Cádiz. Capítulo 33
Tristán nació una noche de tormentas tal, que pareciera que el cielo cayera sobre sus cabezas.
El médico del pueblo no pudo llegar al castillo para atender el parto porque por los caminos corrían ríos de agua, así que el ama y la partera que solía atender los partos de las cabras se prepararon para la llegada del niño.
Fue una noche larga, extraña para los criados, que no sabían cómo comportarse con los señores; el duque, que llevaba meses sin dirigirle la palabra a su esposa y que aguardaba a las puertas de la alcoba dando vueltas por los pasillos, inquieto; y la duquesa, que tras el parto se negó a atender al niño.
Margarita no se había esperado la violencia con la que se presentó el parto, el suplicio que la desgarró por dentro.
Aguantó horas de oleadas de un dolor intenso pensando que algo debía ir mal, aquello no podía ser normal, repetía entre alaridos, pero seguro que las criadas eran demasiado estúpidas para darse cuenta.
Cuando al fin consiguió expulsar ese trozo de carne y huesos de su cuerpo, sintió que moriría.
El ama se lo trajo limpio y envuelto y lo vio por primera vez, aquel niño de piel oscura con una mata de pelo negro era un ser extraño en el que no se reconocía.
Fue al ver a su hijo por primera vez que comprendió el enorme error que había cometido.
La madre rechazó al niño, ni siquiera quiso tomarlo en brazos.
—Lleváoslo lejos de mi vista —dijo con frialdad.
El padre sí lo tomó en brazos y observó al pequeño con ternura, pero este enseguida se puso a berrear.
—Es un niño fuerte —aseguró el ama—, llora con fuerza.
Rodrigo intentó calmarlo, pero el niño se revolvía en los brazos de un padre que no podía hacer nada por él.
—Debe tener hambre, señor —aseguró la experta, y el padre le cedió al pequeño.
Tuvieron que llevarlo a las cocinas, para que otra mujer lo amamantara porque la madre se negaba a ocuparse del pequeño.
Fue bautizado a los pocos días en la iglesia de Sanlúcar, en la intimidad familiar, y al fin tuvo un nombre: Tristán, que llevaba la inicial de Tareq, ese fue el homenaje oculto del duque a su verdadero padre.
El niño pasó sus primeros tres años viviendo en las cocinas, con el ama y las criadas mientras sus padres intentaban olvidarlo y olvidarse el uno al otro.
Y aunque la piel y el pelo se le fueron aclarando, y las criadas no dejaban de asegurar lo mucho que se parecía a su abuelo paterno, la duquesa siguió ignorando al chiquillo.
No dejaba de preguntarse qué tipo de locura la había poseído para llevarla a pensar que era una buena idea acostarse con un esclavo moro, y no tardó en volcarse nuevamente en sus fiestas y reuniones.
Jacobo regresó a América tras darse por vencido en su ambición sucesoria.
El puerto de Cádiz prosperaba y el duque pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando y visitando sus tierras.
La duquesa acabó por trasladarse de forma permanente a la casa señorial de Sevilla, donde tenía acceso a una vida social más animada.
Pasaba sus tardes en las chocolaterías, se reunía con otras damas para jugar a los naipes o para ir al teatro y asistía a bailes mientras intentaba olvidar que tenía un esposo amanerado y un bastardo por hijo.
Durante los años que duró la expulsión de los moriscos, Rodrigo llegó a comprender por qué la gente caía en el alcoholismo.
Cada noche se anestesiaba bebiendo vino a solas en su alcoba, intentando olvidar las hordas de familias que llegaban día tras día a su puerto para ser desterradas.
Hombres y mujeres que atravesaban el país a pie, bajo la amenaza de soldados armados, con unas pocas pertenencias a la espalda, niños pequeños que llegaban agotados o enfermos tras la larga travesía y que a veces eran separados de sus padres antes de embarcar.
Muchos de esos barcos se convirtieron en cárceles de la muerte, sus pasajeros desembarcaban en tierras desconocidas donde no tenían nada y con frecuencia no eran bienvenidos.
Algunos conseguían volver, otros eran asesinados por piratas o soldados de Argel que solo los veían como extranjeros.
Si tenían suerte acababan como esclavos de los berberiscos.
Durante tres años escuchó historias de mujeres violadas, hombres decapitados y niños esclavizados.
Y él era quien estaba a cargo de que todos ellos embarcaran hacia sus destinos fatales.
Se esforzaba por encontrar a quien pudiera salvar, firmaba cartas, permisos, documentos que permitieran certificar que alguno se quedara; construyó orfanatos para los niños que quedaban atrás, contrató más trabajadores de los que podían pagar sus tierras, pero con todo su empeño apenas alcanzó a salvar a un puñado de familias.
Luego, por las noches, a la culpa se unía la ausencia de su amado y la angustiosa incertidumbre de ignorar cuál había sido su suerte.
Lo buscaba siempre entre la marea interminable de moriscos que llegaban de todos los rincones del reino, caminando ordenadamente en fila, rodeados por los hombres de armas para ser exiliados.
Se sentía aliviado al no encontrarlo, imaginando que había conseguido escapar, solo para preguntarse inmediatamente después si lo habrían matado.
Y según pasaba el tiempo, a la posibilidad de su muerte se añadía otra idea tortuosa, que él, en la distancia, acabara odiándolo.
Algunas noches entraba en la que fuera su alcoba, subía al altillo al que no había subido hasta su partida y se quedaba allí sentado descubriendo pequeños secretos que Tareq había dejado y que Rodrigo desconocía.
Algunas prendas de vestir que quedaron atrás y en las que intentaba recuperarlo con desesperación, hundiendo la cara en la tela para captar el rastro de su aroma, que el tiempo iba borrando con crueldad.
Encontró dibujos y listas de lugares, y alguna novela que habían leído juntos, y una carta de Miguel de Cervantes, que le hablaba de algunos lugares y gentes que había conocido.
Encontró un libro escrito en árabe, y pergaminos en los que copiaba las palabras, como si intentara aprenderlas.
A veces, pensaba que seguía descubriéndolo a través de esos objetos, otras, sentía que jamás llegó a conocerlo del todo y que los recuerdos que guardaba eran quimeras.
Y entonces bebía, un par de vasos de vino eran suficientes para calmar la angustia.
Pero pronto no bastaron y pasaron a ser tres y cuatro, y hasta una o dos jarras por noche, hasta que se dejaba caer en la cama casi inconsciente y conseguía pasar un día más.
Empezó a costarle levantarse por las mañanas, empezó a pensar en beber vino en el desayuno; aunque aún conseguía controlarse lo suficiente, cada vez aguardaba con mayor impaciencia la noche, en la que se permitía una vez más embriagarse hasta el olvido.
En esos días murió su madre, la duquesa viuda, aquejada de fiebres y en un mar de dolor.
Cuando su hijo la visitaba, rezaban juntos y ella repetía entre sus delirios que era un castigo merecido.
Dos médicos apostados a su lado la sangraron y le daban friegas de agua y corteza de jesuita para equilibrar sus humores, pero cuando supo que la vida se le escapaba, Rodrigo sintió la necesidad de confesarse.
Ya no quedaba nadie en el castillo de quien se fiara, cada vez se convencía más de la corrupción de los nobles y del clero, y de la necesidad de una reforma, pero no había con quien compartir sus pensamientos y vivía bajo el yugo constante de ser descubierto, traicionado, llevado a la hoguera por aquellos con los que convivía.
—Necesito vuestro perdón, madre —le dijo una noche, cuando temió que la perdía.
Ella, casi sin fuerzas, le acarició la mejilla y le sonrió.
—Sois un buen hombre.
—No lo soy. He pecado… de tantas formas… —Con los ojos empañados en lágrimas quiso que ella lo liberara de su carga—. He traicionado a mi esposa, he roto todas mis promesas… y he… he cometido actos abominables…
—¿Abominables? ¿Por qué…? ¿Porque amabais a vuestro esclavo?
No había imaginado que ella lo supiera, pero ahí estaba; su madre conocía su secreto y se sentía tan avergonzado…
Se tapó el rostro y lloró como no había llorado desde niño, por todo, por las vidas que veía segadas cada día, por haberle fallado a los suyos, porque su amado no estaba y su madre también lo dejaba.
—No lloréis, hijo —ella lo acarició con su mano pálida y temblorosa—, sois un buen hombre.
—¿Cómo podéis decir eso sabiendo… que soy un monstruo?
—No, vos no…; vuestro padre era el monstruo…
—habló entre suspiros agónicos con un hilo de voz—.
Todas esas chiquillas a las que torturó, esas niñas que mancilló, algunas de ellas murieron…
, eran solo niñas…, lloraban y suplicaban, pero nadie las escuchó…
Yo también soy culpable, por callar todos estos años…
, por permitir que ocurriera… Y Dios me castigará…
—No…
Ella le tomó la mano.
—Pagaré por mis pecados, hijo, y lo merezco, pero vos… —volvió a acariciarle el rostro—; vuestro único pecado es tener demasiado buen corazón…
—Necesito que me perdonéis.
Ella puso la mano sobre su cabeza, cerró los ojos y lo absolvió.
—Estáis perdonado.
No volvió a hablar. Tardó tres días en morir, tres días en los que sus gritos desgarrados de dolor se le clavaban como dagas.
Les exigía a los médicos que aumentaran sus dosis de láudano y rezaba a Dios para que la dejara marchar y cesara la tortura.
Durante su entierro Rodrigo no podía dejar de llorar por ella, por los pecados de su padre, por todo el mal que habitaba en el mundo.
Y más tarde volvió a sus aposentos para ahogar su dolor en el alcohol.
Y entonces una mañana, de camino al puerto, vio al niño cerca del patio de las cocinas jugando con una espada de madera.
Debía tener tres años, estaba vestido como un pequeño soldado, con una armadura de cuero.
Rodrigo se quedó de pie observándolo, se movía con agilidad, girando sobre sí mismo, atacando un tronco que representaba al enemigo.
Tenía el pelo algo largo, formando preciosas ondas y rizos sobre su cabeza.
Alguien le había enseñado un par de movimientos de ataque y los practicaba con eficiencia soltando gritos de guerra.
Por un momento vio en él a Tareq, y de golpe lo imaginó de pequeño moviéndose con un arma con la misma destreza.
Fascinado por el descubrimiento se acercó al niño.
—¿Quién te ha enseñado a usar la espada? —El crío se sobresaltó al descubrirlo a su lado y se quedó mirando a Rodrigo sin decir nada. Recordó el miedo que él solía tener a su padre… No quería ser ese tipo de padre—. Es una bonita espada.
—Sí, señor.
—¿Sabéis quién soy?
—El duque —respondió con lengua de trapo.
Rodrigo se agachó a su lado, tenía los mismos ojos rasgados que Tareq y ese ceño fruncido que parecía cuestionar el mundo.
—Y ¿sabéis quién sois vos?
—Tiztán.
—Sí —Rodrigo sonrió—, sois Tristán, y sois el hijo del duque.
El niño asintió, a pesar de que no parecía comprender que aquello tuviese relevancia alguna o que pudiese modificar en algo la vida tal como la conocía a su corta edad.
Rodrigo tomó un palo para batirse en duelo, chocaron sus espadas y luego Rodrigo fingió que el niño lo abatía y caía muerto sobre la tierra.
No tardaron en estar riendo, y la risa del niño era como una cascada de agua fresca.
El duque olvidó ese día sus citas y se quedó con el pequeño enseñándole a usar su espada de madera en el patio de armas, contándole historias de caballería y de hombres valientes que luchaban contra los piratas para rescatar princesas.
Aquel día decidió que ya era hora de que el niño dejara las cocinas y ordenó que lo instalaran en los cuartos que había ocupado él mismo hasta convertirse en duque.
Los primeros días el niño lloraba y quería regresar junto a su ama y las niñeras en las cocinas, y le pedía al padre que durmiera con él en la cama.
Rodrigo lo acompañaba, pero no deseaba despertar habladurías malintencionadas, así que le regaló un cachorro que dormía a los pies de su cama.
El niño y el perro se hicieron inseparables, y sus risas y ladridos se escuchaban por todo el castillo.
El duque enseñaba a su hijo a leer y a usar la espada, y lo llevaba al puerto cuando llegaban los barcos de carga para que fuera aprendiendo.
Le regaló también un poni y le enseñó a montar, y jugaban con otros niños a las batallas y al escondite, y no los dejaba jugar a moros y cristianos —les explicaba que Dios perdonaba a todos, incluso a los infieles, porque era misericordioso—.
Y con el paso del tiempo, el niño fue olvidando a su ama y sus primeros años entre los criados, y se fue encariñando del duque, al que llamaba padre, que era afectuoso y atento con él, que era paciente mientras le enseñaba, que no se enfadaba si fallaba y que nunca olvidaba decirle cuán orgulloso estaba cuando acertaba.
Fue esa primera noche del día en que descubrió al niño jugando con la espada de madera, cuando Rodrigo tomó la determinación de no volver a beber alcohol nunca más.
Supo que debía tomar las riendas de su destino, se lo debía a Tareq, había jurado hacerse cargo de su hijo y no pensaba volver a fallarle.
Poco sospechaba entonces lo feliz que llegaría a ser y la forma absoluta e incondicional en la que llegaría a amar a ese niño.