Cádiz. Capítulo 29 #2
Margarita lloró durante tres días seguidos.
Su matrimonio era una farsa, un chiste de corrala.
Jamás concebiría un hijo porque Dios castigaba a su marido.
Pero ¿por qué ella debía pagar por los pecados de su esposo?
—se preguntaba—, ¿qué culpa tenía ella? Entonces lo odió.
Con toda su alma lo odió, por la vergüenza a la que abocaba a su familia, por convertirla en cómplice de su aberración, por condenarla a una vida sin hijos, sin amor, una vida sin sentido.
A partir de entonces Margarita no ponía ningún cuidado en agradar a su esposo, más bien obtenía cierto placer en hacer todas aquellas cosas que sabía que lo irritaban: gastar dinero, hablar sin parar durante las cenas de los asuntos más superficiales que podía imaginar.
Organizaba fiestas y encuentros sociales a los que lo obligaba a asistir sabiendo lo mucho que lo detestaba.
El desprecio que se tenían el uno al otro era cada vez más evidente y a veces se divertía pensando que el odio era lo único que compartían.
Con lo inteligente que decían todos que era su marido, en lo único que no reparaba era en que ella lo sabía todo sobre él.
En cambio, el esclavo, Lázaro… Margarita tenía la sospecha de que él sí se daba cuenta.
En las contadas ocasiones en las que sus miradas se cruzaban —el moro procuraba evitarla en la medida de lo posible— pudo advertir un rastro de desconfianza en sus ojos.
Él sabía que ella lo sabía, y se observaban mutuamente como si de alguna forma compartieran un secreto que jamás debían revelar.
Lázaro. El morisco, como lo llamaban las criadas cuando cuchicheaban sobre él riéndose desvergonzadas.
También de eso se había percatado la duquesa.
Las muchachas se ruborizaban y suspiraban cuando el morisco pasaba por su lado, compartían miradas entre ellas y risitas sin ocultar la atracción pecaminosa que sentían hacia él.
El moro era alto y fornido, su rostro parecía esculpido, con esa mandíbula y esos pómulos marcados.
Sus ojos color canela se volvían claros con la luz del sol, y su mirada siempre parecía perdida en algún horizonte lejano.
El pelo negro le caía descuidado sobre la frente, y sus labios gruesos resaltaban entre un bigote y una barba negra que delineaban el contorno de su rostro, al igual que sus cejas pobladas resaltaban sus ojos pequeños y soñadores.
En su cuello largo se adivinaba ya la musculatura firme más propia de soldados.
El morisco era reservado, hasta el punto de que aún había gente en el pueblo convencida de que era mudo de nacimiento.
Pero no lo era, su voz era grave, y cuando hablaba era difícil no detenerse en el movimiento de sus labios e imaginar qué otras cosas podían hacer esos labios carnosos, apenas un tono más oscuros que su piel dorada.
Preguntó a las criadas, una tarde que las escuchó cuchichear entre risillas cómplices, y alguna, algo más osada, se atrevió a insinuar que el morisco tenía una vida sexual muy activa entre las muchachas del servicio y que todas, incluso las criadas casadas y con los hijos ya adultos, suspiraban por sus huesos.
Algunas inventaban cualquier excusa para cruzar el patio de armas cuando la guardia del ducado entrenaba, y si bien los soldados contaban también con numerosas admiradoras, ver al morisco con la camisa abierta moviendo la espada en el aire era la mayor de las atracciones para las muchachas solteras.
La duquesa tardó casi seis años en permitirse admirar al moro.
Pero una vez fue capaz de derribar los muros de la prudencia en la que la habían educado, la atracción fue inevitable.
Casi podía comprender que el duque cediera ante la tentación, pues si el diablo había inventado el pecado, sin duda alguna lo había personificado en la figura del moro para atraer a los débiles de espíritu a sus garras.
Ella sería fuerte y no se dejaría arrastrar, eso se decía.
Hasta que Jacinta, una de sus doncellas más cercanas, con quien solía bromear sobre el moro como hacían las criadas, confesó haber fornicado con él.
«Contádmelo todo», suplicó la duquesa, y ella se explayó explicando el cuerpo perfecto oculto bajo sus ropas. Y su miembro viril, le explicó, enorme.
—Pensé que no era posible que entrara —dijo ella, y una revelación—: Hace el amor a la morisca.
—¿A la morisca? ¿Cómo es eso?
—Me besó todo el cuerpo… muy despacio, como si saboreara cada parte…, y me besó ahí abajo… —dijo ella indicando su entrepierna al tiempo que soltaba un suspiro y ponía los ojos en blanco—. ¡Oh, Dios mío!, creí que subía al cielo y veía a todos los ángeles…
—¡No blasfemes, niña! —la riñó la duquesa, riendo con ella como si entendiera a qué se refería.
Desde aquel día comenzó a obsesionarse con el moro.
No fue culpa suya, se diría a menudo; mientras que sus doncellas alcanzaban el cielo con el amante de su marido, ella debía conformarse con un hombre que era hombre a medias y que ya ni siquiera se molestaba en guardar las formas.
A la duquesa nadie la tocaba. Su marido la había convertido en una mujer a medias, también.
Una sin hijos que no sabía lo que era estar con un hombre de verdad en la cama.
Por las noches, a solas en su alcoba, cerraba los ojos e intentaba imaginar lo que se sentiría si el morisco la besara ahí abajo…
, si tocara sus pechos, si besara todo su cuerpo…
De tanto imaginarlo, su presencia comenzó a llenarla de inquietud.
Cuando lo tenía cerca sentía un golpe en el estómago, y si él la miraba a los ojos, le subían los calores hasta el punto de que se sentía desfallecer.
No era justo, llegó a pensar, que su marido pudiera disfrutar del esclavo y ella tuviese que conformarse con quimeras. No era por ella, se repetía con insistencia. Era su marido quien la había abandonado, quien la condenaba a una vida solitaria.
Fue una noche en la que el duque había tenido que viajar a Sevilla, por una vez sin la compañía de su criado.
Pasó mucho antes de la llegada de Jacobo y de aquel desagradable hombre, Diago, con sus acusaciones y sus intereses manidos, cuando ella temió perderlo todo y no le quedó más remedio que idear un plan.
Entonces fue solo la curiosidad, el deseo también, incluso las ganas de desafiar a su esposo.
Pero no fue algo que hubiera planeado. Fue la casualidad, en realidad.
Margarita se dirigía a sus aposentos después de la cena, caminaba a solas por la galería arcada que daba al patio interior, iluminado apenas por la luz de la luna, cuando se cruzó con el esclavo, que enseguida bajó la cabeza y se apartó para ceder el paso a la duquesa.
Margarita se detuvo frente a él, alumbrando su rostro con la lamparilla, y se quedó allí observándolo, lo suficientemente cerca como para que le llegara una oleada de su aroma, una mezcla de canela y cuero con algo terroso.
Él seguía sin mirarla, y ella entonces quiso seguir mirando.
—Venid —ordenó. Y comenzó a caminar, pero él no la siguió, así que se giró hacia él y repitió—: Seguidme, he dicho. Os lo ordeno. —Él la miró entonces y aún vio duda en su gesto—. ¿Acaso osáis desobedecer a vuestra señora?
—No, señora.
Y entonces ella caminó hacia su alcoba y él la siguió a una distancia prudente. Despachó a sus doncellas antes de ordenarle entrar. Dejó la mantilla con la que se abrigaba sobre un sillón de terciopelo y siguió andando en dirección al dormitorio.
—Venid —indicó nuevamente al esclavo, y este obedeció titubeante.
En cuanto entraron, Margarita encendió las lámparas con una astilla que prendió en su lamparilla y cerró la puerta mientras él seguía de pie, cerca de la entrada, en silencio.
Entonces se acercó y una vez más su aroma y su robusta presencia física la golpearon de forma inesperada, consiguiendo que le temblaran las piernas.
Se acercó un poco más, su altura resultaba intimidante, pero consiguió sobreponerse.
Se recordó que este era el hombre que le había robado la atención de su marido, pero era solo un esclavo.
Uno que debía obedecer en todo a su ama.
Y aunque tuviese fuerza suficiente para romperle el cuello, ella podría atizarlo con una vara sin que él respondiera o se moviera siquiera si se lo ordenaba.
Y esa idea agitó su respiración y lanzó una punzada inquietante a sus partes íntimas.
Margarita alzó la mano y la posó sobre el pecho del esclavo.
Notó enseguida la firmeza de sus músculos.
Deslizó entonces su mano desde su pecho hasta su vientre.
Y luego usó las dos manos para recorrer su torso, sus brazos…
—Señora… —interrumpió él.
—¡Callad! —ordenó ella sin achantarse.
Entonces alzó la mirada y se permitió contemplar su rostro con descaro, estudiándolo detenidamente como no se había permitido hacer antes.
Él mantenía la mirada al suelo, como debía ser, consciente también de que no debía desafiarla.
Y ella pasó sus dedos por su frente, dibujó el contorno de su cara, acarició sus labios, su barbilla, la cicatriz de su rostro herrado, su cuello…
—Desnudaos. —Y lo había dicho antes incluso de ser consciente de que lo deseaba.
Él levantó la mirada con un gesto de pavor que casi la hizo reír.
—No, señora, no me pidáis eso.
Ella se apartó, retrocedió hasta alcanzar la cama, divertida, y se sentó a observarlo una vez más.
—Os lo he pedido y debéis obedecer.
—No queréis hacer esto, señora.