Algeciras. Capítulo 39
Rodrigo cabalgó solo hasta la entrada de la casa de María, tal como le había indicado Tareq.
Llevaba dos días en Algeciras con su comitiva de consejeros y guardias, así que había tenido tiempo de averiguar dónde estaba la curtiduría Cabanillas y dónde vivía la mujer que la regentaba.
Había tenido que inventarse un motivo oficial para estar allí en esa fecha concreta. Y, aun así, dudaba.
En los últimos años se había convertido en uno de los validos del rey.
La escasez de mano de obra tras la expulsión de los moriscos había derivado en una crisis profunda, y la pérdida de territorios españoles le permitió convencer al rey de firmar una tregua con sus viejos enemigos que había traído paz durante doce años.
Pero mientras el duque de Niebla apostaba por la paz, los otros validos del rey añoraban la época dorada del Imperio de Carlos V y, tras la independencia de Portugal y la rebelión de Flandes, España volvía a estar en guerra.
Tenía enemigos poderosos en la corte que estarían encantados de su caída en desgracia.
Que lo descubrieran en reuniones ocultas con delincuentes musulmanes era arriesgado.
Sería fácil interpretar su encuentro con un pirata berberisco como una conspiración contra el rey, una traición.
Y a pesar de todo, a pesar de sus dudas, a pesar de que había desechado la idea un millón de veces, no podía dejar que él creyera que lo había olvidado.
Así que allí estaba, en el día acordado, acercándose a la casa de la que ya había deducido que era la hermana de Tareq, a solas, sin saber bien lo que estaba haciendo.
María, a quien muchos aún llamaban Samira, vivía en un pequeño poblado de casas de amalgama y paja cerca del puerto.
Una única calle de tierra conducía hasta el poblado.
Delante de la casa había una mula atada a una cadena de hierro que espantaba las moscas con su cola, un par de cabras en un corral y algunas gallinas escuálidas manchadas de barro cacareando dispersas.
La casa tenía los huecos de las ventanas cubiertos con mantas de paño y trozos de madera encajados.
El sol pegaba con fuerza y apestaba a estiércol y humedad.
Rodrigo detuvo su caballo a la entrada y aguardó sin desmontar, dudando aún.
Al poco de su llegada, de la casa salió una mujer con el pelo envuelto en un pañuelo rojo, algunos mechones asomando dejaban adivinar que un día tuvo una melena de rizos morena que ahora estaba cubierta de canas.
Llevaba una cesta a la cadera, las faldas manchadas de tierra con el bajo ennegrecido, el rostro sucio y la piel curtida.
Sabía que la hermana era menor que Tareq y, sin embargo, la habría creído si afirmara ser su madre.
En cuanto salió, ella se fijó en Rodrigo y se lo quedó mirando de arriba abajo, con esa mirada cansada de quien no está acostumbrada a perder el tiempo.
—¿Vos sois Rodrigo? —Le resultó molesto que una plebeya se dirigiera a él con tanta confianza, pero no había venido para defender su honor, así que asintió.
Ella volvió a entrar en la casa y al cabo de un instante regresó con un pergamino enrollado en la mano que le tendió con el brazo estirado—. Esto es para vos.
Y sin más, siguió su camino con la canasta en dirección a la costa. Era tan parca en palabras como su hermano.
Rodrigo desenrolló el pergamino, dentro había dibujado un mapa.
Eso era todo. Miró a su alrededor en busca de alguna pista.
¿Era algún tipo de juego? Volvió a fijarse en el mapa, marcaba un camino por las montañas.
¿De verdad iba a hacer esto? Subir a las montañas sin su escolta era una locura, aquello era tierra de nadie, o más bien tierra de monfíes y bandoleros que podrían asaltarlo o incluso matarlo.
Bajó de su montura, ató al caballo y cruzó el terreno en dirección al puerto en busca de Samira.
La vio a pocos metros, comprando pescado a unos marineros que acababan de atracar en el puerto.
La observó regateando, saludando a uno y a otro y sonriendo con familiaridad.
Cuando ella desanduvo el camino y regresó a la casa, Rodrigo seguía allí, de pie, aguardando.
Ella se lo quedó mirando con el ceño fruncido.
—¿Aún seguís aquí? ¿A qué estáis esperando?
—Sois Samira, ¿verdad? La hermana de… —Se detuvo antes de continuar, preguntándose qué nombres usarían entre ellos o cuánto sabía ella del tiempo que estuvieron buscándola—. Vuestro hermano… ¿dijo algo más?
—Yo no sé nada, señor. Solo dijo que vendría un hombre con aspecto de noble y que sabría quién era en cuanto lo viera.
No vienen muchos como vos por aquí. —Ella cruzó la cancela y apartó las gallinas de la puerta, pero se detuvo antes de entrar y se giró hacia Rodrigo—.
A él le preocupaba que no vinierais. Dijo que lo entendería si os echabais atrás.
Pero habéis venido. No sé qué os traéis entre manos, pero sí os diré, señor, que mi hermano ha arriesgado mucho al volver por estos lares.
Y tras decirlo entró en la casa, aunque la puerta maltrecha rebotó en el marco y quedó sin cerrar.
Rodrigo volvió a montar, aún estaba lleno de dudas, pero ella tenía razón; si había llegado hasta allí, no tenía sentido echarse atrás. Volvió a mirar el mapa y espoleó a su caballo para que se pusiera al galope, en dirección a las montañas.
Dos horas más tarde continuaba el camino por el bosque de alcornocales de la sierra del Bujeo, llevando su caballo al paso.
La temperatura empezaba a bajar y decidió ponerse la capa.
No se había encontrado a nadie en el camino, tan solo liebres, algún jabalí y los árboles de ramas retorcidas con sus pocas hojas.
La mayor parte del camino la hizo cuesta arriba, cruzando un bosque frondoso, por lo que no podía ir muy rápido.
Entonces, cuando llegó al arroyo siguiendo el mapa, lo vio.
Sentado a la vera del riachuelo, con su caballo pastando apaciblemente.
Él también debió escucharlo llegar, pues enseguida se puso en pie y se quedaron así un instante, reconociéndose el uno al otro.
Él sonrió. Rodrigo desmontó y se acercó con la brida en la mano.
—Has venido —le dijo, como si fuese la opción menos probable—. La paz sea contigo.
Se había afeitado la barba y se parecía más al Tareq de su juventud, aunque aún llevaba ese cabello largo ensortijado en trenzas. Le acarició la cicatriz de la mejilla, ahora podía ver la forma de la espada con la que debió quemarse.
—¿Y la barba?
—No quería asustarte.
—Tú no me asustas.
Tareq se acercó un poco y hubo un momento torpe en el que no sabían bien cómo debían saludarse.
Finalmente se dieron un beso en los labios, un beso suave que sabía a bienvenida.
Y se dio cuenta de que estaba nervioso. Luego al separarse se miraron y sonrieron con timidez, como si no se hubiesen besado un millón de veces antes.
—¿Hambre?
Tareq venía preparado, y era una suerte, pues, efectivamente, Rodrigo estaba cansado y hambriento.
Se sentaron junto al arroyo a comer pan con carne seca, queso, higos y naranjas.
También había traído un tapiz muy colorido sobre el que se tumbaron a almorzar y charlar, como solían hacer cuando eran unos críos a orillas del Guadalquivir; parecían haber vivido mil vidas desde entonces.
Esta vez era Rodrigo quien respondía a las preguntas de su viejo amigo, quería saber qué había sido de su vida esos años, pero sobre todo quería que le hablara de Tristán.
—Se está convirtiendo en un gran hombre, aunque…
, no lo sé…, a veces pienso que todo le ha resultado demasiado fácil en la vida.
Es listo, y se le da bien la espada, y los torneos, cualquier juego que aprende lo domina sin dificultad…
Es apuesto y tiene carisma con las muchachas, las he visto, cómo suspiran por él…
El caso es que puede resultar un poco presumido.
—Eso no es malo.
—Lo sé…, debería estar orgulloso, y lo estoy, es solo que a veces temo que acabe pareciéndose a Jacobo.
Tareq estuvo de acuerdo, y juntos recordaron las dificultades a las que ellos habían tenido que enfrentarse a la edad de su hijo.
¿Era eso lo que los diferenciaba? Rodrigo fue un niño al que resultaba fácil menospreciar.
Recordaba su infancia con dolor… Siempre con miedo y vergüenza.
Se preguntaba si habían sido esas mismas dificultades las que lo habían llevado a ser más compasivo.
La mayoría de los nobles eran crueles y egoístas.
Se sentían con derecho a despreciar a los que estaban por debajo, incluso a sus esposas.
Hablaban el lenguaje de la violencia y el odio.
En ocasiones veía esos mismos rasgos en Tristán y se preguntaba de qué forma podía evitar que acabara siendo como su primo o su difunto padre.
También le habló de eso, de lo que su madre había revelado en su lecho de muerte acerca de su padre.
Aún le quitaba el sueño pensar en ello, no haber sabido que en otra habitación del castillo alguien estaba siendo torturado de forma lenta y terrible mientras ellos seguían con sus vidas ajenos al drama.
—Supongo que habrás matado a gente en estos años… —quiso saber, era una de las dudas que lo carcomían desde hacía un año: cuánto de verdad había en las acusaciones contra el pirata.
—Solo cuando no ha quedado alternativa… Me dedico al contrabando, no soy un asesino… Las historias que se cuentan no son muy fieles a la verdad, ni siquiera con respecto al auténtico Tybalt, el Turco, por lo que sé. Pero que te teman puede resultar muy útil.
—Así que ¿no os coméis a los niños cristianos? —bromeó.
—Solo si son rubitos y pecosos… —respondió él robándole un beso.
La tarde caía con vientos frescos y Rodrigo deseaba que el tiempo no pasara. Pronto sería demasiado tarde para volver y comenzaba a preguntarse si Tareq tenía algún plan.