El mar que nos arrastra Cádiz. Capítulo 31
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Cádiz. Capítulo 31

Tareq no se despidió cuando Rodrigo partió hacia Castilla para pedir audiencia con el rey.

Dejó de hablarle la noche que le dijo que debía romper su promesa.

Para protegerlo, decía. Esa ya era una vieja cantinela…

Más tarde se arrepintió de no haberlo hecho.

Una tempestad llevaba sacudiendo los caminos sin tregua desde hacía días, haciéndolos intransitables.

Tardaría semanas en volver, quizás más si la tormenta no amainaba.

Y si no volvían a verse… Le habían quedado tantas cosas por decir…

Tal vez estaba siendo demasiado exigente; después de todo, su situación no era tan mala.

Un campesino llegaba a trabajar tanto o más que un esclavo y estaba igual de atado a las tierras de su señor, pagando impuestos incluso si las cosechas se perdían.

¿Acaso un soldado podía elegir desertar de su regimiento?

No, los reyes los mandaban a la batalla como carnaza sin importar cuántos morían, solo eran números en sus estratagemas.

Tampoco había mucha diferencia entre un esclavo y un criado, podían dejar su trabajo, pero no sin antes asegurarse otra posición.

¿A dónde irían si no, sin dinero ni recursos?

Ni siquiera los nobles estaban libres de obligaciones… , tal vez nadie fuese realmente libre.

Con Rodrigo en Madrid, y sin mucho que hacer en su ausencia, le daba por pensar en esas cosas.

Se imaginaba navegando por los mares, comprando mercancía exótica en tierras lejanas para venderla luego en las costas de Europa.

Pero era mejor no tener sueños que traspasaran los límites de los muros del castillo.

Debía estar agradecido, se repetía; después de todo, Rodrigo había ido a ver al rey en un último esfuerzo para evitar la expulsión de los suyos.

¿Qué importaba una promesa rota cuando la vida de miles de familias inocentes estaba en juego?

Fue la tercera noche tras su partida cuando Margarita lo convocó nuevamente a sus aposentos.

Tampoco le había hablado a Rodrigo de aquella noche meses atrás.

Ella no había vuelto a llamarlo y se evitaban el uno al otro cuanto podían, lo que no resultaba demasiado complicado, puesto que el duque también evitaba a su esposa.

Pero aquella tarde fue a buscarlo a las caballerizas.

Tareq había sacado a Rosalinda, la yegua favorita de Rodrigo, a dar un breve paseo bajo la tormenta antes de cobijarla en el cobertizo.

Se encontraba cepillando al animal cuando la vio entrar con sus chapines altos y una capa de lana para protegerse de la lluvia.

Con las faldas mojadas y el rostro salpicado de gotas se detuvo a la entrada de la cuadra, aguardó a que Tareq la mirase y le habló con ese gesto altivo con el que siempre se dirigía a quienes consideraba que estaban por debajo de ella.

—Cuando acabéis aquí, venid a mis aposentos.

Eso fue todo. Luego la vio alejarse caminando con dificultad con sus chapines de cuña sobre los caminos embarrados. Fue suficiente para que a Tareq se le amargara aquella tarde en la que había decidido perdonar a Rodrigo.

No se dio prisa con sus tareas, aunque no quiso que le alcanzara la noche. Tampoco se molestó en asearse antes de dirigirse con paso lánguido a las habitaciones de su señora. Llamó a su puerta, ella ya se había librado de sus doncellas y parecía irritada porque la hubiera hecho esperar.

—Apestáis.

—Puedo ir a darme un baño, si deseáis.

—Está bien. Lavaos ahí. Y usad la pastilla de jabón —indicó, señalando a la jofaina de porcelana en su tocador.

Se acercó obediente, llenó la vasija con el agua de la jarra y se lavó las manos y la cara.

Sobre la mesa de roble del tocador había un sinfín de artículos de belleza, toallas de hilo, cofres y pequeños cuencos de barro que contenían polvos de diferentes colores, perfumes, leche de burra y un polvo blanco que desprendía un desagradable olor a óxido.

También una pastilla de jabón de lavanda, que Tareq se acercó un momento a la nariz para apreciar su fragancia floral.

La mojó en el agua y se restregó bien manos, cuello y rostro para eliminar los restos de barro y estiércol de las cuadras.

Luego se dirigió a la alcoba, y allí aguardaba ella, con un vestido de ese rojo carmín que tanto gustaba a las nobles y el pelo negro recogido en un elaborado moño hecho a base de trenzas.

Estaba sentada a una mesa con una baraja de naipes y una jarra de vino.

—Sentaos —indicó, y él obedeció.

La alcoba de Margarita era lúgubre, las cortinas de terciopelo gruesas apenas dejaban entrar la luz, las paredes estaban decoradas con tapices de motivos bíblicos, había un exceso de alfombras y cortinajes que cargaban el aire de polvo.

Se escuchaba el chisporroteo de la leña crepitando al fuego, con el fondo de la tormenta que continuaba anegando los caminos e iluminaba la estancia de forma intermitente con sus rayos.

Tareq se sentó al lado opuesto de la mesa. Ella sirvió vino.

—Bebéis vino, ¿verdad?

—Por supuesto —mintió, dio un pequeño sorbo y dejó el vaso sobre la mesa.

—Oh…, eso no es beber…

Tareq tomó el vaso una vez más y lo apuró de un solo trago. No podía hacer otra cosa, era solo con Rodrigo que podía seguir los mandamientos de su religión. Ella volvió a llenarle el vaso. Quería provocarlo, estaba claro.

—¿Sabéis jugar a los naipes?

—No mucho, la verdad. El duque prefiere el ajedrez.

—¿Y qué otras cosas prefiere el duque? Al parecer vos lo sabéis mejor que yo.

—Él no contestó, y ella siguió barajando con habilidad de experto.

Luego comenzó a distribuir cartas por la mesa mientras explicaba las reglas del juego—.

¿Conocéis el juego del hombre?… Se suele jugar entre cuatro, pero haremos lo que se pueda, ¿verdad?

Se parece a la cascarela. Cada jugador toma una carta, o si va sin ninguna, toma las que quedan, y después de vistas elige un palo para jugar la polla .

Y si la sacan… —siguió ella, y su tono insinuante empezaba a hacerle gracia—, le pagan la cantidad como si fuese solo; pero si pierde, la paga.

El que va a cascársela tiene privilegio de quitar la entrada a los otros…

—Ella movía las cartas por la mesa y lo miraba de reojo, y cada palabra que decía daba a entender que hablaba de otra cosa—.

Y también puede metérsela sin jugarla, pagando la cantidad, pero hasta cierto número de pollas…

—Muy a su pesar, Tareq no pudo evitar reírse, su juego resultaba muy ingenioso y no se lo había esperado de ella—, y claro que hay quien te la mete doblada.

—En ese punto ella también dejó escapar una risa discreta.

—Me temo que no he acabado de entender el juego, señora.

—Bueno, podemos repetirlo todas las veces que haga falta. —Y los dos rieron juntos—. Quiero que me hagáis el amor a la morisca.

La risa se le cortó de cuajo.

—No es una buena idea, señora.

—No os he pedido una opinión. Creo que me lo debéis, ya que me habéis robado la atención de mi esposo.

—En realidad no fue así. Ya nos unía una estrecha amistad antes de que llegarais vos, señora. Así que podría decirse que sois vos quien me lo ha robado.

Ella hizo un gesto airado.

—Sois muy descarado.

—Vos sois quien me ha llamado a vuestra alcoba.

Ella parecía irritada, pero se contuvo. Comenzó a recoger las cartas de la mesa, sentada con las piernas juntas y la espalda recta como debieron enseñarle de pequeña que se sentaba una dama.

—¿Por qué os disgusta la idea? ¿No os resulta más grata mi compañía que la del duque?

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Me temo que no os lo puedo explicar.

Aquello la confundió.

—¿Acaso lo hacéis por placer? —Y en su gesto daba a entender lo descabellada que le parecía la idea.

—Lo que cada uno entiende por placer puede ser muy variado…

—Admitís haber mentido al inquisidor, entonces.

—No, señora, yo no he mentido. —Ella le clavó la mirada—. Comprendo que os cueste entender la naturaleza de nuestra relación.

—Explicádmela, entonces.

—No puedo, señora, lo lamento. Ante todo me debo a mi señor, y estoy seguro de que os tranquilizará saber que le soy leal.

Ella comenzó a barajar las cartas una vez más, parecía menos envalentonada.

—¿Por qué lo llaman hacer el amor a la morisca…?

Entonces lo comprendió; no era culpa suya. Solo era una chiquilla que había esperado tener un marido que la deseara y le diera hijos.

—La verdad, es solo una bobada. —Él sonrió—. Los cristianos…

—¿Los cristianos?

—¿Queréis saber o no?

Ella se mordió los labios.

—Continuad.

—Los cristianos hacen el amor sin mostrarse. Se avergüenzan del cuerpo, de su desnudez. Consideran el acto sexual algo sucio, un pecado…, no se permiten disfrutar.

Ella se pasó los dedos por los labios y pudo notar que se ruborizaba ligeramente.

—¿Y vos?, ¿no lo veis así?

—El placer no tiene nada malo si es lo que se desea.

—Mostradme.

Allí estaba ella otra vez, dando órdenes.

—No es placer si os obligan…

—Sería el caso si habláramos de vuestro placer, pero no es así.

Era lista, y en cierto modo le gustó que no se achantara.

—Decid, pues, señora. ¿Qué deseáis que haga?

—Vos sois el experto, ¿no es así?

Aquello casi sonó a insulto, pero, lejos de ofenderse, no pudo evitar sentir cierta ternura por la muchacha detrás de la máscara de altanería, que había sido privada de las atenciones que sin duda cualquier otro hombre se habría deleitado en ofrecerle.

Tareq se levantó de la silla y le ofreció una mano.

Ella dejó las cartas, tomó su mano y se acercó a él.

Podía notar el esfuerzo que ponía en controlar su nerviosismo.

De pie, junto a la imponente cama con su dosel de terciopelo rojo, comenzó a desnudar a Margarita muy despacio, deteniéndose cada vez que la veía dudar.

Era consciente del peligro que corría; si alguien los descubría, ella jamás admitiría que lo había invitado a su alcoba, y una ofensa semejante se pagaba con la vida.

Tampoco podía negarse, ese era el verdadero significado de ser esclavo.

Aun así, sintió que, de alguna forma, era él quien tomaba la decisión de darle lo que ella buscaba.

Le besó los brazos y luego los pechos, y notó el temblor de su cuerpo cuando rodeó sus pequeños pezones con la lengua.

Sin prisa. Siempre sin prisa, para darle tiempo a que se acostumbrara.

Se sintió como un maestro enseñando a un niño cuán lejos puede llegar corriendo.

Cuando ella estuvo desnuda, él también se quitó la ropa.

La tomó entre sus brazos y besó su cuello mientras sus cuerpos se rozaban, y notó cómo ella temblaba.

Entonces la guio hasta la cama para que se tumbara.

Besó sus piernas, desde los dedos hasta llegar a la vulva, donde se detuvo un rato provocando una vez más los gemidos y jadeos de la duquesa.

Ella no hacía nada, se dejaba hacer de forma pasiva, no era como Cata, que podía ser salvaje en la cama, o alguna otra de las muchachas que disfrutaban jugando con él.

Le hizo el amor sobre sus sábanas de Holanda, entrando y saliendo lentamente, sin dejar de besar su cuello, lamer el contorno de su oreja, morder sus pezones; y mentiría si dijera que no lo disfrutó, aunque no lo hubiese buscado.

Sus jadeos se unieron en un solo ritmo, los cuerpos sudorosos, enredados, hasta alcanzar el clímax.

Él quiso salir antes de expulsar su semen, pero ella no lo dejó y lo apretó con fuerza contra su cuerpo, rodeándolo con las piernas mientras él se dejaba vencer inevitablemente por el orgasmo.

Durante las siguientes semanas que Rodrigo estuvo fuera, ella volvió a llamarlo a su cama cada noche. Y en cada ocasión era consciente de que él también rompía una promesa de la que tendría que dar cuenta a Rodrigo a su regreso.