Cádiz. Capítulo 29 #3
—¡Qué sabrás tú sobre lo que quiero o no quiero hacer! Ya es hora de que alguien te ponga en tu sitio. Eres un esclavo. Si no obedeces, haré que te azoten hasta que te arranquen la piel a tiras.
Entonces él obedeció, aunque en su forma de mirarla dejó claro que no le había gustado que le recordaran su lugar.
Sin dejar de clavarle la mirada se quitó la casaca y la dejó caer al suelo, desabrochó el jubón con desgana, se quitó las botas…
Fue quitándose las prendas de forma brusca, casi desafiante y arrojándolas al suelo sin cuidado.
Era orgulloso, eso ya lo sabía, y estaba resultando divertido verlo tan azorado.
Se quitó la camisa y su torso desnudo le pareció la imagen de la perfección.
Cuando solo le quedaban las calzas, se detuvo y la miró como si esperara que ella cambiara de opinión, pero ella se limitó a levantar las cejas con impaciencia.
Y él, como respuesta, se las bajó de golpe junto con los calzones, se deshizo de ellos con habilidad y quedó ante ella completamente expuesto.
Era la primera vez en su vida que Margarita veía el cuerpo desnudo de un hombre, y no pudo imaginar que existiera uno más perfecto que el del esclavo.
Repasó con lentitud cada detalle bajo la luz ondeante de la lumbre.
Tampoco pudo evitar que sus ojos se quedaran pegados a su falo que, aunque flácido en ese momento, tenía un tamaño considerable.
Se acercó nuevamente deseando tocarlo; las veces que yacía con su esposo, ellos jamás se quitaban la ropa de cama, tal y como dictaba la decencia, así que jamás había llegado a ver su pene.
Casi como en un hechizo volvió a pasar sus dedos muy levemente por su torso desnudo, rodeó su cuerpo para ver también sus glúteos y notó cómo la piel de él se erizaba a causa de sus caricias.
Acarició también esa espalda musculosa, atravesada por las cicatrices del látigo.
Acercó su boca hasta casi rozar su hombro derecho mientras su mano se deslizaba por su cuerpo en dirección a su verga, que empezaba endurecerse.
La piel se oscurecía en esa parte. Era suave, como la piel de un bebé, con una mata de vello oscuro arremolinado encima, y mientras recorría el tronco hasta la punta notó cómo amagaba con levantarse en pequeños espasmos.
La rodeó con su mano, era gruesa, y notó cómo se hinchaba y endurecía entre sus dedos.
La respiración del esclavo empezaba a agitarse también. Entonces lo soltó.
—Bésame. —Y él al instante la miró horrorizado—. Ahí abajo, como haces con las otras.
Sin perder de vista su mirada de espanto, ella retrocedió una vez más y volvió a sentarse al borde de su cama.
Se levantó las faldas y se quitó el calzón de paño blanco que cubría sus partes.
Aún tapada por su vestido, abrió las piernas ligeramente y le lanzó una mirada severa de advertencia.
Él se acercó despacio. Miró a la puerta repetidas veces, tal vez con la esperanza de poder escapar, luego se rindió y se arrodilló ante ella.
Jamás en su vida imaginó que el acto pudiera ser así.
El primer roce de sus labios contra la piel fue como una llamarada de fuego que despertó cada poro de su cuerpo como el golpe de un rayo contra el cristal de una ventana.
Toda ella tembló al notar la humedad de su boca en el lugar más sensible de su cuerpo.
Margarita soltó un grito agónico que intentó reprimir sin éxito cuando su lengua comenzó a lamer y a rodear la entrada de su vagina; se agarró como pudo a las mantas de la cama, jadeando y gimiendo sin ningún control.
Y le agarró la cabeza porque necesitaba que siguiera, lo deseaba más profundo, que no parara, mientras se tapaba su propia boca para censurar los gemidos que comenzaban a ser aullidos de placer.
Comenzó a moverle la cabeza, agarrándolo fuerte del pelo porque necesitaba que acelerara, y él pareció entender, y su lengua y su boca encontraban todos los puntos que la estaban llevando al abismo.
Su cuerpo entero se tensó y el tiempo pareció detenerse cuando una oleada de gozo la invadió y sacudió todo su ser, y contuvo la respiración mientras aquello se expandía, subiendo desde su pelvis, y le arrancaba un lamento que no se había creído capaz de emitir.
Así que era eso de lo que todos hablaban…
Tardó un rato en recuperar el aliento, y entonces se sintió agotada y abochornada por su comportamiento. Fue como si recuperara el juicio de golpe. ¿Cómo podía haberse dejado llevar de esa forma?
—Marchaos —le dijo, y le dio la espalda. No quiso mirarlo más.
El esclavo se vistió presuroso y no tardó en salir de su alcoba.
Ella se dejó caer sobre la cama y una tormenta de dudas atosigó su conciencia sin tregua: ¿y si alguien lo veía salir?
, ¿y si él se lo contaba al duque?, ¿se reiría el moro de ella la próxima vez que se acostara con las criadas?
, ¿comentarían todos lo que ella había hecho?
… «¿Qué he hecho?», pensó. Y entonces comenzó a llorar.