El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 35
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Londres. Capítulo 35

Ben se encontró con Juliette a la salida de la iglesia de Saint Mary, solían quedar algunos domingos para pasear y hablar. A Billy le gustaban más las misas católicas, decía que echaba de menos sus ceremonias, la pompa de sus trajes y sus iglesias recargadas.

—No entiendo cuál es la diferencia entre anglicanos, puritanos, presbiterianos… ¿Por qué tiene que haber tantas iglesias diferentes? En todo caso son todos muy aburridos, siempre vestidos de gris y obsesionados con el pecado.

Vestía un escotado corpiño de satén rojo, faldón negro sobre enaguas rojas y un sobretodo negro con bordados dorados y mangas acuchilladas, por las que asomaba la tela violeta del forro.

A Ben le habría gustado que fuera más discreta, más aún cuando iban a una misa presbiteriana.

Ben era un protestante acérrimo que detestaba a los católicos, pero en el caso de Juliette hacía una excepción.

A ella la política no le interesaba, tan solo prefería los trajes dorados de los obispos católicos.

Inglaterra había vivido años muy convulsos en la lucha entre católicos y protestantes que la reina Isabel había sabido apaciguar con inteligencia, creando por primera vez un clima de tolerancia entre las fes cristianas, pero los días de paz se habían esfumado con la llegada de Jacobo.

La plaza del Parlamento volvía a teñirse de rojo con la sangre de los católicos, que eran perseguidos y decapitados.

Londres vivía bajo la sombra del terror entre las persecuciones religiosas, la amenaza de las plagas y nuevas guerras y trifulcas políticas.

La ciudad al completo vivía sumida en el caos y la incertidumbre.

En aquellos días el actor se había convertido en una especie de enlace entre Will y la nueva versión travestida de Billy.

Al contrario que William, él nunca había tenido problema en seguirle el juego a Juliette, quizás por eso seguían siendo amigos.

Pero la principal razón por la que seguía viéndose con ella —o él— era porque Will se lo pedía.

—Va a casarse —anunció de pronto con un suspiro de tristeza profunda, y no hizo falta que especificara, los dos sabían que se refería a lord Hastings que, contra todo pronóstico, seguía manteniendo a Billy.

—Claro que va a casarse. No esperarías que se fuera a casar contigo, ¿verdad? Aun en el caso de que obviáramos el motivo evidente… jamás se casaría con alguien que no es de su clase.

Juliette no lo miró, siguió caminando con la mirada perdida en el horizonte.

—Ya…, supongo. —Volvió a suspirar—. Solo pensé que sería diferente…, soy una tonta.

Sin pretenderlo, Ben se había convertido en su paño de lágrimas, y a veces le daban ganas de darles en la cabeza a uno y a otro, pues tanto Billy como Will seguían sufriendo cuando para él estaba claro que lo único que necesitaban era volver a estar juntos.

—Me estoy haciendo vieja… —Y esta vez fue Ben quien suspiró, porque ese se había convertido en el nuevo padecimiento de Billy—.

Mira mi cara —siguió con lágrimas en los ojos, estirando la piel de su rostro, maquillado de blanco, con las manos como demostración—. Ya casi no puedo tapar las abrasiones…

—Deberías dejar de usar esas lociones, sabes que te estropean la piel.

—Lo sé, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?

—Tú nunca necesitaste maquillajes, lo sabes. Siempre fuiste hermosa.

Y al fin consiguió sacarle una sonrisa. Ben podía adularla sin reparo, y sabía lo feliz que la hacía que lo hiciera, pues hacía años que había quedado claro entre ellos que Ben no compartía las debilidades de Will.

—A veces temo que él lo olvide…, por eso debo recordárselo de vez en cuando…

—¿Recordarle el qué?

—Ya sabes, que no puede apartarme…

—¿Le estás chantajeando?

—No…, solo… —Hizo un mohín—. Lo dejé todo por él, no puede simplemente olvidarse de que existo cuando le viene bien.

—Sabes que siempre puedes volver al teatro.

Tras dejar la compañía de The King’s Men, Juliette había trabajado un tiempo en otros teatros, pero al parecer su querido lord hervía de celos y la había presionado para que abandonara su carrera definitivamente, lo cual la dejaba en una situación muy precaria.

Ella volvió a sonreír y entrecruzó su brazo con el de Ben.

—No me hagas caso, ya sabes que soy muy dramática. Aún me visita cada semana y me trae regalos.

Y ese era el otro motivo por el que solía quedar con Juliette. Desde que Will supo que había semanas que el lord no se dignaba a pasarle dinero y que Billy había llegado a pasar días sin tener incluso para comer, Will ideó una forma de hacérselo llegar sin que ella sospechara que venía de él.

Aquel año The Globe se había incendiado durante una representación con las obras de Shakespeare dentro, y Ben se había propuesto reescribirlas con la ayuda de algunos de los actores que habían memorizado sus versos.

Will no había prestado mucha atención, pues renegaba de sus viejos escritos y solo le interesaban las nuevas producciones.

Solo se interesó por la recuperación de sus textos cuando Ben sugirió que contaran con Billy y, de esa forma, Will encontró una justificación para ofrecerle una pequeña paga semanal y asegurarse de que no le faltara nada.

Desde entonces Ben y Billy se veían una vez por semana y reescribían escenas completas que Billy era capaz de reproducir, palabra por palabra, con una memoria prodigiosa.

—Oh, tus honorarios, antes de que lo olvide —se excusó y le dio los cinco chelines de William.

Ella los miró con un gesto de resignación, como si en el fondo intuyera la verdad, y Ben volvió a preguntarse por qué se hacían esto.

—¿Cómo le va? —Y los dos sabían que ya no hablaba de Edward.

—Deberías volver a trabajar en el teatro, aunque sea para liberarnos del drama de Will. Todo lo que escribe es deprimente y oscuro; mujeres malvadas, brujas y duques corruptos. ¿Visteis Macbeth ?

—¡Oh, pero es magnífica!…

—Sí, pero deprimente.

—Me habría encantado interpretar a Lady Macbeth…, aunque él no me habría dado ese papel.

—La gente prefiere las comedias románticas.

Y ella se quedó un momento mirando al infinito.

—Will siempre supo captar el alma de esta ciudad.

El último brote de peste se había llevado por delante a muchos de los mejores actores de la compañía The King’s Men.

Tras la plaga y con el teatro incendiado, Will contrató una nueva compañía y mandó construir un teatro más pequeño, se había pasado los meses de la peste encerrado en su pequeño apartamento de Londres escribiendo sin parar y decía que sus nuevas obras necesitaban intimidad, así que empezaron a hacer funciones de noche, bajo la luz de las velas en el pequeño teatro de Blackfriars.

El efecto de la iluminación en ese espacio reducido creaba una atmósfera en la que el terror de fantasmas y asesinatos cobraba vida.

Nadie había visto nada igual antes, y la fama de William Shakespeare comenzó a traspasar fronteras.

—Ahora estamos montando una sobre un rey anciano con tres malvadas hijas que se pasa toda la obra lamentándose de sus errores.

Ella se rio.

—Vino a verme, ¿sabes? Durante la plaga…, solo para ver si estaba bien. Me trajo un soneto.

—Aún te ama.

Ella siguió caminando en silencio.

—Nunca quise hacerle daño.

—¿Y no crees que podrías darle otra oportunidad?

—Ya me gustaría, pero él… no lo entiende. ¿Sabes cómo me llamaba en el soneto? «Su Adonis». No es a mí a quien ama; es a alguien que ya no existe.