El mar que nos arrastra Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Unos pocos moros no me preocupan, pero ¿habéis visto la forma en la que procrean? Las moras son como conejas. Si se les deja, acabarán siendo más que los cristianos.

—¡Son cristianos!

—Son herejes.

—Y algunos están alcanzando mucho poder económico gracias al comercio… —añadió con preocupación fingida el confesor personal de la duquesa.

—Porque son buenos trabajadores —adujo el duque.

—Se dan aires de nobleza… —Margarita continuó clavándole la mirada a su marido, como en una advertencia, aunque era posible que la diana de sus dardos en esa ocasión fuese María Antonia—.

En cuanto les das unas buenas ropas, se creen los señores de la casa.

Acabarán sublevándose otra vez, como ocurrió en las Alpujarras.

—Y todos le dieron la razón a la duquesa.

Por si no fuera suficiente, le había dado por convocar a su marido a su alcoba para nada.

Lo hacía llamar durante toda la tarde y, cuando al fin Rodrigo se acercaba a sus aposentos, lo hacía sentarse a su lado mientras se preparaba para dormir en su tocador y se lavaba la cara, se quitaba sus tintes, horquillas y demás.

Cada vez que preguntaba para qué lo había hecho llamar, ella lo mandaba callar con un gesto despectivo con la mano.

—Bueno, es suficiente —decía Rodrigo irritado—, me marcho.

—Esperad, aún no —ordenaba con altanería.

Y tras hacerle esperar un rato inútil de nuevo, finalmente se giraba hacia él con un: «Eso es todo, querido, podéis marcharos».

Estaba claro que intentaba castigarlo. Ya no le quedaba duda alguna, ella estaba al tanto de la relación que Rodrigo mantenía con Tareq y se divertía jugando con ellos.

Les quedó claro la noche en que volvió a llamar al morisco a su alcoba.

Rodrigo había estado buscándolo sin éxito, hasta que finalmente fue a su alcoba y se sentó a esperarlo.

Tareq entró una hora más tarde. No hizo falta que dijera nada, lo vio en su cara.

Se quedaron en silencio un buen rato, cada uno en un lado de la habitación, Rodrigo sentado aún en la cama con la mirada perdida, y Tareq de pie junto a la puerta, cabizbajo.

—Tal vez debería hablar con ella… —aventuró Rodrigo.

—Creo que no sería prudente.

Y de golpe sintió hervirle la sangre.

—¿Es que acaso os gusta?

Tareq le clavó una mirada de odio que lo atravesó como una cuchilla.

—Nada de esto ocurriría si fuera un hombre libre. —Y el veneno estaba ahí, hiriente, letal, interponiéndose entre ellos como el aguijón de un escorpión. Se estaban perdiendo el uno al otro, y Rodrigo no sabía cómo contener la hemorragia.

¿Era eso mismo lo que pretendía Margarita?

¿De eso iba su retorcido juego? No la habría juzgado tan astuta, pero estaba claro que la había subestimado.

Cuando tuvo ocasión de denunciarlo no lo hizo; tal y como había previsto Tareq, ella tampoco tenía ningún interés en que los descubrieran.

Pero estaba tramando algo, eso era innegable, y Rodrigo no era capaz de descifrar el fin de sus maquinaciones.

Fueron cuatro meses de tensión y confusión en los que el mundo parecía haberse vuelto en su contra.

La presencia de Jacobo en Sanlúcar no dejaba de recordarle la frágil posición en la que se hallaba con la Inquisición.

Su primo y su prole de herederos al ducado eran una constante amenaza, como lo era el peligroso juego que se traía entre manos su mujer.

Los cristianos nuevos estaban enfadados por la incertidumbre de su futuro, en particular los comerciantes moriscos que habían adelantado el material para el puerto, en el que empezaban los preparativos para la masiva expulsión de su propia gente.

Por más que les asegurara que esa deuda era su salvoconducto para evitar el exilio, no se fiaban, y hacían bien en no fiarse, los cristianos no habían dejado de traicionarlos.

También su amante estaba molesto por su incapacidad para resolver los múltiples problemas que los rodeaban.

Y entonces ocurrió.

Rodrigo fue el último en enterarse. Supuso que era parte del plan de Margarita.

El primero en mencionarlo fue el médico; se acercó a su despacho a darle el informe, como si él estuviera al tanto.

Luego, en los aposentos de Margarita, las damas se acercaron a dar la enhorabuena al duque, entre ellas María Antonia, que no parecía comprender de qué forma esa noticia la perjudicaba.

—¿Qué estáis haciendo, Margarita? —le preguntó cuando al fin consiguió quedar a solas con ella.

—Os dije que me ocuparía de Jacobo.

Debería haberlo imaginado, pero llevaban tanto tiempo sin poder concebir que había llegado a asumir que para ellos no era posible. Ahora le quedaba claro que él había sido siempre el problema.

—¿De verdad estáis encinta?

—Ya habéis oído al médico. No hay ninguna duda. Dos o tres meses, ya se puede escuchar el latido.

—No es mío.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Por supuesto que es vuestro, querido. ¿De quién iba a ser si no? —Y en la acritud de sus palabras dejaba claro que no iba a permitir que lo negara—. De no ser vuestro, ¿qué teníais pensado hacer?

Rodrigo quedó en silencio mientras Margarita lo escrutaba con inquina. Ella lo sabía, no haría nada. Cualquiera de las opciones acababa con la muerte de Tareq inevitablemente. Tenía las manos atadas y ella lo sabía. Después de un tenso silencio, hizo lo único que podía hacer: rendirse.

—Es una gran noticia, querida.

Ella sonrió. Se habían convertido en maestros en el arte de hablarse sin decir nada.

Necesitaba ver a Tareq cuanto antes, pero cuando pensó en marcharse ella lo retuvo, era la hora de bajar a cenar y su mujer insistió en que la acompañara.

Descendieron por las amplias escaleras principales hacia el comedor cogidos del brazo, lo que era una estampa poco habitual.

La mesa estaba puesta para doce comensales que aguardaban ya a los duques.

Las felicitaciones continuaron y la conversación de la cena viró en torno a la maternidad, el estado de salud de la duquesa y la buena nueva para el ducado, que al fin contaba con un heredero.

Volvió a asombrarlo la capacidad que tenía su mujer para falsear la realidad y controlar la velada a su antojo, como si se tratara de un juego de naipes. Las cartas estaban echadas, no había marcha atrás y ella lo sabía.

Al finalizar la cena, ella volvió a insistir en que la acompañara, y si él amagaba con dejarla, no tardaba en fingir un mareo o una náusea que redirigía la atención a su delicado estado, obligándolo sin remedio a permanecer a su lado y brindarle todas las atenciones que una mujer en estado requería.

Quiso pensar que tal vez no era una mala solución, que aún era posible que se salvaran todos. Pero justo antes de dejar a Margarita en su alcoba, y como si ella pudiera leerle la mente, le advirtió:

—Nadie puede saberlo jamás, lo sabéis, ¿verdad? —Y por si la advertencia no había quedado clara, añadió—: No podemos arriesgarnos, no pueden quedar cabos sueltos.

La sangre se le heló, porque entendió perfectamente la amenaza que pendía sobre la persona a la que amaba.

En cuanto dejó a Margarita en su alcoba, se apresuró hasta la habitación de Tareq.

No estaba. Preguntó en las cocinas y alguien comentó que había salido a hacer un recado para la duquesa.

Por supuesto, la duquesa. Debió imaginar que ella lo tendría todo previsto.

Se había pasado toda la velada entreteniéndolo a propósito.

Corrió a las caballerizas, el mozo estaba terminando de cerrar las cuadras para la noche. Preguntó por el esclavo.

—Salió, señor. Hará ya un rato. Dijo su señora, la duquesa, que dejó a su yegua en el olivar. Va para allá el moro a buscarla…

—Ensilladme un caballo, ¡enseguida!

El mozo entendió la premura y no tardó en preparar un animal.

Aun así, quedaba poco margen para alcanzarlo antes de que llegara al olivar, aunque era posible que Tareq no se diera prisa, más siendo de noche.

Rodrigo salió al galope, conocía bien esos bosques y la luna alumbraba con fuerza, sabía que podía alcanzarlo.

Su caballo se manejaba bien en la noche, a pesar de lo cual no pudo evitar que algunas ramas le dieran en la cara.

Pero al fin vio la sombra de un caballo a paso lento junto a un caminante, siguiendo el estrecho camino de tierra.

—¡Tareq! —le gritó varias veces. Al fin, el morisco lo oyó y se giró con las bridas del caballo en la mano, y se detuvo para esperar que lo alcanzara.

—¿Os habéis vuelto loco? —le dijo al verlo llegar galopando de forma tan temeraria de noche.

—Tenéis que volver ahora mismo.

—No puedo, vuestra mujer me ha ordenado que vaya a rescatar a su yegua.

—Es una trampa.

—¿Qué?

—¡Es una trampa! —repitió, y al fin Tareq reparó en su inquietud.

Miró también a su alrededor, intentando desentramar la oscuridad, antes de montar para ponerse en marcha de vuelta al castillo. Rodrigo miraba de tanto en tanto hacia atrás, y cuando el esclavo quiso preguntar, lo mandó callar.

No regresaron a las caballerizas. En silencio, se dirigieron a la granja tras las cocinas. Rodrigo le indicó que dejara su caballo atado allí y que lo siguiera.

—¿Vais a explicarme qué está pasando? —preguntó Tareq mientras caminaban de vuelta a las dependencias del duque por los pasillos ocultos que llevaban al dormitorio secreto.

—Margarita. Está encinta.

—Vaya… Enhorabuena.

Rodrigo se detuvo y se giró hacia él.

—No es mío.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Por lo que sabemos, el único hombre con el que ha yacido mi esposa en los últimos meses eres tú.

Tareq guardó silencio y continuaron caminando juntos por el pasadizo que llevaba a su alcoba.

Cuando al fin estuvieron en la habitación no perdió el tiempo, fue a su despacho y comenzó a buscar lo que necesitaba. Tareq se acercó con cautela.

—Yo… lo siento, no sé qué decir. Imagino que estarás enfadado…

—No estoy enfadado, Tareq. Intento salvar tu vida.

—¿Mi vida…?

Sin dejar de sacar documentos y rebuscar en sus cajones, Rodrigo intentó explicar lo que había ocurrido esa noche.