Londres. Capítulo 38
William murió el día de su cumpleaños. Se lo llevaron las fiebres causadas por el estado de embriaguez que se había vuelto habitual en él en los últimos años.
La peste, el incendio de The Globe, su corazón roto y la muerte prematura de su hijo, Hamnet, habían ido haciendo mella en el dramaturgo, agriando su carácter enérgico y convirtiéndolo en un hombre taciturno justamente en los años de su mayor gloria literaria.
Juliette lo supo por un comunicado escrito que se clavó en las puertas de todos los teatros de Londres.
Habría sido difícil evitar la noticia, pues el rumor se extendió por la ciudad rápidamente.
Ella se quedó de pie mirando la nota, sintiendo que le faltaba el aire y un vacío, como un agujero profundo, que se abría en el estómago…
Pensó que se hundiría allí mismo, pero entonces encontró algo a lo que agarrarse.
Debía ir al entierro. Era un viaje largo y caro, pero de golpe la empresa de llegar hasta Stratford se convirtió en su vía de escape, una forma de no perderlo aún.
Vendió la última de las joyas que le había regalado Edward, empaquetó dos vestidos y gastó todo lo que le quedaba en un billete para viajar en carro.
No sabía si llegaría a tiempo, pero debía ir, necesitaba verlo una última vez, despedirse, decirle unas últimas palabras.
La familia de comerciantes que viajaban en el carro a su lado la observaron con desconfianza sin dirigirle la palabra en los dos días de viaje.
No le importó, intentaba pensar en sus últimas palabras, imaginándose en una escena dramática junto a su tumba, como una viuda desconsolada, diciendo algo elocuente y hermoso que él pudiera escuchar desde la muerte.
Llegó un día antes del entierro y se alojó en una pensión.
Mientras se vestía por la mañana para ir al sepelio recordó la última vez que se habían visto.
Fue en el mercado, curiosamente el mismo lugar en el que se habían conocido.
Se reconocieron desde lados opuestos; hacía dos años que no se veían y lo vio distinto, mayor.
Se quedaron quietos un rato mirándose el uno al otro en la distancia mientras el trajín de carros y comerciantes continuaba a su alrededor.
Pensó entonces que no amaba a Edward de la forma en la que había amado a William, de esa forma pura y desgarradora a la vez.
Él era sin duda el amor de su vida. Si tan solo Will hubiera aceptado el cambio inevitable, esa transformación que el mismo William había provocado, tal vez sin pretenderlo…
Si él hubiera amado a Juliette, lo habría amado el resto de sus días con la misma pasión, con la misma ingenuidad que aquel chiquillo que se presentó a esa audición para convertirse en actor sin apenas saber leer.
Se puso el vestido blanco de Julieta. Llevaba años sin ponérselo, la tela había empezado a amarillear y tuvo que disimular el rastro de las polillas con una capa negra sobre los hombros, pero pensó que era el vestido más adecuado, y con él se presentó al funeral en la iglesia anglicana de la Santísima Trinidad.
Entró en la iglesia. La gente aún estaba de pie en los pasillos, buscando asientos.
En cuanto Ben la vio desde las primeras filas, se dirigió hacia ella con celeridad, la agarró del brazo con fuerza y la arrastró fuera de la iglesia.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le gritó en cuanto estuvieron fuera mientras seguía alejándola del gentío.
—¡Para! ¡Me haces daño!
—¿Cómo se te ocurre presentarte aquí? ¿Es que has perdido el juicio?
Al fin la soltó, en un lugar apartado detrás de la iglesia. Ben nunca la había tratado de esa forma, él siempre era amable y dulce, y Juliette no sabía cómo reaccionar mientras lo veía dar vueltas con las manos en la cabeza.
—¿Y de qué demonios te has disfrazado, Billy? ¿Es que no te das cuenta? ¡Estás haciendo el ridículo!
Había intentado no llorar para no estropear el maquillaje, pero al ver su enfado y no comprender por qué estaba siendo tan cruel, no pudo contenerse más. Ben dejó escapar un suspiro largo, aún revolviéndose inquieto a su lado.
—Mira, sé que estás triste, todos lo estamos, pero debes volver a Londres.
—Es que… no tengo dinero…
—¡Maldita sea! —volvió a gritar, restregándose el rostro en un gesto de exasperación—. ¿Y qué pensabas hacer aquí?
—No lo sé, yo solo… tenía que despedirme de él… —Y para entonces sus ojos se habían convertido en dos ríos de lágrimas que estarían dejando un rastro ennegrecido por sus mejillas.
—Escúchame bien, Billy —comenzó a decir mientras sacaba de su bolsa unos chelines—.
Vas a tener que empezar a pensar en tu futuro, ¿me entiendes?
Will ha muerto y tu querido Edward ya no se ocupa de ti…
, y algún día tampoco estaré yo para sacarte de un apuro.
Tienes que olvidarte de fantasías y encontrar una forma de ganarte la vida. ¿Me oyes?
Juliette tomó el dinero y bajó la mirada, avergonzada.
—No irás a volver vestido así a Londres, ¿verdad?
—No tengo otra cosa.
—¡Por Dios, Billy, ya no eres un chiquillo…! ¡Vas a conseguir que te maten!
Ella levantó la barbilla, se irguió controlando las lágrimas y le habló apretando los dientes con fuerza.
—¡Mi nombre es Juliette y no estoy disfrazada! —Y lo dijo con tal gravedad que Ben supo que hablaba en serio—. Gracias por el dinero. Te lo devolveré.
Y cargando su dignidad como una penitencia autoinfligida se dio la vuelta y se alejó de la iglesia con paso lento y la cabeza alta.
De vuelta en Londres, Juliette se encerró en su casa con su duelo.
Siempre había imaginado que él moriría antes por la diferencia de edad, lo que no se había esperado fue la desolación que sintió al saber que él ya no estaba en el mundo.
Que ya no volvería a escribir otra obra, otro verso, y que aquello que quedaba por escribir moría también con él.
Se sintió más huérfana que nunca, y sabía que no tenía derecho a reclamar el amor del hombre al que había rechazado, pero, de alguna forma, saber que él la amaba era la única certeza, la única constante que la reconfortaba de forma casi insospechada.
Juliette lloró su muerte durante semanas, su pesar era inconsolable. Y fue solo entonces, en la pérdida, en la soledad tan absoluta en la que se sintió caer, cuando comprendió lo mucho que lo había amado durante toda su vida.