Algeciras. Capítulo 39 #2
—Nos esperan ya…, hay una fiesta —anunció poniéndose de pie para recoger su pequeño campamento—, pero antes… cambiaos las ropas.
Tareq le pasó un viejo jubón y unos pantalones de campesino que apestaban.
—¿Por qué he de ponerme esto…?
—Más vale que te libres de esas ropas finas, si no quieres que te desplumen o algo peor.
Aquella respuesta no resultó muy alentadora.
—¿A dónde me llevas?
Tareq soltó una carcajada y luego se acercó al duque.
—Confía en mí. Si vas conmigo, estarás a salvo.
—Eso sigue sin resultar muy convincente…
Si había unas manos en las que pondría su vida sin pensarlo, eran las suyas; lo tuvo claro mientras cambiaba su atuendo caballeresco por las ropas de algún mendigo muerto. De todas formas, la vida era mucho más emocionante cuando él tomaba las riendas.
Volvieron a montar y continuaron el camino por las montañas mientras el sol se ponía a sus espaldas.
Debieron recorrer una legua y media antes de llegar a un campamento perdido entre las montañas cuando empezaba a oscurecer.
Se trataba de un conjunto de tiendas de tela, con cierto aire improvisado, entre las que deambulaba un grupo de personas; mujeres que se afanaban con preparativos o cargando chiquillos con caras llenas de mocos mientras otros se ocupaban de los animales, algunos caballos, cabras y un par de perros incordiando.
Hombres y mujeres, con ropas propias de moriscos, se acercaron a saludar al recién llegado, con abrazos efusivos y besos en las mejillas.
Hablaban en árabe, que mezclaban con el castellano, cambiando a uno o a otro aleatoriamente.
Tareq presentaba a su amigo Rodrigo, sin título ni apellido, y eso parecía bastar para ser bien recibido.
Al llegar la noche, la zambra comenzó. La comida era sencilla y no muy abundante, asados de cebolla y garbanzos que metían en panes redondos, almendras y queso blanco.
Cada familia aportaba algo que compartía con el resto, incluido el intruso que había llegado con las manos vacías.
Tras la cena comenzó la música en torno a una gran hoguera.
Era una música extraña, parecida a las zarabandas y a las danzas del Corpus, que mezclaban con ritmos de la música árabe.
Sonaba el adufe, cantaban romances a ritmo de seguidillas y zarabandas acompañando con las palmas.
Los hombres cantaban, soltando piropos a las mujeres que bailaban descalzas llevando faldas coloridas, que levantaban de forma provocativa, moviendo las caderas, marcando el ritmo con los pies y girando las manos en el aire con gracia. Y había vino, lo que extrañó a Rodrigo.
—Son cristianos —le aclaró Tareq— y muy devotos, por cierto…
Los moriscos cristianos que habían huido a las montañas para evitar ser expulsados de su tierra.
Los monfíes, ladrones de las montañas. Se llamaban a sí mismos felah mencub , los campesinos excluidos, a los que habían quitado sus tierras, sus posesiones, su nombre…
Que no eran extranjeros, ni judíos ni musulmanes, sino cristianos de otra raza.
Que repetían como un mantra ojalá (law šá lláh) , si Dios quiere, y vivían de lo haram , lo prohibido.
Su propia existencia, como le explicó Tareq, era haram .
Aunque la palabra que más escuchó esa noche y que acabó aprendiendo fue farah , alegría.
Tareq le habló de sus primeros años de exilio viviendo en las montañas con los monfíes.
Asaltando a los viajeros en los caminos mientras buscaba a la hermana perdida.
Cuando al fin la encontró, lo que lo llamó fue el mar.
Se despidió de quien se había convertido en su familia y se embarcó con unos contrabandistas a quienes cambió su caballo por un pasaje a Argel.
Parecía una sociedad equilibrada, donde las mujeres tenían un peso inusual en el grupo y las decisiones eran compartidas.
Había un jefe, Juan Ataujar, un hombre alto de risa fácil, con el pelo ralo, al que faltaban varios dientes y que llamaba a Tareq «príncipe», aunque con cierta carga de sarcasmo.
También tuvo ocasión de ver algunas broncas, y lo fácilmente que sacaban las armas los marginados, aunque con igual facilidad lo daban por olvidado y volvían a la fiesta.
Entrada la noche las familias se recogieron en sus jaimas a descansar.
Tareq y Juan apagaron el fuego echando tierra encima y el humo blanco quedó dibujando una línea que se perdía en el cielo mientras se despedían unos de otros.
Se fue creando el silencio, hasta que solo quedaron los sonidos de la noche, los grillos y cigarras y el siseo lejano de una lechuza.
Había una carpa preparada para ellos. Y una vez más el desconcierto.
—¿No les importa? —se extrañó Rodrigo.
—Si supieran lo que vamos a hacer dentro, seguramente nos darían una paliza, pero… nadie va a preguntar. —Aquello tampoco resultó alentador—. No te preocupes, compartir una tienda con un amigo es algo habitual aquí.
Juntos, a solas, bajo la tela anaranjada de la carpa que creaba una intimidad ficticia, se miraron como dos extraños una vez más.
Rodrigo seguía algo inseguro por lo cercano que se escuchaba el resto de voces, seguía sintiéndose demasiado expuesto, no estaba acostumbrado a los espacios reducidos y mucho menos a esa falta de intimidad.
—Tranquilo —le dijo él comprendiendo su nerviosismo—, no tenemos que hacer nada. Me gusta estar aquí contigo.
Se quitaron parte de la ropa del día y Rodrigo se alegró de poder librarse de aquellas calzas roídas.
Se tumbaron sobre las alfombras y se cubrieron con la manta que habían usado en el río para comer.
Sus rostros enfrentados, separados apenas por una brisa de aire.
Había sido un día largo, pero no quería dormir, quería seguir mirándolo en silencio toda la noche.
Rodrigo le acarició el rostro con la mano, recordó lo jóvenes que eran cuando se vieron por primera vez, no mucho mayores de lo que era su hijo.
—¿Hay alguien en tu vida…, alguien especial? —quiso saber.
Tareq meditó un instante.
—Hay alguien…, aunque no estoy enamorado.
Le habló de Bastián. Se alegró de que no estuviera solo, aunque también envidió que pudiera pasar cada noche en su cama.
Tareq lo besó. Sus bocas se unieron cargadas de anhelo, sintió su aliento invadiéndolo.
Lo deseaba tanto… Entonces buscó su cuerpo, sus manos tanteando en la oscuridad, con sus bocas respirándose juntas.
Dentro de sus pantalones encontró su dureza y quiso tocarla, sentir también su deseo.
Y le gustó notar cómo el cuerpo denso de Tareq se tensaba y sucumbía al placer…
Y él también lo buscó, y su mano comenzó a acariciar su falo, los dos procurándose placer a la vez.
Allí, escondidos bajo capas de tela, arañando migajas de intimidad, echó de menos el tiempo en el que disponían de una alcoba oculta en la que dar rienda suelta a la pasión, sin miedo a ser descubiertos.
Culminaron con sigilo, consumiendo el aire juntos, con las respiraciones expresando lo que sus voces callaban, y se perdieron en la mirada del otro y en una sonrisa cómplice…
Él lamió el semen de su mano, le mordió el dedo y contuvieron sus risas, y se sintió el hombre más afortunado del mundo por ser el objeto de su amor.
Por la mañana volverían a ser dos extraños, y Tareq lo acompañaría hasta el comienzo del camino, donde se dirían adiós, con la promesa de volver a encontrarse pasado otro año. ¿Podían vivir así su amor, con un solo día al año? Tal vez en algún tiempo futuro…, tal vez…