El mar que nos arrastra Argel. Capítulo 43
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Argel. Capítulo 43

Hacía tiempo que Hassan había muerto, ya no tenía trato con el gobierno de Argel, pero aún mantenía el contacto con el hammam de Datán el griego. Nadie como un esclavista para encontrar a otro.

—Mi querido renegado, ¿cómo os trata el mar?

El orondo comerciante lo recibió en su palacete, acompañado de algunos de sus mancebos.

Comieron, hablaron… Tareq procuraba no mostrarse impaciente antes de encontrar el momento oportuno.

Después del té compartieron una pipa de hashish y aguardó a que su anfitrión estuviese suficientemente ebrio antes de revelar el objeto de su visita.

—Necesito un favor… —comenzó a explicar.

Sabía que el favor tendría un precio y no le importaba pagarlo. Tampoco debía revelar su interés personal, así que expuso su cometido como si se tratase de una más de sus transacciones.

—¿Desde cuándo os dedicáis a los rescates?

—Es un encargo. Muy bien pagado, por cierto.

—Solo os acordáis de mí cuando necesitáis algo.

—No estáis siendo justo, Datán…

Le costó algo de zalamería, pero, tal y como esperaba, en unos días los espías del alcahuete habían averiguado el paradero del joven marqués español.

Y no eran buenas noticias. Tristán estaba en manos de Murad Rashid el joven, un esclavista que tenía su guarida en la frontera con Túnez, en tierra de nadie.

Rashid traficaba con europeos, judíos, cristianos o musulmanes, le era igual, carecía de principios por completo. Un tipo despreciable.

La venta de esclavos era un negocio muy rentable, la mayoría se vendían para los remos de las galeras otomanas; era un trabajo terrible en el que perdían la vida numerosos esclavos, por lo que siempre había demanda.

Tristán era un chico fuerte, pero había crecido entre paños, no estaba acostumbrado a la dureza de los trabajos forzados, no aguantaría mucho de ser ese su destino.

Pero si había jugado bien sus cartas, se habría salvado.

Un noble era un tesoro codiciado por el que se podía conseguir una cuantiosa suma de rescate, claro que podían pasar años, como había ocurrido con su amigo Cervantes, hasta que las familias conseguían pagar los rescates y recuperar a los suyos.

Navegaron hasta Túnez y atracaron en el puerto de Bizerta. Murad Rashid lo recibió en su morada. Ya se conocían y no era precisamente una buena relación, pues era conocida la animadversión del pirata español por los esclavistas.

—Tybalt, el Turco… No esperaba esta visita. ¿Cómo puedo serviros?

—Busco un esclavo.

—Puedo mostraros la mercancía.

Rashid lo llevó a unas cuevas donde tenía encadenados a los esclavos, en cuanto entraron en la cueva con antorchas le llegó el olor nauseabundo de las heces de personas hacinadas en un espacio húmedo y oscuro.

Hombres, mujeres y niños mezclados; algunos casi desnudos, la mayoría en los huesos, puede que enfermos, heridos, sin aire y sin luz.

No les importaba perder a unos cuantos si podían conseguir más.

Odiaba a los esclavistas, daba igual de qué religión, todos eran iguales.

Trataban a las personas como mercancía, peor que si fuesen ganado, no había compasión.

Se escudaban en la diferencia del otro, el color de su piel, su lengua, su origen, era suficiente para que perdieran su humanidad y se convirtieran en trozos de carne que podían usar o vender.

Los prisioneros reaccionaban cegados a la luz de la antorcha, seguramente porque llevaban semanas o meses sumidos en la oscuridad absoluta.

¿Podía haber mayor crueldad que privarlos incluso de la luz del sol?

Mientras cruzaba la gruta viendo mujeres sangrando tras haber sido violadas sin tregua y ojos de hombre en cuerpos de niño, tenía que recordarse que estaba allí solo por uno de ellos, y que no era inteligente ofender al captor antes de encontrarlo.

—No es ninguno de estos a quien busco —reveló al terminar de recorrer la cueva.

Habría sido más fácil si estuviera entre aquellos, pero si no lo estaba había dos alternativas: o lo habían vendido o lo tenían apartado—.

Busco a un joven noble español. Hará unos dos meses que lo comprasteis a un corsario inglés.

Por el gesto de Rashid, supo que sabía a quién se refería.

—Tengo planes para ese perro cristiano.

—Yo soy vuestros planes. Mostrádmelo.

Rashid no puso pegas, era un hombre de negocios.

Salieron de la cueva y se dirigieron hasta una carpa en la que tenía encadenados a varios troncos a los prisioneros por los que pedirían un rescate.

En cuanto entró lo vio, y el cuerpo se le hizo agua.

Fue una intensa combinación de alivio y pesar que le costó controlar.

Dejó a Rashid atrás, en la entrada de la tienda, se acercó al chico y se agachó a su lado.

—Tristán. —El muchacho levantó la mirada al escuchar su nombre, estaba flaco y demacrado, en su rostro el rastro de alguna paliza reciente—. ¿Me recordáis?

El chico lo miró confundido un instante, antes de recordar.

—Sois el pirata.

—Me envía vuestro padre. ¿Qué les habéis contado? —Tristán miró a su alrededor sin entender—. ¿Qué saben de vos? ¿Saben quién sois?

—Más o menos…, no lo sé. No les entiendo.

Rashid ya se había acercado y era mejor jugar bien sus cartas.

—¿Cuánto habéis pedido por el rescate?

—Aún no he pedido un rescate. —Sabía que Rashid intentaba descifrarlo, saber cuánto le importaba el prisionero—. Pero sé que vale mucho.

—No estéis tan seguro. Es de familia noble, pero están arruinados.

—Y ¿por qué os interesa?

—Para un intercambio. Tengo algo pendiente con la familia, algo personal. —Vio que Rashid dudaba—. Os ofrezco cien dinares.

—Demasiado poco. Seguro que le puedo sacar más.

—Tardaréis años en conseguir algo de esa familia, os lo aseguro, el chico está débil, podría morir antes de que le saquéis algún provecho. Pero yo os lo puedo comprar ahora mismo. Dinero seguro. Y os quitáis un problema de encima.

—Doscientos.

Eso era lo que quería escuchar. Aun así, fingió sopesar la idea.

—Ciento cincuenta.

—Ciento ochenta.

Volvió a fingir que dudaba, suspiró e hizo un gesto derrotado.

—Está bien, ciento ochenta.

Se dieron las manos en señal de trato.

—Venid esta noche a por él.

—¿Por qué esta noche? Preferiría llevármelo lo antes posible.

—Esta noche lo tendréis.

—¿Esta noche? ¿Por qué esperar…?

Rashid lo ignoró y empezó a dar órdenes a sus hombres para que cerraran la tienda y sacaran al prisionero. Dos barbudos con túnicas llegaron, levantaron a Tristán y empezaron a llevárselo tirando de las cadenas. El chico, asustado, se resistió, lo golpearon y tiraron de él.

—Esta noche —repitió el esclavista.

Aquello le dio mala espina, muchas cosas podían pasar hasta la noche, pero no tenía otra opción. Pasó la tarde inquieto en el barco, al anochecer volvió al campamento y una vez más Rashid lo recibió en su tienda.

—Lo he pensado mejor. No bajaré de quinientos dinares.

Se había imaginado alguna treta de ese tipo, seguramente había querido más tiempo para averiguar algo más sobre el muchacho.

—Teníamos un trato, Murad. No os conviene romper tratos conmigo.

—Tybalt, el Turco, sé que sois temible, pero no me amenacéis en mi casa. Si queréis al cristiano, ese es su precio.

Tareq se quedó de pie estudiándolo. Estaba seguro de que si aceptaba, el comerciante volvería subir el precio, estaba tanteando hasta dónde podía llegar.

De todas formas, no tenía ese dinero. Sin duda Rodrigo pagaría incluso el doble por su hijo, pero un comerciante de esclavos tampoco aceptaría la promesa de un pago por un extranjero.

Solo le dejaba una opción, y empezaba a estar harto del comerciante.

—¿Esa es vuestra última palabra? —El otro asintió, y entonces Tareq se dio media vuelta y salió de la tienda—. Pues quedáoslo.

El comerciante se levantó de un salto y fue tras él.

—¡Esperad! —Tareq no se detuvo, y el esclavista lo siguió con prisa—. Volveréis, sé que volveréis. ¡El precio son quinientos! —le gritó cuando Tareq ya casi había abandonado el campamento.

De vuelta en la costa, donde había acampado la tripulación de La Sultana, Tareq convocó a sus hombres y les contó lo ocurrido.

La indignación no tardó en contagiarse mientras maldecían las artimañas poco honrosas de comerciantes sin palabra.

El capitán aprovechó el momento de furor para plantear su plan.

—Vamos a cargarnos a esos hijos de puta.

Los piratas guardaron silencio.

—Jefe, ¿conviene enemistarse con estos por un cristiano?

Él era el capitán, pero no trataba con militares y la motivación era un elemento fundamental para mantener la cohesión en su tripulación.

—No lo hacemos por un cristiano, lo hacemos porque nosotros tenemos palabra y la palabra dada no se rompe.

—Y los hombres le dieron la razón, puede que fuesen piratas, pero incluso entre los malhechores había códigos que debían respetarse—.

¿Queremos que se vaya diciendo que se puede romper un trato con el Turco?

«¡De ninguna manera!».

«¡Que se enteren esos bastardos con quién están tratando!».

A él no se le daban bien las palabras, pero tenía un buen amigo de quien tomarlas prestadas. Recordó el capítulo en el que don Quijote, indignado por el trato a los presos, libera a los galeotes. Lo había leído tantas veces que casi podía repetirlo de memoria.

—No está bien que los hombres honrados se hagan verdugos de otros hombres…

—citó—. Ni es caso de los hombres hacer esclavos a quienes Dios hizo libres.

Murad Rashid y los suyos son indignos —añadió—.

Los que tratan con personas son peores que ratas.

—Y en eso sabía que también le darían la razón, entre su tripulación había muchos cristianos renegados, algunos habían sido esclavos al igual que él durante algún tiempo de su vida y compartían su repulsa por quienes hacían negocio de la trata de personas—.

Me da igual si son cristianos, musulmanes o judíos, en esa cueva tienen niños muriéndose de hambre, ancianos enfermos…

¡Esta noche haremos justicia! —Y los vítores lo secundaron—.

¡Esta noche mueren las ratas y nos llevamos nuestro botín!

«¡Sí! ¡Así se habla! ¡Muerte a las ratas!…».

Al caer la noche, los piratas de Tybalt, el Turco, vestidos y pintados de negro, se deslizaron sigilosos por la colina, tomando por sorpresa a los vigilantes, a los que rajaron el cuello antes de que pudieran darse cuenta de que los acechaban.

Los hombres de Rashid los superaban en número, pero Tareq era inteligente y había estudiado con su duque estrategias militares.

Sabía crear emboscadas, engañar a sus enemigos con astucia y hacerlos caer en sus trampas, y por eso sus hombres tenían una fe ciega en su capitán.

Se colaron en las tiendas en las que dormían los comerciantes, como si fueran fantasmas que se filtraban en sus sueños, para darles muerte sin que se escuchara apenas un gemido o el siniestro chasquido de la carne atravesada por el metal.

Y esa forma de ataque era por lo que era conocido el Turco.

Los que sobrevivían a su embate hablaban de espíritus, de hechiceros, incluso de la muerte misma que pasaba con su manto nocturno llevándose las vidas de los desdichados que encontraba a su paso.

Cuando asomaron los primeros rayos del alba, el campamento de esclavos era un río de sangre, los piratas enardecidos por la matanza violaban a las esclavas a las que estaban liberando de su captura.

La locura y la violencia se apoderaban también de sus hombres, y sabía que era inevitable, porque la sangre siempre pedía más sangre.

Él mismo había deseado verlos morir, llevaba el fuego de la vendetta ardiendo en el pecho.

Al igual que para don Quijote, ya no había marcha atrás.

Los presos que liberó el personaje de la novela lo delataron más tarde, también Tareq comprendió en ese momento que jamás podría volver allí.

Era el precio a pagar, y se preguntó si no era un precio demasiado alto.

En medio de un silencio que se había tornado en consternación y un eco confuso de gritos y lloros de quienes eran liberados de sus cadenas, Tareq buscaba a su hijo.

Al fin, en una pequeña tienda, junto a dos esclavas de cabellos claros, estaba Tristán, abatido y asustado por la confusión de alaridos y lamentos que los rodeaba.

Soltó a las mujeres y les indicó que se escondieran y aguardaran.

Soltó también las cadenas de Tristán con una ganzúa y este intentó escapar en cuanto se vio libre.

—¿Qué hacéis, insensato? —le preguntó sujetándolo con fuerza—. Vos venís conmigo.

—No pienso ir a ningún sitio con vos.

—¿Acaso pensáis que llegaríais muy lejos solo en estas tierras? —El chico guardó silencio, pero Tareq veía en su mirada que no se fiaba—. Os dije que me envía vuestro padre. ¿Qué creéis que está pasando ahí fuera? He venido a buscaros y voy a llevaros a casa, aunque sea a la fuerza.