En algún lugar del océano. Capítulo 36 #4
Se vistieron y se prepararon para volver a su otra realidad, mirándose el uno al otro de vez en cuando.
Sus ropas de vuelta en su sitio volvían a convertirlos en enemigos.
Y no dejaba de resultar fascinante que pudieran llegar a olvidar todo aquello que los separaba.
Pensó que si ellos eran capaces de dejar atrás las diferencias, tal vez, algún día, el mundo pudiera hacerlo también.
—Sabes que tendré que incautar algunos bienes…, tengo un prestigio y una tripulación que alimentar.
—Siento informarte de que descargamos en el puerto de Amberes, no llevamos mercancía.
—En ese caso podéis compartir los beneficios.
No me mires así, sé que os va bien, el puerto prospera…
—Y Rodrigo no pudo negarlo, era cierto que su propósito de convertir el de Cádiz en el puerto principal de España se había cumplido, aunque Tareq no parecía saber el alto precio que pagaron por ello.
—¿Me has estado vigilando?
—Un pirata debe estar informado…
Cuando estaban a punto de salir del camarote, Tareq lo retuvo un momento más, consciente de que en cuanto cruzaran el umbral se habría acabado, y lo besó.
—Escucha —le dijo entonces—, dentro de un año, este mismo día, marcha a Algeciras, busca la curtiduría Cabanillas, en la bahía del Gallo, y pregunta por María. Os estaré esperando.
—Podrían apresaros.
—Eso déjamelo a mí, tú solo… promete que vendrás.
—Allí estaré, tienes mi palabra.
Al otro lado de la puerta la tensión seguía sumiendo a los suyos en un pesar profundo.
Se sintió mal por haberlos abandonado de esa forma mientras él retozaba con su antiguo amante.
El capitán Roget lo miró con preocupación, tal vez imaginando que había sufrido algún tipo de tortura.
Rodrigo le sonrió indicándole con un gesto que no debía preocuparse.
Saltaron de vuelta al Santa Cristina, donde los piratas aún mantenían a su tripulación como rehenes, apiñados en la cubierta principal, sentados unos junto a otros.
Los marineros estaban en silencio, con gesto cansado, cabizbajos con el sol poniéndose a su espalda.
Al fondo, junto al castillo de proa, vio a su hijo sentado junto al contramaestre, uno de los hombres de Tareq los apuntaba con su arma.
Le sonrió también para infundirle ánimo.
—El duque de Niebla y yo hemos alcanzado un acuerdo —empezó por anunciar Tareq, el Turco. Luego se dirigió a Rodrigo en un tono más privado—. Digamos un cuarenta por cien.
—Treinta.
Tareq rio.
—¿Osáis regatear conmigo? Sea, pero necesito provisiones y algunos de esos barriles de ese vino tan famoso de Gójar.
—¿No sois musulmanes?
—Yo no bebo, pero tengo una tripulación de pecadores. A cambio —volvió a dirigirse en voz alta a la tripulación—, os escoltaremos hasta aguas españolas, para asegurar que ningún otro bucanero os saquee.
Mientras los piratas comenzaban a cargar la mercancía en su barco, Rodrigo se acercó a su hijo y le dio un abrazo; el chico tenía los ojos enrojecidos y volvió a sentirse un miserable.
—Así que este es el marqués. —Tareq los había seguido y observaba tras él con la mano sobre el mango de su espada. Sus hombres aún amenazaban con sus arcabuces y ellos seguían desarmados, pero la tensión parecía haberse disipado ligeramente.
—¡Pagaréis por lo que habéis hecho!
La violencia del crío le hizo gracia, quizás con algo de orgullo paterno.
—Oh, vamos, joven marqués, solo son negocios.
—¡Perro musulmán!
Tareq miró a Rodrigo con un gesto interrogante y divertido.
—¡Tristán! —El duque le llamó la atención—. ¡Basta!
Tareq caminó hacia el chico despacio, este dio un paso atrás, pero consiguió mantener el tipo, hasta que sus rostros estaban apenas a un palmo de distancia.
—¿Desafiaríais a un pirata? —le dijo. Era difícil ver el parecido si no habías conocido a Tareq de joven, cuando su rostro no estaba invadido por la parafernalia berberisca.
—¡No os tengo miedo!
Y él no lo podía saber, pero su respuesta satisfacía al padre, que no al pirata.
—No confundáis la sensatez con cobardía, muchacho. Sería una pena perderos por tan poco.
Entonces se alejó. Y al girarse hacia Rodrigo le hizo un gesto de reproche —«¿Perro musulmán?»— recordándole la promesa hecha la noche que se despidieron.
—Hago lo que puedo…
El Turco recuperó su posición dominante en el alcázar de su barco, y su segundo volvió a ejercer de portavoz, con ese aire teatral que ya había usado antes, mientras hacía equilibrios sobre la borda, sujetándose de los cabos.
—Señores, ha sido un placer hacer negocios con vosotros. No olvidéis comentar a todos vuestros allegados que Tybalt, el Turco, os sorprendió en su camino…
Mientras el marino relataba sus andanzas como si se tratara de una obra teatral, Rodrigo observaba a su capitán de pie en el alcázar.
Se había convertido en una figura imponente, nadie, salvo él, sabía que detrás del temible pirata había un corazón noble.
El galeón viró a sotavento, aprovechando el viento para alcanzar gran velocidad; el buque berberisco fue quedando atrás, y mientras lo veía alejarse recordó su propuesta: «Venid a Argel, vivamos como siempre hemos querido».
Si fuera tan sencillo… Debía continuar su vida sin él, pero esta vez era diferente, en el aire quedaba una promesa. Un año más y volverían a verse.