Argel. Capítulo 37
Tareq miraba por la ventana de la estancia que arrendaba en la ciudadela mientras fumaba una pipa de hashish .
La Kasbah era la parte de la ciudad más bulliciosa de Argelia, con sus callejuelas estrechas, saturada de edificaciones que miraban al Mediterráneo.
Las casas de ladrillo anaranjado, unas pegadas a otras, se mezclaban con las jaimas de los mercados, las carretas de madera y los puestos callejeros, envueltos por la muralla de arcos que los protegía.
Entre las calles los comerciantes deambulaban con sus túnicas y sus sacos a la espalda, los camellos con su balanceo y sus gruñidos, y de vez en cuando algún grupo de mujeres tapadas por completo con sus velos de seda de colores furiosos.
Tenía en el regazo una copia de la tan esperada segunda parte del Quijote . La había leído ya tres veces, y en ocasiones tenía la impresión de que su viejo amigo le escribía desde el otro lado del estrecho, pues estaba llena de señales encubiertas acerca del destino de los moriscos expulsados.
Fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar.
Doquiera que estamos lloramos por España; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería, y en todas las partes de África donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan…
En su cama Bastián aún dormía, desde el poyete de la ventana en la que se sentaba podía ver su espalda pálida y su melena rubia.
El joven galo que había bailado para él en el palacio de Hassan Bajá seguía siendo uno de los garçons del jefe de los corsarios, aunque no le importaba prestárselo cuando estaba en la ciudad.
Bastián era un cristiano renegado y un garçon muy cotizado por su aspecto angelical, sus bailes y su absoluta dedicación a los placeres sexuales.
Y se había enamorado de Tareq. El pirata español se había sentido afortunado por poder disfrutar de las atenciones del galo; sin embargo, desde hacía un tiempo solo podía pensar en Rodrigo.
Le encantaba la libertad de la que disfrutaba en Argel, pero echaba de menos su tierra.
Las canciones de las muchachas lavando la ropa en el río, los chistes malos de los campesinos, los mozos de cuadra bebiendo vino de una bota bajo el sol, el ladrido de los perros en las cacerías, las campanas de la iglesia marcando las horas, el jolgorio de las fiestas populares, los bailes en las calles, el bosque de alcornocales y el camino de olivares hacia la alquería de Granada. Su tierra.
No hemos conocido el bien hasta que lo hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se vuelven a ella y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor a la patria.
Había odiado a los cristianos toda su vida.
Fueron ellos quienes expropiaron y mataron a su familia, dejándolo huérfano y esclavo.
Durante años los cristianos profanaron sus santuarios, convirtieron sus mezquitas en iglesias, colocaron campanarios en los minaretes.
Cambiaron los nombres de sus calles por los de santos y vírgenes.
Les prohibieron hablar su lengua, les obligaron a renombrar a sus propios hijos con nombres cristianos.
Se valieron de papel y tinta para borrar la huella de su gente.
Fueron los cristianos quienes los convirtieron en moriscos, en conversos a la fuerza, y aun así siguieron matándolos.
Creyó que encontraría un hogar en tierras musulmanas, pero le sorprendió descubrir que era más cristiano de lo que le hubiera gustado admitir, y a menudo le horrorizaba la crueldad de los castigos del islam.
Argel era una ciudad despiadada, era la república de los piratas, donde solo regía la ley del más fuerte.
Muchachos como Bastián necesitaban la protección de los corsarios para sobrevivir, si no, era fácil que acabaran apuñalados en cualquier esquina o algo peor.
Los políticos y los religiosos eran igual de corruptos en todas partes, y aunque había tenido ocasión de hablar con filósofos, médicos y astrónomos, y, sin duda, en ese aspecto los musulmanes aventajaban a los cristianos, había conocido la hipocresía y la mentira en igual medida.
Si no era musulmán ni tampoco cristiano, si Argel no era su tierra ni tampoco lo era España, entonces… ¿quién era él? Y era en los momentos de duda cuando más añoraba a Rodrigo.
Se daba cuenta de que durante todos sus años de exilio siempre dio por sentado que en algún momento regresaría.
Y que ellos volverían a estar juntos. Era un viaje que debía hacer, por los dos, descubrir aquellos lugares de los que habían hablado, tener una historia que contarle.
Fuese a donde fuese, siempre pensaba en lo que le contaría a Rodrigo cuando la penitencia de estar separados acabara.
No era algo que hubiera razonado, tan solo lo sentía así porque la idea de no regresar a su lado le parecía inconcebible.
Por eso no temía ir lejos, no temía la violencia a la que se había enfrentado, o lo desconocido, toda experiencia cobraba sentido porque tenía un fin, poder contárselo algún día.
Lo había creído así hasta que el esperado reencuentro se materializó. Y no fue un encuentro casual, fue un plan elaborado que había salido a la perfección, excepto por cómo se sentía Tareq desde entonces.
Nada tenía sentido si él no era el fin. No dudaba que seguía amándolo, nunca había dudado que sería así, pero no se había esperado su recelo.
«Debo volver», había dicho, ni siquiera se había planteado la opción de escapar con Tareq a Argel.
Había deseado tanto contárselo, y los había imaginado fugándose juntos, y entonces esa ciudad que le gustaba a pedazos podría haber sido su hogar…
solo si él estaba allí. A decir verdad, no imaginaba a Rodrigo viviendo en una ciudad como esa.
Había sido un error proponérselo… Lo había abrumado, se decía, es posible incluso que lo hubiera asustado.
Volverían a encontrarse, tendría otra oportunidad a menos que Rodrigo no se presentara.
Y cómo se arrepentía entonces de haber sugerido que aguardaran un año entero, porque las dudas se lo estaban comiendo por dentro y necesitaba saber…
Apenas habían pasado unos meses desde el encuentro y ya no soportaba más la incertidumbre.
— Habibi… , ¿por qué estás tan lejos? —Bastián se había despertado y lo observaba en la penumbra de la habitación, entre las sábanas blancas de lino.
—Estoy aquí mismo.
—Vuelve a la cama. Tengo frío.
—¿Cómo puedes tener frío con esta temperatura?
Tareq cerró el libro y apagó la pipa, los dejó junto a la ventana y se acercó despacio, se sentó a su lado y le besó la curva de la espalda.
Le encantaba esa parte de su cuerpo; bueno, no había un solo rincón que no le gustara, pues tenía un cuerpo precioso que según desde dónde lo miraras podía ser masculino o femenino.
Bastián se giró hacia él y se enroscó a su cuello para besarlo y buscar el roce de su cuerpo desnudo con el suyo. Era insaciable.
—Ahora no, Bastián. Estoy cansado.
El galo hizo un mohín de disgusto. Tareq se tumbó a su lado y dejó que se acurrucara sobre su pecho.
Bastián era un chico dulce, y era puro amor, pero se comportaba como un chiquillo.
Tareq había intentado enseñarle a leer y a escribir, pero sencillamente no le interesaba.
No quería saber nada de las intrigas políticas, de los debates religiosos, de las guerras o luchas de poder, ni de las complejidades del mundo y sus misterios.
Era un muchacho simple, sin complicaciones ni malicia…
Cuando estaba con Bastián era cuando más echaba en falta a Rodrigo.
Añoraba las charlas sobre ciencia y los descubrimientos de la naturaleza, sus lecturas compartidas, las discusiones sobre religión o política; echaba de menos que le pidiera consejo sobre los problemas del ducado, los paseos a caballo juntos para recorrer los campos y los pueblos, sus escapadas al río para estar a solas, las noches en las que hablaban hasta el amanecer.
Tareq había crecido perseguido por la injusticia en un mundo cruel, y Argel también era un lugar violento y salvaje.
Había visto cómo dejaban morir a los presos de hambre al sol o cómo los desmembraban con caballos que tiraban de cada una de sus extremidades; las mujeres apenas se atrevían a salir a la calle, y la muerte parecía acechar en cada esquina.
El mundo era un lugar brutal en el que había tenido que aprender a ser temible para poder sobrevivir.
Rodrigo creía en un futuro mejor para la humanidad.
Creía que el conocimiento traería prosperidad, justicia y una convivencia en paz entre gentes diferentes.
Tareq se había contagiado de su optimismo y, por primera vez en su vida, creía que había un propósito, un bien que era necesario defender, no por temor a Dios, sino por la humanidad.
Era el hombre que era gracias a Rodrigo, él le había hecho mejor persona.
Y se preguntaba entonces si lo había decepcionado.
Y luego estaba el crío. Su hijo. No se había permitido pensar en él desde que huyó de Sanlúcar.
Podría haber muerto incluso, muchos niños no llegaban a vivir más que unos meses o unos pocos años.
Pero desde que lo había conocido no podía quitárselo de la cabeza.
Le había gustado su fuerza, su descaro, incluso su arrogancia enfrentándose al pirata.
Había sentido orgullo. Y ese era un sentimiento nuevo para él.
Ahora que tenía un rostro, un nombre y una personalidad, necesitaba saber más.
Bastián se había vuelto a quedar dormido.
Nada parecía desvelarlo; en cambio, él… no conseguía dormir.
Tenía que preparar su vuelta a España, era complicado pues ahora era un enemigo muy buscado.
Aún quedaba tiempo para organizar el encuentro, pero lo que de verdad le preocupaba era que Rodrigo no se presentara.
¿Lo delataría? Era una posibilidad, pero si no iba a su encuentro, ¿de qué habría valido todo lo demás?