El mar que nos arrastra Argel. Capítulo 34 #2
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Argel. Capítulo 34 #2

Aquella misma noche lo invitó a su hammam en la parte más privada de su palacio y no le dio opción a rechazar la invitación.

Con algunos de sus corsarios, lo guiaron hasta una sala con una enorme piscina cuadrada, rodeada de arcos de herradura que tenían forma de turbante con un pico hacia arriba, y decorados con hermosos mosaicos de piedra azul.

Cuando llegaron había algunos muchachos descansando a orillas de la piscina, y al toque de una campana salieron de las habitaciones colindantes otros jóvenes esbeltos que se unieron a la invitación.

Algunos llevaban túnicas, otros se desnudaron para sumergirse en el agua tibia de la piscina.

Tareq se fijó en que algunos eran eunucos que iban pintados y vestidos de tal forma que resultaba fácil confundirlos con mujeres.

La luz de la luna y de las velas tintineaba reflejada en el agua cristalina, mientras que el olor a incienso y hojas de menta endulzaba el aire, denso por el calor y la humedad de las fuentes.

Entonces empezó alguna especie de ritual.

Tareq y los corsarios se sentaron en una tarima en la que había alfombras y cojines, sobre los que se recostaron.

Varios de los muchachos se acercaron y se sentaron con ellos, alguno apoyando la cabeza en el regazo de Hassan Bajá sin ningún tipo de miramiento.

Uno de los jóvenes trajo té, dátiles y buñuelos recubiertos de alcorza y miel en una bandeja redonda de metal que colocó sobre una mesita pequeña, aunque Tareq estaba seguro de que no sería capaz de probar un solo bocado más.

En un lateral de la sala se formó una pequeña orquesta con instrumentos de percusión y cascabeles que campanilleaban entre el sonido agudo de la guitarra.

Un hombre de barba blanca tocaba el qanun ; a su lado, otro hombre más joven el rebab , que hacía una melodía lenta y floreada.

En ese momento entró un muchacho desde una de las habitaciones, uno que parecía europeo, con una mata de pelo largo rubio que se deslizaba por su espalda y los ojos claros delineados con tinta negra, se plantó delante de los invitados y comenzó un baile sensual.

Vestía únicamente una especie de falda hecha a base de pañuelos de colores de una tela traslúcida, bajo los que se adivinaba su desnudez, y llevaba pequeños cascabeles dorados rodeando sus muñecas y tobillos, que hacía sonar con gracia al bailar.

La forma en la que serpenteaba su torso y movía las caderas marcando el ritmo de la percusión era muy provocadora, y tenía algo de femenino, también los movimientos que hacía con los brazos, arqueándolos en círculos sobre su cabeza.

Se fijó en que en las manos, y también en sus pies descalzos, llevaba dibujados ornamentos con algún tipo de tinta rojiza que ya había visto en algunas mujeres por la ciudad.

Giraba a un lado y a otro, dedicando sus miradas a Tareq o al señor del palacio.

Un muchacho de piel morena y rizos oscuros se recostó a su lado y le entregó una pipa de hashish de la que acababa de fumar.

Ya había tenido ocasión de probar aquella hierba en el tiempo que pasó en las montañas, pero no como esa; era intensa, y bastaron un par de caladas para que empezara a sentirse muy liviano y a sonreír sin motivo.

Comían y fumaban y el chico rubio bailaba, era muy guapo, también lo eran los otros, con sus diferentes tonos de piel.

Pudo ver que alguno de los corsarios salía de la sala con alguno de los eunucos, en dirección a los cuartos, mientras otros se besaban en la boca allí mismo, y por un momento pensó que debía ser efecto de la droga.

—¿Veis algo que os guste? —le susurró Hassan al oído.

Y entonces le acarició el rostro con la mano y le besó los labios, allí, delante de todos.

Luego sonrió a sus mancebos como invitándolos a participar.

El muchacho de rizos morenos que estaba a su lado le giró la cabeza suavemente en su dirección y lo besó también, un beso suave con un sabor dulzón que despertó su cuerpo.

La cabeza le daba vueltas y mirara donde mirase veía jóvenes hermosos que se quitaban la ropa y se besaban unos a otros…

, así que ese era el harem del que había hablado Miguel.

En ese momento, el muchacho rubio que bailaba se fue acercando hasta él y comenzó a mover sus caderas muy cerca de su cara. Luego se agachó y siguió su danza serpenteante por encima de él, se puso a cuatro patas y gateó hasta colocarse encima, obligando a Tareq a tumbarse sobre los cojines.

—¿Tienes algo para mí, habibi ? —preguntó con voz sensual antes de besarlo también. Bastó sentir el roce con su cuerpo y sus pañuelos de seda para acabar de endurecerse del todo.

El chico rubio, junto con el otro joven que lo había besado antes, empezaron a desnudarlo.

Él no se resistía. Le quitaron el jubón y desataron las cintas de su camisa.

El rubio tomó una de las manos de Tareq y se metió dos de sus dedos en la boca.

Empezó a chuparlos, dentro y fuera, como si estuvieran fornicando su boca, mientras gemía como si aquello fuera el placer máximo.

—Dame a mí también, habibi… —dijo otro chico más, uno de piel oscura con los labios pintados de rojo sangre que empezó a lamerle los pezones, y fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía el torso desnudo.

Y lo siguiente fueron sus bombachos, al bajarlos liberaron su pene que amenazaba erecto y orgulloso, y los ojos del joven rubio se abrieron como platos, y los muchachos se miraron unos a otros, y soltaron risillas y comentarios, y luego quisieron lamerlo y besarlo como si fuera el mayor de los regalos…

Y Tareq tuvo que reírse, porque aquello le parecía un sueño irreal.

Todos esos muchachos hermosos suplicando para que los montara… Y como solía ocurrirle se imaginó contándoselo a Rodrigo, y lo que él le respondería. «Ojalá estuvieras aquí», se oyó decir justo antes de entregarse a la lujuria.

Sació su deseo con el joven rubio, tomándolo sobre un cojín dorado mientras el chico, tumbado boca abajo, jadeaba y gemía de placer y Tareq aceleraba las embestidas hasta alcanzar el clímax.

Y cuando aún no había salido de uno, el chico de rizos le susurró: «Deja algo para mí, habibi ».

Y entonces se besaron y Tareq acabó tumbado boca arriba sobre otro de los cojines, con el chico de rizos lamiendo, besando y chupando su cuerpo hasta que consiguió lo que buscaba, y sentado a horcajadas sobre él abrió su entrada para que lo penetrara.

Tareq no daba crédito a la forma en la que el muchacho parecía estar cabalgándolo a él lentamente, ayudándose de los brazos para subir y bajar.

Y cuando notó que estaba a punto, lo agarró de esa cintura estrecha y lo embistió con fuerza levantando sus caderas, que chocaban contra el cuerpo del chico.

Y las sacudidas de placer sobrevinieron una vez más liberando el chorro de semen.

Y luego se dejó caer agotado, con la respiración acelerada.

Pero entonces el tercero de los muchachos asomó por detrás con su sonrisa pintada.

—No te olvides de mí, habibi…

Tareq empezó a reír otra vez, esto no podía ser real, pensó.

—No puedo —consiguió decir—, de verdad…, ya no puedo más…

Sin embargo, no se iban a dar por vencidos tan fácilmente. Le dieron hierbas y más hashish , y se bañaron en la piscina, y otros muchachos igual de bellos se acercaron también a besarlo y a acariciarlo y a suplicarle al oído que los tomara, dispuestos a exprimirlo hasta la última gota.

Fue una noche larga. Cuando despertó desnudo entre cuerpos, cojines y restos de semen, no habría sabido decir a cuántos de esos cuerpos había sodomizado.

Entonces Hassan Bajá, el Veneciano, se presentó en el hammam impecablemente vestido con una túnica negra y le ofreció un vasito de té con una sonrisa.

—Hablemos de tu futuro, querido. —Y supo en ese instante que estaba completamente en sus manos.