El mar que nos arrastra En algún lugar del océano. Capítulo 36 #3
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En algún lugar del océano. Capítulo 36 #3

Le agarró la cabeza, su pelo era espeso y su boca era suave, y ya no pudo aguantar más, y se contrajo de placer en espasmos líquidos de fruición.

Entonces él, su pirata, tomó de su boca parte del semen y lo usó para untar su orificio, introduciendo dos dedos despacio; y al sentirlo dentro, Rodrigo no pudo evitar empezar a jadear nuevamente.

Seguía agarrándose como podía para contener las ganas de ponerse a gritar, por miedo a que alguien pudiese estar escuchando, pues era imposible ignorar que estaban en un barco que se balanceaba en medio del amplio mar, y que a unos metros tras la puerta había medio centenar de marineros armados que podían empezar a matarse unos a otros a la menor provocación.

¿Qué estaban haciendo? Aquello era una locura, y, aun así, ninguna fuerza del universo habría sido capaz de detenerlos.

Cuando volvió a intentarlo, la penetración fue mucho más suave, y quiso que le hiciera daño para que, al marcharse, quedara algo de él que pudiera llevarse.

Le gustó poder concentrarse en los gestos de placer de Tareq, en sus gruñidos, en su ceño fruncido, en la tensión en su boca y en su cuello, gestos que un tiempo atrás habían sido tan familiares.

Y mientras lo embestía —su cuerpo fornido encajado entre sus piernas dobladas— y el sudor de sus cuerpos se mezclaba, volvían a besarse, su lengua invadiendo su boca; y eso era nuevo, la forma en la que parecía devorarlo y absorber todo de él.

Las sacudidas del clímax sobrevinieron y Rodrigo lo abrazó con todo su cuerpo, deseando no perderlo jamás.

No pudo evitar que la emoción y la confusión de todo aquello lo embargaran, y por unos instantes se dejó vencer por un llanto contenido. Tareq lo observó con gesto preocupado.

—Perdona —dijo—. No os esperabais todo esto…

—No hay nada que perdonar, yo solo…, lo siento… —Rodrigo consiguió sobreponerse y le hizo una caricia en ese rostro curtido y lleno de cicatrices en el que intentaba reconocer al muchacho del que se había enamorado tiempo atrás.

—Tengo que mostrarte algo —anunció de pronto. Se levantó y se dirigió a un escritorio con varios cajones.

Rodrigo se fijó en aquel camarote, el aire era denso y la luz anaranjada entraba por unas ventanillas altas, cada milímetro del espacio parecía tener un fin o un recuerdo de alguna parte del mundo: libros amontonados, herramientas de medición, relojes y brújulas, un telescopio, conchas y estrellas de mar de diferentes tamaños y colores, botellas con líquidos extraños, vasijas árabes, armas africanas, un extraño instrumento de cuerda e incluso un cráneo humano.

También pluma y tinta, y varios pergaminos enrollados de entre los que sacó uno, que abrió sobre la cama.

Era su mapa. Aquel viejo mapa que Rodrigo compró en una feria, sobre el que habían escrito durante años las esperanzas de los dos. Estaba lleno de anotaciones nuevas.

—¿Lo recuerdas? —preguntó antes de empezar a detallar todos los lugares que había visitado, las islas del Caribe, África, las Indias; todos aquellos lugares exóticos de los que habían leído juntos, él los había visto—.

Intentamos llegar a esta parte —siguió explicando, señalando uno de los espacios en blanco del mapa más al norte de Inglaterra, uno de esos vacíos misteriosos que quedaban por descubrir—, pero tuvimos que dar media vuelta, os lo juro, aquello es el fin del mundo.

Encontramos islas de hielo sobre el mar, estuvimos a punto de morir de frío, el agua de los cubos se congelaba, incluso las velas del barco empezaron a congelarse.

Sea lo que sea que hay ahí, es imposible llegar.

Luego Tareq, el Turco, tenía un millón de cosas que contarle.

Apretujados en el camastro le habló de Hassan Bajá, y de Argel, y del harem de hombres, y de la hermana perdida que había encontrado, y de cómo había acabado trabajando para la guardia marina del sultán con los cristianos renegados, y de cuando conoció al pirata, al gran Turco, que necesitaba a alguien que supiera leer mapas y escribir, y de cómo acabaron haciéndose buenos amigos.

Cuando el pirata quiso retirarse, le vendió su barco, que llamaban La Sultana, y una leyenda de la que sacaba buen provecho.

—El medallón que me disteis, ¿lo recordáis?… Siento decir que ya no lo tengo…

—No esperaba recuperarlo, la verdad.

Parecía haber vivido mil vidas. También vio en su cuerpo nuevas cicatrices, un corte en el brazo y una herida en el abdomen, y tatuajes de una luna junto a una estrella, y otro con la silueta de la bahía de Cádiz dibujada.

Se sintió abrumado a la vez que intimidado por ese cúmulo de información de quince años de vida intensa.

—Tengo algo para ti. Esto te va a gustar…

—Y nuevamente buscó entre sus libros y cajones.

Tenía la ilusión de un niño que lleva tiempo esperando sus regalos, y se preguntó cómo era posible que llevaran tantos años pensando el uno en el otro, sin saberlo—.

Es un poeta persa, uno de los grandes poetas árabes. Lo traduje para ti.

Se sentó a su lado con el pergamino escrito y empezó a leer en voz alta:

— Cuando vi a aquel hermoso joven,

él reía con ganas.

Estábamos los dos solos,

en fin, solos con Dios.

Y sin embargo

él puso su mano en la mía

y me habló largo rato;

después me dijo: «¿Me amas?».

«Sí, más allá del amor».

«Y por tanto —dijo—, ¿me deseas?».

«Todo en ti es deseable».

«Teme entonces a Dios y olvídame».

«Si mi corazón quisiera obedecerme…».

—¿Y eso está publicado?

Tareq asintió.

—Y hay más.

Y siguió leyéndole poemas escritos en el siglo VIII que desafiaban las leyes divinas y terrenales, que hablaban de placer y del vino, y una vida dedicada al amor y la sexualidad entre hombres, sin tapujos y sin miedo alguno.

—Entre mi tripulación —siguió contándole— hay algunos cristianos renegados que conocí en Argel.

—Rodrigo recordó esa conversación con Cervantes años atrás…

—. Entre piratas es bastante común emparejarse, hasta los que tienen mujeres en tierra, cuando están en el mar, practican otras aficiones…

—Entonces se sentó y le tomó las dos manos.

—Escucha, conozco piratas que pasan toda la vida juntos, incluso tienen acuerdos escritos, parecidos a matrimonios, para que uno herede los bienes del otro en caso de que fallezca…

Quería que lo supieras, hay un mundo ahí fuera que no nos condena.

Si vinieras conmigo a Argel, podríamos vivir juntos, como siempre hemos querido.

No digo ahora mismo…, sé que tienes obligaciones.

Solo…, tal vez algún día, no muy lejano…

—¿Quieres que renuncie a mi fe?

—¿No renuncié yo a la mía? —Cerró los ojos en cuanto lo dijo, como si se lo pensara mejor—. Me da igual tu fe…, rezamos al mismo Dios, es lo único que importa… Y nos amamos, ¿no es así?

—En realidad, creo que renuncié hace mucho a mi fe. Solo que no puedo decirlo en voz alta.

—¿No estás cansado de eso? De tener que fingir siempre, de ocultar lo que eres…, lo que sientes y lo que piensas…

—Sí…, y entonces es cuando te echo más en falta.

—No tiene por qué ser así.

Rodrigo sonrió, aquella idea le gustó: vivir juntos, sin esconderse, como una pareja de verdad… Si fuera tan sencillo. Volvieron a besarse y por un instante deseó que pudiera ser así siempre. Pero no.

—Debería volver al barco…

Tareq se separó y lo miró a los ojos.

—Aún no ha acabado el día.

—Lo sé, pero ahí fuera creen que estoy en peligro, y… Tristán estará asustado.

—¿Tristán?

—Tu hijo. Está en el galeón.

Tareq se quedó mudo, nervioso o asustado, era difícil saberlo, pero estaba claro que aquello no lo había previsto.

—Tristán… —repitió para sí—. ¿Qué edad tiene ahora?

—Pronto cumplirá los quince. Se parece mucho a ti, sobre todo en su falta de prudencia… —Los dos sonrieron con el comentario—. ¿Te gustaría conocerlo?

Y una vez más la duda asomó a sus ojos. Quizás era pedirle demasiado que conociera al hijo que no podía reclamar como propio, pero finalmente aceptó.