Capítulo 32 #3
—Está claro que se dio cuenta de que no podría tener un hijo conmigo y, en su retorcida cabecita, se le ocurrió que podría tener uno tuyo y que lo criáramos como si fuese nuestro.
Pero ahora le sobras tú. ¿No lo entiendes?
Te ha utilizado y ahora intenta deshacerse de ti.
Sabe muy bien que no la delataría, porque hacerlo sería poner una soga en tu cuello. Así que ¿qué opciones quedan?
—¿Crees que iba a matarme esta noche? ¿Que alguien esperaba en el olivar para matarme?
—Eso es lo que sospecho.
—Pero no tiene sentido. Si me mata, ¿qué incentivo tendrás para no delatarla?
Rodrigo lo miró a los ojos, y ya en ese momento intuyó la nostalgia de no volver a verlos.
—Claro que lo hay. Tu hijo.
Tareq se quedó inmóvil. Retrocedió lentamente hasta sentarse en una silla del despacho, al fin empezaba a asimilar la magnitud de lo que estaba pasando.
—Voy a tener un hijo —repitió casi para sí mismo.
—Sí. —Rodrigo sonrió y de forma inmediata los ojos se le humedecieron—. Y siento que no vayas a poder verlo crecer. Debes partir esta noche. Ella no dejará que vivas…, ¿lo entiendes? Debes marcharte y no volver más.
Y entonces Rodrigo le tendió el documento que al fin había encontrado entre sus papeles. Tareq lo miró y le bastó leer un par de renglones para comprender de qué se trataba.
—Esto es… —Y buscó en sus ojos la confirmación
—Lo es —le aseguró mientras Tareq volvía a leer los párrafos de la carta de manumisión, firmada por un escribano público, que le concedía la libertad—.
Sí que cumplí mi palabra, solo que… fue necesario mantenerlo en secreto.
El único que está al tanto es el padre Francisco, le encargué que te la diera si me pasaba algo a mí.
—¿Soy un hombre libre?
Rodrigo asintió.
Ninguno de los dos pudo ya contener las lágrimas, por toda la carga que aquello conllevaba y porque sabían que era también una despedida.
Debería haber sido un momento para celebrar, pero los peligros eran demasiados.
Aquella cédula podía convertirse en una trampa mortal, por eso era imprescindible que Rodrigo se concentrara, debía asegurarse de que Tareq llegara a escapar, no solo de Margarita, sino del reino que intentaría expulsarlo al mar a su suerte.
Juntaron algo de ropa en un hatillo, en un saco de cuero guardaron la brújula, los documentos, un jergón enrollado para pasar las noches, una bota de agua, algo de carne seca y pan, un libro de poesía que escogió Tareq, una daga y un arcabuz con su pólvora y balas de plomo.
Rodrigo escribió y selló con lacre rojo una licencia de paso que lo autorizaba a moverse entre ciudades para que no pudieran detenerlo en los caminos, pues los moriscos tenían prohibido desplazarse entre regiones sin una autorización expresa.
Mientras dejaba secar la tinta, le entregó una pequeña bolsa de cuero en la que metió unos doscientos ducados de oro, todo lo que quedaba en el cofre que guardaba bajo llave.
—Esto es mucho dinero…
—Dudo que alcance a pagar los servicios prestados todos estos años…
, pero tendrá que servir. —Rodrigo intentaba pensar—.
Abrigo, espada, dinero…, ¿qué más?… ¿Hay algo más que necesites?
Dime qué más puedo… —No consiguió terminar la frase, la idea de que se marchara, de no volver a verlo, dolía demasiado.
Temía que pudiera estar en peligro y él no lo supiera…
, no quería fallarle, esta vez no, pero solo tenían unas pocas horas…
—Está bien, Rodrigo. Es suficiente.
—No, no lo es. Seguro que estamos olvidando algo… —Miraba a su alrededor intentando pensar.
—Bueno, si me permites, me gustaría llevarme el mapa.
—Los dos miraron a la pared en la que estaba pinchado el mapa en el que habían ido dibujando los lugares sobre los que leían, en el que aún quedaban espacios en blanco donde no sabían qué tierra había, soñando con descubrir nuevos mundos algún día—.
Espero poder añadir algo más para cuando volvamos a vernos.
Entonces Rodrigo al fin sonrió, le gustó esa imagen de Tareq viajando por los océanos para descubrir las tierras de las que tanto habían leído en libros.
Quitaron los clavos del pergamino y guardaron el mapa enrollado en el hatillo.
Entonces Rodrigo sacó de una caja el medallón del ducado, que llevaba varias generaciones en la familia y que su padre había llevado al pecho hasta el día de su muerte, y se lo puso a Tareq.
Era una cruz de oro macizo, ornamentada con relieves, rubíes, diamantes y perlas.
Cada una de las piezas que formaban la cadena tenían el peso de un ducado, en el centro estaba tallado el escudo de armas de la casa de Niebla.
—No puedes darme esto.
—Si tenemos suerte, tal vez algún día puedas dárselo a tu hijo…, pero si necesitas venderlo, solo es un trozo de metal que puede sacarte de algún atolladero.
Habían hablado a veces del valor aleatorio de los metales —y Tareq sabía cuán poco valor le daba Rodrigo a esas joyas—.
¿Quién decidía que el oro debía valer más que el cobre?
Lo que inevitablemente los llevaba a lo fortuito de que uno de ellos fuera noble y el otro esclavo.
Eso habían alcanzado a aprender el uno del otro, pues cuando estaban desnudos, más allá de la diferencia de sus tonos de piel, se sentían iguales, y era al salir del dormitorio cuando se veían atrapados en los roles que cada uno debía interpretar.
—¿Qué será de mi hijo?
—Lo criaré como si fuese mío… y lo amaré aún más porque es tuyo.
—¿Mi hijo será duque?
Rodrigo sonrió.
—Tu hijo será duque.
Tareq lo tomó entre sus manos y se besaron.
Luego, con los ojos cerrados, unieron sus frentes como en un abrazo o un rezo, en lo que empezaban a comprender que era una despedida definitiva.
Todo estaba ocurriendo tan rápido que apenas conseguían asimilar que sus vidas estaban a punto de cambiar de forma terminante.
—No dejes que aprenda a odiar a los suyos.
—Haré cuanto esté en mi mano, lo juro. Y tú no dejes que te atrapen… —Y fue al terminar su promesa que Rodrigo se derrumbó, lo abrazó con fuerza y lo besó deseando que no tuviese que acabar nunca—. Lo siento… —le repetía a sus labios.
Tareq le enjugó las lágrimas de la cara.
—Todo irá bien, tranquilo —le aseguró, aunque su gesto era de preocupación. Miró hacia la ventana, la bruma de la noche comenzaba a clarear—. No tardará en amanecer, será mejor ponerse en marcha.
Volvieron a salir de la casa principal por los pasadizos ocultos hasta el patio trasero, donde aguardaban los caballos algo inquietos.
A esas horas todos dormían, el panadero tal vez estuviera a punto de levantarse para empezar su jornada.
Se preguntó si quedarían aún asesinos en el olivar esperando a su presa para poder cobrar el sueldo prometido.
Se preguntó incluso si no sería todo aquello solo una quimera de su cabeza, y lo único que aguardaba en el olivar era una yegua muerta de frío.
Nada le parecía real ya, tal vez podían volver a su alcoba y reírse de su miedo infundado.
Tareq acariciaba y hablaba con su potro, intentando calmarlo. Sabía lo mucho que le gustaba ese animal, lo había visto nacer, lo había domado él mismo, era un corcel negro, de cuello largo y nervioso. No era algo que hubiesen acordado, pero siempre había sido su caballo.
—No vayas al olivar…
—Descuida. Subiré al monte, buscaré un lugar para descansar y seguiremos el camino al anochecer.
Ya no quedaba nada que decirse, o puede que quedara todo por decir, pero el tiempo apremiaba y era mejor no dilatar la despedida. Se dieron un último abrazo, Tareq montó el potro de un salto y este se rebeló dando una vuelta sobre sí mismo antes de salir al trote.
—¡Id con Dios!
— ¡Adhab mae Allah! —repitió él en árabe.
La guardia de noche ya los había visto hablando en el patio, y abrieron la puerta trasera sin dilación.
Seguramente no estaban al tanto de las tramas de Margarita, pero aun así se acercó a advertirles que no mencionaran a nadie su partida.
Sabía que obedecerían sus instrucciones, él era el señor de la casa.
Rodrigo se quedó un rato en la entrada viendo cómo el caballo se perdía en el bosque con su jinete a cuestas.
Allí de pie, en la puerta del castillo del que era amo y señor, con todas sus gentes a su servicio, se sintió insignificante ante la inmensidad del mundo.
No volvería a saber de él. No sabría si moría o vivía, si sufría o si era feliz.
Todo su poder y riqueza no bastaban para escapar del capricho de la fortuna.
Habían querido desafiar las leyes de Dios y las de los hombres, pero solo eran marionetas del destino.
[3] El término algarabía procede del árabe al-ʿarabiyya , «la lengua árabe». En esta época se usó para designar el idioma árabe o «arábigo» de Al-Ándalus.