capítulo 44

La muerte de lord Hastings revelaría una serie de secretos bien guardados por el noble durante años, entre ellos cierto ático a orillas del Támesis en el que vivía un extraño personaje al que nadie supo dar una explicación, un actor que vestía de mujer y vivía de coser trajes a las fulanas de la ciudad.

Lo que sí tuvo claro lady Hastings fue que esa información debía ser eliminada de forma inmediata y fulminante.

La revelación fue mucho más cruel para Juliette, que se enteró de la muerte de Edward la misma tarde en la que tres hombres irrumpieron en su casa y destrozaron su taller, volcaron los muebles, vaciaron cajones y armarios, estrellaron sus frascos contra el suelo y rajaron sus vestidos, incluso el que llevaba puesto, mientras la zarandeaban y la sacaban de su casa a empujones.

No entendía nada. ¿Qué estaba pasando?

—Esta casa no es vuestra —le contestaron.

—¿Dónde está Edward? —preguntó una y otra vez mientras recibía patadas y golpes.

Como respuesta, uno de esos hombres la agarró del pelo y la arrastró escaleras abajo hasta la calle, y allí la arrojó al suelo, que era una mezcla de agua, nieve y lodo.

Llorando, con el rostro hinchado y la nariz sangrando, seguía suplicando una respuesta.

—¿Dónde está Edward?… Por favor, decidle que venga…

—Él no podía estar haciendo esto, no era posible que la tratara de esa forma.

Aún sin entender nada, vio cómo sus cosas eran arrojadas por la ventana; sus preciosos vestidos, los encargos que tenía pendientes de entrega, todo su material, sus libros, los pliegos con los poemas de Will…

Todo caía al barro hecho jirones—. ¿Por qué?

—repetía—. No, por favor, deteneos… —suplicaba mientras intentaba recuperar sus posesiones.

¿Quién le deseaba este mal? ¿Por qué motivo?

Cuando los hombres que la echaban de su casa salieron a la calle, revelaron la cruel verdad.

—Lord Hastings está muerto y no volveréis a esta casa jamás o acabaréis en la cárcel.

—¿Muerto? ¡No! —gritó con desesperación, agarrándolos con fuerza, porque necesitaba otra respuesta que no fuera esa—. ¡No puede estar muerto!

—¡Sacad vuestras sucias manos! ¡Maricón! —la insultó aquel hombre con fuerza suficiente para matarla si quisiera, al tiempo que la empujaba una vez más al barro, rasgando la manga de su vestido de un tirón.

Otro de aquellos matones se acercó y el linchamiento continuó en la calle. Le arrancaron parte del vestido, dejando al descubierto su torso masculino.

—¡Sodomita!

—¡Pervertido!

Los insultos seguían mientras Juliette intentaba taparse el pecho con los brazos sin poder dejar de llorar e hipar. La sangre mezclada con lodo, babas y lágrimas.

Cuando al fin se marcharon, la dejaron medio desnuda en medio de la calle, temblando de frío y de miedo, cubriéndose como podía mientras la gente que pasaba por su lado se la quedaba mirando con ojos acusadores.

Algunos incluso se animaban a seguir con los insultos.

«¡Bujarrón!, ¡maricón!», se escuchaba, y algún raterillo aprovechaba para robar algunas de sus joyas o sus prendas más preciadas.

Juliette no podía reaccionar a nada de lo que pasaba, solo suplicaba, casi en un susurro:

—Por favor…, parad, por favor…

Sintió que moría, sintió que el mundo no podía continuar. Y solo conseguía repetirse: ¿por qué? ¿Por qué le pasaba esto? ¿Por qué eran tan crueles? ¿Qué mal había hecho ella?

Y en medio del escarnio, cuando creía que no podría soportarlo más, desde el fondo de la calle llegó corriendo, con urgencia, un rostro familiar.

—¿Ben?

El actor ralentizó el paso al acercarse, miró en derredor e intentó ahuyentar a los mirones.

—No hay nada que ver —espetó—. ¡Marchaos!

Luego tomó alguna prenda del suelo para cubrir su cuerpo semidesnudo, se arrodilló a su lado y dejó que ella llorara entre sus brazos.

—¡Oh! ¡Ben!…

—Tranquila —le susurró, abrazándola y acariciando su cabello enmarañado—. Ya pasó…, salgamos de aquí…

Ben la tapó con su abrigo. Ella se levantó como pudo y, bajo las miradas condenatorias de quienes se habían convertido en público de su drama, intentó recuperar algo de su ropa y de su dignidad.

Ben la ayudó, rescató de la nieve aguada y del barro algunas de las prendas que parecían menos dañadas y emprendieron el camino por las calles heladas de Londres.