En algún lugar del océano. Capítulo 36 #2
Se miraron en tensión unos a otros hasta que Roget ordenó a sus hombres que depusieran las armas.
En la cubierta del barco pirata surgió una figura alta, de pelo largo y barba oscura, y supieron al instante quién era: Tybalt, el Turco.
A su lado otro de sus hombres repetía a voces las órdenes del jefe de los piratas.
—Mi capitán os garantiza que nadie saldrá herido —dijo el secuaz—. Somos hombres de negocios y venimos solo a hacer negocios. Si todo el mundo permanece en calma, veréis que muy pronto podréis seguir vuestro viaje a costas españolas sin ningún impedimento.
Rodrigo no se fiaba de sus buenas intenciones, tuvo claro que su hijo podría ser un buen botín.
—Bajad a la bodega —le susurró—. Despacio, que no os vean. Escondeos ahí y no salgáis…
Tristán parecía menos gallito en ese momento, también él conocía las historias de los cristianos esclavizados y las condiciones en las que permanecían, en cuevas bajo tierra, semidesnudos y encadenados durante años, aguardando un rescate. El chico obedeció y empezó a retroceder lentamente.
—Nos llevaremos al capitán para hablar, y al duque de Niebla.
Tristán se detuvo y miró a su padre, este le hizo una seña para que continuara y se alejó de su hijo para no delatarlo. Que supieran quién se encontraba a bordo del galeón dejaba claro que no había sido un ataque fortuito, sino un plan bien trazado.
—¿Cuál de vosotros es el duque de Niebla? —preguntó el portavoz mientras el pirata que tenía atrapado al capitán Roget comenzaba a llevárselo a la fuerza al otro barco—. No debéis temer nada, nuestro capitán es un hombre de palabra…
A Rodrigo le temblaban las piernas, estaba aterrado, pero su hijo seguía allí en cubierta, y no era solo que lo estuviese mirando y que pudiese juzgarlo, sino que sabía que debía mantenerlo lejos del peligro, así que, a pesar del miedo, dio un paso al frente.
—Yo soy el duque.
—Excelencia —siguió el pirata no exento de sorna—, sea usted bienvenido a nuestro humilde barco.
Dos piratas lo escoltaron, pero no hizo falta que lo forzaran, Rodrigo no se resistió y se dirigió hacia el barco pirata.
Mientras saltaba por la borda a la segunda nave, miró a su alrededor; estaban rodeados de un mar infinito, solos completamente.
Nadie vendría a su rescate, ese era el peligro del mar, allí no había reinos, ni ejércitos o refuerzos, contabas solo con tus propios recursos y algo de suerte, que esta vez los había abandonado.
—Vamos todos a sentarnos y a tranquilizarnos —siguió diciendo el portavoz en un castellano impecable mientras los piratas terminaban de incautar las armas.
Estaban completamente a su merced. Rodrigo solo esperaba tener la capacidad para convencer al pirata de que los dejara marchar. Si lo que buscaban era solo algún botín, tal vez aún había posibilidades de que salieran de esta.
A bordo del navío del Turco, los marineros lo jalearon y azuzaron en dirección al castillo principal.
Se fijó en que el Turco había dejado la cubierta, y el segundo de a bordo le indicó con sus ademanes burlescos que lo siguiera.
Lo empujaron dentro de un camarote amplio y oscuro, y cerraron la puerta.
Tybalt, el Turco, se giró en su dirección sonriendo.
—Parece que han cambiado las tornas, ahora podría ser yo quien os tomara como esclavo.
Rodrigo se quedó inmóvil, por un momento pensó que lo estaba imaginando. No podía ser…, era…
—¿Tareq?
El morisco desplegó una enorme sonrisa que lucía un diente de oro y a Rodrigo se le cortó la respiración de cuajo.
De no haber sido por su voz no lo habría reconocido.
Llevaba el pelo largo, en una sucesión de trenzas, cubierto en parte por un pañuelo rojo; la barba negra le llegaba hasta el pecho, aunque no conseguía cubrir del todo una marca rojiza en su rostro que casi le alcanzaba el ojo izquierdo, donde antes solía tener la marca de esclavo.
Llevaba aros en las dos orejas y vestía al modo de los berberiscos con camisa blanca, bombachos negros y una faja de tela roja alrededor de la cintura.
El impacto del descubrimiento lo sacudió de tal forma que le pareció que aquello era irreal.
Tenía delante al hombre que llevaba amando sin tregua desde hacía más de treinta años, era desconcertante la forma en la que le resultaba familiar y desconocido a la vez.
—¿Sois un pirata?
—Eso depende del punto de vista… En época de guerra saquear al enemigo se considera un acto heroico.
¿Lo había llamado enemigo? Era un pirata, y era posible que hubiese urdido algún tipo de venganza, así que, aún sin conseguir sacudirse la confusión, intentó cumplir con su deber.
—Escuchad…, puede que creáis que vos y yo tenemos deudas pendientes, pero esos hombres no tienen culpa de nada… Si buscáis venganza…
—¿Venganza? —lo interrumpió—. ¿Por qué motivo…? —Tareq se acercó hasta él y su presencia fue entonces como un golpe en el pecho—. Siento el espectáculo, pero debo mantener una reputación. —Al verlo sonreír, Rodrigo se permitió calmarse, era Tareq, el de siempre—. Ha pasado mucho tiempo…
—¿Tybalt, el Turco? ¿Cómo puede ser? ¿No deberías tener cien años al menos?…
—Más bien es su barco. Es una larga historia…
Entonces Rodrigo soltó una carcajada, aquello era del todo inesperado.
—¡Dios mío! He imaginado tantas veces que volvíamos a encontrarnos, pero jamás esperé veros convertido en pirata.
—¿Y cómo me imaginabas?
—No lo sé…, pensaba que te habrías casado, que tendrías hijos…, ¿no es así?
Tareq entonces se acercó un poco más y lo miró directo a los ojos.
—Yo ya estoy casado, ¿no lo recuerdas? —Y en ese momento las emociones lo sobrepasaron y los ojos de Rodrigo sucumbieron a las lágrimas—. Eh…, ¿qué pasa…?
—¡Oh, Dios…! Tenía tanto miedo… —consiguió decir, y se tapó el rostro para contenerse—. Temía que hubieras muerto, o que estuvieras sufriendo, pero… lo que más temía es que me odiaras, que con el tiempo… lo vieras todo de otra forma y me culparas…
—Ya lo dije una vez, tenías que dejarme libre para saberlo… —Aquello no podía estar pasando, parecía un sueño hecho realidad—. Y tú, ¿me has olvidado?
—¿Olvidarte? ¿Podría acaso olvidar que tengo manos…? Te llevaste mi corazón contigo, ¿cómo podría olvidarte…?
Antes de que acabara la frase, Tareq lo tomó con delicadeza entre sus manos y unió sus labios en un beso dulce y desesperado. Sus bocas se buscaron, pero no era deseo, o no solo eso, eran las ganas de tocarlo, de comprobar que era real, que estaba allí y que aún lo amaba.
Tareq parecía impaciente por quitarle la ropa; y Rodrigo, él también se moría por sentirlo, pero a la vez…
lo veía tan distinto, con ese aire peligroso, y había pasado tanto tiempo…
Tareq se quitó la camisa y se la quitó también a Rodrigo, junto con su jubón y su casaca…
De golpe, Rodrigo se sentía avergonzado de la persona en la que se había convertido, un noble acomodado que había engordado y empezaba a perder el pelo, un funcionario al servicio de la Corona, no había nada emocionante en su vida.
Pero también estaba la imagen de su hijo asustado y el resto de la tripulación, aguardando amenazados por los piratas.
—¿Qué pasa…? —Él se detuvo al notar sus dudas.
—Lo siento…, son demasiadas novedades de golpe, y mi gente en el barco…
—Concédeme solo un día, es todo lo que pido. Sé que debemos partir y que seguiremos caminos distintos. Mis hombres no harán daño a nadie…, solo déjame este día…
Rodrigo lo besó, la inquietud se lo comía, pero el deseo lo superaba.
—Dios mío, no sabes cuánto me has faltado… —le susurró a su boca.
Tareq lo guio hasta el camastro estrecho y duro del camarote.
Siguieron desnudándose, despacio, mientras Tareq iba besando cada parte de su cuerpo que quedaba al descubierto; sus labios lo despertaban de cada día, de cada minuto, de cada instante de su ausencia.
Había olvidado, lo había enterrado tan profundamente para anestesiar el dolor que volver a sentirlo era como si arrancara un trozo de piel por cada beso.
Quería llorar tanto como quería abrazar y tocar a Tareq, y se sintió torpe e inexperto, como si fuera otra vez el muchacho que descubría los placeres de la carne por primera vez.
Y cuando Tareq intentó penetrarlo, Rodrigo contuvo una mueca de dolor y se concentró en respirar con calma.
—¿Estás bien?
—Sí, es solo que… ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
—Podemos dejarlo, no importa.
—No, solo… dame un poco de tiempo.
Quedaron tumbados, los cuerpos desnudos entrelazados. A Rodrigo le gustó sentir el peso de su cuerpo, tan contundente y recio. Era el mismo de siempre, el rostro que había añorado tanto, y al mismo tiempo tan distinto.
—¿No ha habido otros? —Rodrigo negó con la cabeza algo abochornado y Tareq le sonrió como si él fuera el mundo entero—. Eres un romántico…
Luego lo volvió a besar con delicadeza, y fue besando su cuerpo, descendiendo por su torso desnudo hasta llegar a su miembro endurecido.
Le besó la punta y pasó su lengua por todo lo largo, y entonces se lo metió en la boca entero y Rodrigo creyó que moría de placer.
Se incorporó ligeramente para poder verlo, porque quería dejar registrado cada instante para no olvidarlo, agarrándose a las mantas tiesas de aquel camastro que le era completamente ajeno.
—Oh…, Dios… —blasfemó, sin poder contenerse.