El mar que nos arrastra Argel. Capítulo 34
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Argel. Capítulo 34

Todo en Argel era diferente; la lengua árabe que le costaba entender, la luz del sol, el aire seco y caluroso del desierto, las ropas de la gente, los sabores, los olores de la arena y del incienso, los dromedarios —esos enormes animales que usaban los árabes como caballos y que parecían la invención de algún escritor demasiado imaginativo—.

En las plazas todo eran distracciones para Tareq; los cantores callejeros recitando leyendas acompañados por un triste laúd, los vendedores ambulantes con sus chilabas coloridas, los encantadores de serpientes y los faquires medio desnudos meditando mientras la gente les echaba limosnas.

Le gustó aquellos días poder rezar a su Dios en una mezquita, con otros hombres postrados unos junto a otros en un canto único. Era una experiencia casi metafísica.

Argel gozaba de un periodo de gloria bajo el mandato del sultán Ahmed I.

Se había convertido en una ciudad cosmopolita con un ejército poderoso y una flota de corsarios que asaltaban con frecuencia los barcos españoles e italianos.

Eran los dueños del mar, el centro de la piratería mediterránea.

Su esplendor se debía en parte a los cristianos renegados que llegaban de Europa y se convertían al islam.

Llamaban la atención por las calles, con sus melenas rubias o pelirrojas y sus ojos claros en compañía de esclavos negros.

Eran los amos y controlaban en gran medida el poder político.

En Argel había también unos veinticinco mil prisioneros cristianos, la mayoría vivían hacinados en los baños, cuevas enormes bajo tierra en las que permanecían encerrados a la espera de un rescate.

Aunque, pasado un año, la mayoría gozaba de una relativa libertad, sirviendo en alguna casa o vagando por la ciudad a la espera de conseguir el dinero de los rescates que les permitiera regresar a su hogar.

Era una sociedad más abierta intelectual y religiosamente, razón por la que muchos cristianos acababan convertidos al islam huyendo muchas veces de la condena social de sus lugares de origen.

A Tareq no le quedaba nada más que hacer en España.

Había pasado dos años viviendo en la sierra con los monfíes, moriscos como él que escapaban del exilio y se ocultaban en las montañas convertidos en bandidos de caminos.

Tras escapar del castillo se encaminó a la serranía de Ronda y fue capturado por la banda de Juan Ataujar.

Por primera vez en mucho tiempo pronunció su nombre completo en voz alta: Tareq Nasr Ibn Saʿad.

Resultó que los monfíes sabían de su familia, se unió a ellos y desde entonces Ataujar lo llamaba príncipe, medio en broma y medio en serio.

Acabaron siendo grandes amigos. Fue gracias a los monfíes que pudo localizar a su hermana: María, antes llamada Samira, descendiente de la casa nazarí.

Samira se había criado como esclava en una familia cristiana, hasta que un vecino de sus señores la compró.

Se trataba de un curtidor viudo que necesitaba una mujer joven que se ocupara de sus hijos.

Unos años más tarde su señor quiso casarse con ella.

La diferencia de edad era importante, su marido podría haber sido su abuelo, pero a Samira no le importó.

Se casó, aunque no lo amaba, porque, según le contó, era un buen hombre, la trataba bien y le había tomado cariño a los niños.

Y de esta forma dejó de ser esclava para convertirse en esposa, aunque siguió ocupándose de las mismas tareas.

Cuando Tareq se presentó ella ya había enviudado y vivía solo con el más pequeño de los hijos del curtidor, un mozalbete de catorce años al que había criado desde la cuna y que la quería como si fuese su propia madre.

Vivían en una bonita casa junto al mar, donde tenían algunos animales de granja.

Los hijos mayores seguían ocupándose de curtir el cuero, una labor dura que suponía enterrar en estiércol las pieles de los animales para luego lavarlas y golpearlas hasta endurecerlas.

Luego llevaban a Samira el cuero, con el que confeccionaba zapatos con suelas de corcho, botas altas con hebillas y el calzado plano de cuero áspero que usaban la mayoría de los trabajadores.

Samira preparaba los hilos, cortaba, cosía, añadía corcho o hierro.

Tenía los dedos llenos de llagas y la piel de las manos tan dura como el cuero que cosía.

Era un trabajo lento y duro, pero se vendía a buen precio en los mercados y a su partida pudo regalarle a su hermano unas buenas botas para su viaje.

Apenas se reconocieron cuando se vieron por primera vez.

Tareq había llegado a olvidar su rostro por completo, pero en cuanto la vio reír, los recuerdos de su infancia volvieron de golpe.

Se había convertido en una mujer hermosa, aunque el tiempo y el trabajo duro la habían envejecido con premura.

Fueron días maravillosos, en los que se sentaban a hablar durante horas sobre sus vidas, se abrazaban y reían o lloraban embargados por la emoción de haberse reencontrado.

Los hijos, en cambio, no parecían contentos con su presencia.

Desconfiaban del morisco y temían que pudiera llamar la atención sobre Samira.

Ella no tenía la cara marcada y su apellido de casada fácilmente la libraba de la persecución a los moriscos.

Su rostro tampoco tenía ya el clavo que delataba su posición de esclavo.

En los primeros días de su marcha supo que debía librarse de esa marca y solo había una forma de hacerlo, así que una noche dejó la punta de su espada al fuego, hasta que vio el metal volverse naranja.

Era necesario no fallar y no flaquear, pues no tendría valor para repetir la hazaña.

Tomó la espada incandescente y la pegó a su rostro.

Sintió el fuego atravesándole la carne, el olor inconfundible de la piel quemada y el dolor insoportable…

, pero cumplió su propósito. Ahora su rostro tenía una cicatriz muy diferente, una larga en forma de lanza que cruzaba su cara apuntando a su ojo izquierdo y que le deformaba ligeramente el rostro al hablar, lo que no le importaba demasiado, pues resultar atractivo solo le había causado problemas en el pasado.

Acabaría convirtiéndose en una marca distintiva: el monfí de la cara marcada, rápido con la espada y de quien se decía que era el príncipe de los moriscos.

Fue con esas mismas credenciales con las que se presentó en el palacio de Hassan Bajá en Argel. Sin olvidar mencionar a un amigo común.

—Todo amigo de Miguel es bienvenido en mi casa.

Hassan Bajá lo invitó a alojarse en su palacio, que era un edificio extraordinario, con techos abovedados e innumerables arcos delicadamente decorados con relieves y mosaicos pintados de oro, azul brillante y rojo.

A diferencia de los castillos españoles, que eran oscuros, los palacios árabes eran pura luz, y los hombres se sentaban en el suelo sobre alfombras bordadas con detalle.

Por todas partes había fuentes de agua, bandejas de oro, telas exquisitas de brillantes colores, lujo, luz y color como no había visto en toda su vida.

En su primera noche en el palacio, el bajá insistió en que cenara con él y con algunos de sus hombres de confianza, y le sorprendió una vez más la costumbre de comer sentados en el suelo sobre una mesa a ras.

Se sirvió un banquete que haría palidecer a los reyes españoles; fuentes con corderos enteros asados con hierbabuena, estofado de cabra con dátiles, ganso en salsa de leche, puré de granos y carne, panes redondos mojados en salsa de anís, pasteles de carne con pasas, almendras y agua de azahar, legumbres y verduras mezcladas con aromas de rosas, canela, cilantro y azafrán servidos sobre cuencos de plata dorada.

Los hombres comían solo con una de sus manos y Tareq se cuidó de imitarlos, aunque desconocía esa costumbre.

Entre ellos hablaban la lengua franca, una mezcla de latín, castellano e italiano, y la conversación era animada y elocuente.

Al final sirvieron té, en vasitos de cristal decorados con metal, que tenía un sabor mentolado exquisito.

Hassan Bajá era un hombre corpulento que, a pesar de su avanzada edad, lucía una abundante barba negra, salpicada de canas, que llevaba cuidadosamente cortada.

Su túnica bordada era colorida y estaba elegantemente ornamentada, la acompañaba de un turbante de seda blanca y dorada, y fulares tejidos.

Tuvo la sospecha de que debió ser un hombre interesante y atractivo en el tiempo en el que Cervantes era prisionero en Argel.

Su anfitrión quiso saber todo sobre su viaje, sobre su querido amigo Miguel, y ese libro suyo del que había oído hablar y que Tareq disfrutó narrando.

—¿Y qué planes tenéis aquí en Argel? —quiso saber.

—Aún no estoy seguro…, me gustaría hacerme a la mar.

—¿Sabéis navegar?

—He trabajado en puerto y sé leer mapas…, pero nunca he embarcado.

Entre los comensales había varios capitanes de navíos que se ofrecieron a recibirlo en sus barcos y enseñarle todo cuanto necesitaba saber un marino, y no podía creerse que fuera a resultar tan fácil.

Hablaron también de medicina y filosofía, Hassan Bajá parecía muy interesado en conocer sus inquietudes y poder complacerlas.

Pudo imaginarse a Miguel entablando una buena amistad con aquel hombre culto y afable.