El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 40
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Londres. Capítulo 40

Londres era un caos. Los precios estaban por las nubes, la gente estaba enfadada, el rey despilfarraba el dinero endeudándose para luego inventarse nuevos impuestos que ahogaban a los ciudadanos.

España había entrado en guerra con los Países Bajos, y Europa entera parecía mantener una guerra entre católicos y reformistas liderada por los españoles, principales valedores del Papa y de la iglesia católica.

A Juliette no podía importarle menos todo ese asunto de la religión, seguía sin entender que encendiera los ánimos de esa forma, pero la crisis económica y los nuevos impuestos a los nobles habían afectado a la familia de Edward, y eso, a su vez, la dejaba a ella en una situación aún más precaria.

Cuando Edward la informó de que no podría seguir costeando a su criada, Juliette decidió que había llegado el momento de hacer algo al respecto.

Comenzó a ofrecer sus servicios como costurera, convirtiendo su pequeño ático en un taller de costura.

Llevaba tantos años confeccionando su propio vestuario, que había aprendido todo lo que se necesitaba saber para elaborar un vestido elegante.

Conseguir clientes, sin embargo, resultó una tarea exasperantemente ardua, mucho más de lo que había imaginado.

Gracias a sus contactos, consiguió algún trabajo para los teatros, aunque sus presupuestos de vestuario eran muy bajos y solían reutilizar los trajes una y otra vez.

Daba igual cuánto bajara sus precios o lo bien que pudiera realizar el trabajo, las damas que podían permitirse mandarse a hacer un vestido ni siquiera la recibían en sus casas.

Con los años, le costaba cada vez más ocultar los rasgos de masculinidad.

La barbilla parecía haberse vuelto más prominente y a su piel, cada vez más escamosa a causa del amoniaco del maquillaje, se añadían las arrugas que empezaban a surgir en la comisura de su boca y desde los ojos.

El pelo en la cara crecía más grueso, aunque algo más escaso que en el pasado.

Las canas no se notaban demasiado en su cabello claro, pero para su horror se estaba debilitando y se le clareaba en las entradas, haciendo su frente cada vez más ancha, razón por la que se había mandado hacer una peluca con un tocado de trenzas y rizos que solía usar para salir a la calle.

Había usado pelucas en el teatro, aunque con su melena rubia natural no necesitaba accesorios para interpretar personajes femeninos.

Esas eran pelucas de pelo de caballo que apestaban; Juliette se había gastado una cifra desorbitada en mandarse a hacer una peluca de pelo real.

Pero la peluca era otra fuente de problemas, olía mal y se llenaba de bichos, picaba y la hacía sudar.

Odiaba envejecer, ver cómo su piel cedía ante el paso del tiempo; ese aire adolescente que le había conferido su aspecto afeminado se desvanecía, haciendo de su atavío un disfraz grotesco.

Lo peor era su voz. Se había vuelto carrasposa y ya no le resultaba tan fácil adoptar ese tono aflautado que tan bien había dominado en sus años de actor de comedias.

Era cuando hablaba en los lugares exteriores cuando la gente se la quedaba mirando, intentando descifrar qué era lo que no encajaba.

Los que llegaban a darse cuenta del engaño, en el mercado o en una tienda, a menudo se negaban a atenderla.

Por ese motivo no podía prescindir de su criada, pues era a ella a quien solía enviar a comprar para evitar problemas.

A pesar de los obstáculos, al cabo de un año consiguió hacerse un lugar como costurera y ganar lo suficiente para vivir cómodamente.

Su primera clienta la consiguió gracias a Ben.

Se trataba de Amy Blount, una prostituta de alta alcurnia, amante del conde de Leicester, que le llevó algunos de sus viejos vestidos para arreglar.

Quedó tan satisfecha con el resultado que no dudó en recomendarla a sus amigas.

Después de aquello, Juliette no tardó en volverse muy popular entre las amantes y cortesanas por sus vestidos atrevidos y sobrecargados, muy alejados del gusto de presbiterianos y puritanos.

Sus clientas tampoco eran bien recibidas en los talleres de costura de la nobleza, a pesar de estar dispuestas a pagar grandes sumas por sus ropas.

Le iba tan bien que tuvo que enseñar a su criada, y contrató a su hermana Nell, que había tenido que dejar de trabajar durante los primeros años de crianza de sus hijos.

Sus padres hacía años que habían renegado de su hijo, incluso habían contado a sus otros familiares que Billy había muerto en un trágico accidente.

Debía estar agradecida por su hermana. No imaginaba qué habría sido de su vida sin Nell.

Fue su hermana la primera cómplice de su transformación, ella siempre la había comprendido, la aconsejaba y la ayudaba como una buena amiga.

A Edward no le gustaba la idea de que su piso clandestino se llenara de furcias, y con frecuencia discutían sobre el asunto. No quería que Juliette trabajara, pero tampoco estaba dispuesto a pagar sus gastos.

—Si quieres, puedo pagarte un alquiler —le había llegado a decir ella—.

¿Cuánto quieres? ¿Cinco chelines? ¿Una libra?

—Y sabía que no había nada que ofendiera más el honor de su lord—.

No tengo ningún problema en pagarte, pero si lo hago ni se te ocurra cruzar esa puerta nunca más esperando que te reciba con las piernas abiertas.

Y todas las discusiones acababan de la misma forma, con Juliette de cara contra la mesa o la pared y Hastings jadeando a su espalda, embistiendo su culo como jamás haría con su esposa. Entonces ella se convencía durante unos días de que Edward aún la quería.

Cuanto más notaba la evidencia del tiempo en su rostro, más sentía la necesidad de que él le confirmara su amor. ¿Era acaso mucho pedir que dijera que la amaba?

Volvió a pedírselo la última vez que se vieron.

Edward llegó en mitad de la noche, Juliette ya estaba en la cama cuando su entrada en el ático, del que tenía llave, le dio un susto de muerte.

Jamás se había presentado a horas tan intempestivas, más aún desde que estaba casado y debía guardar las apariencias.

Estaba inquieto, ebrio y enloquecido, jamás lo había visto así antes.

Hablaba de una guerra y de una rebelión en el Parlamento, del que era miembro, pero todo le resultaba incoherente.

—El estúpido del príncipe Carlos la ha fastidiado. Ahora todos quieren declararle la guerra a España. Debo partir mañana…

—¿Partir? ¿A dónde?

—¿No me estás escuchando? El rey quiere destruir la flota naval de los españoles, entraremos en guerra… Esos inútiles solo pretenden justificar que han perdido en Bohemia y tapar el ridículo del príncipe Carlos y el duque de Buckingham.

Estaba al tanto de que el príncipe Carlos, primogénito del rey Jacobo y heredero al trono, había viajado a España para pedir la mano de María Ana, la hija católica del rey Felipe III.

Sabía que en Inglaterra rechazaban ese matrimonio y que llevaban más de una década en negociaciones para intentar mantener la paz entre los dos reinos.

A los ingleses no les caía bien el príncipe Carlos, a quien consideraban un inútil arrogante, y el cotilleo de sus líos matrimoniales era la comidilla del reino.

Los españoles habían exigido a Carlos convertirse al catolicismo, a lo que se había negado, y Carlos finalmente se había casado con una protestante francesa como esperaban todos en el Parlamento.

Había creído que el asunto ya estaba zanjado, y no acababa de entender por qué el matrimonio fracasado de Carlos debía llevarse a Edward a la guerra.

Después de dar vueltas por todas sus dependencias, Edward se sentó a su lado y se quedó con la mirada perdida, inyectada en ira.

—Me ha besado —dijo en un susurro tan bajo que apenas pudo entenderlo.

—¿Quién?

—El amigo del rey…, el duque de Buckingham…, me ha besado… en los labios.

Juliette soltó una carcajada y Edward le dio un bofetón que la lanzó al suelo de golpe.

—¡¿De qué te ríes?! ¿Te parece gracioso?

Juliette notó cómo le ardía el rostro, sintió el labio hinchado y el sabor de su propia sangre dentro de la boca. No se lo había esperado y no sabía cómo reaccionar. Lo había ofendido y no había sido su intención.

—No me reía de ti, solo… Es amigo del rey…, no me lo esperaba…

—Yo no soy así. —Una vez más deambulaba por la alcoba como un animal enjaulado—. No soy así, ¿me oyes?

—Claro que no… —le aseguró, incorporándose otra vez sobre el sillón de terciopelo.

—¿Qué se ha creído ese… desviado? No soy un afeminado…, yo no soy como tú.

Aquello dolió, quizás más que el bofetón.

Edward nunca la había insultado. Pero no era eso, estaba acostumbrada a los insultos.

Era el desprecio, que hubiese marcado esa diferencia entre ellos, como si el problema fuese solo ella.

Echó de menos a su joven lord, aquel muchachito inocente que besaba el suelo que ella pisaba.

Con el tiempo se había vuelto como el resto de los nobles, demasiado pagado de sí mismo.

Aun así, no estaba preparada para perderlo.

Había venido para que lo reconfortara y, si eso era lo que necesitaba, ella se lo daría.

—Claro que no, querido, no eres como yo. Eso salta a la vista.

El comentario pareció surtir efecto y él se sentó en una butaca.

—¿Verdad que no?

—No entiendo qué puede haber pasado por su cabeza…

—Yo tampoco, es ridículo… —Algo más tranquilo dejó que ella se acercara y Juliette se arrodilló a su lado, aún le temblaban las manos.

En realidad, era algo que nunca habían hablado, no de frente y de forma clara—.

Si me gustas —siguió él— es precisamente porque pareces una mujer.

Eres más hermosa que la mayoría incluso…

Como mujer, quiero decir. Tú me entiendes.

—Ella sonrió—. Bueno, al menos lo solías ser, ahora mismo…

—¡Estaba en la cama! —se quejó ella.

Juliette intentó reconfortarlo, lo abrazó y le besó el cuello. Tal vez quisiera… Pero no. Se levantó de golpe.

—Esta noche no. —No, esa noche no quería sucumbir al deseo, necesitaba otro tipo de consuelo, y ella era la última persona que podía dárselo—. Debo irme. Mañana partiremos temprano.

Se iba a la guerra, era lo que hacían los nobles como él, velar por la seguridad y el honor de todos ellos con una espada en la mano.

Y podría morir, y era posible que ella fuese la última en saberlo.

Él se disponía a marcharse y tuvo miedo.

De perderlo, de no saber, de no volver a verlo, de que finalmente se hubiera cansado de ella…

Ya no era joven, ni hermosa, no conseguiría engañar a otro hombre de la misma forma.

—Espera. —Lo detuvo antes de que saliera por la puerta. Edward la miró—. ¿Me amas?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Nunca me lo has dicho. Yo te amo. Te he amado desde el día en que te conocí. Te amo más que a mi propia vida…

Él la miró con el gesto contrariado. Se contemplaron en silencio, y Juliette notó un rastro de pánico en sus ojos. Tal vez fuera la batalla, tal vez lo que había ocurrido aquella noche, o quizás fuese por ella, jamás lo sabría.

—No deberías preguntarme eso.

Edward salió y Juliette se quedó allí de pie, mirando al vacío que había dejado.

Pensó en Will, que yacía bajo tierra devorado por los gusanos.

Pensó en todas las veces que juró que la amaba, incluso lo dejó por escrito para que el mundo lo supiera.

Will la habría amado hasta la muerte, estaba segura, aun cuando hubiese perdido su belleza.

Las lágrimas no tardaron en resbalar por su rostro, aunque eso no era inusual en ella.

Era de lágrima fácil. No lloraba por su soledad o porque pudiera morir, lloraba por Edward, porque sufría y ella no podía salvarlo, y lloraba por Will, que había muerto sin saber que ella jamás dejó de amarlo.