El mar que nos arrastra Londres. Capítulo 30
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Londres. Capítulo 30

La peste volvía a azotar la ciudad de Londres y se había ordenado cerrar los teatros.

Los médicos aseguraban que era en las grandes aglomeraciones de lugares como teatros y mercados donde el contagio se expandía con rapidez.

Las calles habían quedado desiertas, la gente cerraba sus ventanas, se encerraba con sus hijos y desconfiaba de sus vecinos.

Londres parecía una ciudad muerta. El teatro The Globe se cerró a cal y canto como el resto de las casas, en espera de tiempos mejores, y la compañía de Will se preparaba para irse de gira por la campiña inglesa, por pueblos pequeños donde la plaga aún no había llegado.

Fue entonces cuando Juliette decidió dejar la compañía.

La idea de pasar siquiera una semana sin ver a Edward le parecía una penitencia insoportable.

Habría sido mucho esperar no encontrarse con Will cuando fue a recoger sus vestidos al teatro.

Hacía algo más de una semana que no se veían, desde el día que le informó que se iría a vivir con Edward.

Por supuesto, para William su abandono en esas horas bajas era la mayor de las traiciones…

No quería discutir más con él, pero no hubo suerte.

Allí estaba William, como si llevara días aguardando a su llegada para poder recriminárselo, y se negaba a darle sus vestidos.

—Deja de comportarte como un niño, Will.

—Si has dejado la compañía, no tienes ningún asunto que tratar por aquí.

—Los vestidos son míos, lo sabes perfectamente… Yo pagué la tela y los cosí con mis propias manos, y pienso llevármelos.

—Algunos son del teatro…

—Está bien, me llevaré solo los que pagué yo, si eso te place.

—Perdona, pero la razón por la que podías gastarte todo ese dinero en vestidos y sedas y collares de perlas es porque vivías en mi casa sin pagar absolutamente nada, así que los vestidos también son míos.

Juliette no daba crédito, jamás había imaginado que Will se comportaría de esa forma tan irracional.

—¿De verdad quieres los vestidos, Will, o simplemente no quieres que yo los tenga? ¿Es esta tu nueva forma demencial de hacerme daño?

—¡¿ Yo te hago daño?! ¡¿Soy yo quien te hace daño?! —Caminaba de un lado a otro como si estuviera actuando sobre un escenario. El resto de la compañía se había apartado, debían estar cansados de sus eternas disputas—. ¡Cómo puedes estar tan ciego! Soy yo el que está muriendo…

—¡¿Lo ves?! Lo sigues haciendo.

—¿Qué es lo que hago? —Ella hizo un mohín de hastío y Will abrió los brazos y suplicó—. Te daré lo que me pidas, te llamaré Juliette, te llevaré a pasear a la orilla del río… Si eso es lo que quieres, lo haré…

—¡Solo te burlas!

Habían tenido esa discusión mil veces, Will se negaba a dejarla cambiar del todo, se sentía con derecho a recordarle la verdad.

—No me burlo… Quiero hacerte feliz porque te amo. Con todas las formas y todos los nombres que tengas te amo, te amo tanto si eres un adonis como si eres la bella Helena, tanto si eres ángel como demonio, más allá de todo lo razonable te juro que te amo, incluso cuando te odio, te amo…

—Pero yo amo a Edward.

Y con una frase breve, como una estocada certera, se hizo el silencio.

—¿Ya… no me amas?

—No me pidas que diga eso. Sabes cuánto te aprecio…

—¿Me aprecias? ¿Por qué no mejor me matas?

—Con él puedo ser quien yo quiero ser. Puedo ser quien soy de verdad…

Will bajó la mirada y dejó escapar el aire de sus pulmones como si llegara al final de un largo camino.

—Está bien —añadió con gesto rendido—. Te perdono. Te perdono que robaras mi amor, fuiste un gentil ladrón. Solo deseo lo mejor para ti, pues lo que te haga feliz es lo mejor para mí también. —Will se dio la vuelta y se alejó sin mirarla—. Puedes llevarte los vestidos…, yo ya estoy muerto.

Y salió.

Era en momentos como ese cuando dudaba. Y él lo sabía, estaba segura, sabía cómo llegarle al corazón, pero debía ser fuerte.

Will era agotador, era como una tormenta que arrasaba con todo a su paso.

Ya no podía soportar más subidas y bajadas.

Lo que Edward le ofrecía era la calma. Era como un estanque, sin olas, de aguas cálidas, en el que podías sumergirte sin miedo a que te llevara la corriente.

Edward había comprado un ático en Londres para ella.

Era un aposento en una casa adosada en un barrio tranquilo, con un salón con una gran chimenea, una cocina con su trascocina y un dormitorio luminoso.

Pequeño, sin lujos, pero amueblado con gusto.

Tenía cortinas de seda y sillones aterciopelados, una cama con dosel y una criada que la atendía y cocinaba para ella.

Era todo lo que siempre había soñado; vestidos bonitos, una casa con lámparas de cristal y jarrones de plata, y un hombre apuesto que la visitaba y le regalaba collares de perlas.

Podía olvidar a Will. Necesitaba olvidar a Will. Estaba preparada para esta nueva vida que se abría ante ella y a la que se consagraba como si se tratara de un personaje en un nuevo drama: Lady Juliette.