Capítulo 42
Tareq arribó a Algeciras a tiempo para celebrar con su hermana el Aid el Mawlid , el nacimiento de Mahoma, que ese año coincidía con la navidad cristiana.
Samira no recordaba nada de las enseñanzas de su abuelo y se tomaba con recelo el empeño de su hermano en educarla en una religión que no significaba nada para ella.
Su plan era permanecer unos días en tierras españolas antes de seguir en dirección a Argel para el invierno, aguardando a que las temperaturas amainaran antes de volver a hacerse a la mar.
Pero en cuanto leyó la carta de Rodrigo, los planes cambiaron.
—Debo partir.
—Pero si acabas de llegar.
—Lo sé —se lamentó—, pero esto no puede esperar.
Ni siquiera su hermana sabía la verdad sobre Tristán.
Que nadie lo supiera era la única forma de proteger a su hijo.
Un ducado era demasiada tentación para algunos, como ya habían podido comprobar.
Pero el secreto no disminuía un ápice el afecto que se había ido despertando en él por el hijo al que solo había visto una vez en su vida, y que no debía saber jamás que tenía un padre en alguna parte que estaba dispuesto a dar su vida por él.
Tareq besó a su hermana en la frente, no sin antes darle los dineros que tenía para ella.
—Lo siento —se disculpó una vez más—. No puedo explicártelo, pero esto es importante para mí.
Convocó de urgencia a su tripulación para informarlos del cambio de destino. No había muchos ánimos de volver a lanzarse al mar, llevaban meses sin pisar tierra y todos necesitaban un descanso. Por suerte Rodrigo había ofrecido un buen incentivo para sus hombres.
—El que quiera puede quedarse en tierra —concedió.
Estaba en zona portuaria, no sería difícil encontrar marineros con experiencia si necesitaba sustituir a alguno de sus hombres—.
Pero hay una jugosa recompensa por el rescate.
Es un trabajo fácil…, podríais duplicar vuestros estipendios y pasar un buen invierno.
Nada funcionaba como la promesa del dinero entre piratas.
Eran oportunistas a los que no siempre les surgía la posibilidad de un buen botín.
Entre corsarios se daba una extraña democracia, todo hombre tenía derecho a voto y a una ración igualitaria de comida, sin excepciones.
Las diferencias se resolvían en tierra, pues una vez en el mar la obediencia al capitán no se cuestionaba.
Los hombres hablaron, discutieron y decidieron.
Tendría que reemplazar a algunos de los miembros de su tripulación que ya se habían esfumado del puerto y había sido imposible localizar, pero la mayoría decidió seguir a su capitán.
Eran malas fechas para navegar, el mar estaba agitado y las temperaturas descendían día a día, pero por el mismo motivo sería más fácil dar con otra embarcación.
Había pasado casi un mes desde que Rodrigo dejara la carta.
Un mes era mucho tiempo para que un barco navegara, pero si las sospechas de Rodrigo eran ciertas y se trataba de piratas, otros oportunistas que habían encontrado la forma de sacar provecho de la derrota, Tareq podía conjeturar sus posibles movimientos.
No querrían mantener la carga de pasajeros durante demasiado tiempo, tener que alimentar prisioneros era una desventaja.
No se aventurarían al norte con el invierno acechando, buscarían aguas cálidas y puertos seguros en los que reabastecerse.
Eso les dejaba pocas opciones, viajarían en dirección a costas africanas, sin duda. Y ese era su territorio.
Un buque inglés no era inusual, pero sí llamativo en aguas africanas; tardaron apenas un par de semanas en dar con ellos.
Seguían sus pasos —que eran erráticos, pero previsibles— cada vez más cerca.
No podían perder tiempo, de ahí que sus reservas de comida fueran escasas y tuviera que racionarlas.
La tripulación de La Sultana comenzaba a inquietarse, no entendían la obsesión de su capitán, estaban al borde del amotinamiento, Tareq lo sabía, por lo que tuvo que colgar a uno del mástil para calmar los ánimos.
Navegaban a toda vela siguiendo la sombra de un barco del que solo habían oído rumores, pero Tareq estaba seguro de que eran ellos y de que los alcanzaría.
Avanzaban deprisa, a nueve o diez nudos, su proa levantando espuma en el oleaje.
Le encantaba esa sensación, la brisa salpicada de agua, la velocidad del viento, el sabor del agua salada en la boca y los pulmones, la vista del mar perdiéndose en el horizonte con la promesa de una nueva aventura.
No había nada igual. Veintidós días tras su apremiante partida de Algeciras, avistaron el buque inglés en dirección a las costas de Nápoles, tal y como había imaginado.
Los muy imbéciles aún tenían izadas las banderas de la flota inglesa.
Les llevaban ventaja, pues no sabían que los venían siguiendo; aun así, en cuanto avistaron la galera berberisca no dudaron en atacar.
Pero eran lentos. Demasiado lentos, demasiado tarde.
Tareq ordenó virar a sotavento, y el viento del este hinchó las velas.
Los artilleros estaban preparados en la cubierta de artillería.
A una orden del capitán, los cañones dispararon en cascada.
Una bala alcanzó el palo mayor, que cayó lentamente entre las jarcias del trinquete, y el buque empezó a ladearse.
La cubierta de La Sultana estaba repleta de piratas preparados para abordar al adversario.
Los embistieron, los arpones volaron por la borda atrapando a su presa y una veintena de corsarios con espadas en alto se lanzaron sobre los ingleses.
No había nada que pudieran hacer para escapar de ellos.
Los superaban en número y venían armados hasta los dientes.
El sonido de espadas chocando no tardó en hacerse omnipresente, uno tras otro iban matando a los ingleses, pero Tareq necesitaba prisioneros, así que, cuando quedó clara su ventaja y sus intenciones, ordenó a sus hombres que desarmaran y apresaran al resto de la tripulación.
John el inglés era un miembro de su tripulación. No se llamaba John ni tampoco era inglés, pero lo llamaban así porque hablaba su lengua. John el inglés se colocó al lado de su capitán para hacer de traductor.
—¿Dónde está el capitán?
— Where is your captain?
Los ingleses se miraron unos a otros desconcertados, y John el inglés repitió la pregunta a gritos.
— There’s no captain, sir… —respondió uno.
—Parece que no tienen a nadie al mando, jefe.
Oportunistas. El mar estaba lleno de ellos. Sin orden ni disciplina, lo más seguro era que acabaran todos muertos de todas formas, pensó. Se paseó por el barco inspeccionando a cada uno de los hombres que quedaban con vida y escogió a uno que tenía pinta de caballero.
—Preguntadle cómo se llama.
John el inglés se lo preguntó. Y el hombre respondió.
—Lord Edward Hastings.
No se había equivocado, era un noble.
—¿Qué habéis hecho con los prisioneros? —preguntó, y John el inglés tradujo.
— What did you do with the prisoners?
El lord se puso a hablar sin parar.
—Dice que él no tiene nada que ver con esta tripulación, que acabó aquí accidentalmente y solo quiere volver a Inglaterra.
—¿Sí? Pues si quiere volver a Inglaterra, que me diga qué han hecho con los prisioneros.
La conversación siguió en inglés durante un rato y, al fin, John el inglés informó a su capitán.
—Dice que los vendieron, algunos en Melilla, otros en Argel.
—Preguntadle por el joven noble español. Tristán de Ponce.
Un noble era un botín codiciado por los berberiscos, sabían que podían pedir un alto rescate por él.
Pero era posible que Tristán no hubiese revelado su origen, o tal vez sí, pues esa información podía librarlo de ser vendido como un simple esclavo, o de la muerte.
Siguió interrogando al lord hasta que este pareció comprender y aseguró que lo habían vendido a los berberiscos, tal como había sospechado.
Ya tenía la información que buscaba y no necesitaba al resto, pero entonces el lord se puso a hablar sin parar, suplicando.
—¿Qué dice ahora?
—Algo sobre una mujer… —tradujo John el inglés—. Dice que no podéis matarlo, que debe volver a Inglaterra y decirle que la ama.
— I didn’t tell her when I should… I must go back and tell her I love her, or she will never know…
Aquella muestra de pasión despertó su curiosidad y quiso saber.
—No sé, jefe —dijo John el inglés—, algo de que ella no lo sabrá nunca…
Los suyos soltaron una sonora carcajada, no Tareq; entendía el amor y el arrepentimiento, pero aquel hombre le pareció patético.
—Sí, debisteis decírselo cuando podíais —le dijo, sin importarle que no lo entendiera—. Ahora ya es tarde.
Y le atravesó el corazón con la espada. Luego se giró hacia sus hombres.
—Matadlos a todos y cargad con lo que podáis.
La respuesta fue una oleada de vítores. Aquello prometía ser un buen botín, ya que los ingleses acababan de hacer una buena venta de esclavos.
La fiesta se convirtió en una carnicería.
Tareq no solía apoyar las matanzas, la crueldad no era su estilo, pero esta vez haría una excepción.
Sabía que sus hombres necesitaban un buen aliciente para continuar la búsqueda de Tristán, pero no era eso.
Lo embargaba una ira desconocida. No sentía ninguna compasión por quien vendía personas, arrancándolas de sus vidas para sumirlas en el infierno.
Pensaba en los padecimientos que podía estar pasando su hijo.
Conocía bien la suerte que podía correr un cristiano en tierra de berberiscos.
Notaba en la boca el sabor de la sangre mezclándose con el humo de artillería.
No iba a tener piedad con ellos. Quería venganza.