Capítulo 32
Rodrigo entró a su alcoba con las manos entumecidas por el frío, se acercó a las brasas y se restregó las manos para calentar los dedos amoratados por el largo viaje bajo las inclemencias del tiempo.
Llegaron a Sanlúcar el lunes de comienzo de la Cuaresma, con dos semanas de retraso con respecto a la fecha prevista, pues las lluvias habían trastocado sus planes de viaje.
Había imaginado que el retraso complicaría aún más las cosas con Tareq.
Ya al cruzar el puente hacia el castillo lo vio brevemente junto a las cocinas, mirándolo desde la distancia.
No se acercó a recibirlo y no lo había vuelto a ver desde su llegada.
Por eso, cuando el morisco entró en la alcoba, aún sin decir palabra, y se acercó hasta él, le sorprendió la efusividad con la que se lanzó a besarlo.
Rodrigo no pudo evitar sonreír.
—Vaya —dijo, entre sus brazos—, ¿no estabas enfadado?…
—Y lo estoy. —Y nuevamente lo besó con furia. Luego se detuvo, juntó sus frentes y, con los ojos cerrados, dejó escapar un largo suspiro—. Creí que no volvería a verte…
Rodrigo se tomó un momento para observarlo, había echado en falta esos ojos y ese rostro tan familiar y tan perfectamente hermoso.
—Siento haberte preocupado… —susurró imaginando su desvelo.
Pensó que hablarían, que él le preguntaría por su viaje, por los asuntos de la corte de los que pendía su futuro, pero Tareq ya había comenzado a desnudarlo y lo guiaba, obligándolo a caminar de espaldas, en dirección a la alcoba secreta.
Rodrigo le correspondió con el mismo anhelo y su cuerpo no tardó en entrar en calor con el fuego que los encendía.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se acostaron.
La habitación estaba completamente a oscuras y ellos forcejeaban a tientas con sus ropas buscando el contacto con la piel del otro.
Añoraba sus besos, su cuerpo, su olor…, pero sobre todo había echado en falta su deseo…
, y casi parecía que se estuvieran peleando por la desesperación con la que se buscaban.
Sobre la segunda cama, que llevaba meses abandonada, y al fin desnudos, Rodrigo besó todo su cuerpo, sus piernas musculosas, sus brazos, se perdió entre el vello de sus sobacos y el pelo oscuro arremolinado entre sus pectorales, quería morderlo, lamerlo, saborear su piel salada y deleitarse con el gemido de su placer y sus jadeos.
Rodeó con su boca su dureza, era algo que habían aprendido hacía tiempo, y no se cansaba de experimentar y buscar nuevas formas de procurarle placer.
Porque nada podía gustarle más que oír el rumor de su voz grave y sentir el estremecimiento de su cuerpo, que se doblegaba a sus caricias.
Devoró su dureza con ansia y los gemidos de Tareq se hicieron menos discretos. Pero antes de correrse lo detuvo…
—No…, aguarda, aún no…
Se apartó para recorrer también su piel con la lengua, pero Rodrigo no quería ser otra cosa que la fuente de su disfrute, quería ser su siervo, y le suplicó que lo penetrara.
Y cuando lo hizo, cuando estuvo dentro, llenando su cuerpo, se sintió completo.
Se quedaron así un momento, Tareq encima de él, hundido entre sus piernas, que se plegaban para permitirle acercar sus rostros, y así, unidos, como si fueran uno solo, se miraron a los ojos entre la negrura de la noche, y sus jadeos leves se sincronizaron, de forma que bastaban sus respiraciones para que el roce más leve provocara una oleada de placer.
Y pensó que no necesitaba más: saber que aún lo deseaba, que tal vez incluso lo amara…
, y sí, sabía que aquello era un pecado innombrable, pero se sentía liberado de la culpa del pecado, era algo que debía agradecerle a su querido amigo Miguel de Cervantes.
Más tarde, colmados y agotados, charlaban con calma en su segunda cama.
—¿Significa esto que me has perdonado?
—No estoy seguro…, pero te he echado de menos.
—Ha sido un viaje horrible…
Tareq le dio un beso breve antes de incorporarse y comenzar a encender algunas velas.
Para Rodrigo, estar así, desnudos, en la cama secreta que compartían, era el verdadero significado de volver a casa.
Y se alegraba de estar lejos de la corte, porque lo que había vivido allí le preocupaba sobremanera.
Esa lucha de poder enfangada, la poca fe en la humanidad que tenían los hombres que dominaban el mundo.
No había visto a Dios, ni siquiera cuando hablaba con los hombres que decían representar su voluntad en la tierra.
Toda esa crueldad en nombre de Dios, y se suponía que eran ellos los pecadores.
—He fracasado… —admitió con pesar, y tuvo que alejarse un momento para recuperar de entre sus ropas de viaje el edicto del rey—. Lo van a hacer… —añadió al tiempo que le pasaba el documento.
Tareq se recostó sobre el cabecero y lo leyó: «Serán expulsados todos los cristianos nuevos moriscos, así hombres como mujeres y niños, excepto los que fueren esclavos».
Los dos se quedaron meditando esas palabras en silencio.
Rodrigo solo había conseguido que se eliminara de las listas a los menores de ocho años y a los ancianos, pero ya no sabía si eso era mejor o no.
Había mantenido largas discusiones con el Consejo Real, había defendido con ahínco sus argumentos, muchos nobles en privado le daban la razón, pero ninguno se atrevía a contradecir al rey, y en su presencia se limitaban a seguirle la corriente y aplaudir sus divagaciones absurdas como perros fieles en espera de su copiosa recompensa.
Cientos de niños serían separados de sus padres y sus destinos serían tan inciertos como lo había sido el de Tareq cuando quedó huérfano.
Después de un largo silencio, Rodrigo se inquietó.
—¿No dices nada?
—¿Qué quieres que diga? Es lo mismo de siempre… ¿Y qué hay de lo mío? Me hiciste una promesa.
—¿En serio lo preguntas? ¿Es que quieres morir?
—¿No debería decidirlo yo?
—No te entiendo… —dijo airado, levantándose de la cama, irritado con su tozudez.
—Al menos admite que te resulta provechoso…, una buena excusa para seguir teniéndome atado.
—No estás siendo justo. Sabes bien que esto no es lo que deseo…
—Tal vez prefiera ser expulsado, ¿no lo has pensado? Puede que empiece a estar harto de vivir en un país que me quiere muerto. Debería sopesar mis alternativas.
—¿Qué alternativas?
—Podría convertirme en marino en Argel, viajar y descubrir nuevos mundos. Vivir aventuras…
—Siempre has pensado en marcharte, ¿verdad?
Dilo claramente, por una vez. Todo esto —dijo señalando a la habitación y a ellos dos— es una mentira, ¿no es así?
—Habían tenido esa misma discusión antes de su partida y se había jurado no volver a empezar, pero estaba visto que era un día de fracasos—.
Puedes confesarlo, no te preocupes porque yo sí te amo, te amo de verdad, con todo mi ser… ¿Sientes acaso algo por mí?
—¿Sabes cuál es la paradoja, Rodrigo? Que jamás podrás estar seguro de si mi amor es sincero hasta que sea libre, pero no me dejas libre por temor a descubrir que no lo es…
—¡No está en mi mano!
—¡Sí que lo está! —le gritó lanzando una vasija que se hizo añicos contra la pared.
Rodrigo se quedó mirándolo sin dar crédito, ¿de dónde salía toda esa violencia?
Jamás lo había visto así, Tareq siempre parecía tan controlado, sumido en un discreto silencio.
Él también debió darse cuenta de que había ido demasiado lejos, y permanecieron un momento mirándose en la penumbra—.
¿Y si hubieras muerto? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Qué sería de mí? ¿Si no estuvieras…?
—Jamás dejaría que te hicieran daño…
—Eso sí que no depende de ti.
—¿Me dejarías?
Él pareció pensárselo, y durante unos largos segundos descubrió cautela en su mirada. Finalmente sonrió y habló con calma.
—Sabes que no. —Pero en su sonrisa desencantada percibió que había recuperado el control. Tareq comenzó a vestirse. Con gestos medidos volvió a acercarse a Rodrigo y le hizo un gesto cariñoso—. No me hagas caso, solo estaba algo inquieto. Sé que haces cuanto puedes.
Le besó la mejilla y se apartó para seguir con lo suyo. Rodrigo empezó a vestirse también, quiso creer que las aguas se habían calmado, que lo habían arreglado, pero un golpe en el estómago le advirtió de que se estaba engañando.
—Por cierto —volvió a hablar Tareq con calma—, hay algo más de lo que debemos hablar…
Rodrigo volvió a notar la tensión apoderándose de él.
—¿De qué se trata?
—Se trata de tu esposa.
Margarita.
Esa mujer tenía una capacidad inaudita para encontrar nuevas formas de desquiciarlo.
Tareq creía que era mejor olvidar el tema, con Rodrigo de vuelta en el castillo ya no se atrevería a llamar al esclavo a su alcoba.
Pero era imposible olvidarlo, no dejaba de darle vueltas al asunto, se imaginaba discutiendo con ella de mil formas distintas, una y otra y otra vez…
, como si no tuviera ya bastante con lidiar con la inminente expulsión de los moriscos.
Habría sido más fácil si no tuviera que verse con Margarita cada noche en la cena en el comedor, veladas que ella había vuelto a llenar con invitados que vivían a costa del ducado.
Entre sus nuevos favoritos estaba María Antonia, la mujer de Jacobo, a quien, por alguna misteriosa razón, Margarita agasajaba con atenciones a pesar de lo mucho que sabía que la duquesa detestaba a los plebeyos que se enriquecían con el comercio y que pretendían codearse con los nobles.
Su nivel de hipocresía conseguía que se le quitara el apetito, en especial cuando argumentaba en favor de la expulsión de los moriscos.
—La mayoría son unos depravados infieles. El rey hace bien en desconfiar, los moros andan siempre con sus grupos cerrados, su secretismo y su algarabía [3] .
—Creía que os gustaban los moriscos, querida —le dijo él con intención, esperando que ella captara su insinuación.