El mar que nos arrastra En algún lugar del océano. Capítulo 36
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En algún lugar del océano. Capítulo 36

Rodrigo salió a la cubierta principal, nada más salir el viento salado del mar le golpeó el rostro.

Cerró los ojos y aspiró profundamente. Le gustaba el olor del mar al amanecer, ese primer contacto con la humedad del exterior.

Debían estar ya cerca de Portugal, el mar estaba en calma, la noche les había dado una tregua después de las tormentas que sufrieron al partir de Amberes.

Habían pasado un par de meses en los Países Bajos cerrando nuevos acuerdos comerciales y Rodrigo siempre quedaba fascinado por la libertad que se respiraba en sus ciudades, lugar de cruce de culturas diferentes.

Había conocido a gentes de todo el mundo y se admiraba con su mentalidad abierta, el progreso de sus instituciones y el gusto por el trabajo de sus gentes, aunque sabía bien que debía cuidarse de alabar en exceso a los protestantes.

Miró hacia el cielo, en dirección al palo mayor; las velas estaban hinchadas, si seguían navegando a esa velocidad, en dos o tres días llegarían al puerto de Sanlúcar.

De vuelta a casa. Cruzó la cubierta, que tenía una manga de once metros y medio, y unos treinta y ocho de eslora.

Al otro lado, asomado por la borda, estaba su hijo.

Era su primera travesía en barco y no acababa de acostumbrarse al movimiento del mar.

—¿Habéis conseguido dormir algo?

—No ha estado tan mal esta noche. —A sus catorce años, Tristán alcanzaba a su padre en estatura y se podía adivinar ya en él al hombre en el que iba a convertirse—. Esos peces de ahí, padre, ¿son tiburones?

—Delfines. La pesadilla de los pescadores.

—¿Y eso por qué?

—Rompen sus redes y se comen el pescado…, los llaman lobos del mar.

—Lástima, esperaba ver tiburones.

Su hijo escrutaba el océano con sus ojos ocres, ávidos de aventura, mientras las ondas de su pelo castaño volaban al viento; se estaba convirtiendo en un joven apuesto.

Había sacado la nariz ganchuda de su madre y los labios de su padre, el pelo y la piel más claros, con algún reflejo rubio en el que algunos creían adivinar el parecido con el duque.

Para Rodrigo, en cambio, era difícil no ver en él la huella de Tareq.

También en su fortaleza y su agilidad con la espada.

Era valiente y audaz hasta un punto que rozaba la insensatez.

—¡Barco a estribor! —gritó de pronto el vigía desde lo alto de la cofa, en el mástil mayor.

El capitán Roget subió a la cubierta, se acercó a la borda y sacó su catalejo. Rodrigo y su hijo se acercaron también a atisbar.

—¿Es de los nuestros? —le preguntó el duque.

—Aún está lejos…, pero lleva bandera roja…

—¿Piratas?

—Podría ser.

—¿Puedo verlos? —demandó Tristán, y el capitán le pasó el catalejo—. ¿Podrían ser ingleses?

—Con bandera roja… —explicó el capitán— seguramente se trate de piratas berberiscos.

—¿Nos habrán visto? —quiso saber el duque.

—Tal vez… Está algo nublado. Quizás podamos evitar el encuentro.

A Rodrigo le gustaba el capitán Roget, era un hombre meditabundo y metódico que, al igual que el duque, prefería evitar altercados. No era el caso de su hijo.

—¿Evitarlos? —protestó Tristán—. Nuestro barco es mucho mayor. ¡Démosles a esos perros musulmanes su merecido!

Tampoco había sabido Rodrigo librarlo del todo del veneno de su madre, que alimentaba en su hijo de forma incansable el desprecio a todos los que no pertenecieran a su clase, religión o reino.

Los movimientos en el mar eran lentos y dependían de fuerzas externas como el viento.

Durante las siguientes dos horas, intentaron en vano alejarse del intruso, pero los elementos jugaban en su contra.

Cuando estuvo claro que se trataba de piratas berberiscos y que los estaban acechando, el capitán puso en alerta a los artilleros.

Una docena de hombres se prepararon en la cubierta de artillería, dos hombres por cañón.

Con diligencia metódica abrieron las troneras, desataron los cebos y quedaron a la espera de las órdenes de su capitán.

El silencio reinaba mientras aguardaban los movimientos del otro barco, que ya se distinguía claramente a pocas millas.

La expulsión de los moriscos le había salido cara a Felipe III.

Muchos de los que llegaron a Argel acabaron muertos o esclavizados, pero otros se unieron a los piratas musulmanes, y su familiaridad con las costas de la Península resultó muy valiosa para los enemigos del rey.

Los piratas saqueaban los barcos españoles, asaltaban los pueblos costeros y sacaban rédito de su negocio más fructífero: el secuestro de cristianos que vendían como esclavos a los otomanos o por los que llegaban a pedir grandes sumas de rescate.

—¿Por qué no atacamos? —quiso saber el joven marqués con su habitual impaciencia.

—No queremos ser los primeros en atacar.

—Podemos lanzar un aviso —sugirió el capitán—. Que sepan que estamos preparados para defendernos, pero que no queremos problemas.

Y ordenó a uno de los artilleros disparar al agua, errando claramente el tiro.

Estaban aún demasiado lejos para darle, por lo que deberían entenderlo como un aviso.

Luego, una vez más, aguardaron. El barco pirata no respondió.

Se escuchaba el sonido de las olas chocando contra la cubierta, el viento empujando las velas, el crujir de la madera en su balanceo, incluso el sonido del tiempo pasando.

—Capitán —gritó uno de sus marineros encaramado al castillo de proa—, reconozco ese barco… ¡Es el Turco!

—¿Estáis seguro?

—Rojo, negro y azul, son sus colores, capitán.

El capitán volvió a mirar por el catalejo y las sospechas parecieron confirmarse.

Corrían todo tipo de leyendas sobre Tybalt, el Turco, como el más cruel y temido de los piratas berberiscos.

Rodrigo había crecido escuchando historias de los marineros sobre las masacres, los asaltos a barcos que desaparecían del mar y los miles de cristianos que había capturado o decapitado.

En ocasiones esas historias le parecían tan fantásticas como las novelas de caballería, pero la idea de que estuviera allí mismo, acechándolo, le heló la sangre.

De golpe comprendió la temeridad de haber embarcado a su hijo en semejante travesía.

Había esperado que fuese un aprendizaje, conocer otras culturas, ver el mundo…

, pero en ese momento, al mirarlo, solo vio a un niño asustado.

Los piratas no disparaban de vuelta, pero seguían navegando a toda vela directos hacia ellos.

—¿Qué pretenden? —se preguntó en voz alta.

El capitán dudó, pero en su gesto serio se traslucía la preocupación.

—No lo sé… Si sigue así, va a embestirnos.

¿Es posible…? —se quedó pensando. El barco pirata se acercaba a mucha velocidad, a nueve o diez nudos, levantando espuma a su paso, y de pronto se dieron cuenta de que los tenían encima—.

¡Virad a sotavento! —gritó el capitán, y la orden comenzó a replicarse a gritos por toda la cubierta.

El capitán intentaba virar el galeón para evitar la embestida del barco pirata, que se lanzaba sobre ellos con una temeridad absurda, pero para una nave de esas dimensiones resultaba muy lento cambiar de dirección.

Volvieron a disparar otro cañonazo, pero el barco pirata era tan estrecho que el proyectil pasó de largo entre los mástiles sin apenas tocarlo.

Entonces pudo ver claramente el barco que los amenazaba, en la cubierta todos los marineros berberiscos esperaban espada en mano preparados para abordarlos.

El capitán volvió a ordenar que dispararan los cañones, lo que era un proceso bastante lento, pues debían limpiar el cañón con agua y secarlo para asegurarse de que no quedara ni una chispa encendida o podría estallarles en la cara en cuanto echaran la pólvora para una nueva bala.

—¡Disparad! —ordenó el capitán, pero justo en el momento en que los artilleros apuntaban, el barco pirata viró con agilidad y desapareció de su vista colocándose al lado opuesto de los cañones.

—¡A las armas, marineros! ¡Artilleros a babor!

Las órdenes de Roget se escucharon con claridad, pero ya era tarde, sus cañones habían quedado fuera de combate, mientras que si los piratas pretendían bombardearlos, los tenían a tiro y podrían hundir el barco en un momento.

Había sido una maniobra muy hábil y quedaba clara la astucia de quien lo capitaneaba; sin embargo, no hubo disparos.

Los laterales de los dos barcos colisionaron, Rodrigo y Tristán cayeron al suelo empujados por la potente sacudida.

—¡Bajad a las bodegas! —le ordenó a su hijo, pero este no se movió.

Estaba a punto de llevárselo cuando, en apenas unos segundos, un aluvión de cuerdas con garras metálicas asomaron volando desde el barco contrario lanzadas por los piratas, y cayeron sobre la borda enganchando el galeón.

Al instante, lo que parecía un centenar de piratas saltaron sobre ellos espada en mano con el aullido inconfundible de su grito de guerra.

Rodrigo sacó su espada y protegió a su hijo tras él, empujándolo en dirección a la sala de oficiales, aunque este se resistía a marcharse.

—¡Dejadme, padre, no soy un cobarde!

Los marineros españoles llegaron a tiempo para tratar de impedir que los piratas abordaran, pero los superaban en número; la lucha comenzó, se escuchaba el choque de espadas por todo el barco, que no dejaba de balancearse.

Rodrigo, más preocupado de proteger a su hijo, seguía intentando alejarlo de la contienda.

Todo ocurrió bastante rápido. Los piratas consiguieron desarmar al capitán y una decena de piratas los apuntaron con arcabuces desde su barco, desde donde podrían acabar fácilmente con diez de ellos a una sola orden de su capitán.

—Soltad las armas y nadie acabará muerto —gritó el pirata que amenazaba al capitán en un castellano bastante decente.