Cádiz. Capítulo 41
El ataque se produjo el Día de Todos los Santos.
La flota anglo-holandesa fue avistada desde las torres de vigilancia a primera hora de la mañana.
Un mensajero se puso en marcha de inmediato, cabalgó hasta el castillo de Sanlúcar para informar al duque de Niebla cuando aún estaba almorzando.
Se enviaron avisos a todas las plazas de armas.
Antes del anochecer estaban ya en marcha en dirección a la costa más de diez mil hombres.
En el puerto se apostaban diez galeones, el duque ordenó que se internaran en la bahía y se ocultaran en la Carraca.
Aquella noche, la avanzadilla holandesa, avisada de que la bahía estaba libre, atacó el fuerte del Puntal.
Cinco naves holandesas y veinte buques ingleses arremetieron con fuego de artillería mientras ocho cañones y ciento veinte hombres defendían el puerto desde tierra.
Los barcos españoles los sorprendieron en la bahía.
Tras hundir dos barcos de los cinco holandeses, el enemigo se retiró; en el puerto se oyeron voces de victoria, pero la batalla solo acababa de comenzar.
La segunda noche, los ingleses, capitaneados por sir Edward Cecil, consiguieron traspasar la artillería, unos nueve mil hombres desembarcaron y se desplegaron por las costas de Cádiz.
El duque de Niebla permanecía al mando en la torre principal, pero su hijo Tristán lideraba uno de los batallones que se enfrentaba a los ingleses en la costa, y aunque el duque estaba demasiado ocupado y centrado en su cometido, era consciente del peligro que corría su hijo.
Habría preferido que se quedara a su lado en la torre de mando, pero Tristán no lo habría aceptado, no solo porque a sus diecinueve años estaba ansioso por entrar en batalla y probarse a sí mismo, sino también porque sería poco honroso por parte del duque mandar a sus hombres a una lucha a la que no estaba dispuesto a enviar a su propio hijo.
Algún día Tristán tendría que tomar el relevo, y liderar, y bien sabía Rodrigo que no podría hacerlo si no se ganaba el respeto de sus hombres.
Ese era su lugar, no era algo que hubieran elegido, pero era su destino.
La noche se hizo larga; los cañones no dieron tregua a la población.
El olor a pólvora y el humo de los incendios apenas les dejó ver la luz del amanecer.
Con el nuevo día comenzaron a llegar los refuerzos.
Seis cañones más y dos mil cuatrocientos hombres se unieron a la contraofensiva del puerto.
Mientras, los ingleses dispersos en Cádiz comenzaron a saquear las casas llevados por el hambre a causa de la falta de provisiones de sus propias tropas.
Nueve mil soldados que llevaban dos días sin comer se amotinaron, desobedeciendo órdenes de sus comandantes, emborrachándose con los barriles de vino que aguardaban en el puerto para ser embarcados a las Indias.
La artillería española derribó cuatro buques ingleses.
Mientras, los refuerzos marítimos llegaban desde el puerto de Sevilla para emboscar al enemigo.
Al cuarto día, Edward Cecil ordenó la retirada.
Los buques ingleses comenzaron a replegarse de forma desorganizada y caótica, y en la huida muchos quedaron atrás.
Era la tercera vez que los ingleses atacaban el puerto desde que Rodrigo podía recordar, la segunda desde que era duque, pero esta vez estaban preparados.
Habían vencido.
Satisfecho, aunque agotado tras cuatro noches sin dormir apenas, regresó al castillo.
Todo aquello por lo que había luchado en los últimos treinta años había dado sus frutos.
No solo había logrado que el puerto de Cádiz fuese el más importante de España, sino que había conseguido fulminar el comienzo de una nueva guerra en tan solo cuatro días.
Pensó en las vidas que se habían salvado, en las pérdidas que no se producirían.
Sus enemigos se lo pensarían mucho antes de intentar una nueva ofensiva.
Ordenó reforzar la vigilancia a lo largo de la costa antes de retirarse, repartiendo fuerzas y barcos desde la costa de Portugal hasta los puertos de Granada, las tropas permanecerían en alerta hasta confirmar que no se produjera un nuevo ataque.
En cuanto cruzó los muros del castillo preguntó por su hijo.
—¿Se sabe algo de las tropas del marqués?
—Aún no hay noticias, señor.
Mandó a uno de sus hombres de confianza a la ciudad a hacer averiguaciones antes de retirarse a sus aposentos, dando orden de que se le despertara en cuanto hubiera noticias de su hijo.
No tenía sentido esperar despierto, podían pasar aún horas hasta que las tropas se replegaran de forma definitiva.
Demasiado exhausto para preocuparse, Rodrigo se dejó caer sobre su cama y no tardó en rendirse al sueño aun con la ropa puesta.
Durmió durante casi un día entero. Cuando se despertó y vio que comenzaba un nuevo día, una punzada de pánico lo espabiló de golpe. ¿Por qué nadie lo había despertado?
Salió de su alcoba hacia la sala de juntas, donde estaban reunidos ya su secretario —el anciano padre Francisco— y el mayordomo mayor.
—¿Dónde está Tristán?
—Excelencia, no conseguimos dar con él.
—¿Cómo? ¿Qué queréis decir? ¿No está con sus hombres? —Sus consejeros se miraron entre ellos, nadie parecía tener respuestas y Rodrigo notó la ira subirle desde las entrañas—. ¡¿Por qué nadie me ha avisado de esto?!
—Señor, aún es pronto.
—¿Pronto? Podría estar herido… —gritó—. ¿Cómo es que no estáis buscando a mi hijo?
El padre Francisco se acercó y lo tomó del brazo, un gesto que tenía más del afecto de quien había sido su mentor desde niño que de consejero político.
—Seguro que está bien, señor. Han sido días de mucha confusión. Daremos con él, ya lo veréis.
Las palabras de su antiguo maestro actuaron como un bálsamo. Era preciso obrar con serenidad.
Se preguntó si tal vez su hijo se habría asustado.
Una cosa era imaginar la batalla y otra muy distinta enfrentarse a hombres sedientos de sangre, a las bombas cayendo, a la muerte y al caos.
Recordaba muy bien su primera batalla, de no haber sido por Tareq no habría sido capaz de avanzar en dirección a la lucha.
Tareq tuvo que tirar de él y arrastrarlo por el campo de batalla mientras Rodrigo se quedaba paralizado por el miedo, incapaz de alzar su espada, mucho menos de enfrentarse al enemigo.
De no haber sido por él, habría quedado en la memoria de todos que el duque era un cobarde.
Tareq no solo luchó con valor, sino que dejó que todos creyeran que había sido cosa de Rodrigo, su generosidad le valió el respeto de los hombres de armas y por eso ahora podía quedarse atrás, ocupándose de la estrategia en vez de luchar cuerpo a cuerpo.
Tristán no era como él, lo sabía, había dado muestras desde muy niño de parecerse más a su verdadero padre; aun así, era joven…
¿Estaría escondido, avergonzado de no haber estado a la altura?
¿Estaría herido en alguna zanja aguardando que su padre lo rescatara? ¿Habría muerto?
Según avanzaba la tarde, la tensión por la suerte de su hijo se acumulaba y su imaginación jugaba en su contra.
Al caer la noche pudo hablar con uno de los soldados de su batallón.
Un muchacho de la edad de Tristán llegó acompañado de su guardia personal, venía sucio y agotado, seguramente hambriento también, pero antes que nada se presentó ante el duque.
—El marqués nos lideró bien, mi señor —comenzó explicando, bien sabía un soldado la importancia de alabar a un noble—. Luchó a nuestro lado en todo momento, mostrando gran valor…
—Está bien, está bien… —se impacientó Rodrigo—. Te lo agradezco. ¿Le hirieron? ¿Visteis hacia dónde pudo ir?
—Señor, los ingleses se lo llevaron. Había un capitán inglés que estaba tomando rehenes. Se llevó a algunas mujeres y niños, también a algunos de los nuestros. Aunque me pareció… —dudó.
—Decid.
—No puedo asegurarlo, señor, pero creo que no seguían órdenes. Parecían ir por su cuenta. Algunos de los soldados ingleses se amotinaron, señor, estaban saqueando los almacenes del puerto…
—Llevándose su botín —terminó Rodrigo. Era bien sabido lo poco que los marineros tardaban en convertirse en piratas. Y nada era tan valioso como un prisionero noble por el que pedir un jugoso rescate—. ¿Visteis hacia dónde los llevaban?
—No, señor. Lo siento, señor. Era de noche y estaba oscuro, y aquello era un caos. Pero los vimos embarcar y dirigirse hacia costas africanas. En eso estábamos todos de acuerdo.
—Entonces tal vez los acaben soltando.
—No puedo asegurarlo, señor.
—Bien, os lo agradezco, habéis sido muy útil. Bajad a las cocinas y se ocuparán de vos.
—Gracias, señor.
Se enviaron tropas de búsqueda por la costa, en los siguientes días hubo más testigos que dieron pistas del paradero de Tristán.
Supieron entonces de los motines dentro de las mismas tropas inglesas.
Con frecuencia, los barcos mercantes tenían patente de corso, y estaban obligados a unirse a la Armada Real si el monarca lo exigía.
No se les pagaba, pero se les permitía quedarse con lo que consiguieran del saqueo.
Eso convertía a los corsarios en mercenarios, más interesados en hacerse con un botín que en servir a la causa de su rey.
Los piratas ingleses se habían dedicado a saquear las casas de los campesinos y a los que no mataban los capturaban.
Más de cien buques ingleses habían llegado hasta las costas de Cádiz, demasiados hombres armados, hambrientos, cansados y codiciosos.
Y en uno de esos barcos estaba prisionero su hijo.
Unos días más tarde, mientras la búsqueda continuaba por la costa, Rodrigo se embarcó en una dirección diferente.
Si había alguien en quien confiaba plenamente era en su propio pirata.
Él mismo llevó el mensaje. Montó a su caballo en dirección a Algeciras, a la casa de Samira, que en los últimos años se había convertido en un elaborado medio de comunicación entre ellos.
No sabía cuándo, pero sabía que Tareq recibiría el mensaje.
Era fundamental que él lo supiera, se trataba también de su hijo.
Y si había alguien capaz de encontrarlo y rescatarlo, ese era Tybalt, el Turco.